Teilhard y la Evolución

Guillermo Agudelo Murguía

José Guillermo Alcalá Rivero

El darwinismo es una teoría científica de gran trascendencia en todas las áreas del conocimiento. Sin embargo, es importante discriminar entre su consistencia como teoría científica y su sustentación como orientación ideológica. Es innegable que existe una conjunción que apoya esta orientación. Por un lado, Darwin da toda la aportación biológica en tanto que Herbert Spencer hace la aportación sociológica.

La hegemonía que esta teoría ha ejercido hasta el momento es casi absoluta, al haber rechazado con éxito los embates de otras ideas al etiquetar casi todas como creacionistas.

Sin embargo, Theodosius Dobzhansky[Nota 1], uno de los fundadores de la teoría sintética, genetista de renombre, en su libro Mindkind Evolving, finaliza con los siguientes párrafos:

“Un inspirado intento de esquematizar una filosofía optimista de las  evoluciones cósmicas, biológica y humana fue hecho por Teilhard de Chardin (1955, 1959). Yo, sin embargo, debo refutar la exhortación que el autor hace en la oración que abre la Advertencia de su excepcional libro: ‘Para ser comprendido de una manera correcta, el libro que presento a mis lectores pide ser leído no como un trabajo de metafísica y menos aún como una especie de tratado teológico, sino única y simplemente como un tratado científico.’ El libro debe leerse como ciencia, metafísica y teología e inclusive como algo que el autor no menciona, poesía. (Aunque este último componente ha sido tristemente demolido en sus traducciones al inglés y al español. Y no sólo en la poesía, sino en el sentido de muchas de sus aserciones.)

‘¿Es la evolución una teoría, un sistema o una hipótesis? Es mucho más, es un postulado general ante el cual, en adelante, deben subordinarse y satisfacer todos los sistemas para que puedan considerarse una posibilidad y ser considerados como verdaderos. La evolución es una luz que ilumina todos los hechos, una trayectoria a la cual todas las líneas de pensamiento deben seguir, esto es la evolución.’

Teilhard de Chardin vio que la evolución de la materia, la vida y el hombre, son partes integrales de un proceso único de desarrollo cósmico, de una sola y coherente historia de un universo indivisible. Es más, él vio en esta historia una dirección, una clara tendencia. Desgraciadamente, describió esta tendencia como “ortogénesis”. Pero si yo lo entiendo correctamente, él no quiso decir que la evolución es un desarrollo no creativo de eventos predeterminados. Desafortunadamente no estaba familiarizado con la moderna biología. Él eligió designar la dirección en la cual la evolución va, como “El Punto Omega”. Esto es: ‘Una colectividad armónica de conciencia equivalente a un tipo de superconciencias. La Tierra se cubre a sí misma, no solamente por miríadas de unidades de pensamiento, sino por un único continuo de pensamiento, y finalmente forma una sola Unidad de Pensamiento de dimensiones planetarias. La pluralidad de los pensamientos individuales se combina y mutualmente se refuerzan entre sí en un único acto de Pensamiento unánime…En la dimensión de Pensamiento como  en la dimensión de Tiempo y Espacio ¿puede el universo lograr la consumación de cualquier cosa que no sea lo inconmensurable?’

Tales magnas concepciones son patentemente indemostrables por hechos científicamente establecidos. Ellas trascienden el conocimiento acumulado; suficiente es decir que este conocimiento no las contradice. Para el hombre moderno tan descuidado e involucrado espiritualmente en este vasto universo tan ostensiblemente sin significado, la idea evolutiva de Teilhard de Chardin llega como un rayo de esperanza. Satisface los requerimientos de nuestro tiempo, porque:

‘El hombre no es el centro del universo como ingenuamente se creía en el pasado, sino algo mucho más bello, el hombre es la flecha ascendente de la gran síntesis biológica. El hombre es el último nacido, el más afinado, el más complejo, la más sutil de las sucesivas capas de la vida.’ Esto no es nada menos que una visión fundamental. Y debo dejarla tal cual.

Dobzhansky reconoce explícitamente que el neo-darwinismo visualiza un universo sin significado y, quizá más importante, también reconoce que se necesita una teoría que tome en cuenta la espiritualidad. De manera un tanto extraña y tal vez contradictoria, este libro se basa en las conferencias Silliman, que él envió a la Universidad de Yale en honor del centenario de la aparición de On the Origin of Species de Charles Darwin en 1959.

Dobzhansky es un magnífico ejemplo de la ambigüedad que existe entre algunos seguidores de Darwin, pero no es el único. En esta lista podemos incluir nombres de científicos tan renombrados como H. James Birx y Harold Morowitz.

