Respuesta del Padre Teilhard de Chardin a la angustia moderna.

Conferencia dada en Bruselas el 6 de octubre de 1968 por el Padre Pierre Leroy sj (1900-1992), amigo íntimo del Padre Teilhard de Chardin.
El texto reproducido aquí fue enviado a la Sra. Joseph Teilhard de Chardin con la siguiente dedicatoria manuscrita:

A Madame Joseph Teilhard de Chardin con mis respetuosos saludos

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Es habitual hablar del malestar que sufren nuestros contemporáneos: un malestar que puede llegar a angustia y cuyas consecuencias, a veces trágicas, conocemos bien. En todo el mundo, las manifestaciones violentas de una juventud en rebelión reflejan la naturaleza patética de una situación mal definida, a menudo desorientada pero ciertamente no aceptada por muchos de aquellos en quienes se basa el futuro de nuestra civilización.
¿Qué buscan nuestros contemporáneos? ¿Se rebelan por rebelarse, un poco como los niños mimados cuyas demandas deben ser satisfechas a toda costa? ¿Están guiados por el deseo de derrocar el orden establecido porque las condiciones modernas imponen un modo de vida en el que no encuentran el cumplimiento de sus capacidades? ¿O es simplemente el miedo al futuro o el deseo de beneficiarse sin escrúpulos de todas las ventajas que ofrece la tecnología?
La justificación de sus demandas se encontraría indudablemente en el reconocimiento de que nuestras formas de vida y pensamiento, basadas en viejas tradiciones filosóficas y prácticas religiosas, parecen hoy obsoletas. Eso no sería suficiente. Detrás de estas razones hay una realidad más profunda y acuciante.
La angustia moderna nace de la caducidad de nuestras instituciones y de la búsqueda de valores más adaptados a nuestro tiempo y de la voluntad de participar en las responsabilidades de la ciudadanía. El mundo de hoy hace del mejoramiento humano una meta; lo que busca es lograr objetivos que sean precisos y practicables.
Nuestra mentalidad, cada vez más fraguada por el repentino desarrollo de increíbles avances tecnológicos, impulsada por la ambición de utilizarlos sin reservas, está, sin embargo, desamparada porque teme los excesos y porque no encuentra la adaptación necesaria a los problemas morales. Todo se pone en tela de juicio con la esperanza siempre decepcionada de una solución.
Pensemos en los excesos de las guerras actuales. Los de Vietnam, interminables y crueles, los de Biafra, atroces y monstruosos. Recordemos los procesos violentos utilizados en Europa, América y Asia. Seamos conscientes de la propaganda escandalosa que se presenta como la liberación de las restricciones morales… y hagamos un paralelo con las nociones de orden, paz, respeto, familia y religión. La humanidad vive sin saber lo que será el mañana: ¿Revolución? ¿Guerra? ¿Ruina o Prosperidad? No se puede predecir nada porque todo ha venido a ser posible.
Las normas, aceptadas aún ayer, hoy se rechazan por inaceptables. “Eso ya no cuela”, de ahí las protestas contra la sociedad actual, el rechazo a la estabilidad del matrimonio, la falta de matices en la crítica a la religión y la confusión más o menos consciente entre los valores humanos y los valores religiosos. “El hombre medio imagina que el coqueteo y la técnica del arte del amor le permiten pasar un buen rato… Liberado de los antiguos tabúes sexuales, cree que se ha convertido en una especie de dios secándose al sol. Se exalta ante una “naturaleza” tan simplificada…. pero ya no cree en el amor eterno” (Ch. Moeller).
La “muerte de Dios” ha traído consigo la desaparición de toda sumisión a los imperativos que una vez nos parecieron tan sólidos como la roca.
¿Y qué se pone en su lugar? Se quiere hacer la revolución, lo que significa en la mente de sus instigadores, destruir lo que existe sin una idea clara de lo que sustituiría a lo que se quiere hacer desaparecer. De la improvisación revolucionaria deben surgir soluciones pensadas, inesperadas y mucho más satisfactorias que las de la tradición y la experiencia. A situación nueva solución nueva. Sí, pero ¿cuál? ¿Tendremos que improvisar? ¿No hay una llamada en el corazón mismo del hombre a la que pueda referirse con toda seguridad y certeza? ¿Debemos ser como objetos abandonados que la fuerza de las corrientes recoge un día sin que sea posible predecir en qué orillas nos depositará?
Añádase a esto hasta qué punto la inquietud humana se ve exacerbada por las contradicciones más acuciantes. El hombre de la fábrica, el hombre de la vida diaria, el estudiante, se siente en la cuneta, mientras que la responsabilidad de su trabajo debería garantizarle una dignidad que con demasiada frecuencia se olvida.

