Una amistad indefectible

Número especial dedicado a la memoria de Pierre Teilhard de Chardin
en el Centro Teilhard de Sri Lanka

Pierre Leroy (1900-1992), sacerdote y jesuita, fue el amigo de Teilhard durante muchos años. Este artículo es el texto de un encuentro que tuvo lugar a la ocasión de la inauguración en el Centro de Estudios de Teilhard de la Universidad de Georgetown, el miércoles 1 de abril 1987.

Nadie hubiera podido prever que treinta dos años después de la muerte de Teilhard me encontraría aquí, en Washington, para inaugurar un Centro dedicado al estudio de su trabajo. He estado sorprendido y encantado de recibir la invitación del Padre Tomas King, que he aceptado enseguida a pesar de razones evidentes que tenía para no emprender este viaje. Tengo que decir que todo se ha arreglado para que sea posible mi estancia entre vosotros.

Quería dar las graciasal Padre King, al señor Jeffs y a todos los otros organizadores de este gran día. Estoy seguro que aceptarán mis felicitaciones por el suceso de este acontecimiento. Espero que la influencia espiritual e intelectual de este Centro,se extienda no solamente en América, si no por todo el mundo para que sea dada una verdadera imagen de la personalidad de Teilhard de Chardin. Os agradezco vuestra presencia que me alienta a evocar los recuerdos de una amistad que ha enriquecido mi vida.

He tenido el gran privilegio de conocer íntimamente el Padre Teilhard. He vivido con él en China durante seis años. Le he seguido durante su repatriación en Francia en 1946, yo estaba en Chicago cuando murió inesperadamente en 1955. He beneficiado de su influencia y de su ejemplo durante los grandes avenimientos que hemos vivido uno al lado del otro. Como todas las verdaderas grandes almas, la suya transmitía a los que le acompañaban un fuerte influjo que les atraía para siempre hacia él.

Mi breve intervención sobre Teilhard y su obra, comportara tres partes.

La primera, tratara de algunos de los acontecimientos que tuvieron lugar durante los veinte y siete últimos años de la vida de mi amigo.

La segunda será una reflexión sobre los principios fundamentales que son la base de su obra. Estos deberían constituir para todos los cristianos, un enriquecimiento de ideascoherente y lógico.

En la tercera parte os diré como Teilhard ha encontrado la fuerza para no ceder a la amargura que le ocasionaron sus numerosos detractores y las múltiples humillaciones que sufrió.

Al final yo espero que tendréis una imagen mejor de esta alma excepcional que fue completamente dedicada a su ideal: volver a dar a Cristo el lugar que le pertenece en nuestras vidas y en la evolución del Universo del cual él es el Maestro y la inspiración incomparable.

 

Primera Parte

El encuentro

En 1928 yo era un joven jesuita estudiando en Lorraine la Biología General, en una universidad del estado. El profesor Lucien Cuénot nos había explicado que la teoría de la evolución era aplicable a los seres vivos, empezando porla más pequeña identidad biológica hasta llegar al hombre,(que quizás sería el único ser capaz de reflexionar) era posible de seguir la expresión individual y en el tiempo, de una corriente ascendente de consciencia personal. El hombre, sin excepción, dependía de esta corriente. Esta conclusión me parecía desconcertante. Ella contradecía lo que nos enseñaba la Filosofía. Porque si la vida espiritual avanzaba de una forma progresiva desde el comienzo de la creación hasta la aparición del hombre, yo no veía como Dios podía crear las almas entre tanto. La acción directa de Dios era superflua.

¿Quién tenía razón? ¿La ciencia de la evolución o mi catecismo?

En mi incertitud, yo buscaba ayuda, pero no encontraba ninguna respuesta satisfaciente.

