Un veto ideológico implícito

Pedro Rubal

GaliciaDigital.com, 2 de abril de 2015

No descubro nada nuevo si les traigo en estas líneas un ejemplo relevante de veto soterrado en el sótano de la estructura psicológica de muchas personas, al que decidí llamarle, no sé si con fortuna, “veto ideológico implícito”, cuando éstas, sobre todo en su faceta intelectual, cierran el acceso al propio conocimiento de las aportaciones culturales de sus semejantes por motivos ideológicos, de matiz político, religioso e incluso estrictamente cultural, cuidándose de que los juicios críticos puedan hacer mella en su taciturnidad.

Cuidado con contagiarse de contenidos marxistas. Ignoremos los contenidos de aquellas obras en que se expresan sus ideas, no sea que derroquen nuestras convicciones, tan cuidadosamente adquiridas en la mejor ortodoxia. Recuerden: En otros tiempos pasados, “El Capital”, de Marx, en una modesta biblioteca, arrastraba descalificaciones a su titular, que hasta podían comportar riesgos de persecución política.
El ateísmo incompetente, y no como opción legítima razonada, si no ataca furibundamente al que presume creyente, aplica el veto ideológico implícito a todo aquello que lleve un dios, o a Dios en sus portadas; pero el fundamentalista religioso, más comprometido con las tradiciones aceptadas de manera acrítica, sin atreverse a filtrarlas a través de una hermenéutica fundamentada en la racionalidad, tampoco se queda corto en actitudes y juicios. Ambos, ateísta y fundamentalista religioso, saben muy bien aplicar, si llega la ocasión de lidiar con las aportaciones culturales de sus adversarios, ese veto del silencio, la pasividad y la indiferencia.

Pues bien; el “ejemplo relevante” que hoy quiero ofrecerles aquí es el del ilustre jesuita antropólogo TEILHARD DE CHARDIN, una de las mentes más preclaras del siglo XX, apasionado de la ciencia y siempre fiel a sus creencias religiosas, que tuvo la destreza de apuntar una vía para armonizar la ciencia y la teología. Justamente el 10 de este mes de abril, se celebra el SESENTA ANIVERSARIO de su muerte, ocurrida en la Casa de los Jesuitas de Nueva York, a donde se había retirado en sus últimos años.

Como era de esperar, la Asociación de Amigos de Teilhard, aquí en España, en relación con otras en el extranjero, celebra una serie de actos culturales y religiosos en su honra, recuerdo y agradecimiento, y cada vez parece que hay más intelectuales que se preocupan por investigar en las obras que contienen el pensamiento teilhardiano, porque albergan ideas en las que se descubren incoadas posibles vías de salida a problemas científicos y teológicos de actualidad.

Precisamente por eso, llama la atención que los seminarios religiosos y los apartamentos de centros docentes, con competencias atribuidas y supuestas, en su mayoría, respondan a los planteamientos científicos y teológicos de Teilhard con el “veto ideológico implícito”, algo que a él no le cogería de sorpresa, porque había sido víctima de esto durante toda su vida en activo: Ni lo olvidaron los fundamentalismos ni las actitudes ateas.

Permítanme que apunte sólo unos pocos lugares, que encuentro en las aportaciones que tuvieron a bien enviar de la Asociación y propias adquisiciones, en las que se manifiesta un estudio concienzudo de las obras de Teilhard, y se justifica la continuación de los trabajos de investigación en sus contenidos.

Como apunta el Dr. Udías, Teilhard, en el proceso de evolución, descubre dos momentos que llama una discontinuidad en continuidad: la aparición de la vida y la aparición en el hombre de la consciencia y el pensamiento. El primero da lugar a la biosfera y con el segundo surge el conocimiento reflejo, porque el hombre conoce y sabe que conoce, y con ello aparece una envoltura sobre la Tierra que llama “noosfera”, es decir, la esfera del conocimiento consciente.

Todo esto desencadena el proceso de “socialización” y “planetización”, procesos culturales y sociales que tienden a unir a los hombres, venciendo los intereses individuales y de grupo, que, sin duda, tienen mucho que ver con lo que hoy llamamos “globalización”. Miren por donde “el énfasis en el individuo es sustituido por el énfasis en lo social”. Y esto está contenido germinalmente en el pensamiento teilhardiano.

La construcción del bien de la humanidad en general tiene su fundamento en la “noosfera”, merced a la cual se puede encontrar sentido a una convergencia humana, facilitada en la actualidad por “el incremento en las comunicaciones globales, la preocupación por los asuntos internacionales y su interconexión…” (Udías).

Con motivo de la crónica de un Simposio celebrado en Roma del 21 al 24 de octubre de 2.004, yo, modestamente, me atreví a sugerir como intuiciones vigentes en el pensamiento de Teilhard, las siguientes, que me parece oportuno dar a conocer a los lectores, aunque sea en resumen:

El cristiano de hoy no puede renunciar a esa resonancia mística y cósmica, que, de acuerdo con los avances científicos, abren nuevos horizontes a un planteamiento del sentido de la vida humana. No cabe duda de que Teilhard vivió su fe incardinada en la realidad científica, que él experimentó no sólo desde las teorías dominantes en su época, sino que también enriqueció sus percepciones de la misma hurgando en sus entresijos; es decir, sus experiencias fueron vivenciadas experimentalmente.

Las temáticas de fondo que abordó Teilhard poseen en la actualidad una vigencia indiscutible: visión cosmológica, científica, metafísica y teológica. Todo con la particularidad de que las posturas que le siguieron a él y las que se opusieron, en nuestros días, son menos apasionadas, porque hoy la ciencia abrió horizontes a la fe insospechados, que saben aprovechar importantes sectores de la intelectualidad, en una u otra dirección.

Esto hace que la convergencia que buscó tan ansiosamente Teilhard en el ámbito de las ciencias, la filosofía y la teología, cuente con un documentado esfuerzo en los estudios de estos ámbitos, y da la impresión de que su pensamiento sigue siendo un fontanal de ideas útiles, que despiertan interés en el campo científico y teológico, e, incluso, con proyección sociológica.

Algunos físicos llegaron a afirmar que la teoría de la evolución biológica de Teilhard es una síntesis que une sorprendentes caracteres de la realidad cuántica – su totalidad indivisible, su orden trascendental, sus características rudimentarias de la consciencia – (…) (L. Schäfer).

Como afirma la filósofa S. Procacci, el Punto Omega como final del universo puede tomarse y releerse a la luz de las predicciones del “principio antrópico”. No parece que sea otra cosa el empeño puesto en comprender el papel de la vida y la consciencia en el cosmos, por creyentes y no creyentes.

Otro lugar a tener en cuenta es que Teilhard prima la importancia de los humanos, en el proceso evolutivo, por su complejidad, que la evolución persigue en pasos sucesivos, y nada descarta que el hombre sea sólo un paso en un viaje más largo, porque el propósito del universo no está centrado en él, sino en el Punto Omega, donde los puntos reflexivos del mundo convergen.

Hay muchísimas otras razones para recordar a Teilhard, que no pueden recogerse aquí, y que desaconsejan el “veto ideológico implícito”, propio de la holgazanería intelectual y de una actitud de pasividad cómoda, en oposición a la reserva explícita, que se abre a la crítica cuando ofrece razones y no procede de la imposición jerárquica.

Sirvan, pues, estas modestísimas palabras como manifestación de la memoria del ilustre antropólogo, en el sesenta aniversario de su fallecimiento.