Como lo señala el teórico más controvertido y mejor escuchado de las generaciones más jóvenes, Herbert Marcuse, aunque mal entendido: “la lógica de nuestra sociedad prescinde de la lógica”. ¿No era un titular como este el que figuraba en el New York Times del 2 de noviembre de 1960: “¡Un lujoso refugio de las destrucciones atómicas! Es decir, comodidad en la más irremediable de las destrucciones: “Un modelo de refugio equipado con una alfombra, una aspiradora, un televisor”. Lujo en la aniquilación; ahí tenemos términos violentamente contradictorios, sin ninguna lógica que sacan aproveche de la muerte que debe reducirlo todo a la nada.
Otro ejemplo, ese Mausoleo de nueva creación, a pocos kilómetros de una gran ciudad norteamericana, donde se puede elegir, a lo largo de la vida, la plaza en la que se colocará el cadáver… Esto puede admitirse y nadie debería extrañarse por ello. Pero el quid de la cuestión es que el precio varía según la proximidad o la distancia de la capilla en la que se celebra la misa: por 10.000 dólares, se tiene una plaza en primera fila; es decir, si entendemos bien, que lo sobrenatural, lo más sagrado se reduce al rango de valores de mercado. Pero no es necesario que un estudiante estadounidense profese las ideas de Marcuse para darse cuenta de las contradicciones. Se habla de paz, pero el Pentágono absorbe 60.000 millones de dólares: el 70% del presupuesto americano, incluyendo 40 sólo para Vietnam. De ahí, las manifestaciones excesivamente venenosas, según una minoría, dirigidas a Lyndon Johnson: “¿A cuántos niños vietnamitas ha matado hoy, Sr. Presidente?” De ahí el rechazo de las homilías hipócritas, el despego de la religión, la nostalgia del nacionalismo, el cuestionamiento de un capitalismo que ha tolerado durante tanto tiempo una dosis significativa de miseria y desempleo en medio de la abundancia general (Réalités, oct. 1968).
Parecería que el pasado es una “colección de trastos viejos” que se han vuelto inútiles. Y el pasado pasa rápido. ¿Sabías que el primer ordenador está en el Museo de Antigüedades? (Actual oct. 1966). Se es tanto más moderno cuanto más se rechaza voluntariamente lo que era sagrado para nosotros. Este mundo “está roto como nunca lo ha estado”, escribe Gabriel Marcel. (Declive de la sabiduría)
Aberración, falta de lógica, contradicciones, sería fácil multiplicar los ejemplos. Las preocupaciones materiales de una civilización del confort terminan impidiéndonos juzgar los acontecimientos y a las personas de una manera sana; en realidad, ¡muchos no se dan cuenta de lo ciegos que son!
Describirlo es una cuestión de observación; explicarlo para intentar proponer un remedio debería ser nuestra preocupación.
A menos de caer en un espantoso fariseísmo, ¿tengo derecho yo a aportar la solución? ¿De recetar el remedio? Aquél que tuviera la pretensión de considerarse a sí mismo poseedor de sentido común y de una perfecta rectitud de juicio, ¿merecería ser escuchado? Cada uno de nosotros se ve solicitado por el mal como por el bien, pero ninguno de nosotros está seguro de sí mismo o de sus juicios. Ante la actual miseria moral, en la que los compromisos y las preocupaciones socavan los fundamentos mismos de nuestras razones para vivir, es mejor recurrir a un maestro del optimismo y la esperanza. Al hojear los escritos del Padre Teilhard, buscaremos la respuesta a nuestra angustia contemporánea. Si esta respuesta no satisface nuestro gusto por lo inmediato, tendremos al menos algo para alimentar nuestra reflexión y dar a nuestra debilidad el apoyo y el aliento que reclama.

