Los Milagros de Lourdes y las Encuestas Canónicas

Pierre Teilhard de Chardin

Traducción  Juan Jiménez Coronado.
(Publicado en Études. 20 Janvier 1909. – De la Compagnie de Jésus).

Presentación (en italiano): En la carta de fecha 20 de noviembre 1908 enviada por Ore Place (Hastings), Teilhard de Chardin informaba a los padres de haber recibido el encargo de escribir un artículo sobre los milagros de Lourdes y la encuesta canónica por la revista jesuita Études, donde apareció en el primer número de 1909 (en el lateral de la portada). Por razones no especificadas, nunca se ha vuelto a publicar, como debería haber sido, como signo de estima al autor y para no disminuir la cuestión de los milagros. Su escrito vuelve a ser legible gracias a la colaboración de su amigo el Prof. Franco Bisio, que amablemente nos lo envió. De p.12 a p.17 también informamos, en orden cronológico, todas las reflexiones expresadas más tarde por Teilhard de Chardin sobre el tema de los milagros. Por esta razón, el título de esta colección de escritos es LE MIRACLES. Los pasos más interesantes en nuestra opinión se destacan en azul claro (solo en el primer escrito). En p. 17 algunas de nuestras consideraciones finales. Después de exactamente 100 años, el artículo de Pierre Teilhard de Chardin se vuelve a publicar aquí:

LOS MILAGROS DE LOURDES Y LAS ENCUESTAS CANÓNICAS. [1].

   Cuando se produce un hecho científico, descubierto en laboratorio o fenómeno que ofrece la naturaleza, un movimiento agita el mundo de los pensadores. Se controla, se observa, se transporta con grandes costes. A continuación, la pizca de verdad bien adquirida, nos apresuramos a hacerla entrar en el edificio de la ciencia. A veces, la nueva piedra encuentra su lugar listo: el astrónomo que se encontró con Neptuno en el campo del telescopio, Zeeman percibiendo en su red el desdoblamiento de las líneas del espectro, ambos hicieron un descubrimiento impacientemente esperado. Pero a menudo también, como para los rayos catódicos o los cuerpos radiactivos, será necesario, para hacer sitio al recién llegado, volver a trabajar el orden de los materiales ya agrupados. No importa, la hipótesis es la arcilla obediente que modelan los hechos. Ella se someterá a la nueva impronta que le impone la naturaleza. Ahora hay otra palabra a tener en cuenta, algo que siempre debería tener un lugar en la teoría del mundo.

   Ahora bien, mientras que se coordinan esfuerzos admirables para avanzar un poco en nuestro conocimiento del primero en virtud de la organización de la materia; mientras en todas partes a nuestro alrededor, hombres eminentes, hábiles experimentadores o intérpretes penetrantes de la naturaleza, se agotan al recoger los documentos reveladores de la tierra y de sus energías; muy de cerca, a la vista y conocimiento de todos y cada uno, se multiplican hechos notables, capaces de iluminar las perspectivas más lejanas del universo, capaces de dar una base sólida a todos nuestros pensamientos: y apenas estamos mirando desde este lado. En Lourdes, las curaciones se suceden y pasan como hechos diversos, menos notados por los lectores de periódicos que una sesión de aviación, menos estudiados por científicos que un experimento con electrones. Sin embargo, ¿no son hechos ellos también? Y como tal, ¿no  deberían contar en las teorías?

   ¿Es que el tiempo de las maravillas de Lourdes (¿durarán para siempre?) terminará sin que un reconocimiento venga a fijar para siempre su conmovedora huella, ni sobre todo para interpretarlas? Algunos van a Lourdes. Los médicos allí se vuelven incluso cada vez más numerosos [2]. Pero ¿qué sale de estas constataciones? ¿Qué conclusión definitiva y aceptada se extrae por la ciencia? Ninguna. Sin embargo, sería lógico: son cosas observables, que podemos ir a ver con seguridad, y estudiar tan fácilmente como un eclipse de sol. Pero la ciencia oficial es silenciosa; finge ignorar o retrocede ante la explicación, desdeñando los fenómenos que la incomodan, infiel a su carácter de imparcialidad y absoluto respeto por el hecho.

