Tender puentes entre las Ciencias y la Religión:

Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) y la unificación de los saberes.

LEANDRO SEQUEIROS (1)

RESUMEN: En el año 1947 Pierre Teilhard de Chardin tiene 66 años. Ha recorrido medio mundo y ha recibido muchos golpes emocionales al no poder publicar sus escritos. Pese a eso, en una conferencia a jesuitas en Versalles les habla sobre “el valor religioso de la investigación”. Esa fue su gran pasión. La unificación de las ciencias y la teología, de la razón y de la espiritualidad, de la materia y del espíritu. Toda su vida fue “tender puentes” entre la Ciencia y la Religión.

Una serie de reflexiones escritas entre 1920 y 1955, el año de su muerte, se han agrupado en uno de sus libros más leídos y comentados: “Ciencia y Cristo”. A lo largo de los 35 años de contenidos en estos artículos rastreamos la construcción mental de su paradigma de unificación de saberes en torno a dos polos aparentemente excluyentes: la Ciencia y la Religión, la investigación científica y el cristianismo, la racionalidad y la mística.

INTRODUCCIÓN

En este volumen colectivo, y bajo el generoso paraguas de “encuentros entre Ciencia y fe”, se describen muy diversas perspectivas relacionadas con la posibilidad y la necesidad cultural de tender puentes entre la cultura científica y la cultura religiosa, entre dos paradigmas interpretativos del mundo que, postulamos, no tienen que ser excluyentes(2). Todos los autores que han colaborado en este libro coinciden en reconocer que no es fácil definir lo que entendemos por “ciencia”. Que no es fácil definir lo que entendemos por “fe”. Y que por ello, es mucho más difícil aún precisar cómo articular ambas experiencias humanas, ambas visiones del mundo, en una única formulación unificada(3)

Conscientes de la imprecisión terminológica y de la fragilidad de la delimitación de las fronteras borrosas entre ciencia y fe, nos ha parecido un buen camino para acercarnos al núcleo del problema el uso de la teología descriptiva. Tal vez ella pueda aportarnos alguna luz sobre cómo sentir, vivir, racionalizar y justificar la posibilidad de que ciencia y fe no sean experiencias excluyentes sino unificadoras y, por ende, enriquecedoras para ambas.

Y esta aventura de teología narrativa vamos a acometerla acercándonos a un hombre que intentó durante toda su vida tender puentes entre las orillas de un río revuelto, rebelde y embravecido. Nos referimos a Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), por su formación y su trabajo, un científico (gran parte de su vida la pasó explorando la geología de Europa y de China y luego de África, así como los yacimientos paleontológicos de mamíferos y de fósiles humanos). Pero Teilhard fue más que eso. Fue un pensador visionario, filósofo rompedor, místico y poeta, ensayista de dura prosa y conferenciante provocador. Le fue prohibido en vida publicar sus ensayos luminosos que quedaron en penumbra hasta después de su muerte.

Vislumbrando la llegada del final de sus días optó en 1951 por donar a su secretaria Jeanne Marie Mortier todo su voluminoso legado. Gracias a ella, que impulsó la Fundación Teilhard de Chardin, nos han llegado gran parte de sus escritos. Muy posiblemente, – no hay todavía investigaciones concluyentes- en los últimos diez años de su vida, Teilhard pudo asesorar a su secretaria en la sistematización y ordenación de sus escritos. Sostenemos –con reservas- la hipótesis de que Mortier y Teilhard agruparon los escritos en los volúmenes que serían publicados después de su muerte y que ambos pusieron título a los mismos (“La visión del pasado”, “Génesis de un pensamiento”, “Como yo creo”, “Ciencia y Cristo”, etc)

Ciencia y Cristo

En el presente capítulo de este volumen de colaboración, se pretende seguir el hilo del rico pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin sobre Ciencia y Fe. Y conscientes de que posiblemente escapan muchos matices que están alojados y explicitados en otros escritos, seguiremos la evolución del pensamiento de Teilhard a través de los ensayos agrupados en el volumen 9 de las Obras de Teilhard bajo el título de Ciencia y Cristo.

Publicado este volumen en francés en 1965 (Editions du Seuil, París) fue traducido al castellano por Julio Cerón y publicado en su primera edición en 1968, “por TAURUS EDICIONES, bajo la dirección del profesor Miguel Crusafont Pairó, miembro del Comité Teilhard de Chardin”. Ciencia y Cristo incluye un extenso prólogo del teólogo holandés N. M. Wildiers, que sitúa perfectamente la problemática teológica agazapada en estos ensayos.

Bajo el título Ciencia y Cristo se incluyen un total de 20 ensayos de diversa extensión escritos por Pierre Teilhard de Chardin entre 1920 (cuando tiene 39 años, antes de su viaje a China) y marzo de 1955 (un mes antes de su fallecimiento). Tenemos aquí reflejada la evolución del pensamiento de Teilhard sobre las relaciones entre ciencia y fe a lo largo de 35 años. ¿Qué senderos recorre la creatividad de Teilhard a lo largo de estos 35 años para madurar su pensamiento sobre las interacciones entre la concepción del mundo que brota del conocimiento científico y la concepción del mundo construida desde la experiencia religiosa cristiana del que ha elegido seguir la buena noticia de Jesús de Nazaret? ¿Es un recorrido lineal o más bien Teilhard tantea a lo largo de estos 35 años, y en contacto con las experiencias religiosas, humanas, culturales y científicas, nuevos lenguajes, nuevas formulaciones, nuevos conceptos que pueden tender puentes entre ciencia y fe?

1. El valor religioso de la investigación

Vamos a empezar por el final. En el año 1947 Pierre Teilhard de Chardin tiene 66 años. Ha recorrido, como geólogo y paleontólogo prestigioso, medio mundo y recibido muchos golpes académicos y emocionales al no poder publicar sus escritos referentes al pensamiento filosófico y religioso. Pese a eso, en una conferencia a jesuitas en Versalles les habla sobre “el valor religioso de la investigación”. Esa fue su gran pasión. La integración de las ciencias y la teología, de la razón y la espiritualidad, de la materia y el espíritu. Toda su vida fue “tender puentes” entre la Ciencia y la Religión.

El resumen de su conferencia (o tal vez, el mismo texto que él mismo leyó a los asistentes) forma parte de este volumen Ciencia y Cristo(4). Tal como apuntan los editores al final del texto (¿tal vez la misma Mortier por indicación de Teilhard?), se trata de una “Ponencia [Rapport, en el original] presentada por el Padre Teilhard en Versalles, el 20 de agosto de 1947, durante una semana de estudios organizada por los Padres de la Compañía de Jesús”.

No tenemos más información sobre quién organizó el evento. Muy probablemente, el padre Provincial de París y sus consejeros. Esto indica que, a pesar de las reticencias del padre Ledókowski, Teilhard gozaba de una gran autoridad entre los jesuitas franceses.

Unos meses antes, el 22 de junio de 1947, el padre General de la Compañía, Juan Bautista Janssens, había remitido a todos los jesuitas del mundo una carta sobre los ministerios apostólicos. Esto explica el inicio del texto de Teilhard:

“En una carta reciente, nuestro R[everendo]. P[adre]. General [Juan Bautista Janssens] ha mencionado la Investigación (la Investigación científica y, más en general, en todos los sectores del Pensamiento) en cabeza de las líneas de progresión y de ataque que proponía a los miembros de la Compañía. A este respecto, yo quisiera ofrecerles y someterles a ustedes algunas observaciones que justifican –desde un punto de vista especial, pero que me parece sólido – la directriz que acaba de llegar de Roma”.

Muy probablemente, Teilhard percibió con esperanza que el nombramiento del padre Janssens como General de la Compañía, desbloquearía las prohibiciones que –como veremos más adelante- pesaban sobre él, heredadas del General anterior, padre Ledóchowski. Veremos que no fue así. Pues un mes más tarde, en septiembre de 1947, Teilhard es “invitado” por el padre Janssens a no escribir y menos aún publicar nada de filosofía. Y en el año 1948 se le prohíbe desde Roma que se presente a la Cátedra que le ofrecen en París. Pero en estos días, en agosto de 1947, Teilhard tenía confianza en el futuro, tal como comunica a sus compañeros jesuitas. E incluso, desea compartir algunas observaciones que apoyan las directrices de Janssens.

Tres son los puntos que desarrolla Teilhard en su ponencia: el primer punto pretende sensibilizar a los asistentes sobre “la importancia capital que, durante un siglo y medio, ha tomado la Investigación en las ocupaciones y preocupaciones humanas”.

En el segundo punto, reflexiona que “hemos de decidirnos a admitir, por la presión de los hechos, que el Hombre no está terminado todavía en la Naturaleza, no está todavía completamente creado, sino que, en nosotros y en torno a nosotros, sigue todavía en plena evolución”. Posiblemente, esta convicción, -novedosa y rompedora en esa época – no debió ser bien comprendida y pudo provocar que alguien denunciase a Roma (provocando la prohibición de 1948) y que, con los años, el papa Pío XII aludiera a ello en la Humani Generis de 1950.

El tercer punto de la ponencia de Teilhard se refería extensamente a las consecuencias de estos dos primeros puntos para la presencia de la Compañía de Jesús en la sociedad: “¿Por qué es tan importante que nosotros, los jesuitas, participemos en la Investigación humana hasta llegar a penetrarla e impregnarla con nuestra fe y con nuestro amor a Cristo? ¿Por qué? Sencillamente (si lo que acabo de decir tiene sentido), porque la Investigación es la forma en la que se esconde y opera más intensamente, en la Naturaleza a nuestro alrededor, el poder creador de Dios. A través de nuestra investigación emerge en el Mundo un nuevo ser, un aumento de conciencia. ¿Y no quedaría inacabada, “invivible”, esta nueva criatura si (desde su nacimiento, si es posible) no cayera, lo más explícitamente posible, bajo las formas complementarias de Encarnación y de Redención?” Y más adelante: “En suma, es imposible ir Hacia Arriba sin moverse Hacia Adelante, ni progresar Hacia Adelante sin derivar Hacia Arriba”.