PRIMERA PARTE – La angustia Contemporánea

Nuestros contemporáneos tienen miedo. Tienen miedo porque ya no se sienten seguros… La necesidad de asegurar nuestro futuro continúa obsesionándonos. Seguridad del empleo y, por lo tanto, de los medios de subsistencia; seguridad frente a la amenaza siempre presente de la guerra atómica, frente al fuerte aumento de la delincuencia; seguridad para los niños; seguridad para la jubilación y la vejez. Esto es en lo que más pensamos; hay muchas razones que justifican esta necesidad. Pero como Gabriel Marcel ha subrayado tan atinadamente, estas mismas razones indican más a menudo el miedo al riesgo, la asfixia y la corrosión desde el interior. Tenemos miedo de la vida, como tenemos miedo de la muerte. Oigamos sus palabras (El Hombre contra lo Humano, p. 71) “Lo que se envilece es la noción misma de la vida…. Uno podría preguntarse si el hombre de la tecnología no llega a ver la vida misma como una técnica completamente imperfecta y donde el chapuceo sería la regla. En esas condiciones ¿por qué no arrogarse el derecho a intervenir en el curso de la vida? Y en otro artículo: “Cada individuo pretende ante todo gozar de la misma consideración y de las mismas ventajas que su vecino; y, de hecho, su autoestima tiende a reducirse a una actitud no sólo defensiva, sino también reivindicadora en presencia del otro.”. (Homo viator p. 76). Y si no se consigue para sí mismo esta seguridad, uno se consuela diciendo “que vamos todos en el mismo barco”. (El Hombre contra lo Humano, p. 28).
El hombre tiene miedo de no tener suficiente trabajo, comida, dinero, afecto; tiene miedo de su debilidad, miedo de envejecer, es verdad, pero sobre todo, creo que el hombre tiene miedo porque puede que nunca se haya sentido tan amenazado por la muerte. Las cifras nos asustan al revelar el número de muertes por accidentes que cada semana se suman a las ya sorprendentes cifras. Además, nuestro tiempo vive en la violencia y el suicidio: unas veces es la muerte física: “el genocidio se comenta ahora en Vietnam y en Biafra como un asunto rutinario” y de una manera tan metódica y rigurosa como durante los terribles años del mundo de los campos de concentración. Otras, es la muerte moral, “donde el asesinato no se consuma, parece que observamos… una abdicación: el hombre renuncia a ser hombre”. (Michel Dufrenne, p. 229).
Angustia, miedo, inseguridad, abandono, son los males que sufre hoy nuestra sociedad.
Pero ¡qué paradoja! La gigantesca potencia de los medios técnicos de que disponemos pone aún más de manifiesto la debilidad de los individuos. Probablemente estaríamos orgullosos de nuestros éxitos y logros. Exploramos los mares más profundos y tenemos los medios para salir de nuestro mundo terrestre y caminar en esos espacios distantes que hubiéramos creído inasequibles. El hombre se instala en todas partes y vivirá en todas partes; aquellos que, en las heladas soledades de los polos o en los desiertos ardientes, se esfuerzan por captar fuentes de energía o hacer posible la comunicación audiovisual en todo el Universo, logran vivir a pesar de los climas en calma y con un relativo confort.

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Se ha adquirido una enorme capacidad productiva a costa de esfuerzos inestimables de inteligencia y perseverancia, pero el peligro persiste; el poder está a disposición de este individuo agresivo, malvado y guerrero; el hombre, cuyos instintos violentos ya no encuentran una válvula de escape en una difícil lucha contra los elementos de la naturaleza y contra los enemigos.
El individuo se convierte en una amenaza para la comunidad; puede, si tiene el control, cambiar la faz de la tierra de la noche a la mañana o aniquilarla. Su poder es tal que una simple acción como apretar un botón puede desencadenar una catástrofe cósmica irreparable.
La angustia se nutre de estas perspectivas. No hace falta ser un gran psicólogo para darse cuenta, de hecho, de que el auge de la tecnología y la tecnocracia corre el riesgo de volverse contra el hombre; el individuo corre el riesgo de no existir sino como una entidad sin personalidad ni defensa, siendo totalmente absorbido por la fuerza de una sociedad técnica incontrolable.
Todo conspira para que se sienta conducido y llevado, en los actos más elementales, por el dominio del productor. La gran mayoría ya no piensa; acepta que otros se hagan cargo de su propio destino. Ya no se da cuenta, por la opresora la influencia de la propaganda, de que se está violando la personalidad de cada individuo; en las paredes de la casa, imágenes diseñadas por especialistas para crear los mecanismos psicológicos deseados por el vendedor; casas preparadas de antemano de acuerdo con planes a los cuales es necesario conformarse sin que la persona en cuestión pueda apelar; el hombre ya no necesita inventar su casa, apartamento, su chalet, ni siquiera la organización de sus espacios. Los instrumentos domésticos que utiliza a diario se distribuirán sin que sea posible, por falta de espacio, hacer ningún cambio. El hombre se ve atrapado en una red; le guste o no, se verá obligado a respetar un orden que no ha elegido y que se le impone.
No es de extrañar, por tanto, que nuestros contemporáneos, en su conjunto, acaben sometiéndose al riesgo de no sentir ya la alegría de ser libres. Van a lo más fácil. Les cuesta menos que obligarse a permanecer fieles a su personalidad, a ejercer sus duras exigencias. Viven en el momento presente.
Denles lo suficiente para satisfacer las necesidades creadas por la civilización del confort en la que estamos inmersos y se someterán, Y si piensan que sería bueno saber adónde los llevan, será para calcular los beneficios que obtendrán. El futuro lejano no es tema de reflexión; eso es asunto de expertos o tecnócratas; es mejor “sentirse libre para meditar en carrera hípica del próximo domingo” (H. Dufrenne, p. 236). Si a los que la reclaman se les da la responsabilidad deseada, se sienten desamparados como si estos adultos siguieran siendo niños inacabados.