Oí decir que el Padre Teilhard estaba en Paris por unos días. Yo no le conocía más que por sus artículos. ¿Porque no escribirle? Quizás podría darme la respuesta que yo esperaba. Me contestó enseguida:” Venga a verme al laboratorio de Paleontología”. Es por esta razón que algunas semanas antes de los exámenes, yo abandoné todo: los cursos magistrales y los trabajos dirigidos.

El laboratorio del Museo en el que fui introducido estaba completamente vacío. No había nada expuesto, ningún papel, ninguna clase de objeto. Solo había algunos libros y algunos catálogos en las estanterías. La luz que venía a través las grandes ventanas, acentuaba la desnudez de la sala.

Allí, delante de mí, se encontraba Teilhard; un cuello de clergyman, y un gran abrigo de cura le daban un aire de una gran distinción. Pero fue su mirada lo que me impresiono. Su mirada nos atravesaba sin causaros daño. Tenía una expresión iluminada de bondad natural. Me propuso una silla y se sentó con desenvoltura sobre el borde de la mesa. Yo no sabía que decir, yo era incapaz de exponer mi problema de un modo claro. Pero me comprendió enseguida y me tranquilizo con su sonrisa inimitable. El mismo había encontrado los mismos problemas. Se fue después de dos horas de conversación. Debo decir que no comprendí su respuesta inmediatamente. Pero yo había encontrado mi paz interior. Había encontrado un maestro sobre el que podía confiar y el maestro llego a ser mi amigo.

¡Esto paso hace más o menos sesenta años!

 

Un encuentro decisivo

Después de este encuentro, correspondimos de vez en cuanto. Desgraciadamente perdí todas las cartas escritas durante la segunda guerra mundial. El mejor periodo para mí, empezó al final del año 1949. Teilhard volvió de la Estados Unidos para continuar su trabajo en China, donde había estado el año anterior. En aquel momento yo dirigía el Museo de Historia Natural de Tien-Tsin. Las consecuencias de la guerra chino-japonesa nos obligaron a salir de Tien-Tsin para ir a Pekín, donde vivía Teilhard. La Embajada de Francia puso a nuestra disposición dos casas adyacentes que nos sirvieron de hogar y de local donde guardar las colecciones que trajimos de Tien-Tsin. Estábamos tres en la casa, un Padre anciano que se ocupaba de la casa. El Padre Teilhard tenía su laboratorio en la planta baja y el mío estaba en el primer piso

 

Un Privilegio

Desde que estuvo en el exilio en China, Teilhard fue un viajante perpetuo, iba de una misión científica a otra por todo el continente asiático; de China a India, de Pekín al norte de Manchuria, de Norte a Sur, de Este a Oeste. Como si esto no fuera suficiente, también iba y venía de América a China y Europa. Era un acontecimiento cuando lograba pasar unas semanas seguidas en una de nuestras casas. De 1939 a 1946, la guerra le mantuvo como cautivo en Pekín. La actitud muy dura de los japoneses, impedía toda forma de actividad sobre el terreno. Nos tuvimos de contentar de lo que podíamos. Vivíamos bajo el mismo techo y tuve todo el tiempo para poder observar Teilhard en esta vida monótona, que sin su presencia hubiera sido agobiadora. Todas las mañanas, después del desayuno, hablábamos durante unos veinte minutos. Luego cada uno iba a su trabajo. A las cinco de la tarde íbamos a ver algunos amigos, porque nos sentíamos muy solos en esta gran capital de China. Unas horas después, volvíamos a casa.

Nuestra vida fue así entre 1940 y1946. La atmosfera que nos imponía la ocupación japonesa era angustiosa y agravaba nuestra situación. Los centros científicos de Pekín, no disponían ni de personal ni de dinero. Era muy difícil para nosotros de continuar así. Nuestros amigos ingleses y americanos estaban tratados como prisioneros. No podían salir de casa, ni recibir amigos. Cuando Japón perdió en agosto 1945, no teníamos otro deseo que el de volver a Europa lo antes posible. No había medios de comunicación. Fue en mayo 1946 que Teilhard pudo llegar a Francia, en la casa de los jesuitas a Paris, donde ya había estado alojado antes (en los Etudes, calle Monsieur).