Y concluye la ponencia: “Todo lo que acabo de decirles lo resumiré en esta única frase que sabrán corregir en lo que de brutal tiene en su simplicidad: “Nosotros, los sacerdotes jesuitas, no solamente debemos interesarnos y prestarnos [nous prêter, que es más fuerte: movilizarnos, tender la mano, implicarnos y comprometernos], sino también creer [en cursiva en el original, para enfatizar] en la Investigación, porque la Investigación (realizada “con fe”) es el terreno mismo en el que tiene probabilidades de elaborarse la única mística humano-cristiana que puede hacer mañana una unanimidad humana”.

Desgraciadamente, no tenemos datos sobre los ecos que estas palabras produjeron en el auditorio de jesuitas franceses. Ni si colaboraron a movilizar los proyectos de acción de la Compañía de Jesús en Francia. Pero las palabras muestran la madurez del pensamiento teilhardiano sobre el valor de la investigación que va más allá de la pura actividad intelectual para movilizar recursos muy profundos del ser humano.

Estas serán las consideraciones de su escrito de marzo de 1955 (un mes antes de fallecer) sobre “Investigación, Trabajo y Adoración”(5) al que aludimos más adelante.

Tender puentes puede ocasionar conflictos

Para entender en su contexto esta ponencia (o informe) de 1947, conviene situarla históricamente. La figura de Teilhard de Chardin fue, desde el principio, muy contestada por algunos jesuitas y mirada con recelo por parte de sectores oficiales de la Iglesia.

Pese a su brillante tesis doctoral defendida en 1922, en 1923 Teilhard fue “destinado” (en circunstancias poco claras) por sus superiores a China para colaborar con el padre Emile Licent; en 1925, estando ya en China, el padre Provincial le ordena que deje de figurar como profesor del Instituto Católico de París. En 1927, Roma le niega el imprimatur a El Medio Divino (escrito en Tientsin entre noviembre de 1926 y marzo de 1927; no será publicado hasta 1957, y en castellano en 1958).

Será conveniente centrar la figura de Teilhard en el contexto de la Compañía de Jesús de esos años. Casi toda la vida de Teilhard dentro de la Compañía de Jesús se desarrolla durante el “generalato” de dos hombres de fuerte carácter e hijos de su tiempo. Al hablar de “generalato” nos referimos al Superior General de la Compañía de Jesús, el Padre General o Prepósito General –como lo llamaba San Ignacio – que es quien gobierna a la orden religiosa masculina más numerosa del mundo.

Fallecido el padre Francisco Javier Wernz con 49 años de edad el que fuera el 26 sucesor de San Ignacio como General de la Compañía, le sucedió desde 1915 el padre Wlodimiro Ledókowski (1886-1942), un hombre de mentalidad rígida, que colaboró estrechamente con el Papa Pío XI en la redacción de la encíclica contra el comunismo, Divini Redemptoris. Con Ledókowski es con quien Teilhard tiene los primeros problemas motivados por la publicación de sus escritos.

En el año 1927, el padre General de la Compañía le ordena que renuncie a toda actividad en París. En 1938, se le prohíbe publicar La energía Humana (escrita en 1937 y que no se publicará hasta 1962 y en castellano en 1963). En abril de 1941, Teilhard remite a Roma para la censura su segundo libro: El Fenómeno Humano (escrito en 1940 y no publicado hasta 1955 y en castellano en 1963). El 6 de agosto de 1944 (tres años más tarde) se entera de que este manuscrito ha sido rechazado por la censura. Toda una serie de reveses que debieron, sin duda, afectar al ánimo sensible de Teilhard.

Pero el fallecimiento en 1942 del padre Ledóchowski, en plena guerra mundial, hizo que la XXIX Congregación General de la Compañía (que es quien debe elegir un padre General nuevo) no pudiera reunirse hasta septiembre de 1946. En ella fue elegido el 27 sucesor de San Ignacio: el padre Juan Bautista Janssens (1889-1964). Fue un brillante filósofo que después se doctoró en Derecho Canónico. Fue un hombre sensible a los problemas de su tiempo. En 1939, visitó como Provincial las misiones del Congo, donde los jesuitas tenían una gran presencia. Y en 1945, durante el nazismo, escondió en la comunidad de los jesuitas de Bruselas a un grupo de niños judíos. Desde 1946 hasta su fallecimiento en 1964 ejerció como General de la Compañía.

El 22 de junio de 1947, poco menos de un año de haber sido elegido, el Prepósito General Juan B. Janssens, escribió una carta(6) a toda la Compañía para responder a la problemática urgente existente y poder mejor reconstruir el mundo roto por la Segunda Guerra Mundial. Con lenguaje preciso, más concreto y definido que su predecesor, pide a la Compañía universal hacer el discernimiento apostólico oportuno.

En la segunda parte de la carta, cuando entra a desbrozar los cuatro ministerios prioritarios, el primero que nombra es:

El trabajo científico propiamente dicho, tanto el que se desarrolla en las disciplinas sagradas como en las disciplinas profanas. Las tradiciones de la Iglesia y de la Compañía nunca han considerado ajenas a su vocación y misión estas disciplinas profanas(7)

Y pone algunos ejemplos como la arqueología, la paleontología y la física. Este tipo de trabajo no sólo se realiza en la investigación, sino también en la docencia en los niveles superiores universitarios y en la publicación de las revistas científicas. Insiste en la necesidad del trabajo serio científico en estos campos de cara al prestigio de la Iglesia, ya que hoy no se estima al teólogo ni al filósofo católico, “pero tendrán en gran aprecio al historiador, al matemático y al astrónomo(8) .

El discurso de Teilhard de 1947 en Versalles

A esta carta alude Teilhard en su discurso a los jesuitas reunidos en Versalles en 1947. Para concretar esta prioridad, en abril de 1948, el mismo P. Janssens escribe a toda la Compañía pidiendo personal para la Universidad Gregoriana y sus Institutos anexos, recordando la importancia universal de estas obras(9) .

Pero los problemas para Teilhard no terminan con su muerte en 1955. El 30 de junio de 1962, la Congregación del Santo Oficio da a conocer un Monitum en donde se pone en guardia sobre sus ideas que pueden ser un “peligro” para las mentes de los jóvenes. Apunta a que en Teilhard hay “ambigüedades” y “graves errores” en materia filosófica y teológica.

En 1981, con ocasión del centenario de su nacimiento, en el Instituto Católico de París tuvo lugar un acto académico en su honor. El cardenal Agostino Casaroli envió a monseñor Paul Poupard, en nombre del Papa, una carta elogiosa de la personalidad de Teilhard, haciendo reservas respecto a algunas expresiones conceptuales. La prensa interpretó que la Santa Sede revisaba su anterior toma de postura, pero un rápido comunicado de la Santa Sede de julio de ese año insistía en que la carta del Cardenal Casaroli manifestaba reparos serios a algunas ideas teilhardianas.

Con ocasión de la convocatoria de la Congregación General de la Compañía de Jesús para 2016, se han presentado diversos postulados para que, con ocasión de los 60 años del fallecimiento de Teilhard, sean consideradas abrogadas las diferentes condenas a sus ideas que ya son patrimonio de la teología católica.

2. Contenidos de Ciencia y Cristo: la evolución de un pensamiento

Ciencia y Cristo es una recopilación de una colección de 20 de escritos (casi todos inéditos) de Pierre Teilhard de Chardin redactados entre 1920 y 1955 y que fueron seleccionados para ser agrupados – tal vez por el mismo Teilhard – bajo este título para ser publicados posteriormente cuando los vientos fueran favorables.

Unos, están fechados en París antes de su viaje a China en 1923. Otros, (siete) corresponden a su estancia en China. Y ocho fueron escritos en Europa y América a partir de 1946.

No existe un acuerdo entre los estudiosos de la figura de Teilhard sobre cómo se compusieron sus obras recopilando con un criterio los escritos inéditos y poniéndoles un título sugerente. En nuestro caso, el editor ha elegido como título general el texto de una conferencia impartida por un joven Teilhard de 40 años en París el 27 de febrero de 1921.

La edición francesa de Ciencia y Cristo incluye una “Advertencia” (que está en la edición castellana de Taurus, 1968) y que posiblemente es de Jeanne Marie Mortier. Dice así:

Los escritos recopilados en este libro no fueron revisados por el autor con vistas a su publicación: por tanto, también ahora, los presentamos al lector a título de elementos de trabajo”.

Esta aclaración es extremadamente interesante por varias razones: la primera es que el editor (o editora) tiene conciencia de que no está publicando una edición crítica, sino simplemente la transcripción de unos manuscritos que deben ser considerados como “elementos de trabajo”; y en segundo lugar, que no han sido revisados por el autor con vistas a su publicación. Lo cual parece indicar que Teilhard no supervisó la publicación –o al menos evita aparecer como inductor de la publicación.

Pero sigamos con la “Advertencia”: “Del conjunto de estos ensayos puede decirse, en diverso grado, lo que el P[adre]. Teilhard precisaba al principio de uno de ellos (“Cristianismo y Evolución”)(10) : “Solamente escribo estas líneas para aportar al trabajo común de la conciencia cristiana una contribución individual, que expresa las exigencias que asume, en mi caso particular, la fides quaerens intellectum. Sugerencias y no afirmación o enseñanza”. Así “se manifestará más claramente lo que pueda ser fecundo, o, por el contrario, criticable, en mi pensamiento. Lo que es vivo tendrá una oportunidad de sobrevivir y de crecer. Y con ello quedará cumplida mi tarea”.

Sabemos que en el año 1951, el 2 de julio, Teilhard redactó un documento por el cual legaba a su secretaria Jeanne Marie Mortier todos sus escritos. Pero cabe una duda: ¿había empezado Teilhard con anticipación a organizar en volúmenes para ser publicados sus muchos textos?

Considerando más de cerca los hechos, podemos decir que fue precisamente un ensayo del padre Teilhard lo que en realidad estuvo en el origen de tal eventualidad. En Septiembre de 1938 le llegó a Jeanne Mortier, enviado por un amigo seminarista, uno de los ejemplares multicopiados de El Medio Divino. La lectura del ensayo le impactó espiritualmente. Mortier se sintió aliviada y percibió que le sacaba del túnel donde se había metido, después de diez años de estudios tomistas. Ella sólo conocía el nombre del autor: Pierre Teilhard.