Estas consideraciones no tendrían el significado que quiero darles si todos los hombres aceptaran sin reticencias ser llevados de la mano. En ese caso no debería hablar de angustia sino de dimisión. En realidad, el hombre se enfrenta a un trágico dilema: o bien hundirse en el conformismo, o bien, preocupado por la reforma, lanzarse a la protesta. A pesar de sus insuficiencias, ha tomado conciencia de sí mismo y del mundo. La conciencia de sí mismo, se ha escrito, es la conciencia de una creatividad capaz de ajustar el medio en que se vive a uno mismo así como de ajustarse a él. (Sr. Dufrenne). Creatividad, es decir, encontrar en uno mismo la alegría de construir, de hacerse útil, en una palabra, de darse en función de las condiciones en las que cada uno se encuentra. Siendo estas condiciones variables, la creatividad será diferente; variará con el temperamento y el entorno. Es, sin embargo, la medida de la conciencia de sí y de la personalidad.
La pasividad que sufre la mayoría de los hombres no ha sofocado el deseo instintivo de sentirse libre; en ellos fermenta el deseo de escapar al entumecimiento; la protesta y la revuelta estallan, sobre todo entre los jóvenes que finalmente quieren respirar cómodamente en un mundo donde todo está demasiado bien calculado y regulado; a menos que sientan que son víctimas de una conspiración de asfixia.
En varios países de Europa, América del Norte y América del Sur, las revueltas violentas, las escenas callejeras, las batallas en las que los muertos sancionan su dureza son quizás “explotados” con fines políticos. Si se examina más de cerca, este comportamiento reprensible revela una conciencia de los peligros de una sociedad en la que el destino de los individuos se juega fuera del individuo. No debemos tener miedo de enfrentar la triste realidad y los errores de nuestra civilización. ¿Debemos aceptar que el egoísmo o la crueldad de los países totalitarios se arrogan el derecho a gobernar el mundo como les parezca? ¿Para darle forma como les plazca? ¿Para mantenerlo en el terrible torno de su poder?
Es indiscutible que la industrialización fue el punto de partida de una plusvalía considerable del mundo; no cabe duda de que la ciencia ha hecho posible desarrollar una tecnología que es a la vez beneficiosa y temible; a su vez, la tecnología ha permitido a la ciencia penetrar más en la investigación. La riqueza de las naciones proviene de la importancia de su industria; en los países en desarrollo la tendencia es instalar en ellos y desarrollar los mismos logros industriales para permitir a los que viven en regiones desfavorecidas vivir mejor y ganar más dignamente los medios para vivir. Esta sería la manera más segura de frenar el crecimiento demográfico.

Sin embargo, se olvida, quizá demasiado fácilmente, las enormes posibilidades de la ciencia del suelo y del clima actual, que, si se aplican correctamente, permitirían combatir eficazmente el gran problema de la superpoblación. Se ha dado que una zona africana considerada improductiva ha permitido cosechar veinte quintales de maíz por hectárea en un año, gracias a las técnicas de cultivo que se desarrollan día a día. Pensándolo bien, con los nuevos medios al servicio de la agricultura, tendríamos la posibilidad de crear una transición entre la privación total y la civilización tecnológica.
Insistir únicamente sobre el crecimiento demográfico es distorsionar el problema, porque es hacer la vista gorda ante el remedio que tenemos ahora a nuestra disposición.
Hace 25 años se inició un proyecto para hacer productivas zonas de los Andes y de una buena parte de la cuenca del Amazonas. En un informe presentado a la Conferencia General de la UNESCO en Montevideo en 1954, el especialista señaló la posibilidad de hacer fértiles las tierras en barbecho, pero añadió que pasarían al menos veinte años antes de que se completara. Sin embargo, los científicos cualificados y experimentados nos aseguran ahora que, utilizando los medios adecuados, dos o tres años serían suficientes.
Los pesimistas piensan en otras formas más radicales; apuntando a la reducción de la población a través de la guerra o la píldora. Sin poner en el mismo nivel medios tan diferentes, ¿la explosión de la tierra que sostiene al hombre, o el suicidio de la raza con la esterilidad de la madre, asumiendo que sean remedios inmediatos, devolverá a aquellos que sobreviven una razón para vivir? ¿Van a desarrollar su personalidad?
En la civilización del ocio, el problema se agudizará más de lo que esperamos. La reducción de la población campesina, combinada con el desarrollo de máquinas que requerirán poca mano de obra, planteará el problema de las actividades de ocio, ya que, al menos teóricamente, la producción se multiplicará por diez, con tres veces menos hombres de los que se necesitan hoy en día. ¿Se dejará que el individuo encuentre cómo ocuparse? ¿O los sistemas públicos impondrán un estilo de vida que liberará al individuo de la necesidad de ocuparse por sí mismo? Es de temer que la falta de formación humana nos lleve a la pérdida de tiempo y, al mismo tiempo, a la aniquilación progresiva de la inteligencia y de la personalidad. ¿Cómo saber qué hará el hombre de su ocio, abandonado a su suerte, en una sociedad que se ocupa de todo?

