Una esfera que se reviste con un cerebro

Este artículo fue escrito en inglés en 1995 y desde entonces ha circulado por la Red. Se puede consultar en inglés en: http://www.wired.com/wired/archive/3.06/teilhard.html, presentamos aquí una versión en español ya que no hemos encontrado otra en la Red.

Una esfera que se reviste con un cerebro

Hace 70 años, el ahora casi desconocido cura jesuita, Pierre Teilhard de Chardin, estableció los fundamentos filosóficos de la conciencia planetaria basada en la Red.

Por Jennifer Cobb Kreisberg.

Ha inspirado a Al Gore y a Mario Cuomo. El ciberbardo John Perry Barlow lo encuentra intensamente perspicaz. Christian de Duve, recipiente del premio Nobel, afirma que su visión nos ayudará a encontrar significado en el cosmos. Incluso Marshall McLuhan citó su “testimonio lírico” cuando formuló su noción de la emergente aldea global. ¿A quién celebra este grupo ecléctico? A un sacerdote y paleontólogo llamado Pierre Teilhard de Chardin, cuya excéntrica filosofía apunta, extrañamente, justo hacia el ciberespacio.

Teilhard de Chardin encuentra partidarios entre aquellos que buscan semillas de verdad espiritual en el universo laico. Usando las palabras de Mario Cuomo, “Teilhard hizo de la negatividad una forma del pecado. Nos enseñó cómo todo el universo –incluso el dolor y la imperfección- es sagrado”. Marshall NcLuhan se apoyó en Teilhard como fuente de discernimiento divino en La galaxia de Gutenberg, su clásico análisis sobre la caída de la cultura occidental en el mundo profano. Al Gore, en su libro La Tierra en la balanza, aduce que Teilhard nos ayuda a entender la importancia de la fe en el futuro. “Armados con tal fe”, escribe Gore, “quizá descubramos que es posible resantificar la Tierra, identificarla como creación de Dios y aceptar nuestra responsabilidad de protegerla”.

Desde los 20s hasta los 50s, Teilhard de Chardin bosquejó una serie de obras líricas sobre la evolución, que ha resurgido como la piedra angular de nuevas teorías evolutivas. Específicamente, Teilhard y su contraparte rusa, Vladimir Vernadsky, inspiraron la renegada hipótesis de Gaia (más tarde presentada por James Lovelock y Lynn Margulis): el ecosistema global es un superorganismo, mucho más que la simple suma de sus partes.

Esta visión es visiblemente teológica –de golpe todo, desde las piedras hasta la gente, cobra una importancia holista. Como jesuita, Teilhard lo sintió profundamente. Hoy en día un puñado de ciberfilósofos se encuentra explotando esta mina ideológica mientras busca las ramificaciones más lejanas de la Red. Como dice Barlow, “el trabajo de Teilhard trata sobre la creación de una conciencia tan honda que podrá hacerle compañía a Dios mismo”.

Teilhard imaginó un estadio de la evolución caracterizado por una compleja membrana de información que envuelve la esfera terrestre y es impulsada por la conciencia humana. Suena un poco disparatado, hasta que piensas en la Red, ese vasto tejido electrónico que circunda la Tierra, corriendo de punto en punto como una constelación de nervios que son cables. Vivimos en un mundo entrelazado con líneas telefónicas, transmisiones inalámbricas vía satélite y circuitos computarizados que nos permiten viajar electrónicamente de Des Moines a Delhi en un abrir y cerrar de ojos.

Teilhard vio venir a la Red más de 50 años antes de que llegara. Creía que esta enorme membrana pensante se incorporaría al final en “la unidad viviente de un solo tejido” que contendría nuestros pensamientos y experiencias colectivas. En su obra maestra, El fenómeno humano, Teilhard escribió, “¿acaso no es como un gran cuerpo que nace –con sus miembros, su sistema nervioso, sus órganos receptores, su memoria-, el cuerpo, de hecho, de esa gran Cosa viviente que debía llegar para cumplir las ambiciones que provocó la recién obtenida conciencia en el ser pensante?”

“A lo que se refiere Teilhard en ese párrafo puede ser resumido fácilmente en unas cuantas palabras”, dice John Perry Barlow, “el propósito de toda la evolución hasta este momento es la creación de un organismo colectivo, de una Mente”.