Al final de Enero de 1939 le fue entregada a Mortier una invitación por una pareja de amigos que estaban interesados en las conferencias científicas del Museo de Historia Natural. Al leer que la exposición sobre las excavaciones recientes en Birmania tenía por responsable al padre Teilhard de Chardin, descubría que el autor místico de El Medio Divino era un hombre consagrado a la ciencia.

Fascinada por la “nueva visión” del religioso científico, propuso a Teilhard ayudarle en aquello que necesitara y en la recopilación de sus reflexiones. Fue de esta manera que se convirtió en su secretaria. Comenzó a ordenar los manuscritos, a clasificarlos y a pasarlos a máquina de escribir. Fue un trabajo que necesitó de mucho tiempo y de gran esfuerzo, dada la difícil letra de Teilhard y las correcciones que él mismo añadía a los textos.

Uno de los volúmenes que compusieron recibió el título de Ciencia y Cristo. Pero ¿quién seleccionó estos ensayos manuscritos para integrarlos en Ciencia y Cristo? ¿El mismo Teilhard? ¿La fiel secretaria Jeanne Marie Mortier? ¿El Comité Teilhard de Chardin?

En estos momentos no tenemos respuesta a estas preguntas.

3. Contenidos del volumen Ciencia y Cristo

El volumen cuenta con los siguientes trabajos de Pierre Teilhard de Chardin:

Título Fecha
¿En qué consiste el cuerpo humano? Sin fecha
Nota sobre el Cristo Universal París, enero 1920
Ciencia y Cristo, o Análisis y Síntesis (Conferencia) París, 27 febrero 1921
Mi Universo Tientsin, 25 marzo 1924
El Fenómeno Humano París, septiembre 1928
El Cristianismo en el Mundo Pekín, mayo 1933
La incredulidad moderna Pekín, 25 octubre 1933
Algunas reflexiones sobre la conversión del mundo Pekín, 9 octubre 1936
Salvemos a la Humanidad Pekín, 11 noviembre 1936
Super-Humanidad, Super-Cristo, Super-Caridad Pekín, agosto 1943
Acción y Activación Pekín, 9 agosto 1945
Catolicismo y Ciencia Pekín, Agosto 1946
Sobre los grados de certeza de la Idea de Evolución Roma, 15-20 noviembre 1946
Ecumenismo París, 15 diciembre 1946
Sobre el valor religioso de la Investigación Versalles, 20 agosto 1947
Apéndice: Carta a Emmanuel Mounier 2 noviembre 1947
Nota-Memento sobre la estructura biológica de la Humanidad 3 agosto 1948
¿Qué es la vida? 2 marzo 1950
La biología, llevada a fondo, ¿puede conducirnos a emerger en lo Trascendente? París, Mayo 1941
Investigación, Trabajo y Adoración Nueva York, Marzo 1955

Dos textos introductorios de la edición francesa

Los editores franceses incluyen dos textos de Teilhard, como pórtico de sus ensayos (página 31 de la edición española). Un texto es de “Ciencia y Cristo” (27 de febrero de 1921) y el otro de una carta de Teilhard al padre Fontoynont(11) (26 de julio de 1917). Estos textos dicen:

“Por mi parte, estoy convencido de que no hay más poderoso alimento natural para la vida religiosa que el contacto con las realidades científicas bien comprendidas (…). Nadie como el Hombre inclinado sobre la Materia puede comprender hasta qué punto Cristo, por su Encarnación, es interior al Mundo, enraizado en el Mundo, hasta en el corazón del más pequeño átomo” (Ciencia y Cristo, 27 de febrero de 1921)

“Me impresiona mucho observar que la Iglesia carece casi por completo de un órgano de investigación (a diferencia de todo lo que vive y progresa en torno a ella). Ahora bien, solamente podrá conservar la Fe luminosa, para sus hijos y para los extraños, investigando con esas investigaciones que se siente que constituyen una cuestión de vida o muerte (…) Por consiguiente, es preciso que, bajo el control de la Ecclesia docens, se organice, se desarrolle, la Ecclesia quaerens”. (Carta al padre Fontoynont, 26 de julio de 1917).

Estos dos textos muestran muy a las claras la inquietud interior de Teilhard hacia el valor religioso de la investigación científica.

El prólogo del teólogo Norbert Max Wildiers

Muchos de los volúmenes que contienen los ensayos de Pierre Teilhard de Chardin están precedidos de un prólogo del teólogo holandés N. M. Wildiers (1904-1994).(12) Perteneciente a la orden de los capuchinos y doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, fue uno de los expertos en el pensamiento teilhardiano.

En Ciencia y Cristo se incluye un extenso prólogo (páginas 11-27) de Wildiers del que entresacamos algunos textos. Para Wildiers, “no cabe buscar en las páginas siguientes enunciados de tratados teológicos edificados de modo técnico y mucho menos aún una teología nueva profesada con toda seguridad. Sin embargo, en los textos de este libro podemos claramente percibir el testimonio de un ilustre investigador y también el de un gran cristiano que se ha enfrentado con una integridad absoluta y un sincero amor de Cristo a los problemas con los que se ha encontrado durante su vida”.

Para Wildiers, los textos de este libro abordan el cristianismo a partir de tres puntos de vista diferentes: en primer lugar, desde un enfoque sociológico. Teilhard elabora diversas consideraciones sobre el sentimiento religioso de nuestros días. Para Wildiers –recogiendo ideas de Teilhard – la humanidad contemporánea no es atea; antes al contrario, “ha elaborado una especie de religión natural nueva, que le ha inspirado respeto y admiración ante el cosmos y que ha suscitado un sentimiento según el cual la vida terrestre implica una visión grandiosa que tiende a dominar y a completar el mundo”. En esta línea están los ensayos “Nota sobre el Cristo-Universal” (1920, pág. 37-42) y “La incredulidad moderna” (1933, pág. 137-141).

“Una segunda serie de meditaciones y del pensamiento religioso de Teilhard de Chardin – según Wildiers – se orienta hacia el enfoque del cristianismo considerado como hecho histórico”. Y prosigue: “Descubrimos aquí “una armonía de orden superior”, cuya grandeza y riqueza no cesaba de alabar Teilhard. Esta armonía entre la estructura fundamental del cristianismo y las exigencias de una evolución convergente adquiere en él el sentido de una justificación racional de su fe”.

El tercer enfoque tiene una honda raíz espiritual.“Precisamente, como fiel y como hombre de ciencia creyente, – prosigue Wildiers – Teilhard ha meditado incesantemente sobre el contenido y el significado de su fe”. Y prosigue: “Según Teilhard de Chardin, la experiencia humana de nuestra época impone sobre todo tres exigencias fundamentales al pensamiento teológico. En primer lugar, la teología debe hacer que la verdad de la fe resulte inteligible para el hombre de hoy liberándola de todas las concepciones y fórmulas definitivamente superadas. A continuación nos incumbe orientar nuestra atención concreta hacia el problema de la relación entre Dios y el mundo, asignando a este último término el sentido que le da la ciencia contemporánea. Por último, experimentamos la necesidad de una teología del trabajo y del esfuerzo humano en su aplicación concreta a la investigación científica y a la creación técnica”.

Al término de este extenso prólogo, Wildiers resume así el pensamiento de Teilhard: “en la perspectiva de una evolución convergente que debe realizarse mediante la libre colaboración del hombre, el trabajo, la ciencia y la técnica adquieren un significado excepcional y deben ser considerados por el hombre como un deber supremo y como una misión sagrada. El trabajo, la ciencia y la técnica son necesarios para la ascensión del hombre en la dirección de una unidad y de una espiritualización cada vez mayores”.

Y concluye: “Esta concepción de Teilhard sobre el valor del trabajo humano no constituye más que la consecuencia lógica de su cristología: “Decir que Cristo es término y motor de la Evolución (…) es reconocer implícitamente que Él se hace alcanzable en y a través de todo el proceso de la Evolución”(13).

4. El punto de llegada de Teilhard: “Investigación, Trabajo y Adoración” (1955)

En la ciudad de Nueva York, muy pocas semanas antes de su fallecimiento el 10 de abril de 1955, Pierre Teilhard de Chardin escribe uno de sus últimos ensayos: “Investigación, Trabajo y Adoración”. En una nota a pie de página hay un texto que tiene un cierto aire enigmático y que debió ser escrito por su secretaria, Jeanne Marie Mortier, oculta por el genérico “Nota del Editor”, posiblemente por indicación del mismo Teilhard: “Últimas páginas enviadas por el P. Teilhard antes de su muerte. Fueron escritas poco después de la última obra: ”Le Christique”, que será publicada ulteriormente. (Nota del Editor)”.

Esta nota a pie de página sugiere algunas preguntas sin respuestas convincentes hasta ahora sobre este escrito: ¿por qué lo escribe a los superiores de la Compañía de Jesús? ¿Quiere indicar esta nota que Teilhard lo envió desde Nueva York a su secretaria Mortier para ser incluidas en este libro? ¿Tal vez las escribió para ser enviadas a sus superiores de la Compañía de Jesús y al final prefirió no hacerlo?

En el primer párrafo del texto hay una frase enigmática no desprovista de cierta amargura: “Haga usted Ciencia apaciblemente sin mezclarse en filosofía ni en teología.. Tal es el consejo (y la advertencia) que la autoridad me ha repetido una y otra vez durante toda mi vida.

Tal sigue siendo –supongo – la dirección que se da a los numerosos y brillantes cachorros lanzados hoy, muy oportunamente, al campo de la investigación.

Pero sobre esta actitud, respetuosamente – pero con la seguridad que me dan cincuenta años de vida pasada en el corazón del problema – quisiera hacer observar a quien corresponda, que es psicológicamente inviable y, por otra parte, directamente opuesta a la mayor gloria de Dios”.