A pesar de la desorganización de la vida en Paris, que acababa de salir de los años de ocupación alemana, Teilhard encontró sus amigos. Mucha gente vino a verle, otros le pedían de participar a los movimientos intelectuales que surgían en el Paris de después de la guerra. Desgraciadamente una crisis cardiaca le obligo a parar todas sus actividades. Después de varios meses de cuidados se sintió bastante bien para ir a Nueva York donde paso el final de 1947 y la primavera de 1948. Cuando volvió a Paris unas crisis de stress le impidieron de trabajar.

Teilhard estaba enfrentado a dos problemas: Quizás estaría autorizado para publicar su libro “Le Phénomène humain”, pero el manuscrito se había enviado a la censura y no se había oído hablar más de él. El otro problema era que quizás iba a obtener que sus superiores jesuitas le permitieran de ocupar una catedra de enseñamiento   en el Collège de France en Paris. Para resolver este problema de una vez, pidió una entrevista con el Padre General de los jesuitas a Roma. El Padre Janssens le acogió muy afectuosamente, pero no le dio la autorización.

Querría hablar de la fuerza de carácter de Teilhard; las múltiples decepciones que sufrió, unas después de otras hubiesen llenado de amargura cualquiera de nosotros, en apariencia, no le dañaban a él. Se puso de nuevo a trabajar, y dio una serie de conferencias a la Sorbona a Paris. Luego tuvo otro accidente de salud y tuvo que pasar unas semanas de convalecencia a las afueras de Paris. Yo le iba a ver casi todos los días.

En mayo 1950 fue elegido “Membre de l’Institut”, era la máxima recompensa reservada a “les élites” del mundo científico

Después de un viaje rápido en África del Sur, volvió en Francia, pensando que iba a quedarse definitivamente allí, pero en 1953 recibió un nuevo golpe: esta vez tuvo que irse de Paris para siempre. Encontró refugio en América, a partir de entonces vivió en Nueva York. La fundación Wenner Gren le confió la organización de un Simposio en la Universidad de Berkeley en junio 1955, la muerte llego antes que pudiera hacer este trabajo.  

 

La muerte de Teilhard

La última vez que vi al Padre Teilhard fue unos días antes de Navidad en el año 1954. Lo encontré adelgazado y nervioso, pero no pensé que no volvería a verle en vida, nunca más. Me fui otra vez a Chicago, donde yo trabajaba haciendo experimentos científicos. Nos llamábamos por teléfono regularmente para darnos noticias. El Domingo de Pascua, 10 abril 1955, me llamaron por teléfono para anunciarme su muerte súbita. ¡Qué pena! ¡Y qué cambio!

El domingo de Pascua había sido un día de alegría. La ciudad estaba iluminada por la luz de la primavera. Las calles estaban repletas de gente que se paseaba. Cada uno celebraba a su manera la Resurrección de Cristo. Contrariamente a su costumbre, Teilhard asistió a la misa solemne en la Catedral St. Patrick. Le gustaba sentirse rodeado de gente, el que era amigo de la humanidad entera.

Por la tarde fue a un concierto, y sus amigos lo llevaron en su casa para ofrecerle una taza de té como de costumbre, ojeaba un libro, sentado al lado de la ventana, cuando le llamaron para decirle que todo estaba a punto, dejo el libro dio unos pasos y se cayó, inconsciente, luego abrió los ojos y pregunto dónde estaba. “No me acuerdo de nada”, dijo, “¡esta vez es verdaderamente terrible!” Estas fueron sus últimas palabras. El domingo anterior había dicho públicamente, “Me gustaría morir un Domingo de Pascua”, es lo que hizo de una forma inesperada.