La filosofía de la evolución que produjo Teilhard nació de su dualidad como sacerdote jesuita, ordenado en 1911, y como paleontólogo, carrera que comenzó en los primeros años de la década de los 20s. Un día, mientras llevaba a cabo sus investigaciones en el desierto egipcio, escarbando aquí y allá en busca de los restos de criaturas arcaicas, Teilhard volteó una piedra, la despolvó y, de pronto, comprendió que todo a su alrededor estaba exquisitamente conectado en una inmensa y pulsante red de vida. Poco después, ya había desarrollado una filosofía que acoplaba la ciencia del mundo natural con las fuerzas sagradas de la Iglesia Católica. Ni la Iglesia Católica ni la academia científica, sin embargo, estuvieron de acuerdo. La premisa de Teilhard, que las rocas poseen una fuerza divina, fue considerada bastante frágil por los científicos y de plano una herejía por la iglesia. Los textos de Teilhard fueron desdeñados por sus colegas en ambos campos.

A lo largo de los años 40s y 50s, la Iglesia Católica estuvo a punto de excomulgar a Teilhard, pero el filósofo tenía una firme convicción en sus ideas y rehusaba abandonar tanto la iglesia como su obra. Conforme crecieron sus problemas con la iglesia, Teilhard se convirtió en una especie de celebridad dentro de su círculo intelectual en Europa. La iglesia respondió prohibiéndole publicar y trasladándolo a China, donde vivió virtualmente exiliado, recorriendo el desierto de Gobi y desarrollando su filosofía en la soledad. (Sus estudios paleontológicos continuaban circulando y se les tenía en alta estima.) El resto de su obra no fue publicada hasta después de su muerte, acontecida el Domingo de Pascua de 1955, evento que estremeció en cierto grado el mundo teológico. Durante un breve periodo, sus trabajos fueron leídos asiduamente; hoy en día, en el ambiente posmoderno de la teología contemporánea, Teilhard ya no es tan leído y una vez más y teólogos, biólogos evolucionistas y otros científicos ven su obra con desdén.

“Teilhard no recibe el suficiente reconocimiento por sus ideas”, dice Ralph Abraham, uno de los fundadores de la teoría del Caos y coautor de The Web Empowerment Book, una de las mechas iniciadoras del WWW, “los papas lograron quitarle toda su influencia”.

Pero, ¿a qué le tenían tanto miedo los papas? La respuesta es fácil: a la evolución.

El concepto de la evolución era un pilar central, tanto intelectual como espiritual, en la vida de Teilhard. Durante las primeras etapas de su carrera, antes de que la ciencia tuviera evidencias convincentes de la existencia del DNA, la teoría de la evolución no era ampliamente aceptada. Sin embargo, Teilhard se acercó a ella presintiendo que sería el punto donde se reunirían su amor por las piedras y por Dios. Más tarde describiría la evolución como “la condición general a la que todas las otras teorías, todas las hipótesis, todos los sistemas deben someterse y a la que deben de satisfacer si quieren ser   tomadas en cuenta. La evolución es la luz que ilumina todos los hechos, una curva que todas las líneas deben seguir”.

El significado de la evolución era tan profusamente debatido en los días de Teilhard como lo es hoy. Algunos argumentaban, en términos puramente darwinistas, que el mecanismo primario de la evolución es la necesidad: “la supervivencia del más apto”. Otros evolucionistas siguieron los pasos de Jacques Monod, el biólogo francés de vanguardia, quien propuso una combinación del azar y la necesidad. Teilhard llevó esa idea un paso más adelante al decir que la evolución era guiada por el azar y la necesidad. En resumen, esto trajo a Teilhard al centro de su doble herejía: si la evolución está siendo guiada, ¿qué o quién lleva las riendas? ¿A dónde se dirige?

Ya para los años 40, la idea de la evolución de las especies no causaba controversias en los círculos científicos. Aun así fue, y sigue siendo, una idea extrema en el ámbito religioso. A todo niño católico se le enseña en la escuela que Dios es inmutable. Y todo joven estudiante de ciencia sabe lo poco que Dios tuvo que ver con la aparición de la humanidad a partir del caldo primigenio.

¿Quiso decir Teilhard que Dios evoluciona?

No precisamente. La idea de Teilhard era más sutil y bastante útil a la hora de examinar las implicaciones de ese mundo volátil, vertiginoso y descontrolado que llamamos ciberespacio.

