Pierre Teilhard de Chardin, una espiritualidad desde la visión del mundo de un hombre de ciencia.

Agustín Udías, S.J.

Espiritualidad y visión científica del mundo.

Como sacerdote y jesuita y a la vez como reconocido científico en el campo de la geología y paleontología, Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) mayor preocupación fue siempre como integrar el pensamiento cristiano dentro de la nueva cosmovisión presentada por las ciencias de un mundo en evolución. Esta preocupación está ya presente en sus primeros escritos de juventud, continuará hasta las últimas páginas escritas unos días antes de su muerte y se apoya en las dos columnas que soportan toda su vida, su trabajo científico y su experiencia mística. Su espiritualidad se vio de esta forma profundamente afectada por su visión científica del mundo. Teilhard separó claramente su trabajo científico de su reflexión religiosa, y en sus más de 200 artículos científicos no se menciona para nada el problema religioso. Como científico fue un verdadero científico, reconocido por sus trabajos de geología y paleontología. Sin embargo, para él el trabajo científico constituía ya en sí mismo una forma de adoración y así afirma que ciencia y religión forman dos caras de un mismo movimiento de conocimiento de la realidad y que en el trabajo científico se puede encontrar una forma de alimento espiritual. A lo largo de su vida al mismo tiempo que su trabajo científico, Teilhard realiza una continua producción de su pensamiento filosófico y religioso, tratando de repensar la formulación de la fe cristiana desde la visión de un universo en evolución, detrás del cual se encuentra también el desarrollo de una espiritualidad nueva muy personal y una verdadera experiencia mística. Esta integración de su trabajo científico y la visión evolutiva del mundo en su espiritualidad puede verse como una consecuencia de la espiritualidad ignaciana de encontrar a Dios en todas cosas y de la contemplación para alcanzar amor de los Ejercicios donde se pide ver a Dios presente y actuando en el mundo. Para Teilhard ese mundo es el mundo conocido por la ciencia y proyectado hacia el futuro por el trabajo humano.

Textos claves

El desarrollo de la espiritualidad de Teilhard puede seguirse a través de los distintos textos de sus muchos ensayos que van desde el primer escrito durante su participación en la primera guerra mundial al último unos meses antes de su muerte. Las líneas fundamentales están ya presentes en el primer escrito, pero no se desarrollarán con toda claridad hasta el último y definitivo. Podemos seleccionar como textos claves en orden cronológico los siguientes: La vida cósmica (La vie cosmique, 1916), Mi universo (Mon universe, 1918), La Misa sobre el mundo (La Messe sur le Monde,1923), El medio divino (Le Milieu Divin, 1927), Cómo yo creo (Comment je crois, 1934), El fenómeno humano (Le Phenoméne Humain, 1947), El corazón de la materia (Le coeur de la matiere, 1950), Lo crístico (Le Christique,1955). Estos textos claves nos servirán para establecer las líneas generales de la espiritualidad de Teilhard y el papel que en ellas juega la visión científica del mundo.

Hijo de la tierra e hijo del cielo

Teilhard repite a menudo que se siente al mismo tiempo un “hijo de la Tierra” (la Tierra, el Mundo y el Universo aparecen siempre en sus escritos en mayúsculas) y un “hijo del Cielo”. Así afirma : “Yo amo apasionadamente al Mundo, pero yo amo con el mismo apasionamiento al Dios que se expresa a sí mismo en Cristo”. La base de su espiritualidad está, por lo tanto, en la síntesis de estos dos amores que se realiza en el Cristo-Universal en donde se unen los dos y cuyo sentido veremos más adelante. Estos dos polos están siempre presentes en su vida y los intenta sintetizar. Los dos procesos para realizar esta síntesis son “Cristificar el Universo y Universalizar a Cristo”. Por un lado el universo necesita de Cristo para llegar a su última perfección. Sin Cristo el universo está sin cabeza, le falta la pieza clave que culmine y aguante todo el edificio. Por otro lado, Cristo solo puede entenderse del todo como, precisamente, el Alfa y el Omega del Universo. Es decir, Cristo está como creador y a través de su Encarnación como fin último o Punto Omega al que tiende el universo y hacia el que el universo es atraído para su culminación. Para él Cristo encarnado no puede entenderse separado del universo material en el que se ha hecho presente.

