Piltdown 3. El fraude científico del siglo. Septiembre de 1998.

No hay duda de que el hombre de Pitdown es una falsificación, pero ¿quién la fabricó?  Ochenta años después, un investigador cree saberlo.

Ian Cunningham.

EL JOVEN ZOÓLOGO Robert Knowles empezaba a arrepentirse de haberse ofrecido para hacer uno de los trabajos más engorrosos del Museo de Historia Natural de Londres. Las imponentes torres del suroeste necesitaban tejado nuevo y alguien tenía que limpiar los desvanes, donde se habían ido arrumbando cachivaches desde hacía casi un siglo, cuando el museo se inauguró, en 1881.

Mientras Knowles se abría paso entre montones de papeles viejos y piezas de exposición de las que ya nadie se acordaba, alumbró con su linterna un enorme baúl. Las iniciales inscritas en la tapa, M.A.C.H., apenas legibles, no le decían nada a Knowles. Cuando levantó la pesada tapa, dio un respingo: dentro había cientos de frascos que contenían roedores disecados; algunos se habían roto, y el hedor de los restos en descomposición era nauseabundo.

Entre Knowles y Andy Currant, investigador del museo, arrastraron el baúl a la planta baja y se pusieron a examinar su contenido a la luz del día. Debajo de los frascos había fajos de anotaciones, y en el fondo, dentro de una caja de cartón que estaba a punto de deshacerse, lo que parecían unos huesos fósiles de animales prehistóricos, todos cubiertos de una pátina marrón oscuro.

Sin saberlo, habían dado con una pista que acabaría por aclarar uno de los engaños más escandalosos del siglo xx.

Hombre_PiltdownUNA MAÑANA de mayo de 1912, Arthur Smith Woodward, conservador del departamento de geología del Museo de Historia Natural, recibió una visita. Entonces de 48 años,  Woodward estaba en la cima de una destacada trayectoria profesional.

El visitante era Charles Dawson hombre robusto de trato afable, muy conocido en el museo. Era abogado de profesión y también un arqueólogo competente.

-¡Lo de Heidelberg no es nada al lado de esto! -exclamó al entrar en la oficina de Woodward, llevando un paquete pequeño entre las manos.

A Woodward se le aceleró el pulso. Hacía tres meses Dawson le había enviado una carta describiéndole un hallazgo que había hecho en un yacimiento de grava de la región de Piltdown, en el condado de East Sussex. "[He encontrado] fragmentos de un cráneo humano (?)", decía con escritura apresurada, "que rivalizará con el Homo heidelbergensis". Este era el nombre dado a un homínido cuyos restos fósiles, hallados hacía cuatro años en Alemania, se habían aclamado como prueba de la existencia del "eslabón perdido" entre los simios y el hombre primitivo.

Dawson desenvolvió el paquete y colocó sobre el escritorio de Woodward tres fragmentos de lo que parecía un cráneo. Su grosor hacía pensar que pertenecían a un mono, pero la capacidad craneana correspondía más a la de un hombre.

Dawson explicó que unos trabajadores los habían hallado al sacar grava del yacimiento para repavimentar un camino. El resto del cráneo debía de encontrarse aún en ese sitio.

Woodward y Dawson fueron cuanto antes a Piltdown para realizar una excavación sistemática. Los acompañaba Pierre Teilhard de Chardin, sacerdote y paleontólogo francés amigo de Dawson. En el primer día de excavación hallaron otro fragmento de cráneo y un diente de elefante prehistórico. Al cuarto fin de semana, el pico de Dawson desenterró el maxilar inferior. Para septiembre, los tres científicos habían hallado más fragmentos de cráneo, herramientas primitivas y algunos restos fósiles de animales.

Los hallazgos fueron presentados en Londres ante una concurrida asamblea de la Sociedad de Geología, en Burlington House, el 18 de diciembre de 1912.

Dawson relató con ayuda de diapositivas dónde y cómo se habían descubierto los restos, y luego Woodward describió detalladamente los fragmentos y cómo los había juntado para reconstruir el cráneo.