Yo llegué la mañana siguiente. Era lunes, 21 de abril, estaba expuesto en la capilla de los Padres de san Ignacio, Park Avenue. Me quede con él para meditar un buen momento una de sus plegarias de su libro “L’Hymne de L’Univers”

Las obsecras tuvieron lugar el martes por el mañana temprano. La Iglesia estaba casi vacía. No hubo ni cantos, ni sermón, ni música, ni tan solo “In Paradisium’ que se canta para acompañar el cuerpo al cementerio. Fue enterrado en St. Andew-on-Hudson donde los Padres jesuitas tienen sus tumbas. Es allí que tiene su reposo para siempre. Toda la ceremonia se hizo con una especie de sobriedad noble e impresionante.

He olvidado de decir de una forma intencionada, las múltiples situaciones que han marcado la existencia de Teilhard que fue muy coloreada y llena de aventuras; llena de alegría, de sufrimientos y de penas humillantes. Ahora me gustaría hablar de la personalidad de Teilhard y de lo que ella me ha enseñado.

 

La personalidad de Teilhard de Chardin

No era difícil de vivir con el Padre Teilhard, tenía sus defectos, era testarudo hasta la obstinación, y muy reservado si se trataba de su vida privada. Estaba torturado por sus escrúpulos, y por un sufrimiento interior que le suplicio durante los últimos años de su vida. Era extremadamente sensible a la amistad con las mujeres. Esto no era un obstáculo para él, ellas le fueron de una grande ayuda en varias ocasiones, sin desear transgredir las normas de vida respetables de la Iglesia Católica, se había impuesto la regla de ser fiel en todo. Con la fuerza y la pureza transparente de su lógica espiritual, se atrevió a avanzar en la vida como un hombre, en “el sentido completamente humano, y completamente cristiano” de esta palabra, según su propia expresión.  Delante un hombre así, la vida toma nuevos colores, y nuevos relieves. Teilhard me ha dado confianza en mí. Yo no le escondía nada, conocía mis proyectos, mis conflictos interiores, mis sucesos, mis fracasos. En momentos de crisis, cuando uno tiene ganas de abandonarlo todo, él os salvaba la vida.

A pesar de consagrar una gran parte de tiempo al silencio y a la reflexión, era abierto a los demás, y tenía buen carácter. Fue un amigo fiel, nunca se esquivaba si tu tenías necesidad de él,era sensible al placer de la conversación, le gustaban las buenas historias, y apreciaba las comidas bien preparadas, su espíritu abierto, y su franqueza evidente facilitaban los contactos con él. Utilizaba a menudo su sentido innato del humor. Teilhard tenía horror de la hipocresía burguesa, de la humildad ostentadora, y de todo lo que parecía suficiencia. Escuchaba sus interlocutores con mucha atención, y no era como son muchos grandes hombres, condescendiente con los otros de una manera desdeñosa. Como lo ha escrito él mismo, tenía mucho respeto para toda clase de hombres, sin tener cuenta ni de sus creencias, ni de su país, ni de su origen social. Si la persona en cuestión tenía el mismo espíritu de investigación que el suyo, se creaba un contacto profundo inmediatamente. Ensayaba de divulgar sus ideas, pero nunca las quiso imponer. Deseaba ayudar a los demás en pensar por ellos mismos, esperando, seguramente, de convencerles.

Todos mis proyectos cambiaron. Con el tiempo he descubierto que, en la vida espiritual, podría ser un error de contrariar su personalidad, con el deseo de estar más cerca de Dios. En el aliento de vida que nos sostiene tenemos que amar cada vez más, para saber cómo podemos amar mejor. La paradoja característica de Teilhard “attachement-détachement” me parecía cada vez más esencial, más exigente. Era necesario de vivirla y esto quería decir vencer muchos obstáculos difíciles. Me parece poder decir sinceramente, que sin el ejemplo de Teilhard, mi vida hubiera sido otra.