El escrito está estructurado en tres partes: 1. Espíritu científico y fe en el Hacia Adelante. 2. El conflicto Religión-Ciencia y su solución. 3. Un dispositivo práctico que hay que pensar: para los del laboratorio y la fábrica, una formación religiosa especializada.

Pero es la parte segunda la que se refiere con más propiedad a nuestro intento. Habrá que situarla en el contexto de su discurso. Teilhard es consciente – y ese ha sido su intento durante medio siglo – de que todo aquel que se esfuerza por arrancar a la naturaleza sus secretos, “todo investigador se ha convertido hoy por exigencia funcional en un “creyente en el Hacia Adelante”, en un consagrado a lo “ultra-humano”. Y explica lo que quiere decir: “(…) Lo que hace del Hombre un “sabio” es aparentemente el atractivo especulativo de la curiosidad, combinada con el excitante económico de una vida más fácil. Descubrir el inventar por placer y al mismo tiempo por necesidad, para que la existencia en torno nuestro resulte mejor. Cabe considerar justamente esta doble necesidad de distracción y de comodidad como el estimulante ideal de la Investigación. Pero cómo no ver al mismo tiempo que, vinculado con los últimos desarrollos del Conocimiento, está surgiendo en el Investigador de hoy un nuevo excitante psíquico mucho más potente: no ya solamente la querencia del bien-estar, sino la esperanza apasionada de alcanzar el más-ser”.

Todo esto nos lleva a la segunda parte de su ensayo: el conflicto Religión- Ciencia y su solución.

Aquí Teilhard es muy serio en su llamada de atención a sus superiores de la Compañía, a quienes dirige este escrito:

En realidad, lo que debiera hacer reflexionar a los Superiores dos veces antes de enviar a un joven al laboratorio (o a la fábrica, que equivale a lo mismo, en el fondo)(14) no es tanto el temor a que éste desarrollo un “espíritu crítico” como la certeza de exponerle al fuego de una fe nueva (la fe en el Hombre) a la cual no estará probablemente acostumbrado”.

Y más adelante: “Decir, por tanto, a un Religioso que haga Ciencias sin permitirle, al mismo tiempo, repensar toda su visión religiosa es, como decía al empezar, darle una consigna imposible, condenarle de antemano a resultados mediocres, en una vida interior dividida”.

Situación tanto más “absurda” por cuanto, para salir de este callejón sin salida, no se trata (he pasado toda mi vida gritando esto) de atenuar el espíritu cristiano (e ignaciano), sino de esforzarlo hasta su más alta expresión”.

En el espíritu y en el corazón del cristiano convertido en “trabajador de la Tierra” no hay ya la interferencia temida, sino una magnífica resonancia establecida entre la adoración del Hacia-Arriba y la fe del Hacia-Adelante”.

En la tercera parte del ensayo, Teilhard propone “Un dispositivo práctico que hay que pensar: para los del laboratorio y la fábrica, una formación religiosa especializada”.

Teilhard se pregunta: “¿Cómo reconciliar (reconociendo que son de hecho una sola y misma cosa) el Dios del Hacia Adelante y el Dios del Hacia Arriba? Desde hace cincuenta años, lanzados al azar en guerrillas, sacerdotes investigadores y sacerdotes obreros, han sentido como yo, y más o menos como yo, han intentado resolver el problema: “cada uno para sí mismo””

Lo que hay que recoger y re-profundizar (en su sentido) es, tanto como la Cristología dogmática, la noción misma de perfección cristiana, puesto que se la transpone a un Universo nuevo (precisamente el de los laboratorios y de la fábrica) en el que la “criatura” no es ya solamente un “instrumento que utilizar”, sino un “co-elemento que integrar” por la Humanidad en génesis, y en el que desaparece (o se corrige) la vieja oposición Tierra-Cielo en la nueva fórmula: “Al Cielo por la culminación de la Tierra”.

5) El punto de partida del planteamiento de Teilhard: el Cristo Universal (1920)

Pero, ¿cómo llega Teilhard a esta síntesis elaborada en 1955, poco antes de su muerte, y a la que considera su testamento espiritual? Aunque la “explosión del genio teilhardiano”(15) tiene lugar en las trincheras durante la guerra europea, el desarrollo y la maduración de su pensamiento se extiende durante cuarenta años. Los recopiladores de esta selección de escritos inéditos de Pierre Teilhard de Chardin no han elegido los ensayos de modo inocente. Subyace una intención: desvelar a través de los textos teilhardianos lo que se llamó la Génesis de un pensamiento(16). En Ciencia y Cristo iremos siguiendo algunos jalones, no necesariamente progresivos y organizados, de la emergencia de las intuiciones que se condensan en su ensayo de 1955 sobre “Investigación, trabajo y adoración”.

En la revista digital Tendencias21 de las religiones hemos publicado algunos ensayos que apuntan en esta dirección. Pueden encontrarse en 500 artículos en Tendencias21 de las Religiones(17).

Ciencias, Cristo y Humanidad

Este intento de unificación, de integración teológica, filosófica y espiritual parece ser la pasión que el científico místico intentó en su agitada vida y que intentaba formular, trémula y nerviosamente, en sus cuadernos. En otro lugar, hemos definido a nuestro autor como “Un misionero del porvenir: Teilhard de Chardin”(18). Leyendo sus páginas se tiene la impresión de que su voz llega desde el futuro agitando las dudas del presente.

Para seguir históricamente el desarrollo de las ideas teilhardianas sobre Ciencia y Religión, será necesario poner el “marco” general de su singladura personal:


DATOS BIOGRÁFICOS de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955)

1881 Nace el 1 de mayo Pierre Teilhard de Chardin en Sarcenat, cerca de Orcines (a 7 km de Clermont- Ferrand, Auvernia).
1899 Entra (con 18 años) en el noviciado de la Compañía de Jesús en Aix-en-Provence. Estudios de filosofía en Jersey.
1905-1908: profesor de química en el Colegio de la Sagrada Familia en El Cairo
1908-1932: estudios de Teología en Ore Place (Hasting, Sussex)
1911: ordenado sacerdote. Destinado a estudiar ciencias en París.

La formación científica y los primeros trabajos geológicos y paleontológicos en Europa (1912-1923)
1912: Inicia su formación científica en París. Primera entrevista con Marcellin Boule, profesor de paleontología en el Museo de Historia Natural de París. Asiste a cursos de Geología y Paleontología.
1915 Guerra Europea. Es movilizado como camillero en el 21 regimiento mixto de zuavos y tiradores.
1919 Es desmovilizado. Obtiene en la Sorbona la licenciatura en Ciencias Naturales.
1920 Se dedica a la Tesis Doctoral: Los Mamíferos del Eoceno inferior francés y sus yacimientos. Encargado de curso de paleontología y geología en el Instituto Católico de París.
1922 Defensa de la tesis doctoral. Pasa a profesor adjunto de Geología en el Instituto Católico de París.

La experiencia China en Tientsin (1923-1931)
1923-24 Parte para China. Inicio de la exploración de los Ordos (Mongolia). Los jesuitas abren en Tientsin la Escuela de Altos Estudios. Campaña de primavera por el extremo oriental del Gobi.
1926-1927 Tres campañas en China, hasta Mongolia.
1928-1929 Es nombrado consejero del Servicio Geológico de China. Colaborador en las excavaciones paleontológicas humanas de Choukoutien, cerca de Pekín como asesor de geología.
1930 Expedición centroasiática (Mongolia) de la American Museum of Natural History.
1931 Teilhard colabora en el estudio del Sinanthropus pekinensis, emparentado con el Pithecántropo (Homo erectus) de Java.

La época de creatividad científica y filosófica en Pekín (1931-1939)
1931-1932 Participa en el “El Crucero Amarillo” de la fundación Citroën en Asia.
1932-1936 Campañas en China desde Pekín.

Los últimos años en China, Francia, África y América (1939-1955)
1939-1946 Queda inmovilizado en China por la Guerra Mundial.
1940 (con 59 años) crea con Pierre Leroy SJ el Instituto de Geobiología de Pekin.
1947: es repatriado a Francia. Problemas con la censura para sus libros. Estancia entre Francia y EEUU.
1955 Teilhard muere repentinamente de infarto en Nueva York el día 10 de Abril (día de Resurrección).


Tal vez el punto de partida de sus reflexiones en Ciencia y Cristo habría que encontrarlo en las raíces de su pensamiento elaborado entre 1916 y 1919 y que pertenece a sus ensayos Escritos del tiempo de guerra, y sobre todo en uno de sus primeros ensayos radicales: “La Vida cósmica”(19). En una hoja suelta añadida al cuaderno manuscrito de “La Vida cósmica”, fechada el 17 de mayo de 1916, escribe: “La Vida cósmica describe las aspiraciones y formula los actos de una vida concreta. Si se realiza el ensayo de desprender sus supuestos y sus principios, se comprueba que introduce nada menos que una cierta orientación nueva de la ascesis cristiana”.

Algunas de las reflexiones teológicas teilhardianas de Ciencia y Cristo pueden encontrarse en una reciente publicación: Trinidad, universo y persona. Teología en cosmovisión evolutiva(20) y, sobre todo, en uno de sus capítulos: “La nueva creación y la evolución de las leyes cósmicas”(21).

Pero volvamos a nuestro tema. En el ensayo de Teilhard de 1920, “Notas sobre el Cristo-Universal”(22), escrito en París cuando, después de la terrible experiencia de la guerra europea, ha regresado al plácido balneario de la carrera universitaria y a la investigación en Universidad, ya apunta algunas de estas intuiciones. Las ciencias, Cristo y la Humanidad van confluyendo en su pensamiento: “El objetivo de esta nota es hacer ver a mis amigos más expertos que yo en la Ciencia sagrada y mejor emplazados que yo para actuar sobre los espíritus, la necesidad vital en que actualmente nos encontramos de explicitar esta noción tan católica de Cristo alfa y omega”, el Cristo Universal.