Se encontraban frente al antepasado directo del ser humano moderno, y los hombres de Heidelberg y de Neanderthal ya podían considerarse meras "ramas degeneradas" de dicho antepasado. En medio del estruendoso aplauso de la concurrencia, algunos disidentes preguntaron qué certeza había de que los fragmentos unidos pertenecían todos a la misma criatura, pero Woodward desoyó las objeciones.

Las excavaciones continuaron. En 1915 Dawson encontró una muela y dos fragmentos de cráneo humano casi idénticos a los primeros, y con ellos se acallaron las sospechas de que el cráneo humanoide y el simiesco maxilar inferior del hombre de Piltdown pertenecían a dos criaturas distintas.

Un motivo poderoso para sostener la autenticidad de los restos era el orgullo nacional: el hombre de Neanderthal y el de Heidelberg se habían descubierto en Alemania, país con el que Gran Bretaña estaba en guerra. El tercero y más notable descubrimiento, el hombre de Piltdown, era orgullosamente británico.

Pero conforme pasaba el tiempo iban surgiendo más dudas. Los cráneos de hombres prehistóricos hallados después en Java, China y Sudáfrica tenían frentes simiescas y maxilares inferiores humanoides, precisamente al contrario del hombre de Piltdown. En 1949, el joven paleontólogo Kenneth Oakley aplicó a los restos de Piltdown una técnica de datación de fósiles consistente en medir la cantidad de flúor que éstos han absorbido del suelo, y demostró que, lejos de tener el medio millón de años de antigüedad que se les atribuía, eran tan recientes como el hombre moderno.

Finalmente, en 1953, Joseph Weiner, antropólogo de Oxford, notó algo extraño en los dientes del cráneo de Piltdown y, con ayuda de los microscopios más modernos y potentes, confirmó sus sospechas: que el desgaste por masticación convincentemente humano que presentaban se había hecho con una lima metálica y la pátina marrón no se debía al hierro del suelo; era tinte. Un pequeño defecto de un diente, hasta entonces considerado dentina secundaria, resultó ser un fragmento de chicle con el que se había querido disimular una parte excesivamente limada.

El hombre de Piltdown era un fraude. El maxilar inferior y los dientes eran de un orangután moderno, y el cráneo, aunque efectivamente humano y más antiguo, databa a lo sumo del siglo XIII. En cuanto al segundo hallazgo de Dawson, los análisis químicos demostraron que se trataba de fragmentos "sobrantes" de los primeros.

¿Quién era el autor de semejante fraude? Había dedicado semanas o meses a tramarlo, al parecer con el solo propósito de embaucar a la comunidad científica. Lo peor era que debía de ser un arqueólogo o paleontólogo experto, conocido en el medio.

Había alguien a quien se podía descartar de inmediato. En 1924, el mismo año en que el hallazgo de los 'fósiles" le valió el título de caballero, Arthur Smith Woodward se había retirado a una casa en Piltdown para poder buscar más restos en el yacimiento. Pero transcurrieron 14 años sin que encontrara nada y, como si el destino se hubiera apiadado de él, murió antes de que se descubriera el fraude.

En cuanto a Charles Dawson, había muerto en 1916. Joseph Weiner fue a hacer pesquisas a Lewes, en East Sussex, pueblo natal del arqueólogo, y descubrió algo inquietante: Dawson no había sido el hombre cordial que parecía. De hecho, lo habían expulsado de la asociación de arqueólogos de la localidad tras una serie de escándalos en los que estuvo implicado.

En 1903 despojó a la Sociedad Arqueológica de Sussex, de la cual era miembro, de su sede al comprar para sí el edificio en que se encontraba. Realizó la operación con papel de la sociedad para dar la impresión de que actuaba en nombre suyo. En 1910, un crítico literario de Lewes afirmó que la History of Hastings Castle ("Historia del Castillo de Hastings"), obra supuestamente escrita por el arqueólogo, era en su mayor parte un plagio de otros libros. Como represalia, Dawson intentó sabotear secretamente la solicitud del crítico para ingresar en la prestigiosa Sociedad de Anticuarios.