 

Segunda Parte

Las ideas fundamentales

Ahora os voy a presentar la obra del Padre Teilhard. Muchos de sus lectores la comprenden difícilmente a causa de sus neologismos, del estilo de sus escritos, y de la novedad de su pensamiento, que parecen obstáculos difíciles de superar. Os voy a explicar las tres ideas fundamentales sobre las cuales su obra está construida, como me lo dijo él mismo.

  1. Teilhard consideraba la evolución como un fenómeno universal. La evolución se encuentra en todas las etapas del ser, igualmente en los minerales que, en los seres vivientes, la evolución es la característica esencial de la realidad experimental. La evolución no es creadora por ella misma, como lo había pensado la ciencia en cierto momento. La evolución es la manifestación de la creación en el “espacio-tiempo”
  2. La evolución se sitúa en un movimiento que conduce todas las creaturas vivientes hacia el espíritu, o la vida espiritual, el factor espíritu se manifiesta cada vez más, a medida que las estructuras se complican. El punto culminante de este movimiento ascendente, es la reflexión, es el hecho de saber, y de saber que uno sabe. Es esta facultad que hace de la persona humana el centro espiritual del Pensamiento, de la Libertad y del Amor.
  3. Finalmente, la persona humana porque ella es diferente de una simple identidad, ella encuentra su significado en una Persona Suprema: Cristo, el Punto Omega, el Centro en el que todo el universo será transfigurado.

En resumen, hay tres líneas directivas:

1- La evolución es omnipresente y progresiva.

2- La evolución es dirigida hacia una persona humana.

3- La persona humana encuentra su llena significación en una Persona Suprema, el Punto Omega.

Viendo las cosas así, Teilhard dice que el universo tiene un centro espiritual hacia el cual todas las cosas convergen.

Teilhard se dedicó a reunir dos conceptos que los judeo-cristianos y los filósofos griegos habían separado: el cielo y la tierra, la materia-el instinto, el alma-el cuerpo. En realidad, todos estos factores se combinan en un impulso dinámico hacia adelante. Todo está en el todo, de esta forma el universo se convierte en un proceso coherente, en vez de un orden preestablecido. (T. V. 341)

La energía inicial (espíritu-materia), con el tiempo se diferencia en una energía físico-química, que es materia y espíritu. Cuando empezó la vida, la conciencia psíquica también apareció, en un movimiento ascendente que llevaba a la Reflexión. El final de esta ascensión, es el Punto Omega.

Cuando Teilhard presenta la Creación como una síntesis, Teilhard no se aleja de la ciencia, vemos que más los científicos estudian el universo, y más parecen acercarse del modelo de Teilhard, imaginado hace ya cincuenta años. Sin embargo, hombres celebres como Gregory Simpson y P. B. Medwar, han visto en esta teoría una explicación mística de la Evolución. Con esta excusa han rechazado el trabajo de Teilhard diciendo que no era científico, algunas veceslo dicen de una forma insultante.

Es inútil de decir que los progresos científicos de estos veinte últimos años han modificado las numerosas incógnitas que no habían sido comprendidas antes. Sin embargo, queda un hecho que es que: todo lo que existe en nuestro universo esta en relación con todo lo que ha pasado antes y lo que pasara luego. Ocurre lo mismo con la humanidad. El hombre aparece en el linaje de los primates como un ser diferente de todos sus antepasados. Es un producto de la Tierra, y somos testigos que su evolución continúa. Es un producto excepcional de un cosmos complejo, el hombre no es un individuo como un animal en medio de un rebaño, es un ser completamente personalizado. Es “él mismo”. Ningún ser en el mundo puede remplazarlo. El hombre ha reproducido otros hombres. Ninguno de ellos ha sido insignificante. Es una persona que no tiene, quizás, equivalente en el Universo.