Teilhard pensaba que la chispa divina de vida que experimentó en el desierto egipcio era una fuerza presente a través del proceso evolutivo, guiándolo y dándole forma tanto como lo hacen las fuerzas materiales que describe la Física. Posteriormente, Teilhard codificaría estas fuerzas en dos tipos fundamentales de energía, la radial y la tangencial. La energía radial corresponde a la energía de la física newtoniana. Esta energía obedece las leyes de la mecánica, tales como causa y efecto, y podía ser cuantificada. Teilhard llamó “el exterior” a la energía radial. Por otro lado, la energía tangencial es la energía de “el interior”, en otras palabras, la chispa divina.

Teilhard clasificó la energía tangencial en tres categorías. En los objetos inanimados, la llamó “previda”; en seres que no tienen conocimiento de sí mismos, la llamó “vida”; y en los seres humanos, la llamó “conciencia”. Conforme Teilhard observaba el mundo descrito por la ciencia, apreció que en ciertas cosas, como las piedras, predominaba la energía radial, mientras que la energía tangencial era apenas perceptible. Las piedras, por lo tanto, son mejor descritas por las reglas que controlan la energía radial: la física. Pero en animales, donde la energía tangencial, o vida, está presente, las leyes de la física solamente ofrecen una explicación parcial. Teilhard concluyó que cuando predominara la energía radial, el proceso evolutivo estaría caracterizado por las leyes tradicionales de la ciencia, la necesidad y el azar. Pero en aquellos organismos con una significativa presencia de energía tangencial, las leyes de la vida y la conciencia gobernarían a las leyes del azar y la selección natural.

Teilhard llevó su discernimiento más allá. Se percató de que, mientras la cantidad de energía tangencial de un ente cualquiera aumentara, éste se desarrollaría naturalmente en dirección de la conciencia. Un aumento de conciencia iba de la mano del aumento en la complejidad general del organismo. Teilhard llamo a esto la “ley de la complejidad y la conciencia”, que manifiesta que el crecimiento en complejidad es proporcional al aumento de conciencia.

Teilhard escribió: “el mundo vivo está constituido por conciencia que se viste de carne y hueso”. Argumentó que la forma principal de incrementar la complejidad y la conciencia en los organismos vivos es el sistema nervioso. El alambrado informativo de un ser, afirmó -ya sea de neuronas o electrónico-, da a luz a la conciencia. Según se diversifican las conexiones nerviosas, también la evolución tiende más hacia la conciencia.

Como señala Abraham, la ley de la complejidad y la conciencia de Teilhard corresponde a lo que ahora consideramos la red neuronal. “Ahora sabemos, basados en la tecnología de redes neuronales, que entre más conexiones hay entre los puntos de un sistema, y mientras la fuerza de esas conexiones se mantenga, ocurrirán saltos en inteligencia, si definimos a la inteligencia como el índice de probabilidad para llevar a cabo una tarea X”. Si damos por hecho el poder de dichas conexiones, entonces la red neuronal del Internet es suelo fértil para que emerja una inteligencia global.

Teilhard también explicó que el proceso evolutivo ha pasado por tres fases principales. La primera empezó cuando la vida surgió del desarrollo en la biosfera. La segunda cuando, al final del periodo Terciario, aparecieron los primeros seres que disfrutaban de una forma de pensamiento que los hacía conscientes de sí mismos. La tercera fase llegó una vez que los seres humanos pensantes comenzaron a comunicarse alrededor del mundo. Se trataba de la “capa pensante” de Teilhard, llamada noosfera (de la palabra griega noo, mente). Aunque al principio era pequeña e intermitente, la noosfera siguió creciendo con el tiempo, sobre todo durante la época de la electrónica. Teilhard describe la noosfera en la Tierra como una cristalización: “Un brillo ondulatorio que irradia hacia afuera desde la primera chispa de reflejo consciente. El punto de ignición crece. La luminosidad se propaga en círculos concéntricos hasta que, por fin, el planeta entero es cubierto por la incandescencia”.

La imagen que Teilhard se hizo de la noosfera, una membrana pensante que cubría el planeta, era casi biológica: era un globo terráqueo que se reviste, se cubre con un cerebro. Teilhard escribió que la noosfera “resulta de la acción combinada de dos curvaturas: la forma geométrica de la Tierra y la convergencia cósmica de la mente”.