El papel de la ciencia

Teilhard es consciente del papel que tiene en el mundo moderno la ciencia y la tecnología como las dos grandes fuerzas que mueven hoy el progreso humano. Teilhard considera la tecnología incluida en la ciencia que él considera en un sentido amplio como lo que hoy se denomina como la “tecnociencia”. Así ha de entenderse, por ejemplo, cuando habla de la ciencia en “Sobre el valor religioso de la investigación” (Sur la valeur religieuse de la recherche, 1947). De esta forma en el mundo moderno la ciencia es, según él, el gran asunto del mundo (Grande Affaire du Monde), y constituye “una función humana tan vital como la nutrición y la reproducción” (Esto hay que entenderlo dentro de su visión evolutiva del mundo). Para Teilhard la evolución cósmica que se prolonga en la biológica sobre la tierra tiene su continuación en la evolución humana. Al nivel humano, es decir, de la “Noosfera”, término que Teilhard usa para referirse a la capa consciente y pensante de la Tierra, el trabajo científico ocupa la punta de la evolución. Es a través de la ciencia que hoy progresa la evolución humana. Vista la ciencia desde esta perspectiva y teniendo en cuenta que la evolución va hacia el Punto Omega que Teilhard ha identificado con el Cristo de la fe, él puede afirmar en “La ciencia y Cristo” (Science et Christ, 1921): “No hay un alimento natural más poderoso para la vida religiosa que el contacto con las verdades científicas bien comprendidas”. Es decir, la ciencia misma es un factor importante en la vida religiosa. Ella nos muestra el camino de búsqueda de los hombres para comprender el universo que al progresar este en la dirección de su convergencia en Cristo es en realidad, aunque inconscientemente, por lo tanto, ya una búsqueda de Cristo. .
En un paso más adelante Teilhard afirma: “La investigación científica es una forma de adoración en ella se esconde y opera alrededor nuestro el poder creador de Dios”. Este carácter de adoración de la ciencia nace de ver como la ciencia nos va descubriendo la naturaleza del universo y la dinámica de su evolución que tiene como fin último su perfección última por su unión en el divino Punto Omega que es el Cristo Cósmico. Desde el punto de la ciencia como trabajo de los hombres, Teilhard la ve como el esfuerzo común de la humanidad que consciente o inconscientemente la va llevando hacia su fin último. De esta manera puede decir: En la ciencia se elabora “la sola mística humano-cristiana que puede hacer en el futuro una unanimidad humana”. El esfuerzo común de la ciencia es parte del movimiento que va llevando a la humanidad hacia su unificación, a través del proceso que Teilhard llama de socialización. Ese proceso es para Teilhard convergente y terminará en la unión en el Punto Omega. Así para él el trabajo científico en sí mismo tiene un valor religioso.

Líneas maestras

En su ensayo “Cómo yo creo” en el que trata de formular las líneas generales de su pensamiento y que podemos interpretar también como de su espiritualidad, Teilhard pone al principio como síntesis las siguientes líneas: “Yo creo que el universo es una evolución. Yo creo que la evolución va hacia el Espíritu. Yo creo que el Espíritu se realiza en lo Personal. Yo creo que lo Personal supremo es el Cristo Universal”. En estas cuatro líneas está resumido todo su pensamiento. Las presenta como una fe, y así empiezan todas con “yo creo”. Comienza con la visión evolutiva del universo que la ciencia ha descubierto, desde el big-bang a la vida inteligente sobre la tierra. Evolución que continúa hoy a nivel de la humanidad, preferentemente en el trabajo científico. La evolución descubre la dirección de lo simple a lo complejo, pero en ella se lleva a cabo también la de la materia al espíritu. A mayor complejidad mayor conciencia y mayor presencia del espíritu. El espíritu tiene su culminación en lo personal, por eso el Punto Omega hacia el que la evolución progresa debe tener una dimensión personal. Ese personal supremo culmen de toda la evolución es el Cristo-Universal. Pero no es solo el punto hacia el que progresa el universo, sino que su poder atractivo está operando en la evolución cósmica desde el principio hasta el final, y es, por lo tanto, el Alfa y el Omega.