Todas estas personas forman parte de una identidad orgánica que es la humanidad, pero además de esta uniformidad hay una humanidad pensante “extendida como una película a la superficie de nuestro planeta, como una última envoltura” donde el alma de la Tierra está concentrada. Teilhard llama a esta etapa del pensamiento la Noosphère, o esfera del espíritu, de la misma forma que la biosfera es la esfera de la materia viviente. Esta aureola de la tierra, no le da ni el color verde ni el color azul,pero le da una “fosforescencia depensamiento”  

 

El final de la evolución

¿La persona humana es la finalidad de la evolución?

En nuestra época hay mucha gente que espera la llegada de un “Superman”. Su deseo se funda en la modificación de un código genético o sobre un desarrollo del cerebro. Es imposible de decir hasta qué punto las técnicas modernas permitirán al hombre de manipular la naturaleza. Yo puedo aseguraros que Teilhard no ha imaginado nunca que el hombre podría ser el esclavo de una invención científica. Al contrario, él deseaba aumentar el espíritu y el corazón.

La figura simbólica del cono, nos ayudara a comprender la lógica de esta inspiración. La base del cono se encuentra en “el corazón de la materia”, en la parte más profunda del universo que Teilhard llama “multitud”. Con el tiempo los lados del cono se elevan, la multitud desorganizada, cede poco a poco el sitio a la multitud que se organiza. Mas subimos y más encontramos el espíritu, el psiquismo. El psiquismo acaba por llegar a la reflexión, que es la humanidad y la persona humana. Con una gran audacia Teilhard ha extrapolado a partir de esta figura de una forma que nadie había imaginado antes, él ha prolongado los lados con pequeños puntos hasta que se cruzan en el vértice. Según él, esto será el encuentro final, el fin decisivo de la aventura humana. Todo se reunirá en Omega y a partir de este momento la Persona humana, flecha de la Evolución, no podrá perderse nunca más en el ”no ser”. Absorbida por el Cristo Omega, ella estará unida a él, que es la persona suprema, el primogénito de la creación, en el que todo está reunido.

 

Aspectos Espirituales

Si todo lo que existe esta reunido en Omega, la salvación ya no es una cuestión individual si no “colectiva”.

No es suficiente de preparar nuestro futuro, lo mejor posible, según las circunstancias. Tenemos que sacar de este mundo toda la verdad, y toda la energía que existe en la creación.

Teilhard dice que “hay una obligación natural de continuar a buscar, tenemos que luchar hasta el final de nuestros días para ver mejor, para actuar con más fuerza y esto no solamente por interés cósmico, si no por deber natural y moral” Vemos que esto no concierne solamente el hombre, pero también la materia. Es la materia, que procura al psiquismo y al espíritu, la estructura necesaria para manifestarse, por esta razón la materia tiene un valor espiritual.

Veamos lo que nos dice Teilhard sobre la materia:

“Bendita seas, áspera Materia, mota estéril, roca dura…tú que nos fuerzas a trabajar si queremos comer. Bendita seas, materia peligrosa, mar violento, pasión indomable, tú que nos devoras si no te encadenamos…Tú que resistes y que te inclinas…tú que desesperas y tú que construyes…savia de nuestras almas, mano de Dios, Carne de Cristo, Materia, yo te bendigo”” (Jersey, 8 de agosto 1919)

Estamos bien lejos del materialismo que no ve en la materia nada más que una “masa de fuerza bruta y de pulsiones inferiores”. Estamos bien lejos de la Padres del Desierto que huían del mundo. Es cuestión de reencarnar el cristianismo por una segunda vez, de comprenderlo mejor para que surja de nuevo.

Teilhard hizo la experiencia de este camino espiritual: ha vivido tanto sus alianzas como sus desprendimientos con un gran renunciamiento de él mismo,como lo hacían los grandes penitentes, pero de una forma menos espectacular. Su Diario entre 1915 y 1919, sus Escritos del tiempo de la Guerra y Génesis de un pensamiento, dicen claramente cuál era su espiritualidad. ”El cristianismo es una prolongación del aliento vital, tiene que recibir la savia de todas las ambiciones humanas para alimentarse”. Unos años después, en 1923 durante una expedición científica, en el Desierto de Ordos, escribió la inolvidable Misa por el Mundo.