El concepto de noosfera atrajo la atención de Marshall McLuhan. La descripción que Teilhard hizo sobre el fenómeno electromagnético se convirtió en una norma de las teorías de McLuhan sobre la “cultura eléctrica” global. En La galaxia Gutenberg, McLuhan cita a Teilhard: “¿Qué es lo que ocurre, de hecho, en el paroxismo de hoy? Se ha dicho una y otra vez. A través de los descubrimientos de ayer, el ferrocarril, el automóvil y el aeroplano, la influencia física del hombre se extendió de unos cuantos kilómetros a cientos o incluso miles. Todavía más: gracias al prodigioso evento biológico que representa el descubrimiento de las ondas electromagnéticas, a partir de ahora cada individuo está (pasiva o activamente) presente de forma simultánea, sobre mar y tierra, en todos los rincones de la Tierra”. En esta ocasión, sin embargo, la tribu se desenvuelve en un campo de juego global.

 

Ahora, nos encontramos en el comienzo de lo que Teilhard definió como la tercera fase de la evolución, el momento cuando el mundo está cubierto por el brillo incandescente de la conciencia. Teilhard describió este momento como “la evolución cuando cobra conciencia de sí misma”. La Red, esa gran convocatoria de mentes, es la herramienta fundamental para entrar en la tercera fase. “Mediante el ciberespacio estamos, de hecho, instalando los patrones de la conciencia colectiva.

 

Al introducir la idea de la energía tangencial –la energía de la conciencia- como un factor primario en la evolución, Teilhard abrió las puertas a un nuevo plano de significado. La historia del mundo, nos dice, “ya no tendría así la apariencia de una sucesión de tipos estructurales que se reemplazan uno al otro, sino la del ascenso de la savia mientras se extiende a través de un bosque de instintos afianzados”. Probablemente esto es justo lo que la Red está haciendo –afianzando nuestros instintos- para que la conciencia prosiga su desarrollo.

 

Quienes promueven la idea de la vida artificial llevan esta idea más lejos. Suponen que la vida virtual –la energía tangencial de Teilhard- pretende librarse del aspecto orgánico de la vida y cobrar nuevas formas. El pionero de los estudios sobre vida artificial, Chris Langton, le dijo al reportero Steven Levy que “están estas otras formas de vida, las artificiales, que quieren comenzar a existir. Y me están usando como una suerte de vehículo para su reproducción e implementación”.

 

Según Teilhard, está vida virtual invisible ha estado con nosotros desde el principio.

 

Ahora tenemos un catalizador –la Red- que nos permite ver la vida virtual tal como es. No se trata de los 0s y los 1s –esos son visibles. La vida virtual es, como afirma Barlow, “el espacio entre los 0s y los 1s. Lo importante es el patrón de la información. La vida invisible está compuesta por esas formas de vida que surgen en el espacio entre las cosas. El ciberespacio nos ayuda a ver estas formas pues nos traslada al otro lado de la barrera mecánica”.

 

La mente global, en 1995, era quizá más una posibilidad que una realidad. Como señaló de Duve, si el concepto de noosfera parece risible hoy en día, sólo hace falta imaginar lo que pensarían nuestros ancestros sobre la tecnología contemporánea. Escribe, “En la actualidad, un grupo de mentes que convergen en la noosfera de Teilhard sigue siendo tan sólo una imagen poética. Pero de igual manera lo sería la idea de televisión por satélite a Lucy [así fue nombrado el hallazgo de un Austrolopitecus] si ella hubiera sido capaz de concebir tal posibilidad. ¿Quién sabe lo que nos espera en el futuro?”

 

Teilhard también nos hizo una advertencia: la evolución es un proceso lento, erizado de obstáculos y contratiempos. No debemos cuestionar las fuerzas que conectan nuestras neuronas, sugirió; más bien debemos ampliar nuestra conciencia y aceptar nuestra nueva complejidad. Teilhard hubiera aceptado la Red sin peros, como un paso indispensable a lo largo del sendero que trazó. A estas alturas, la Tierra necesita humanidad para construir la noosfera. Conforme nos hacemos conscientes de nuestra mente colectiva, nace una nueva relación con la Tierra. Cuando eso pase, escribió Teilhard, “tendremos el comienzo de una nueva era. La Tierra cambia de piel. Mejor aún, encuentra su alma”.