Así, a la angustia que nos roe, como pájaros temerosos atrapados en la mano del cazador, se suma una incertidumbre relacionada con el ocio; ¿tendremos que olvidar nuestra razón de vivir al ritmo del progreso? Yo no lo creo. Dirijamos nuestras miradas a otros horizontes.

SEGUNDA PARTE – La posición teilhardiana

A menos que nos abrume la infelicidad, la desnutrición, las exigencias del trabajo inhumano, la embriaguez o el libertinaje, existe una necesidad en cada uno de nosotros, no la necesidad de tener sino de actuar. Pero querer actuar es tomar conciencia de nuestra responsabilidad y del problema que tenemos en nuestras manos. Querer para quererse. No soportar la civilización sino construirla; ser el actor y no el parásito de la sociedad, ser un “co-creador” del mundo,
Este es quizás el tema más querido de Teilhard, en el que más ha pensado, y esto en condiciones dramáticas; testigo de dos guerras mundiales como muchos de nosotros, tenía derecho a preguntarse si su filosofía no era una engañifa. Él, que defendió la prioridad del desarrollo de la persona más que nadie, asistió impotente a su atropello en un torrente de violencia nunca igualado, de masacres gigantescas, las de la guerra de 1914-1918. Después, fue la toma del poder por parte de dictadores, de pueblos enteros, cuyo grado de civilización nos permitía presumir una libertad individual ya conquistada y educada; en realidad, sabemos hasta qué punto la dignidad de la persona y el derecho a la existencia llegaron a estar por los suelos..
Finalmente, estalló la Segunda Guerra Mundial, aún más horrible que la primera, con el uso de métodos destructivos que no conocíamos, destruyendo ciudades enteras en pocos segundos. De ahí esta observación escrita en la Energía Humana: “Si hay un lamento universal hoy en día en el mundo, ¿no es el de la persona humana asfixiada por los monstruos colectivos, que una imperiosa necesidad de vivir nos obliga a elevar en todas partes a nuestro alrededor? (Obras de Teilhard de Chardin, t VI, p. 99).
Lo que es digno de valor, más que nada, se ve amenazado por la mecanización de la conciencia. Decididamente, el mundo de los hombres, es decir, el mundo de la reflexión, ¿sería menos puro que el de los animales o las plantas? ¿Debería la dominación de la noosfera ser la negación del significado profundo del mundo?
Teilhard lo teme:
“Con una velocidad espantosa, lo que llamamos civilización teje su red a nuestro alrededor. Si todavía hay tiempo, cortemos las mallas, no por desprecio, sino por exceso de estima por el ser… rompamos los determinismos evolutivos, rompamos el embrujo y escapemos”, (Obras de Teilhard, t. VII, p. 64),
Por consiguiente, Teilhard es plenamente consciente del dominio de la comunidad sobre nosotros. No me atrevería a decir que frente a las rebeliones que sacuden el mundo, habría sido reticente y desaprobador. Me parece que, en cierto modo, habría aprobado la protesta cuando esta es la forma más válida de romper el torno de la conformidad en el que se aprisiona nuestra libertad. Sin duda habría condenado la violencia, la más brutal y menos humana de las soluciones; pero porque cree en el hombre, mantiene con todo su poder que el derecho a la libertad es sagrado y que hay que hacer todo lo posible para exaltarlo.
Sé que todos estamos de acuerdo en este punto: no hay grandeza más dramática que la de tener que ejercer la propia libertad, y por eso muchos hombres, mientras gritan alto y fuerte que no hay nada por encima de ella, renuncian las más de la veces a ejercerla.
Ahora bien, como la Sra. Barthélémy-Madaule ha señalado tan profundamente, es de la utilización de esta libertad de la que dependen no sólo nuestros destinos individuales, sino también los del grupo al que pertenecemos.
Tomar conciencia de la libertad es comprender que es un signo de alianza y de unión; es, por tanto, admitir, como consecuencia de ello, que la libertad humana compromete el sentido y el valor del Universo,
En otras palabras, para Teilhard, la persona no tiene sentido en la pura y simple aceptación de no sé qué complicaciones evolutivas que, de ser malentendidas, excluirían el uso de la libertad y el valor de la personalidad. Para él, la persona se revela primero en la conciencia del mundo y de sí misma y luego en una acción libre orientada hacia la “co-creación con Dios”.
La angustia moderna viene en gran parte del olvido de estas nociones esenciales. La tentación de confundir independencia con libertad es tan frecuente hoy en día que no hace falta insistir en ello.
Y sin embargo, qué riqueza en las preocupaciones de nuestros contemporáneos, hombres de pensamiento y hombres de ciencia. “El futuro del hombre”, escribe el P. Wildiers (T. 5, Obras), “es una preocupación primordial de la ciencia contemporánea. El objetivo que propone no es la contemplación pura o la mera representación intelectual, sino la dominación de la naturaleza y sus fuerzas con el fin de construir el futuro.
Eso es lo que está en juego, eso es por lo que debemos actuar para conseguirlo. Las posibilidades de éxito serán aún mayores si nuestra acción se expresa en un logro tangible. La Sra. Barthélémy-Madaule añade: “La humanidad genera laboriosamente… su significado cuando la naturaleza se impregna de espíritu y de inteligibilidad bajo el esfuerzo de científicos, reformadores sociales y testigos de lo espiritual”. (Drama humano, p. 164).
En última instancia, todo descansa en nuestra libertad activa; es la que ilumina al Universo en sus poderes ascendentes hacia el Espíritu y prepara al mundo de los hombres para la Unidad.
Todo esto nos parece muy teórico y, finalmente, muy alejado de las dificultades que surgen en cada momento y que gustan de bloquearnos el camino. Pensar que el P. Teilhard no veía estos problemas sería un grave error. Sabe tan bien como cualquiera lo insoportable e insostenible que puede parecer la vida; sabe que la confrontación de la multitud con la energía espiritual conduce al drama de lo absurdo o de la revuelta, el hombre se pierde en el universo, vencido por las grandes fuerzas: “Tiemblo ante la infinidad de cosas posibles. ¿Cómo me atrevo a arriesgarme a dar un paso o, sobre todo, a lanzarme valientemente? ¿Y cómo no voy a caerme si me detengo? “(Escritos p. 211)…. “El mundo trabaja y la creación continúa a través de nuestro esfuerzo, nuestro sufrimiento y nuestros pecados.” (Escritos p. 116). “Mi vida no es mía: la reconozco por el inexorable determinismo del crecimiento de las pasiones, del dolor, de la muerte.
Cuando la unidad que representa nuestra alma queda atrapada en las trampas que el mal pone contra nuestra libertad, se divide a sí misma. “A veces hay antagonismos inmanentes dentro de nosotros, desarmonías intra-espirituales que nos separan y torturan, como si partes de nuestra alma se estuvieran separando, disociando o abriéndose brutalmente camino unas a través de otras. Hay conflictos de crecimiento entre nuestras facultades; enfermedades dolorosas y muertes de nuestras pasiones y creencias que se matan y se suplantan entre sí y se nos escapan, inexorablemente… Multiplicidad de la carne, dualismo de la naturaleza humana, complejidad misma del alma donde bulle, en su punta, el polvo de un mundo apenas consolidado, miseria de la Multitud personal dentro de nosotros. Y también miseria de la Multitud universal que nos rodea” (Escritos p. 118).