Por consiguiente, estudiar al Cristo-Universal no es solamente presentar al mundo (incrédulo y creyente) una Figura más atrayente. Es someter a la Teología (dogmática, mística, moral) a una reforma necesaria. Ahora bien, esta refundición se hará automáticamente, vitalmente, suavemente, exercite (sin tregua), por el mero hecho de que el pensamiento cristiano se aplicará a desvelar los rasgos del Cristo-Universal tal como siempre lo ha adorado, pero sin comprender bastante explícitamente cuál era el valor de este atributo”.

Si los teólogos han podido permanecer durante tanto tiempo insensibles al misterio fundamental de Cristo-Universal, ello se debe, pienso, a no haber tenido un pensamiento suficientemente dominado por ese principio de la primacía de lo orgánico sobre lo jurídico”.

¿No se abrirá –sin exageración- un nuevo ciclo en la Iglesia, ciclo maravillosamente adaptado a la edad presente de la humanidad: el Cielo de Cristo adorado a través del Universo?”

El 27 de febrero de 1921, Teilhard es invitado a impartir una conferencia sobre estos temas. El título: “Ciencia y Cristo, o Análisis y Síntesis”(23). Esta conferencia es de gran interés para nuestro tema pues aborda sus dudas y propuestas para una “unificación” entre el pensamiento científico y el pensamiento cristiano. Estos textos son significativos:

Sin querer abordar aquí la cuestión de saber en qué es buena la ciencia, e incluso indispensable, para el pleno desarrollo del cristianismo, voy a intentar (a manera de introducción a esta cuestión fundamental) haceros amar cristianamente a la Ciencia, estableciendo para ello las dos proposiciones siguientes: 1) Por ser esencialmente analítico, el estudio científico del Mundo nos hace marchar en principio en sentido inverso a las realidades divinas. 2) Mas, por otra parte, el revelarnos la estructura sintética del Mundo, esta misma penetración científica de las cosas nos hacen volvernos y nos lanza, por su prolongación natural, hacia el Centro único de las Cosas, que es Dios Nuestro Señor”.

Como conclusión de su conferencia, propone tres líneas de reflexión: 1) “Ante todo, nosotros, cristianos, no temamos y no nos escandalicemos erróneamente de los resultados de la investigación científica (…) 2) La Ciencia no debe, pues, turbar nuestra Fe con sus análisis (….) 3) Por consiguiente, es inútil, es injusto oponer la Ciencia y Cristo, o separarlos como dos dominios extraños el uno del otro. La Ciencia sola no puede descubrir a Cristo; pero Cristo colma los deseos que nacen en nuestro corazón con la enseñanza de la Ciencia. El cielo que hace descender al Hombre hasta las entrañas de la Materia en pleno Múltiple, para remontar desde allí al centro de la unificación espiritual, es un ciclo natural. Podría decirse que es un ciclo divino, puesto que ha sido seguido primero por Aquel que ha tenido que “descender a los infiernos” antes que elevarse a los cielos, a fin de llenar todas las cosas

Están aquí insinuadas muchas de las formulaciones “unificadoras” que, con posterioridad, desarrollará en otros escritos. Una mirada optimista hacia la convergencia entre el esfuerzo de las Ciencias y el desvelamiento de un plan cósmico que se expresa en Cristo siguiendo los textos paulinos referentes al Cristo cósmico.

6. Reflexiones de Teilhard sobre Ciencia y Cristo en China (1923-1945)

Siete ensayos sobre Ciencia y Religión, incluidos en el volumen Ciencia y Cristo, están firmados en China, bien en Tientsin bien en Pekín. Conviene valorar cómo la situación personal en estos años influye en la evolución de su pensamiento sobre la integración entre el conocimiento científico y la experiencia religiosa cristiana. Tengamos en cuenta que su etapa en Pekín (1931-1939) va a ser la más fecunda(24), y también la etapa en la que se inician los conflictos con el padre General de la Compañía, el padre Ledokowski, tal como se ha apuntado más arriba.

Tres ensayos de más calado, profundidad y extensión fueron redactados durante la estancia en China de Teilhard y marcan la evolución y maduración de su pensamiento sobre Ciencia y Religión: “Mi Universo” (escrito en Tientsin el 25 de marzo de 1924, es una reflexión sobre el fondo filosófico de su concepción de lo religioso en el contexto del Cristo Universal)(25); el segundo de los ensayos de este tiempo, “El fenómeno humano” (está firmado en París, en una corta estancia en 1928, antes de ser destinado definitivamente a China, y lo podemos considerar como chino)(26). El tercer ensayo, “El cristianismo en el mundo”, (firmado en Pekín en mayo de 1933, es un ensayo sobre las religiones y la humanidad)(27).

1. Mi Universo (Tientsin, 1924)

En “Mi Universo”, “me propongo simplemente exponer aquí la manera personal de comprender el Mundo en la que me he encontrado progresivamente llevado por el desarrollo inevitable de mi conciencia humana y cristiana” (…). Porque el destino me ha colocado en un cruce privilegiado del Mundo en el que, mi doble calidad de sacerdote y de hombre de Ciencia, he podido sentir pasar a través mío, en condiciones particularmente exaltantes y variadas, la doble oleada de potencias humanas y divinas; porque, en esta situación de elegir en la frontera de dos mundos, he encontrado amigos excepcionales para abrir mi pensamiento y ocios prolongados para madurarlo y fijarlo; pienso que sería infiel a la Vida, infiel también a los que necesitan que les ayude (…), si no intentara transmitirles los lineamientos de la espléndida figura que se ha descubierto ante mí en el Universo durante veinticinco años de reflexiones y de experiencias de todas clases (…). Toda mi apologética consistirá en mostrar esta coherencia sólida, natural, total”.

Y en las últimas páginas del ensayo, acuña el término “omega”, tan querido por Teilhard más adelante: “Para abreviar, llamemos omega: al Término superior cósmico desvelado por la Unión creadora”. Y fundamenta la afirmación de que “Cristo no es sino Omega” (página 76) acudiendo a una extensa relación de textos de San Juan y sobre todo de San Pablo, entre ellos “Omnis in omnium Christus (Colosenses 3, 11) ¡Es exactamente la definición de omega!

Y más adelante: “Así se abrirá en el Mundo la era de la Ciencia; y la Ciencia estará probablemente cada vez más impregnada de Mística (no para ser dirigida, sino para animarse en ella)” (pág. 105) [Animarse, en el sentido de llenarla de fuerza, de alma, de animus, de espíritu]

Y concluye (pág. 107): “Como una inmensa marea, el Ser habrá dominado el temblor de los seres. En el seno de un Océano aquietado, pero en el cual cada una de sus gotas será consciente de seguir siendo ella misma, habrá concluido la extraordinaria aventura del Mundo. El sueño de toda mística, el eterno sueño panteísta, habrán encontrado su plena y legítima satisfacción. Erit in ómnibus Omnia Deus” [Dios será todo en todas las cosas](28)

2. El fenómeno humano (París, 1928)

El segundo texto de Ciencia y Cristo de una cierta extensión es esta primera redacción de un ensayo sobre “El fenómeno humano(29) . Escribe (pág.110): “Las reflexiones que siguen tienen la finalidad de sugerir un punto de vista desde el cual las ciencias del Hombre enlacen con la Ciencia, con objeto de prolongarla. En el Cosmos, la Humanidad representa un “fenómeno natural” – un fenómeno sui generis – un fenómeno capital; y, como tal, merece (aunque sea a costa de cierta reordenación general de nuestras perspectivas) fundar una rama suprema de la Ciencia: sobre esto es sobre lo que queremos llamar la atención en estas líneas, conscientes de que nos mantendremos en un plano estrictamente experimental”.

Para Teilhard, el llamado “fenómeno humano” posee una realidad científica. Y argumenta: “En el momento presente, las Ciencias del Hombre y las Ciencias de la Naturaleza abordan lo Real en dos sentidos contrarios. Esto es lo que da a sus objetivos respectivos la apariencia paradójica de pertenecer a dos Universos distintos. Y eso es lo que resulta necesario y suficiente corregir, si queremos llegar a ver como naturalistas y como físicos el fenómeno humano” (pág. 111) Y concluye este capítulo (resaltando el texto con cursiva): “Para ver caer el muro que separa indudablemente las ciencias del Hombre y la Ciencia de la Naturaleza, no existen, en último término, medio más sencillo, ni más radical, que tomar consciencia de la unidad de evolución cósmica”.

Y concluye el ensayo con estas palabras: “Después de mucho tiempo de pasar por un elemento científicamente accesorio, o aberrante, del Universo, la Humanidad acabará por resultar un fenómeno fundamental: el fenómeno por excelencia de la Naturaleza: el fenómeno en el que, en una complejidad singular de factores materiales y morales, uno de los principales actos de la evolución universal resulta, para nosotros, no solamente experimentado, sino también vivido” (pág. 120).

3. El Cristianismo en el mundo (Pekín, mayo de 1933)

El tercero de los ensayos con una cierta extensión redactados en la etapa china de Teilhard es el denominado “El Cristianismo en el mundo”(30). En él encontramos pistas nuevas que muestran la maduración del pensamiento teilhardiano en torno a las relaciones entre la ciencia y la religión.