H. James Birx es profesor de antropología y autor de un sinnúmero de artículos y libros, entre los que destaca los ganadores de premio Theories of Evolution y Human Evolution. En su libro de 1991, Interpreting Evolution. Darwin & Teilhard se puede leer lo siguiente: “Al igual que algunos pensadores anteriores de la línea racional como Aristóteles, Spinoza, Leibniz y Hegel, Teilhard tenía el deseo de presentar una visión general de la posición de la especie humana en el universo. Donde algunos quienes lo antecedieron sólo se preocupaban con el cambio y el desarrollo, Teilhard, al igual que Spencer y Haeckel, consideraba la evolución del cosmos en su totalidad, incluyendo la especie humana.” Birx también considera que Teilhard era al mismo tiempo científico, filósofo, teólogo y poeta místico por lo que es muy difícil catalogar, juzgar, interpretar y evaluar su trabajo. Pero que no obstante, se debe intentar entender y apreciar el punto de vista teilhardiano desde la perspectiva del naturalismo científico y del humanismo racional.

En otro pasaje de su libro, Birx sostiene que Teilhard será sujeto de debates por décadas si no es que por siglos. Y que será recordado no sólo como alguien que contribuyó al avance de la ciencia sino también de la teología. Por lo que la humanidad está en deuda con su fibra moral e integridad intelectual, ya que fue un gran científico y un noble pensador, quien, a pesar de adversidades abrumadoras, tuvo el coraje de intentar una síntesis de hechos, conceptos y creencias. Por lo tanto, él vio más allá que la mayoría de sus contemporáneos en los horizontes de ciencia, filosofía y teología.

Harold I. Morowitz, profesor de la cátedra Clarence Robinson de biología y filosofía natural de la Universidad George Mason y anterior director del Instituto Krasnow de Estudios Avanzados, en su libro The Emergence of Everything, How the World Became Complex, al inicio del capítulo 2, se refiere a Teilhard de Chardin como su modelo en la investigación especulativa. Y dice que Teilhard en su libro “El fenómeno humano” intentó examinar toda la historia cósmica en una perspectiva evolucionista que va desde el origen del universo, al origen del espíritu humano y más allá. Asimismo asegura que Teilhard luchó con todo su ser para reconciliar su ciencia y su religión. El siglo XX ha visto este tipo de búsqueda de Dios dentro del laboratorio y fuera de él como tema recurrente y en expansión. Morowitz asegura que sus colegas biólogos muestran muy poca simpatía por Teilhard, por lo que él les ha pedido una relectura con empatía del intento de este investigador de buscar algo más profundo en el desarrollo evolutivo del universo.

Morowitz continúa refiriéndose a Teilhard como el constructor de una visión del mundo basada en algunas ideas evolutivas de Darwin, recientemente descubiertas y en las ideas filosóficas sobre la evolución de Henri Bergson y C. Lloyd Morgan, en las cuales las leyes evolutivas de la naturaleza tienen una dirección en el tiempo. Y aunque estas leyes son atemporales, si existe un principio del universo, entonces el estado del sistema evoluciona y está sujeto a sus leyes. El origen de las especies, La evolución creativa, La evolución emergente y El fenómeno humano son una colección de trabajos sobre la evolución, que, aunque se disparan filosóficamente, comparten la direccionalidad de visión de la historia del cosmos. Por lo tanto existe una característica de tipo teleológico al tratar de entender la mente de Dios, que los científicos, muy precipitadamente, han rechazado. Después de todo se inicia con observaciones y si la evolución del cosmos tiene una dirección observada, rechazar esto, definitivamente no es empírico. No necesariamente se necesita un punto final reconocible, pero muy bien puede existir una flecha evolutiva.

 La propuesta evolucionista de Teilhard de Chardin, fuertemente rechazada y despreciada desde su aparición, sobrevivió hibernando por largo tiempo para resurgir avalada por ciencias emergentes como la complejidad, el caos, la nueva termodinámica, etc. Es importante señalar que biólogos y paleontólogos contemporáneos, sin ser creacionistas y algunos desconociendo la obra de Teilhard, han llegado a conclusiones similares en cuanto al proceso evolutivo y sus leyes.

La estudiosa de Teilhard de Chardin, Sivia Jaeger, afirma que “En todas partes se han creado grupos de estudio, católicos o no, que se consagran al análisis del pensamiento de Teilhard de Chardin. Franqueó la Cortina de Hierro y llegó hasta la India, donde ciertos filósofos hacen paralelos entre el mensaje de Teilhard y el de Sri Aurobindo volviéndose así, según Teilhard, un fenómeno “planetario”.

Por todo esto, vendrá muy pronto la hora en que todo investigador, todo pensador, todo hombre de acción que quiera dejar su señal en el mundo deberá necesariamente situarse en una relación con Teilhard de Chardin.”          


[Nota 1] DOBZHANSKY, Theodosius. Mankind Evolving. The Evolution of Human Species. Yale University Press. New Haven – London 1962