   Afortunadamente, la Iglesia no está obligada a imitarla. Respaldada por medios de control y métodos nuevos, puede afirmar públicamente la existencia de una energía especial que actúa en su servicio. Más aún, se atreve a proclamar una interpretación trascendente: la acción misma de Dios, el milagro. Es en esta segunda reivindicación donde reside sobre todo el interés de las investigaciones canónicas sobre el tema de Lourdes [3]. Algunos sonríen o se impacientan por la injerencia eclesiástica en un asunto que quisieran reservado a los hombres de clínica y laboratorio. ¿Para qué las inútiles proclamaciones de los obispos? ¿Qué agregan al valor de los certificados médicos? Estos, por supuesto, olvidan que en ciencias naturales una muestra dobla el valor si está determinada y etiquetada; que en física un hecho realmente solo se acepta cuando se ha encontrado su ley y fijado su lugar en una hipótesis. Los prodigios de Lourdes, suponiendo que, aparte de la Iglesia, se tome la molestia de estudiarlos, esperan para tomar su importancia a que se les refiera a un origen, y este paso decisivo desde el punto de vista lógico se realiza cuando una voz autorizada afirma: "Hemos juzgado y juzgamos, hemos declarado y declaramos que tal curación tiene el carácter de un verdadero milagro" [4]]. Ahora bien, a los ojos de los creyentes, la Iglesia sola es competente para discernir con seguridad lo milagroso; en cuanto a los no creyentes que, por principio, excluyen lo sobrenatural, el juicio de la Iglesia debe hacerlos reflexionar, les forzará a fijar lo que generalmente observan solo con una mirada fugaz y distraída.          

   De esta explicación a la vez apologética y científica de los hechos, que denuncia la existencia de un Dios personal por un método rigurosamente positivo, seguiremos la génesis en las encuestas canónicas. Existe aquí un notable establecimiento de una teoría del milagro, por un proceso análogo al que dio, por ejemplo, una teoría de la luz. Distinguiremos dos partes: el establecimiento de los hechos extra-médicos de Lourdes (inexplicables en el estado actual de la ciencia) y su interpretación por el milagro [5]

 I. Establecimiento de los hechos extra-médicos.

   No habría que imaginarse a la Iglesia siempre alerta, esperando la oportunidad de clamar por una intervención divina. Ella es demasiado gran reina y demasiado favorecida por la bondad de Dios para tener que contar las pruebas que le da de su existencia y de su protección. En los pliegues de su historia, los hechos maravillosos, especialmente los que han consagrado la misión de Jesús, brillan en todas partes. Cada nuevo tesoro la encuentra agradecida, pero su creciente número no agrega nada a la evidencia de su imperio; pueden venir, ella ya no los necesita.

   Los comienzos de Lourdes verificaron una vez más esta ley de cautela y casi de defensiva. Cuando el obispo de Tarbes, en 1858, comenzó un serio examen de las maravillas de la gruta, el Dr. Vergez ya podía presentarle siete curaciones de primer orden [6]. Incluso en 1904, cuando el Dr. Boissarie fue a Roma con la peregrinación de médicos católicos, Pío X, superando sus simpatías personales, prefirió que en una sesión solemne no se le presentaran enfermedades curadas, ni se leyeran informes verbales de curaciones. Podría haber parecido prejuzgar el milagro [7]. Pero esta lentitud que hace a la Iglesia rendirse no es una mera comedia, una forma de negarse para forzar la mano. Ella sinceramente desea juzgar si las historias extraordinarias, exaltadas por el rumor público, son auténticas y van más allá de las explicaciones médicas; y, como prueba, las investigaciones serán hechas estrictamente, promovidas y controladas por la autoridad eclesiástica, pero conducidas por especialistas, médicos. ¿Qué estudioso construirá nunca una teoría sobre experimentos que afirma haber hecho un novato en manipulaciones? Nadie que no sea capaz de apreciar un hecho crudo. Además, en Lourdes, los científicos deben pronunciarse los primeros.