Materia y espíritu

La ciencia muestra que el universo ha evolucionada en la línea de un incremento en complejidad desde las partículas elementales aisladas después del big-bang a los átomos y compuestos físicos y químicos más complejos, a la de los seres vivientes y finalmente al hombre donde aparece la autoconciencia. Teilhard rechaza todo dualismo materia-espíritu y presenta un concepto unificado de materia que incluye en sí misma la “dimensión espiritual”. Esta dimensión está relacionada con la “complejidad”. A mayor complejidad corresponde un nivel más alto en la dimensión espiritual.
El materialismo busca entender al hombre solo desde la materia. Reduciendo al hombre a un objeto material que puede ser explicado totalmente desde sus componentes materiales. Teilhard sigue el camino contrario busca entender la materia desde el hecho de la presencia de la consciencia en el ser material que es el hombre. Si el hombre es un ser material autoconsciente, esta cualidad de la consciencia tiene que estar de alguna manera también presente en toda la materia.
Esto le lleva a proponer la idea de que en la materia hay un “interior” además de un “exterior”. El interior de la materia está ligado a la complejidad, de forma que al aumentar ésta, aumenta también su grado de interioridad. La complejidad, a su vez, está relacionada con la consciencia y la dimensión espiritual. El incremento en complejidad en la evolución se identifica con una mayor dimensión espiritual. A este doble carácter de la materia (interior y exterior) corresponden también dos tipos de energía: una energía “tangencial”, que corresponde a la energía física con la que las cosas interaccionan unas con otras a su mismo nivel y otra energía “radial” o “espiritual”, que es responsable de la convergencia de la evolución de la materia en la línea de una mayor complejidad y una mayor consciencia, es decir, en la dirección del espíritu. Esta energía a nivel humano se identifica con el “amor” que une manteniendo las identidades. Así el camino de la evolución es finalmente el camino del amor. Para Teilhard estos dos tipos de energía son en realidad los dos componentes de una sola energía fundamental que incluye ambas. Esta energía conduce la evolución cósmica de una multiplicidad aislada a una creciente unidad compleja, siguiendo el camino que va de la materia al espíritu y del espíritu por el amor al Punto Omega que es el Cristo Total. Por eso puede dirigirse poéticamente a la materia diciendo: “Yo te saludo, Medio Divino, cargado de Potencia creadora, Océano agitado por el Espíritu, Arcilla amasada y animada por el Verbo encarnado (La potencia espiritual de la materia, La puissance spirituelle de la Matière, 1919).

El Cristo cósmico

Según Teilhard la evolución debe converger en el Punto Omega, que debe ser transcendente y personal y que se identifica con el Dios de la fe religiosa. El Dios transcendente que se ha formulado tradicionalmente como “el Dios en lo Alto” es también “el Dios en Adelante”, es decir, el centro hacia el que tiende toda la evolución. Por otro lado, la fe cristiana nos dice que ese Punto Omega es Cristo por su encarnación y resurrección. Cristo es así el centro cósmico de la creación. Si el universo es convergente y Cristo ocupa la función de Centro-Omega, para Teilhard la cosmogénesis se convierte en una Cristogénesis. Toda la evolución es, por lo tanto, un proceso por el cual se va construyendo el cuerpo del Cristo Cósmico o Total como ya aparece en su primer escrito “La vida cósmica”.
Por lo tanto, no se puede pensar en el universo sin su centro en Cristo, ni en Cristo sin formar el centro del universo. Su acción cósmica es la que hace converger todo hacia sí mismo y de esta manera llevar todo el proceso evolutivo a su consumación.