Y bien, esta multitud universal, de la que tenemos demasiada experiencia, estalló de nuevo el 21 de agosto de 1968 como una confirmación de estos conflictos de crecimiento, de las dolorosas enfermedades de las que habla Teilhard y que afectan no sólo a nuestra unidad individual sino también a nuestra unidad colectiva. A pesar de las promesas, los juramentos intercambiados entre los llamados “partidos hermanos” con una palabra irrisoria, Checoslovaquia, deseando unirse en libertad, es invadida repentinamente por el ejército soviético, el ejército húngaro, el polaco y el alemán oriental. Hoy ya no se trata de recuperar la libertad, sino de una unidad ficticia impuesta desde el exterior por la fuerza para combatir una libertad preocupada por ejercerse legítimamente en el crecimiento normal de una sociedad perfectamente consciente y organizada.
¿Cómo podemos tolerar y comprender esta alienación de las aspiraciones humanas en este fondo “sin nombre, sin corazón, sin rostro” que renuncia a la unidad en nombre de la unidad? Porque si es verdad que la unión es la necesidad esencial de nuestro ser, sólo puede ser verdad si se realiza en libertad. Esta dramática contradicción con las promesas más exigentes y sagradas muestra, desgraciadamente, no de forma episódica, sino casi permanente, por qué la angustia abraza a tantos seres humanos divididos entre el bien que quieren y el mal que los aplasta.
¿Quién se atrevería a decir, ante tantas tragedias, guerras y esclavitud ideológica que tan miserablemente ilustran la historia de este siglo XX, que el Hombre y el Grupo Humano han progresado, que están caminando hacia algo mejor y hacia una mayor intensidad de ser? ¿Cómo podríamos hacer esto sin caer en un peligroso optimismo?