   Mientras alrededor de la gruta la energía curativa flota en la multitud de víctimas, todo médico es admitido, en la oficina de las constataciones, para interrogar, estudiar a los privilegiados sobre quienes se ha concentrado el poder misterioso. La Iglesia, que abre sus grandes archivos incluso a las inquisiciones más hostiles, no teme más la verdad en el campo de las maravillas. En 1907, trescientos treinta médicos asistieron a las sesiones de oficina: es imposible actuar más abiertamente. Sin embargo, las constataciones en el sitio se consideran insuficientes. Infinitamente valiosas porque garantizan el momento y la rapidez de mejora, suponen que el daño era grave hace un momento y que ahora su desaparición es definitiva. Pero si los vestigios están casi borrados, ¿cómo el médico medirá su intensidad anterior? ¿Cómo, a menos que no se trate de herida externa cerrada o de la vista recuperada, se hará sobre un sujeto, tal vez exaltado por la alegría, una opinión segura de la curación? El hecho extraordinario destinado a las investigaciones canónicas no se establecerá pues más que por medio de certificados, firmados por médicos que hayan conocido el milagro antes y después de su viaje a Lourdes. La enfermedad es seguida desde su origen; se tienen en cuenta antecedentes familiares; se sabe exactamente en qué hospitales y por qué médicos fue tratado el sujeto, qué diagnósticos se aportaron cada vez sobre su estado. Recordemos a Gargam, empleado de correos, destrozado en un accidente de ferrocarril y curado en 1901, sobre el que hay en la administración de correos un informe en el que médicos juramentados constatan un estado desesperado [8]. En realidad, quienes siguen de cerca los acontecimientos en Lourdes se quejan todavía de la insuficiencia de algunos certificados. Ocurre que se olvida mencionar los caracteres que permitirían decidir si la enfermedad es de origen nervioso. ¿Pero de quién es la culpa? Una gran dificultad para los enfermos es obtener una certificación de su triste estado. Para obtenerlo del médico que los cuida, a veces deben usar subterfugios; y en su postración, cuando la curación es tan dudosa, cuando solo se trata de preparar un documento para un resultado especulativo, ¿cómo puede uno incluso requerir de ellos este esfuerzo? Obtenida la curación, incluso cuesta para hacerlo notar [9].  Una enferma, curada en julio de 1908, suplica al cirujano, que la ha operado en vano anteriormente, que reconozca la desaparición de la enfermedad. Él pide algunas semanas de reflexión: el certificado aún no ha aparecido [10]. Hecho curioso: los médicos católicos son, al parecer, menos complacientes. Sin condenar demasiado su conducta, que no carece de excusas ni tal vez de razones, señalemos al menos cuánto se necesita un impulso, siempre renovado, de la Iglesia, para forzar a observar Lourdes y qué poco sospechosos son los testimonios que ella presenta: sus oponentes le aportan al menos tanto como sus amigos.

   A pesar de todos los obstáculos, muchos hechos emergen cada año, precisos, documentados, iluminados con toda la información deseable, de los que hay una primera cosa que decir: ahora la ciencia no puede explicarlos; son extra-médicos Así juzgan la mayoría de los médicos que estudiaron Lourdes de buena fe [11]. En la oficina de constataciones, la frase es corriente y, además, se impone. Las únicas dos energías conocidas (?) a las que se ha tratado de reducir lo que obra en Lourdes son la sugestión y el "magnetismo". Pero estas explicaciones son inútiles.

   La insuficiencia de la sugestión ya se ha demostrado cientos de veces [12]. Recientemente, en una tesis [13] defendida ante la Facultad de París, y a la que a menudo nos referiremos, el Dr. Vander Elst volvía sobre este tema a propósito de la histeria. "Sea cual sea la explicación que se dé a las curaciones de Lourdes, concluye, no debemos ver ahí sugestión" [14]. Y sin embargo, la objeción no está muerta. Durante mucho tiempo, semi-sabios cristianos tímidos arrullarán su indiferencia ante su estribillo. Lo que la hace inquietante, escurridiza, es lo vago, lo confuso en que se pierde. He aquí una fórmula: «Los pacientes nerviosos se curan por sugestión. Ahora bien, todo enfermo es más o menos nervioso o neurópata. Entonces, Lourdes, por sus emociones religiosas profundas, debe naturalmente causar mejoras extraordinarias». Los equívocos y las exageraciones pululan. Pero es realmente en el fondo, si no como tesis pública y admitida (no somos tan ingenuos), al menos como impresión semiconsciente, lo que atormenta a las mentes. Para responderlo una vez más, arriesguemos una alegoría.

   Sea un castillo que sus dueños abandonan. En principio, todo permanece en la misma frescura que cuando los servidores atentos mantenían la luz y la limpieza allí. Pero poco a poco la atmósfera se vicia, se vuelve húmeda, pesada con las emanaciones emitidas por los muebles y las paredes. Protegidos del sol y del aire puro, se desarrollan pequeños organismos, el moho invade la madera y las cortinas, mientras que un ejército de larvas roe la materia. Pero regresan los dueños: enseguida se deja entrar el aire: manos diligentes intentan reparar el daño, la apariencia de la vieja mansión vuelve a sonreír. Sin embargo, las manchas lívidas en los tapices, mil pequeños agujeros que acribillan los viejos robles, siempre darán testimonio de un tiempo en el que no se estaba allí.