El Cristo universal

Otra formulación de Teilhard es la del “Cristo-Universal”. En su ensayo “Una nota sobre el Cristo Universal” (Note sur le Christ universal,1920) lo define de la siguiente forma:

Yo entiendo por Cristo-Universal, el Cristo centro orgánico del universo entero- Centro orgánico, es decir, del que dependen físicamente todos los desarrollos del universo entero… no solo de la tierra y la humanidad, más de Sirio y Adrómeda y todas las realidades de las que dependemos físicamente; … no solo los esfuerzos morales y religiosos, sino todo crecimiento del cuerpo y el espíritu. Este Cristo-Universal es el que nos presentan los evangelios, en especial S. Pablo y S. Juan. Aquel del que han vivido los grandes místicos.

Aquí Teilhard se remonta a la teología de S. Pablo y S. Juan y de los grandes místicos, aunque formulada de otra manera de acuerdo con la visión científica del mundo.

La divinización de las actividades y las pasividades

Desde su visión Cristocéntrica del universo y el hombre, Teilhard reformula la ascética cristiana en su obra “El medio divino” como un proceso de divinización de las actividades y las pasividades. En esta formulación hay que superar el esquema tradicional de la buena intención en la que los fines terrestres en sí no valen nada, sino solo como ocasión de medios a un fin sobrenatural.
El esfuerzo hay que considerarlo ahora como cooperación a la realización del Mundo en Cristo. Por lo tanto, las obras mismas tienen un valor en sí mismas como parte de la evolución del mundo hacia su culminación en Cristo. En virtud de la Encarnación por la que Dios entra en la evolución del universo y ocupa el lugar del centro hacia el que todo tiende, nada es profano. Todas las acciones son partes de la construcción del Cuerpo de Cristo. Pero la acción implica también el desprendimiento de lo que nos estorba o impide ese proceso. Esto justifica la necesidad también del ascetismo.
Las pasividades, es decir todo lo negativo que nos sucede, forman la mitad de la existencia humana. Las pasividades de disminución que nos afectan pueden ser externas o internas. Ellas forman parte también del proceso de la evolución humana hacia la formación del Cuerpo de Cristo. Para Teilhard lo que parece vacío y pluralidad es en realidad instrumento de plenitud y unidad. En la vida hay un tiempo de crecer y un tiempo de disminuir. Los dos colaboran a la construcción del Cristo Total. Hay una comunión por la acción y otra por la disminución. En la segunda en lugar de actuar nosotros, es Dios el que actúa en nosotros.

El Medio Divino y la Diafanía de Dios

El “Medio Divino” es un concepto clave en el pensamiento y la espiritualidad de Teilhard. Así este es el título de la obra en la que explica más extensamente la naturaleza de su espiritualidad. Lo que Teilhard entiende con este término es difícil de reducir a una definición, ya que en último término está apuntando a una experiencia mística. Algo que se acerca a una definición es cuando el afirma que se trata de un “Centro en el que se unen y tocan todos los elementos del Universo”. En su consideración, el Medio Divino aparece como una consecuencia que para él tiene la Encarnación en el mundo material. Así puede afirmar que en un mundo animado por la Encarnación, el Medio Divino se nos descubre como una modificación del ser profundo de las cosas que las hacen transparentes a la presencia de Dios. Por ella el mundo aparece bañado por una luz interna que le intensifica el relieve, la estructura y las profundidades. El medio divino es el universo tal como es conocido por la ciencia pero que se descubre como profundamente trasformado por la presencia de Cristo en él.
Otro concepto clave para Teilhard en la misma línea que el Medio Divino es la “Diafanía de Dios”. Para él la Diafanía de Dios en el Universo se produce por la síntesis en Jesús de todos los elementos del mundo por su Encarnación. Es difícil distinguir claramente entre Medio Divino y Diafanía de Dios en el mundo. En realidad deben entenderse como dos formulaciones o maneras de expresar una misma realidad. Teilhard expresa esto diciendo que el Medio Divino se nos manifiesta como una “incandescencia” de las capas interiores del ser por la que todo queda penetrado de la presencia de Cristo. Esta incandescencia para Teilhard es resultado de la Diafanía de Dios. Así, la presencia del Medio Divino y la Diafanía de Dios están presentes por todas partes en torno nuestro, solo hace falta que lo veamos. Por eso Teilhard termina su reflexión sobre estos dos conceptos con la súplica: “Señor haz que vea” (Domine, fac ut videam). Para Teilhard vivir conscientes del Medio Divino y la Diafanía de Dios en el mundo tiene consecuencias prácticas. Es un camino que se lleva a cabo por la pureza, la fe y la fidelidad. Respecto a la relación entre las personas, el objetivo es la comunión en la caridad en la que todos formamos un único cuerpo.