Un paleontólogo aficionado de Lewes, que poseía un pedernal de Piltdown, siempre había sospechado que el hallazgo era fraudulento. Aunque ya había muerto, Weiner localizó su colección y vio en la piedra una etiqueta que decía: "Teñida por C. Dawson con la intención de engañar a todo el mundo".

En 1953, Brian Gardiner, estudiante del Imperial College de Londres, consiguió empleo para el verano en el Museo de Historia Natural. En un aula de la universidad leyó con fascinación el informe de Weiner y Oakley sobre el fraude de Piltdown, y cuando, unos años después, conoció a Oakley, sintió un vivo interés por desentrañar el misterio que había en torno al famoso engaño. No obstante las sospechas que pesaban sobre Dawson, aún no había pruebas concluyentes de su participación.

Gardiner llegó a ser profesor del King's College, y no fue hasta 1986 cuando un comentario de su amigo Andy Currant sobre el baúl hallado en la torre del museo y la extraña colección de huesos parduscos reavivó su interés en el hombre de Piltdown. Y es que Gardiner sabía de quién eran las iniciales del baúl: de Martin Alister Campbell Hinton.

Hinton había sido conservador del departamento de zoología del Museo de Historia Natural de 1936 a 1945. Gardiner sospechaba de él desde que, hablando con Oakley, supo de un inusitado incidente ocurrido en 1949, cuatro años antes de que se descubriera el fraude. Oakley se disponía a dar una conferencia sobre las pruebas de datación por flúor cuando lo abordó Dina Hinton, la mujer de Martin.

-Deje las cosas como están –le dijo con voz firme, y se fue a sentar entre el público.

¿Acaso sería Hinton el autor del fraude? Era curioso que su primera publicación tratara de un procedimiento de tinción con manganeso.

El hallazgo del baúl brindaba a Gardiner la ocasión que estaba esperando para investigar. A simple vista, los huesos hallados en el baúl eran idénticos a los de Piltdown en color: marrón oscuro. Si éstos últimos se habían teñido artificialmente, ¿habría ocurrido lo mismo con aquéllos?

Gardiner determinó que las diez piezas, entre dientes y fragmentos de hueso, encontradas en el baúl pertenecían a un hipopótamo y a un elefante prehistóricos. Muchas estaban talladas y desgastadas con instrumentos metálicos. Mediante una técnica que permite identificar los componentes de un material, Gardiner descubrió que los restos de Piltdown y los del baúl se habían teñido artificialmente con la misma mezcla de hierro y manganeso.

La etiqueta decía: "Teñida por Dawson con el objeto de engañar a todo el mundo".

Las piezas del baúl debían de ser, pues, ensayos o sobrantes de la falsificación de Piltdown.

Pero, ¿son unas iniciales en un baúl suficiente prueba?, se preguntó Gardiner. Recordó entonces que Bob Savage, profesor jubilado de geología de la Universidad de Bristol, había sido amigo de Hinton. A la muerte de éste, ocurrida en 1961, la familia había pedido a Savage que revisara sus pertenencias en busca de especímenes que pudieran interesar al Museo de Historia Natural.

En la enorme colección de Hinton había unas 10,000 latas llenas de objetos, entre ellos fósiles que Savage envió al museo para que se pusieran en exhibición.

Pero Gardiner no encontraba allí nada que arrojara luz sobre el fraude, así que escribió a Savage preguntándole si recordaba haber visto en la colección algo que se pareciera a los restos de Piltdown. La respuesta fue afirmativa. Entre las pertenencias de Hinton había ocho tubos de ensayo, cada uno de los cuales contenía un diente pardusco. A falta de etiqueta que los identificara, Savage no los había enviado al museo.

Dos días después estaban en poder de Gardiner, que en seguida se dio cuenta de que los dientes tenían el mismo color que los restos de Piltdown y los del baúl: Las pruebas revelaron que eran modernos y humanos, y que estaban artificialmente teñidos con productos químicos, entre ellos hierro y manganeso.