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A este mal inherente a nuestra naturaleza y a la de la sociedad humana, el Padre Teilhard buscó un remedio. “Mi respuesta a esta pregunta, la más angustiosa para la mente humana, será la siguiente…. Podría pensarse que un mundo en proceso de concentración consciente sólo debería gozar. Al contrario, yo diría que ese mundo es precisamente el que debe sufrir de manera más natural y necesaria”. (t. VI, p. 105). La paradoja de nuestro destino y la insistencia en alterarlo. “Se puede decir con verdad que el verdadero dolor entró en el mundo con el hombre…. (T. VI, p. 108), para justificarlo, los doctores nos explican que el Señor, voluntariamente se esconde para poner a prueba nuestro amor. Debe uno estar perdido incurablemente en los juegos de la mente, o no haber encontrado en sí mismo y en los demás el sufrimiento de la duda, para no comprender lo que esta solución tiene de odioso. ¿Cómo es posible? Dios mío, tus criaturas estarían ante ti, perdidas y angustiadas, pidiendo ayuda; te bastaría con que pasaras sobre ellas un rayo de tus ojos, el fleco de tu manto, y no lo harías…”. (Lo que yo creo. p. 23). El viaje espiritual, el que debe ser normal para todo ser consciente y reflexivo, es el “camino del fuego”…. Un instinto, desarrollado en contacto con el Gran Pasado de la Vida, me dice que la salvación está en la misma dirección del peligro que tanto nos asusta (Ibid….)… Al igual que a los viajeros atrapados por una corriente, nos gustaría volver. Maniobra imposible y fatal. La salvación para nosotros está delante, más allá de los rápidos. No hay marcha atrás posible.

Tenemos aquí al gran Teilhard, el que, en medio de dificultades y pruebas, mantiene su serenidad y confianza. Mantiene ante sí el deslumbramiento del hombre descubierto en sus innumerables posibilidades y caminando lenta pero seguramente hacia un polo “no sólo de atracción, sino de consolidación” (Madaule). Cono de tiempo. Cono de contracción. Pero al que hay que añadir, (se le echó en cara su omisión) el cono de expansión que permitiría comprender mejor la división del hombre y la naturaleza antes de su unión definitiva.
Teilhard desarrolla su fe en el mundo; la proclama, la predica, la practica, la exalta mediante una fe más elevada e invenciblemente feliz: “Tomada sola, la fe en el mundo no es suficiente para hacer avanzar la Tierra, escribe, en el “Futuro del hombre”; pero tomada sola, a su vez, la fe cristiana en su antigua explicación ¿sería aún suficiente para elevar el mundo hacia arriba? A la magnífica caridad cristiana le falta, en este momento, para hacerla definitivamente activa, esta dosis de fe y esperanza humana sin la cual…. cualquier religión parecerá al hombre insípida, fría e inasimilable”.

Nos parecería que estamos leyendo a los autores espirituales de finales del siglo XVI y principios del XVII: el Padre de Condren, el Padre de Moyne: “El Evangelio nos aconseja mortificar a menudo nuestros afectos honestos y naturales. Estos afectos son buenos y cualquier hombre bien nacido debería tenerlos. Y Brémond añade: “Me gusta que ni siquiera piense en indicarnos las consecuencias desafortunadas que se pueden sacar de su doctrina, para recordarnos expresamente que la vista de una persona bella no siempre está exenta de peligro….”. Habla como un hombre honesto, a gente honesta… el hombre es algo hermoso y el mundo está bien hecho”.
Y del padre Yves de Paris, ese monje capuchino contemporáneo de Enrique IV: “El hombre que es el fin del mundo material y la imagen más expresa del Arquetipo debe darse el goce de la vida, con una tranquilidad y dulzura que supera incomparablemente a las de la Naturaleza”. Parafraseando los escritos de Yves de Paris, Henri Brémond continúa: Con Shakespeare y más alto que Shakespeare grita: ¡la vida es bella! y esto porque la humanidad ha sido redimida por un Dios hecho Hombre y esa gracia la eleva por encima de su perfección natural….”. El humanismo cristiano va del instinto a lo humano”. (Brem. I. Passim).
Esta es la posición del Padre Teilhard; en lo más duro de su angustia, piensa, como sus predecesores, en perderse con el mundo o salvarse con él. “Levántate, hombre de Dios,” escribió, “y date prisa. Dependiendo de cómo uno se involucre, el Torbellino te arrastra a las oscuras profundidades o te eleva hasta el Azul desde el cielo….” (Corazón de la Materia). “Nunca olvido que sólo tú debes ser buscado a través de todo.” (El Medio Místico p. 3)