La Misa sobre el Mundo

En esta larga oración compuesta en 1923 encontramos el aspecto eucarístico de la espiritualidad de Teilhard. La ocasión es encontrarse “en las estepas de Asia” sin posibilidad de celebrar la Eucaristía y ofrece “sobre el altar de la Tierra entera el trabajo y el dolor del Mundo”. Así el Mundo es ahora la Hostia total que se transforma en cada celebración Eucarística en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Desde este punto de vista, esta oración puede considerarse como un resumen de toda su espiritualidad vista ahora desde el punto de vista de un mundo trasformado por la consagración eucarística. Podemos resumir esta larga oración en sus cuatro momentos claves.
Ofrenda: Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación transformada por vuestra atracción te ofrece en la nueva aurora. Este pan, nuestro esfuerzo. Este vino nuestro dolor no es todavía más que bebida disolvente. Pero en el fondo de esta masa inerte has puesto un irresistible y santificante deseo que nos hace gritar “Señor haznos uno”.
Consagración: El Fuego, una vez más ha penetrado la Tierra. El Universo, hostia inmensa se ha convertido en Carne. Toda la materia está desde ahora encarnada, Dios mío, por vuestra encarnación.
Comunión: Yo extenderé la mano hacia el pan ardiente que me presentas. Señor Jesús, yo acepto ser poseído por ti. Cómo rehusaré este cáliz, Señor, cuando por el pan ha entrado en mi la pasión por unirme a ti más lejos de la vida, a través de la muerte.
Oración: Maestro, por fin, a través de todos los poderes de la Tierra Te reconozco como mi soberano y me entrego a Ti. Cristo glorioso, influencia difusa en el seno de la Materia y Centro deslumbrador donde se unen las fibras sin número de lo Múltiple. Es a Ti a quien mi ser llama con un deseo tan grande como el Universo.
En esta oración Teilhard vuelve a insistir en las mismas ideas que ya hemos visto, pero enfocadas ahora desde el punto de vista de la consagración eucarística. El mundo entero es consagrado y en la comunión se participa de él, por lo que es ya la carne de Cristo. El mundo material es por lo tanto para Teilhard también parte del Cristo Total que lo abarca todo.