Frente a aquellos que consideran que las religiones en general y el cristianismo en particular “expresan un estado primitivo y superado de la Humanidad” (pág. 121), Teilhard escribe: “En nuestra opinión, [la diferencia del Cristianismo respecto a otras religiones] consiste en que el Cristianismo (el único de todas las formas existentes de creencias – y a pesar de ciertas apariencias, que tanto sus amigos como sus enemigos parecen complacerse en acentuar -) es una religión de progreso universal

Y más adelante:

El hecho religioso (…) es un fenómeno biológico, directamente vinculado a la liberación creciente de la energía psíquica terrestre. Su curva no es, pues, individual, ni nacional, ni racial, sino humana. Al igual que la Ciencia o la Civilización, la Religión tiene – si puede decirse – una “ontogénesis” coextensiva a la Historia de la Humanidad. La verdadera religión (entendemos por esta palabra la forma religiosa en la que desembocarán un día los tanteos generales de la Acción reflexiva terrestre) participa por lo tanto, como cualquier otra realidad del orden “planetario”, en la naturaleza de un “Phylum”. Tienen que poder seguirse sus comienzos, remontando hacia atrás, hasta el origen de los tiempos”. (pág. 133-134)

Y concluye: “De ahí que lleguemos a la conclusión de que el Cristianismo en el Mundo no representa solamente, como a veces lo parece, la faz religiosa de una civilización transitoria, que brotó en Occidente. Es, más bien, al igual que el propio Occidente (cuya mística expresa y cuyas esperanzas justifica) un fenómeno de amplitud universal que caracteriza la aparición en el interior de la capa humana, de un orden vital nuevo” (pág. 135)

7. Teilhard y la época apologética: la defensa del cristianismo

Un grupo significativo de ensayos escritos en Pekín entre 1933 y 1946, presentan un sesgo apologético. Ya lo tiene el artículo ya comentado, “El cristianismo en el mundo”. Pero los otros seis ensayos (integrados en Ciencia y Cristo) sobre la incredulidad moderna, la conversión del mundo, salvemos la humanidad, catolicismo y ciencia, y sobre los grados de certeza de las teorías de la evolución, muestran un marcado acento defensivo. ¿Qué pudo ocurrirle a Teilhard en estos años? Es un tema a investigar que cae fuera de nuestro intento.

Sí merece una atención especial su ensayo “Catolicismo y Ciencia”(31), publicado en la revista Esprit(32), como un capítulo de un número dedicado a “Face aux Valeurs modernes” (agosto de 1946). Posiblemente, fue escrito en Pekín y enviado a la revista para su publicación, probablemente, a instancias de su director y fundador, Emmanuel Mounier.

Se trata de un texto muy breve precedido por una presentación del director de la revista Esprit que dice: “El conflicto entre ciencia y fe obsesiona a nuestros contemporáneos menos que el conflicto entre la Iglesia y la Revolución. Pero no por ello es menos capital, y nos complace que lo aborde un gran sabio que tiene el mérito de devolver al cristianismo contemporáneo el sentido cosmológico (…). He aquí lo que nos escribe el P. Teilhard de Chardin (Revista Esprit):”

Para Teilhard, el problema de fondo es que “el Dogma cristiano sólo pudo, en sus orígenes, formularse en las dimensiones y según las exigencias de un Universo que, en muchos aspectos, seguía siendo el Cosmos alejandrino: Universo que rodaba armoniosamente sobre sí mismo, limitado y secable en extensión y duración, formado por objetos más o menos transponibles en el espacio y en el tiempo. (…)

Pero este modelo ha sido superado por los científicos, de modo que “un Universo en génesis, pasaba a ocupar, irresistiblemente, en la visión humana, el lugar del Universo estático de los teólogos.(…) Bastó con que el Universo se pusiera en movimiento para que una especie de Divinidad, totalmente inmanente del Mundo, tendiera a reemplazar progresivamente, en la conciencia humana, al Dios trascendente cristiano…

Para Teilhard, “los católicos habían mantenido, ante el neoevangelio científico, una actitud de simple defensa. Demostrar que su posición seguía siendo sostenible a pesar de todos los descubrimientos nuevos: conceder (en el peor de los casos) que la Evolución era una hipótesis plausible, pero siempre frágil: a esto se limitaba, en conjunto, toda su estrategia” (página 217)

Pero, ¿qué ocurriría si se intentara, siguiendo una vía elaborada ya por los antiguos Padres griegos, trasponer lo Revelado a un Universo de tipo movilista?..

Desde este punto de vista, Teilhard aboga por una cristología cósmica – de la que venía hablando desde los años veinte – “a condición, digo, de que esa Evolución sea de tipo a la vez espiritual y convergente. Con esta reserva, nada más fácil y más tentador, que buscar en la Cristogénesis revelada una explicación última y una coronación final de la Cosmogénesis de los científicos. Cristianismo y Evolución: no ya dos visiones irreconciliables, sino dos perspectivas destinadas a encastrarse y a completarse mutuamente” (página 218)

Y concluye: “Creación”, “Encarnación”, “Redención”, estas mismas palabras, por su propia forma gramatical, ¿no evocan la idea de un proceso, más que la de un gesto local e instantáneo?

Alude al “espíritu fáustico” (que coloca el secreto de nuestro destino en un cierto poder inherente a la Humanidad de completarse por su propia fuerza) y al “espíritu cristiano” (tendido en su esfuerzo constructor hacia la unión con un Dios que nos mantiene y nos atrae por todas las potencias del Mundo en evolución. Y prosigue: “Entre estos dos espíritus reaparece, evidentemente, bajo una forma esencial y sutil, el viejo antagonismo Ciencia-Religión. Pero por su propia naturaleza este conflicto no es nada estéril y humillante. Ha terminado ya la antigua oposición entre movilistas e inmovilistas. En adelante, católicos y no católicos coinciden por su fe de base en un Progreso de la Tierra. Toda la cuestión entre ellos consiste en saber cuál de los dos discernirá y alcanzará la cúspide más alta”.(páginas 218-219)

Y concluye con esta profesión de fe: “La Evolución, es hija de la Ciencia. Pero a fin de cuentas, lo que salvará mañana en nosotros el gusto de la Evolución es, sin duda, la fe en Cristo”.

Tal vez sea el momento de comentar aquí la carta que Teilhard de Chardin dirige a Emmanuel Mounier el 2 de noviembre de 1947, con ocasión de los diálogos que éste presidía en Châtenay(33). Tras la excusa por no poder asistir, ofrece esta reflexión: “Cuando se habla de una “teología de la Ciencia moderna”, esto no quiere decir evidentemente que la Ciencia pueda determinar por sí sola una figura de Dios y una religión. Significa, si no me equivoco, que, dado un determinado desarrollo de la Ciencia, ciertas representaciones de Dios y ciertas formas de adoración quedan excluidas porque no son homogéneas con las dimensiones espirituales del Universo” (pág. 253)

Y propone: “En adelante, toda teología aceptable habrá de presentarse en el marco real definido por estos tres ejes principales [organicidad total del Universo, Atomicidad del Universo y Unificación del Universo]. La Metafísica ha abusado de una idea de ser abstracta, físicamente indeterminada. Pero la Ciencia nos define, por medio de ciertos “parámetros” precisos, la naturaleza y las exigencias, es decir, la trama física del ser “participado”. Estos son los parámetros que debe respetar en adelante, toda concepción de Creación, Encarnación, Redención y Salvación, así como, por supuesto, toda demostración de la existencia de Dios”.

Teilhard concluye con un cierto tono de amargura: “Haga lo que guste con estas reflexiones. Pero no las imprima…” Sin duda, alude a la prohibición que pesaba sobre él de publicar sus escritos filosóficos o religiosos.

En su comunicación “Sobre los grados de certeza científica de la idea de evolución”, contenida en el libro de Actas del Congreso Internacional de Filosofía celebrado en Roma (del 15 al 20 de noviembre de 1946) defiende que “haber cobrado conciencia de la evolución es, para nuestra época, algo más y muy distinto que haber descubierto un hecho más, por muy amplio e importante que sea. Consiste (como le ocurre al niño cuando adquiere el sentido de la profundidad espacial) en habernos despertado a la percepción de una dimensión nueva. Idea de evolución: no ya simple hipótesis, como todavía se suele decir, sino condición de toda experiencia, o también, si se quiere, curvatura universal a la que, para poder ser científicamente válidas, o incluso pensables, tienen que someterse todas nuestras construcciones presentes y futuras del Universo” (pág. 222)

Biología y Dios

Dos breves notas, una de 1950(35) y otra de 1951(36), resumen el estado maduro del pensamiento de Teilhard al final de este recorrido. La primera (“¿Qué es la vida?”) fue publicada en Les Nouvelles Littéraires(37), el 2 de marzo de 1950 y es una contestación a una encuesta propuesta por André George, autor de publicaciones para jóvenes sobre temas científicos. Al responder sobre ¿qué es la vida?, concluye Teilhard con estas palabras: “Una vez planteado esto, ¿existe una relación entre esta misteriosa deriva del mundo hacia estadios cada vez más complejos e interiorizados y la otra deriva (mucho más estudiada y mejor conocida) que arrastra al mundo hacia estadios cada vez más simplificados y exteriorizados? ¿Y cuál es esa relación? ¿No serán en realidad de igual amplitud, de igual orden y, en cierto modo, mutuamente complementarios los dos movimientos (vida y entropía) que tienen cuantitativamente (podríamos decir) una importancia desigual? Y, en este caso, ¿en qué forma cabe prever el equilibrio final del fenómeno? En esta última pregunta tiende quizá a recogerse y a formularse, para la ciencia de mañana, el enigma esencial del universo” (pág. 242)

La segunda nota (“La Biología, llevada a fondo, ¿puede conducirnos a emerger en lo trascendente?”) es – según los editores del libro – un estudio breve de Pierre Teilhard de Chardin escrito probablemente en mayo de 1951 con ocasión de la Semana de Intelectuales Católicos de Francia.

El autor afirma: “Creo que hay que contestar afirmativamente la pregunta de si, llevada a fondo en una determinada dirección, la Biología puede conducirnos a emerger en lo trascendente. He aquí por qué”.

Exactamente igual que unos mineros que descubren que la galería está obstruida ante ellos – perderíamos las ganas de actuar, y el impulso humano resultaría radicalmente detenido y “desinflado” para siempre en el fondo de sí mismo, por desaliento y por hastío. ¿Y qué querría decir esto sino que, al hacerse reflexivo el movimiento evolutivo no puede continuar más que manifestándose irreversible, es decir, trascendente: dado que la irreversibilidad completa de una magnitud física, en la medida en que implica una evasión fuera de las condiciones de “desagregabilidad” propias del Tiempo y del Espacio no es más que la expresión biológica de la Trascendencia.

La evolución, que salió hacia algo que se libra de la muerte total, es la mano de Dios que nos devuelve a Él”. (página 244)

Hace unos meses se ha publicado, con ecos teilhardianos, el ensayo Biología y Espíritu(38), un denso trabajo sobre la dimensión espiritual encriptada en la investigación biológica, redactada por el profesor Andrés Moya, presidente de la Sociedad Española de Biología Evolutiva, y que reconoce fuertes influencias del pensamiento de Teilhard.