A sus amigos cristianos, Teilhard da su respuesta a la angustia que nos invade ante los avatares de un mundo en constante evolución: “Evolución igual a espiritualización, igual a personalización….”. Y frente a mí, a menudo pienso que el mundo, no sólo físico, sino también moral, es infinitamente más grande y más inexplorado de lo que piensan los moralistas pacíficos tan seguros de la geometría de sus principios. (Carta a Léontine Zanta del 23 de agosto de 1929). Es necesario, por lo tanto, para salir de este callejón sin salida, tender con más vigilancia y esfuerzos a espiritualizarme en y por el mundo: “todo lo que sistemáticamente tendería a convertirme en termita es falso y condenado”. Y más adelante: “el sentido humano, bajo pena de ser inhumano, debe ser del orden de un amor”. Por lo tanto, debemos permitir, con la gracia, que nuestras energías personales “se diferencien cada vez más” en la libertad. “Totalizar sin despersonalizar; salvar el todo y los elementos”. (Obras t. VI, p. 167).

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Para todos, cristianos y no cristianos por igual, el aspecto demasiado intelectual de la respuesta teilhardiana puede parecer muy poco conforme con nuestras demandas y nuestra esperanza.
De hecho, reconozcamos lo poco reconfortante que puede ser la explicación teilhardiana en el futuro inmediato. Pienso hoy en el caso de esta valiente nación, Checoslovaquia, obligada a no utilizar su libertad, a sufrir las garras de la dominación tan poco conforme con las aspiraciones de su comunidad. Se trata de un pueblo decidido a “elevarse por el liberalismo hacia el más ser”, dispuesto, consciente o inconscientemente, a responder a esta vocación inscrita en el alma de cada hombre. Apenas trata de quitarse de encima un yugo pesado cuando le cae uno más pesado aún. ¿Tengo alguna posibilidad de ser escuchado por todas estas personas desafortunadas si vengo a ofrecerles como consuelo que tendemos a pesar de nosotros hacia lo mejor, hacia lo más seguro, hacia la unidad fundamental? Es muy probable que la mayoría de los que sufren no tengan la paciencia de escucharme y se consideren engañados en sus demandas.
Por eso el verdadero consuelo del sufrimiento individual o colectivo – digo “consuelo” y no “remedio”- no parece buscarse en la explicación final del misterio del mal…. ¡como si pudiéramos esperar encontrar la solución de un misterio! Por mi parte, no conozco otro consuelo para los que sufren que la más sincera simpatía y el sufrimiento soportado por los que sufren. Es una manera simple y directa de lograr la unidad. También es la manera más efectiva de preparar a la gente para mirar hacia arriba y hacia adelante.
A todos aquellos que encuentran que nuestra Sociedad no responde a las aspiraciones humanas, que mutila y aplasta nuestra libertad y nuestra necesidad de acción, que nos adormece en un confort que niega el esfuerzo y el riesgo, en una palabra a aquellos que creen que nuestra sociedad es inhumana, quiero decir, el deseo de Teilhard de ver a toda la gente ardiente unir fuerzas para “construir el mundo”. Sus libros, sus palabras de confianza nos sitúan inmediatamente en la gran corriente de creatividad, de avance y de expansión que atraviesa la naturaleza. Veo, para recordárselo, el gesto religioso que es suyo y que nos hace penetrar en el Gran Reino de la esperanza y del Amor.
Auxiliar a los marginados, ayudar a los desfavorecidos que no pueden liberarse, ¿no será ésta la verdadera manera de hacer la revolución, es decir, de reparar, sin violencia, los males que una sociedad excesivamente orientada al beneficio ha infligido a tantas personas que son, nos guste o no, miembros reales y concretos de la humanidad?
“En Estados Unidos, el dinero, para muchos jóvenes, ya no es una meta, es un punto de partida, ya que todo el mundo se ganará la vida. De ahí un cambio de ambición hacia un ideal de justicia y de servicio público… que no sólo permitirá el desarrollo de la personalidad, sino también el cumplimiento de un deber”. (Realidad, octubre de 1968)

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En definitiva, la solución metafísica de Teilhard a la angustia humana se experimentará en la medida en que afirmemos nuestra voluntad de ir más allá de las condiciones existenciales y buscar la VERDAD, conquistada paso a paso, sobre los determinismos que sofocan nuestra espontaneidad. Ir hacia el ideal del Don, hacia el ideal del Amor.
No tengamos miedo de abrir los ojos, de ver alrededor de nosotros, las miserias con la preocupación de aportar auxilio. Necesitamos algo concreto…… Avancemos para renovar una sociedad atormentada porque ha dejado de creer y esperar.
Dios no ha muerto. Dios está vivo, y bien vivo. Nuestras energías espirituales y humanas combinadas, por las cuales nuestra Asociación debe vivir y prosperar, tendrán la virtud de revelarla a un mundo que quiere prescindir de Él, pero que no se salvará sin Él.