Lo Crístico

El último ensayo escrito antes de su muerte “Lo crístico” representa una última versión de su visión sobre el Mundo y Cristo. Es una síntesis entre la convergencia cósmica y la emergencia crística. Une así la visión desde bajo con la de desde arriba.
Por un lado la ciencia ha descubierto la evolución cósmica en la dirección de Complejidad-Conciencia de dimensiones planetarias que continúa a nivel humano y debe ser convergente. Esa convergencia debe de acabar en una última unión de todo a través del espíritu humano en algo que se proyecta hacia el futuro como un Punto Omega. La fe cristiana descubre la inserción de Cristo en el proceso de la evolución por la encarnación que se expande por su resurrección para integrar en un solo cuerpo toda la humanidad. Así el Punto Omega visionado a partir de la ciencia se identifica finalmente con el Cristo de la fe. La visión desde debajo de la ciencia se completa con la visión desde arriba de la fe. El universo y Cristo se completan y conjugan en un universo cristificado y un Cristo universalizado.
Se realiza así la consumación del Universo por Cristo y la de Cristo por el Universo. Con un Universo cristificado o un Cristo universalizado aparece un super-medio evolutivo, el Medio Divino. Vuelve así Teilhard a la intuición de los primeros escritos en los que desarrolló el concepto del Medio Divino. Lo Crístico es la unión y síntesis de las exigencias cósmicas de un Verbo encarnado y las potencialidades de un Universo convergente.

Teilhard místico

Las notas de sus Ejercicios Espirituales (Notes de retraites, 1919-1954), nos permiten constatar cómo estas ideas, son también las constantes que año tras año forman el núcleo de su oración y meditación. En estas notas encontramos que su visión de Cristo y del mundo no es solo un pensamiento teórico para presentarlo a los demás, sino el motor y centro de toda su vida espiritual. Año tras año sus Ejercicios se centran en las mismas ideas que relacionan a Cristo con el mundo. El Cristo-Omega aparece ya en sus notas de 1922 y se repite en todos los demás años. En 1940 aparece el término “omegalizar” para expresar la unión del universo con el Cristo total, y al año siguiente presenta las dos perspectivas, que a partir de esa fecha se convierten en el resumen de su actividad: “universalizar a Cristo y Cristificar el universo”. Toda su vida la concibe Teilhard como una fidelidad al Cristo-Omega. Finalmente en 1950 expresa que en su vida no debe entrar nada que no sea “Cristificable”, es decir, hecho parte de Cristo y muestra su preocupación por “acabar bien, es decir, en plena confesión y en plena fe al Cosmos y al Cristo-Omega. Terminar bien, es decir, haber tenido tiempo y ocasión de formular mi mensaje esencial, la esencia de mi mensaje”. En el último día de sus últimos ejercicios en 1954 resume toda su visión con una sola palabra “Pan-Cristismo” que quiere decir “todo en Cristo”.
La espiritualidad de Teilhard, por lo tanto, no es solo el resultado de una reflexión teológica sobre la visión del mundo que presenta hoy la ciencia, sino sobre todo el fruto de una experiencia mística basada en la oración, en la que la presencia y acción de Cristo llenan el universo evolutivo que le ha presentado la ciencia. A la base está la visión que la ciencia ha ido desarrollando primero de la evolución de la vida sobre la tierra y de la tierra misma y finalmente de la evolución del universo entero a partir del estado inicial del big-bang, desde las partículas elementales a la vida inteligente. Sobre esa visión del mundo se proyecta la fe en la encarnación en la que Dios mismo en Cristo se hace presente en ese universo que ha creado precisamente de esa forma evolutiva como su inicio creador y su fin último. Para Teilhard, por lo tanto, ni Cristo puede concebirse separado del universo, ni el universo separado de Cristo. Teilhard vivió con pasión esta presencia y acción de Cristo en el mundo y se esforzó por comunicarla desde su trabajo científico y sus reflexiones teológicas, de todas las formas posibles, a pesar de todos los obstáculos e incomprensiones que encontró. El carácter cristocéntrico de la espiritualidad de Teilhard está expresada en la oración al final de su ensayo autobiográfico, “El corazón de la Materia” (Le coeur de la matiere,1950) que termina de esta manera:

Dios que para presentarte a nuestra adoración como “evolucionador y evolutivo” eres desde ahora el único que puede satisfacernos – líbranos por fin de todas las nubes que todavía te ocultan- tanto de los prejuicios hostiles como de las falsas creencias. Y que por tu Diafanía e Incendio a la vez, surja vuestra universal Presencia. Oh Cristo siempre más grande!