8. La evolución del pensamiento de Teilhard sobre Ciencia y Religión

A lo largo de estas páginas, al hilo de Ciencia y Cristo, se han recorrido los senderos del pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin sobre la necesidad de la unificación de dos cosmovisiones: la de la Ciencia (entendida como ciencia en sentido estricto, las Ciencias de la Naturaleza) y las experiencias religiosas sistematizadas en la fe cristiana.

El pensamiento filosófico, religioso, místico y científico de Teilhard de Chardin fue fruto de un “largo camino”, de una lenta y a veces dura marcha por terrenos inexplorados, no solo desde el punto de vista geológico. El pensamiento de Teilhard parte de la convicción de que vivimos en un universo que cambia de forma irreversible. Habla más de transformismo que de evolución. Es más: desde muy joven se siente “arrastrado y arrebatado por este mar cósmico”.

Esta construcción social y espiritual no es solo fruto de la reflexión. Es fruto también de sus lecturas meditadas, a las que alude frecuentemente en sus cartas. Tal vez, los filósofos que más influyeron en su pensamiento son Henri Bergson (1859-1941)(39) , Maurice Blondel (1861-1949) y Wilhelm Dilthey (1833-1911) con su concepción de las ciencias del espíritu. También pudo influirle la filosofía de signo naturalista de Ostwald Spengler (1880-1936) y Ludwig Klages (1872-1956). E incluso la filosofía de Hegel. Y con posterioridad, el pensamiento personalista de Emmanuel Mounier con el que tuvo correspondencia.

Se puede decir que el pensamiento unificador de Teilhard en el que se incluye la biología y la paleontología, la prehistoria y la paleoantropología, la filosofía de Bergson, San Pablo, la mística y la poesía va emergiendo dentro de él desde muy pronto. Y, como un árbol, va creciendo en sus ramas, haciéndose corpulento, dando frutos y sufriendo el hacha de sus detractores. Ahora bien: ¿Cómo se fueron construyendo las ideas teilhardianas?

En un trabajo clásico, Émile Rideau(40) ha seguido la evolución del pensamiento teilhardiano. De acuerdo con Rideau se diferenciar seis etapas en el crecimiento y desarrollo de las ideas de Teilhard y consiguientemente, en la evolución de su pensamiento sobre las relaciones unificadoras entre Ciencia y Religión:

1) La primera etapa de la génesis del pensamiento de Teilhard discurre entre 1908-1912 (cuando Teilhard tiene entre 27 y 31 años de edad). Es la época de sus años de estudios de Teología en Hasting. En estos años, como él mismo reconoce, emerge en él “la conciencia de una Deriva profunda, ontológica, total del universo, no como una noción abstracta sino como una Presencia” en torno suyo (ver los textos en El corazón de la Materia). Es el descubrimiento de que el mundo en el que vivimos está “en estado de evolución dirigida, es decir, de génesis” (El corazón de la Materia). Hay una intuición mística no científica que es el inicio de su búsqueda. Desde este punto de vista, el esfuerzo humano por “conocer” el mundo se inserta en esa deriva profunda hacia una misteriosa Presencia, el Dios cósmico.

2) La segunda etapa se extiende entre 1914 y 1918 (en estos años Teilhard tiene entre 34 y 37 años). Es la etapa de la Guerra Europea, cuando Teilhard trabaja como camillero- sanitario en los frentes franceses. La atmósfera de las trincheras significa para él un “bautismo de lo Real” (citado por Claude Aragonnés (su prima, Margarita Teillard- Chambon). Este pensamiento está en su Diario (Journal); también en su ensayo La Guerre 1914-1919 (incluida en Génesis de un pensamiento. Cartas, 1914-1919 [(1961) Taurus, 1963, p. 36]. Teilhard concibe entonces la humanidad como “la envoltura pensante de la Tierra” (El corazón de la Materia, 2002, 29-30). A la vez, su visión interior de Cristo se engrandece a la medida del mundo en movimiento. En El Cristo en la Materia (escrito en el frente de Verdún en 1916, Escritos del tiempo de la guerra, 119-141)

3) La tercera etapa: entre 1920 y 1927 (Teilhard tiene entre 39 y 46 años). Es la que se refleja en algunos de los escritos de Ciencia y Cristo ya citados más arriba. Es la experiencia de sus estudios en la Universidad de París, los primeros conflictos y si ida a China. En su pensamiento se construye el sentido Crístico y el sentido Cósmico. El Cristo Cósmico emerge en su experiencia interior con una gran fuerza. Asia le revela la inmensidad de la Tierra y de lo humano. Es una época de gran actividad científica, acompañada de una intensa vida interior. Teilhard se interesa por el lugar que el trabajo y la adoración, la entrega y el distanciamiento, ocupan en la vida cristiana. Aquí están dos de sus textos más clásicos: La Misa sobre el Mundo (1923) y El Medio Divino (1926-1927) que describen su itinerario interior. Y algunos de los escritos citados más arriba.

4) La cuarta etapa de la génesis del pensamiento de Teilhard: (entre 1928 y 1934). Es la época de las grandes expediciones por el centro de Asia, y la expedición Chapman Andrews y más tarde del Crucero Amarillo. En estos años, Teilhard cobra clara conciencia de la importancia del ser humano dentro del fenómeno evolutivo. Son también los años de investigaciones en Chukutien, donde estudia lo que llamaron Sinanthropus, los homínidos emparentados con el Pithecátropo faber de Java. Poco después describe la llamada ley de complejidad-conciencia. En 1934 publica una primera versión de Cómo yo creo: a petición de Mgr Bruno de Solages (editada en el tomo X de sus obras: Como yo creo, 1970, p. 105-145). Para intentar tender puentes entre Ciencia y Religión hemos de partir de la densa y honda experiencia de lo Humano y su tarea titánica de dominar la naturaleza. Ese esfuerzo humano es, al mismo tiempo, la revelación del Cristo cósmico.

5) La quinta etapa se inicia en 1935 y llega hasta 1945. Teilhard está en Pekín en el proyecto de Geobiología. El pensamiento de Teilhard, centrado definitivamente en el porvenir, se preocupa de los fenómenos de socialización y de la colectivización. La obra maestra de Teilhard, El fenómeno humano, se concluye en 1940 y los contrasta en el capítulo final, titulado El fenómeno cristiano, con su anterior visión pancrística. Por otra parte, el lanzamiento de la revista Geobiología implica la construcción de un gran paradigma científico globalizador de los procesos geobiológicos. Destacamos aquí, por su significado, el texto Esquema de un Universo personal (escrito en 1936) [editado en el tomo VI: La Energía humana] y El lugar del hombre en el Universo (escrito en 1941) [editado en el tomo III, La Visión del pasado]…Teilhard está convencido de que el esfuerzo unificador de la Humanidad pensante converge hacia el punto omega, Cristo redentor y Señor del Universo. Todo converge hacia Adelante y hacia Adentro. Hacia la Ciencia y hacia la Religión. Hacia el saber y hacia la mística.

6) El último decenio de la vida de Teilhard, entre 1945 y 1955, entre los 64 y los 74 años. Son los años de la repatriación a Francia y la estancia americana hasta su muerte. Está dominado por la visión de un ultra-humano colectivo como término de la historia temporal, hacia la que converge, coherentemente, la visión cristiana de la historia como preparación de la parusía de Cristo y espacio de la incorporación de la humanidad redimida en el Cuerpo Místico. Son los años de la preocupación por la Antropogénesis… Y en esa gestación del ultra-humano emerge de forma natural el Cristo Omega, hacia donde se dirige todo el esfuerzo humano.

Conclusión

A lo largo de estas páginas hemos recorrido narrativamente la construcción de un itinerario interior de Pierre Teilhard de Chardin. Es el itinerario que lleva a la convicción de que Ciencia y Religión no son concepciones del mundo en conflicto. Sino aspectos de un mismo proceso de deriva cósmica desde la Materia hasta el Espíritu. Teilhard convirtió su tarea de tender puentes entre las Ciencias y la Religión en una cruzada interior.

Durante 35 años (tal como se desprende de Ciencia y Cristo) reelabora y expresa con palabras (a veces un tanto crípticas) los materiales con los que construir puentes entre ambas orillas, ambas fronteras.

Estas palabras, escritas en 1921, son un anticipo de todo su desarrollo posterior: “es inútil, es injusto oponer la Ciencia y Cristo, o separarlos como dos dominios extraños el uno del otro. La Ciencia sola no puede descubrir a Cristo; pero Cristo colma los deseos que nacen en nuestro corazón con la enseñanza de la Ciencia. El cielo que hace descender al Hombre hasta las entrañas de la Materia en pleno Múltiple, para remontar desde allí al centro de la unificación espiritual, es un ciclo natural. Podría decirse que es un ciclo divino, puesto que ha sido seguido primero por Aquel que ha tenido que “descender a los infiernos” antes que elevarse a los cielos, a fin de llenar todas las cosas

Córdoba, marzo de 2015.