Pero, ¿qué motivo habría tenido Hinton? Cuando Gardiner revisó los archivos del museo, empezó a desentrañarse el misterio.

Hinton había nacido en Londres. Al morir su padre, cuando él tenía 12 años, tuvo que dejar la escuela para ganarse la vida. Siendo ya un destacado arqueólogo y paleontólogo, se pasaba los fines de semana excavando en busca de fósiles. Sus constantes visitas al Museo de Historia Natural llamaron la atención de las autoridades de la institución y le valieron que lo admitieran como empleado voluntario.

Quienes, como él, no recibían salario fijo ocupaban el último grado en la jerarquía del museo y se dedicaban a hacer méritos para alcanzar un puesto permanente. Pero pasaron los años y, a pesar de su evidente talento y esfuerzo, Hinton no obtenía el puesto.

Dos años antes de que ocurriera lo de Piltdown, Woodward le encargó que catalogara los fósiles de roedores del museo. Hinton accedió con entusiasmo, pero, ansioso de dejar el empleo con que se mantenía, le pidió un salario fijo. Woodward se lo negó y le dijo que habría de trabajar a destajo: se le pagaría el catálogo una vez que lo hubiera hecho.

Hinton, que hasta 1921 no obtuvo el puesto que quería, debía de estar resentido con la inflexibilidad de Woodward. ¿No podía ser esto un motivo para perpetrar el engaño?

En mayo de 1996, Gardiner dio a conocer sus hallazgos en Burlington House. Henry Gee, editor de la revista científica Nature, comentó que el fraude de Piltdown por fin podía "dejarse descansar en paz". El botánico y profesor William Stearn (William Thomas Stearn CBE (1911-2001) fue un botánico inglés, muy altamente reputado como experto en la Historia de la Botánica y en los idiomas clásicos. Su obra es ampliamente leída, a través principalmente de su "Diccionario Etimológico de nomenclatura binominal en latín de Plantas de Jardín",  es una referencia estándar.) está convencido de que el responsable fue Hinton. "Dudo que Charles Dawson haya tenido acceso a tantos fósiles", dice. "Pero es seguro que Hinton sí lo tenía." Aun así, muchos siguen creyendo que Dawson estuvo implicado.

QUEDA UNA ÚLTIMA prueba, porque todavía vive alguien que conoció bien a Hinton. Bo Savage, hoy de 70 años, recuerda que, aun después de jubilado, Hinton tenía una mente extraordinaria. Era un talentoso acuarelista y fotógrafo, y un ajedrecista campeón que jugaba tres o cuatro partidas simultáneas por correo. Hablaba con elocuencia de sus escritores y músicos predilectos, y leía ávidamente en francés y en alemán.

En cambio, era muy hermético en lo tocante al asunto de Piltdown. Lo que sí dijo una vez fue que poco antes del hallazgo había visitado a Dawson y en una bolsa de Teilhard de Chardin, que estaba abierta, había alcanzado a ver el diente de elefante que luego sería "descubierto". Sin embargo, en otra ocasión dio a entender que el autor del fraude era empleado del museo cuando lo perpetró, pero que no podía revelar su nombre porque aún vivía, lo que casi suena a confesión.

Savage admite que la culpabilidad de Hinton es probable, pero cree que tuvo cómplices. "Querían dar una lección a los pedantes de arriba. Al descubrirse que los restos eran falsos, el gran Woodward, que habría proclamado su hallazgo a bombo y platillos, quedaría en ridículo.

"Pero el engaño llegó demasiado lejos; todo el mundo quería creer en el hombre de Piltdown. Entre tanto, Hinton consiguió su puesto en el museo, se hizo de buena reputación  y ya no pudo confesar la verdad".

Quizá fuese suficiente castigo para él saber durante toda su vida que había torcido el camino de la ciencia. "Seamos benévolos con él", dice Savage. "Fue un gran científico. Detesto pensar que pueda pasar a la historia como un timador."