Ya que una vez más, Señor, no en los bosques del Aisne, si no en las estepas de Asia, no tengo ni pan ni vino ni altar…yo os ofreceré sobre el altar de la Tierra entera, el trabajo y la pena del Mundo.” 

En 1927, envió el manuscrito de “Le Milieu Divin” a los censores religiosos. Todos pidieron la publicación inmediata. Sin embargo, su publicación no fue posible que 30 años después. Desde entonces este libro se ha traducido y publicado en todo el mundo y es considerado como un gran clásico de la literatura religiosa.

La imagen del Cristo universal, de este centro total donde todo estará reunido aparece en filigrana a lo largo de toda la obra de Teilhard, pero es en “Le Coeur de la Matière” que su pensamiento religioso se revela más claramente. Veamos en conclusión algunas citaciones de este libro:

“Más pasan los años, Señor, y más debo reconocer que en mí y en mi entorno, la gran y secreta preocupación del hombre moderno, es menos de disputarse la posesión del mundo que de encontrar el medio de evadirse de él. La angustia de sentirse en una burbuja cósmica…la búsqueda ansiosa de una salida …esta es …la pena que pesa en nuestra alma de una forma obscura en el mundo actual."

“Este Dios tan esperado de nuestra generación, ¿no es precisamente vos que lo representáis …Jesús?"

“Señor de mi infancia Señor de mi fin…que eres el único a podernos satisfacer, ¡alejad en fin todas las nubes que os esconden aun…Oh Cristo cada vez mayor!"

Para Teilhard progresivamente se había formado un puente que articulaba el espacio que separaba la ciencia y la Fe. Vio que “el dios de arriba” y el dios “de hacia adelante” era un solo Dios que atraía hacia él lo mejor de las energías espirituales de este mundo. Finalmente, el amor del mundo y el amor de Dios se habían vuelto inseparables.

 

CONCLUSION

Han pasado más de treinta años que Teilhard ha cerrado los ojos un domingo de Pascua. En un mundo desquiciado, perseguido por la rapidez de las novedades, la gente de nuestra época, que está lejos de toda realidad metafísica, se concentra en el interés del provecho financiero. No tienen ninguna sensibilidad religiosa y no están en harmonía con ellos mismos. Para muchos de ellos las celebraciones religiosas, son aburridas. La religión es considerada como un montón de ideas pasadas de moda. Nosotros lo vemos por todos lados. La obra del Padre Teilhard es para nosotros, un remedio. Ella nos aprende “la voluntad de vivir” y la “voluntad de avanzar”, gracias a una mejor comprensión del papel que tiene en el proceso universal de la Evolución, el hombre. “Para salir de la incertidumbre que podría paralizar nuestra voluntad de actuar, no veo otra solución que de elevarnos por encima de ella y de sobresalir para poder ver la cosa más claramente”. Ha vivido toda su vida en conformidad con lo que decía y escribía. Su rostro hasta el último día reflejaba el silencio y la paz. “Todo el Universo se me cae encima”, escribía, “con sus luchas nobles y su apasionada búsqueda. Puedo y debo entregarme con todo mi corazón en las luchas humanas. Cuanto más me entrego, más me acerco de Cristo”. Hoy diría la misma cosa en una época en que somos testigos de cambios tan profundos que preconizan un nuevo impulso hacia delante enlas sociedades humanas.

Espero que viviréis como él, y actuareis como él lo hizo, sin miedo y con el ardor de la Esperanza. Así encontrareis la paz, la alegría de vivir y el “sabor” de la vida.”Es por falta de audacia y de Fe que la vida se reduce a nada” tenía costumbre de decir.¡ Os deseo de escuchar estas palabras con toda la atención que merecen!

Versailles Febrero 1987