(1) Doctor en Ciencias Geológicas, Catedrático de Paleontología, Vicepresidente de la Asociación de Amigos de Teilhard de Chardin y miembro de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Zaragoza. Correo electrónico: lsequeiros42@gmail.com http://www.bubok.es/autores/metanexus
(2) Agustín Udías, Ciencia y Religión. Dos visiones del mundo. Sal Terrae, Santander, 2010, Colección Panorama, número 13. El autor es jesuita, catedrático emérito de geofísica de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Academia Europea, es autor de Principles of Seismology (Cambridge University Press, 1999); Fundamentos de Geofísica (en colaboración con J. Mezcua; 2ª ed., Alianza, Madrid 1997); Historia de la Física. De Arquímedes a Einstein (Síntesis, Madrid 2004); El universo, la ciencia y Dios (PPC, Madrid 2001) y Searching the Heavens and the Earth: The History of Jesuit Observatories (Kluwer, Dordrecht 2003). Desde 2001 imparte un curso sobre Ciencia y Religión en la Facultad de Ciencias Físicas. Y desde su experiencia como religioso, científico y profesor universitario, ofrece sus reflexiones sobre el apasionante tema de las relaciones entre ciencia y religión.
(3) Hemos elegido la palabra “unificada” en lugar de “integrada” porque nos ha parecido más teilhardiana. Ver también a este respecto: Carlos Valiente Barroso (editor) 13 académicos ante el diálogo ciencia-fe. Religión y ciencia interdisciplinar. Editorial Síntesis, Madrid, 2014, Colección Religiones, 327 páginas; Isabel Luján, Carlos Cabrera y Segundo Díaz (coordinadores). Pensamiento crítico y diálogo fe-cultura. Homenaje a Pepe Alonso. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2014, 480 páginas.
(4) Pierre Teilhard de Chardin. “Sobre el valor religioso de la investigación”. Ciencia y Cristo. Taurus, Madrid, 1968, pág. 229-235
(5) Pierre Teilhard de Chardin. “Investigación, Trabajo y Adoración”. Marzo de 1955. En: Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, pág. 245-251.
(6) Juan Bautista Janssens, “Epistola de ministeriis nostris” [22 junio 1947]. Sobre “la selección de ministerios”. Acta Romana S.I., 11 (1946-1950), 299-336.
(7) Acta Romana S.I., vol. 11,(1946-1950), p. 315
(8) Citado por Agustín Udías, Los jesuitas y la ciencia. Una tradición en la Iglesia. Mensajero, Bilbao, 2014, 372 pág. (sobre todo, pp.295-303
(9) Juan Bautista Janssens. Acta Romana S.I., 11 (1946-1950), pp. 455-458.
(10) Que será publicado en el tomo dedicado especialmente a las obras religiosas. (Nota del Editor) [Corresponde al volumen X: Como yo creo, páginas 191-206. El ensayo es de 1945, cuando Teilhard se sentía más perseguido por Roma. En 1944 se entera de que El fenómeno Humano no puede ser publicado. Nota de L. Sequeiros]
(11) Victor Fontoynont (1880-1958) fue jesuita compañero de noviciado y siempre amigo de Teilhard y posteriormente profesor de griego y fundador de “Sources Crétiennes”. En la guerra europea fue también camillero en el frente.
(12) Ignoramos la razón por la que se incluye este prólogo. Tal vez fue decisión de la Comisión encargada de publicar las obras de Teilhard. Datos biográficos sobre Wildiers en: http://nl.wikipedia.org/wiki/Max_Wildiers. Fue uno de los teólogos que mejor entendió su mensaje y sintetizó las ideas teilhardianas.Ver: http://www.mercaba.org/Filosofia/Chardin/vida_obra.htm
(13) Y cita a este respecto el ensayo “Super-humanidad, super-Cristo, super-caridad”, 1943, Ciencia y Cristo, pág. 177-200.
(14) Teilhard se sitúa en este punto en la problemática de los años cincuenta con los sacerdotes obreros en Francia. En un intento de recuperar a la clase obrera para el Evangelio, se envió a muchos jóvenes jesuitas y no jesuitas a insertarse en el mundo obrero. Muchos, que llegaron allí sin una preparación suficiente, sufrieron crisis importantes en sus creencias. De igual modo sucedió con jóvenes que fueron enviados a estudiar a la Universidad sin una preparación espiritual suficiente.
(15) Cfr. Claude Cuénot. Pierre Teilhard de Chardin. Las grandes etapas de su evolución. Taurus, Madrid, 1967, 636 páginas
(16) Pierre Teilhard de Chardin. Génesis de un pensamiento. CARTAS, 1914-1919. Taurus, Madrid, 1963, 369 páginas
(17) Leandro Sequeiros, Javier Monserrat, Juan Antonio Martínez de la Fe. 500 artículos en Tendencias21 de las Religiones. Bubok ediciones, 2014, 277 páginas
(18) François Euvé y Leandro Sequeiros. De Clavius a Teilhard. La ciencia y los jesuitas. Bubok ediciones, 2014, 200 páginas (sobre todo, pp. 145-158)
(19) Pierre Teilhard de Chardin. “La Vida Cósmica”. En: Escritos del tiempo de guerra. Taurus, 1967, pág. 19-91. Este escrito está fechado en Dunkerque el 20 de abril de 1916, jueves de Pascua. En numerosas cartas a su prima Margarita hace alusión a él. Fue una gestación laboriosa, meditada y lenta. Sobre este texto preparamos un artículo que será publicado durante 2016 con ocasión del centenario de su redacción.
(20) Emili Marlés (editor). Trinidad, universo, persona. Teología en cosmovisión evolutiva. Editorial Verbo Divino, Estella, 2014, Colección “Teología y Ciencias”, número 9, 390 páginas.
(21) Manuel García Doncel. “La nueva creación y la evolución de las leyes cósmicas”. En: Emili Marlés (edit.) pág. 319-360.
(22) Pierre Teilhard de Chardin. Ciencia y Cristo. Taurus, 1968, pág. 37-42.
(23) Pierre Teilhard de Chardin. “Ciencia y Cristo, o Análisis y Síntesis”. En: Ciencia y Cristo. Taurus, 1968, pág.43-58. Parece ser que es el texto que él mismo elaboró y leyó ante un auditorio universitario. Teilhard tiene 40 años, laureado en la guerra y un curriculo ya eminente
(24) Véanse los índices de todos sus ensayos en L. Sequeiros, Teilhard en mi corazón. Bubok ediciones, Málaga, 2010, 232 páginas (y sobre todo, pp. 191-211). Hemos contabilizado casi 25 ensayos filosóficos y religiosos escritos entre 1931 y 1939, la época de mayor creatividad de Teilhard (entre los 50 y los 58 años)
(25) Pierre Teilhard de Chardin. “Mi Universo”. Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, páginas 59-107. Este escrito es el segundo titulado así. El primero (fechado en 1918, ha sido publicado por su prima, Margarita Teillard-Chambon en Escritos del tiempo de guerra (Taurus, Madrid, 1967, 295-311)
(26) Pierre Teilhard de Chardin. “El fenómeno humano”. Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, páginas 109-120. Este ensayo es diferente del escrito que lleva el mismo título y fechado en 1930, y que figura en La visión del pasado (Taurus, 1968, 201-216, y que logró ser publicado en la Revue des Questions Scientifiques, volumen XVII, 390-406). Teilhard ha utilizado por última vez este título en 1938, para la gran obra El fenómeno humano, que tantos quebraderos de cabeza le trajo con la censura de la Compañía de Jesús)
(27) Pierre Teilhard de Chardin. “El cristianismo en el mundo”. Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, páginas 121-135.<
(28) En una alusión a la primera carta de San Pablo a los Corintios: 1Corintios 15, 28. http://bibliaparalela.com/1_corinthians/15-28.htm
(29) Pierre Teilhard de Chardin. “El fenómeno humano”. Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, páginas 109-120
(30) Pierre Teilhard de Chardin. “El cristianismo en el mundo”. Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, páginas 121-135.
(31) Pierre Teilhard de Chardin. “Catolicismo y Ciencia”. Ciencia y Cristo. Taurus, 1968, pág. 215-219
(32) Esprit es una revista fundada en 1932 por Emmanuel Mounier, padre del personalismo francés y con el que Teilhard tuvo contactos epistolares. Leemos en su página web: Revue mensuelle indépendante fondée en 1932 par Emmanuel Mounier, Esprit est une revue d’idées engagée dans son temps. Elle s’efforce d’illustrer une approche généraliste de notre présent, entre la culture médiatique et les études savantes. Généraliste et soucieuse de l’intérêt général, elle se consacre à décrypter les évolutions de la politique, de la société et de culture, en France et dans le monde. Sous-titrée depuis sa fondation “revue internationale”, Esprit s’est toujours intéressée à ce qui se passe hors de l’hexagone et a tissé de nombreux liens avec des réseaux intellectuels à l’étranger. Son travail n’est donc pas pris de court dans le contexte de mondialisation, qui exige de penser autrement les liens entre l’esprit européen, les valeurs occidentales et le reste du monde. Chaque numéro est construit autour d’un dossier, suivi d’un choix varié d’articles ainsi que d’un “journal” consacré à des textes brefs, plus subjectifs, parfois polémiques. Un panorama de l’actualité éditoriale (“librairie”) offre quelques repères dans l’abondance de livres et de revues de parution récente. A distance de l’actualité immédiate, l’histoire d’une revue comme Esprit est rythmée par des événements successifs et des convictions. Pour saisir la continuité de ces engagements, un historique, disponible à partir du lien ci-contre, retrace les grandes séquences, les équipes et les grandes figures qui ont marqué son histoire. http://www.esprit.presse.fr/whoarewe/history.php
(33) Esta carta se incluye como apéndice a Ciencia y Cristo. Taurus, 1968, pág. 253-255. 27
(34) Pierre Teilhard de Chardin. “Sobre los grados de certeza científica de la idea de evolución”. Ciencia y Cristo. Taurus, 1968, pág. 221.225.
(35) Pierre Teilhard de Chardin. “¿Qué es la vida?” Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, pág. 241-242.
(36) Pierre Teilhard de Chardin. “¿La Biología, llevada a fondo, puede conducirnos a emerger en lo trascendente?” Ciencia y Cristo, Taurus, 1968, pág. 243-244.
(37) Se trata de una revista literaria y artística francesa creada por Larousse en octubre de 1922 y que dejó de publicarse en 1985.
(38) Andrés Moya. Biología y Espíritu. Exordio de Diego Bermejo. Sal Terrae, Santander, 2014, 167 páginas.
<(39) Teilhard de Chardin leyó “La Evolución Creadora” de Bergson durante sus estudios de Teología en Hasting, en Inglaterra. Y su lectura de marcó profundamente. La tesis doctoral de Madeleine Barthélemy Madaule es ya un clásico en este tema. http://www.amazon.com/Bergson-Teilhard-Chardin-Madeleine- Barth%C3%A9lemy-Madaule/dp/B000M75KOC
(40) Rideau, E., La pensée du Pére Teilhard de Chardin. Éditions du Seuil, Paris, 1963, 590 pág.