   Así es con el organismo. Constantemente en reacción contra el exterior y contra la invasión de sus propios desechos, se mantiene y repara sólo gracias a una actividad vital, refleja e inconsciente. Lucha contra la infección bacteriana, el enquistamiento de focos tuberculosos, la formación de callos óseos, la cicatrización de heridas, todo esto es fruto de un trabajo secreto que continúa la vida sin cesar en nosotros [15]; y las raíces por donde el alma se sumerge en la materia para mantener esta asombrosa armonía de acción son los nervios. Viene la inteligencia para dejarse deprimir por la desgracia, o invadir por una convicción enfermiza de que la salud está comprometida en algún momento, el enlace se afloja o se desvía entre el centro de la vida y los órganos físicos. En el caso patológico de la histeria [16], la interrupción puede ser completa; hay "desintegración del yo", la vida orgánica  continúa sin control.  El castillo es abandonado.  Luego aparecen  enfermedades  nerviosas "funcionales". No hay lesiones, sino solo problemas causados por una actividad vital más o menos desenfrenada  que  se  gasta  a  la  aventura. Una  (persona)  histérica llega a simular en sus síntomas cualquier enfermedad, incluso las del ojo, la oreja, el corazón, las articulaciones, los huesos, incluso un tumor, incluso la malaria o la rabia [17]: y en todo eso sin ninguna base orgánica. Pero gradualmente el cuerpo se deforma con tal juego. Una vez el sistema nervioso fuera de "su papel de regulador de funciones bactericidas o tróficas, defensivas u ofensivas" [18], los órganos se ven a su vez afectados. La enfermedad se vuelve "orgánica". ¿Qué podrá hacer entonces la sugestión, – autosugestión del sujeto sobre sí mismo gracias a una idea fuertemente concebida, o sugestión ejercida por una voluntad extraña? Simplemente restaurar el juego los reflejos, poner el "yo" en su lugar, le hace retomar la dirección de las funciones oscuras que se agitan en él a ras de la materia; lo que requerirá, en el caso extremo de la histeria [19], una hipnotización previa, en favor de la cual un psiquismo extraño se sustituye al "yo" desintegrado y viene en ayuda del sistema vegetativo del hipnotizado. A partir de este momento, los nervios retoman su oficio normal; los síntomas simulados desaparecen de repente. El aire y la luz vuelven a la habitación [20]. Pero hay daños que no repara un rayo de sol. Las lesiones orgánicas permanecen. Quizás la energía vital reconstituida podrá repararlos. Pero siempre "la curación conservará el carácter lento, laborioso y progresivo de las curaciones espontáneas" [21]. La sugestión solamente eliminó el obstáculo: su  curado milagrosamente se convirtió nuevamente en un paciente común.

   En resumen, si ante nosotros se produce súbitamente la curación de un órgano herido, sin preocuparnos siquiera de saber si el sujeto está nervioso o histérico, podemos afirmar: aquí hay otra cosa que la sugestión [22]. Ahora bien, ¿en Lourdes no es un hecho ordinario la desaparición instantánea de tumores ya operados y, como consecuencia, bien constatados, o la cicatrización definitiva de cánceres horribles de los que la cirugía no había tenido razón? No retomaremos aquí la impresionante nomenclatura. Recordemos solo algunos hechos, menos conocidos o más recientes. La esposa de un médico de Milán tenía un cáncer de mama; todos los médicos de la Facultad aconsejaban una operación. En 1903, se hace una novena con aplicación del agua de Lourdes; el último día desaparece el cáncer sin dejar cicatriz. En 1907, durante la peregrinación nacional, Marie Borel llega a la gruta, llevando seis fístulas (cuatro de ellas estercolares); los detalles sobre la enfermedad son repugnantes [23]. Cuando ella sale de la piscina las llagas están cerradas, las funciones restablecidas. Este mismo año, el 16 de julio, Léonie Lévêque, ya operada siete veces de caries en los huesos de la frente (sinusitis frontal doble), se siente bruscamente morir de atroces dolores. Los médicos presentes en la oficina de constataciones pueden declarar que la curación es cierta y total: la frente está cicatrizada y todos los trastornos concomitantes han desaparecido [24].

   Observemos de paso que para ser más vistosas y estimadas del público, las curaciones de heridas externas no deben eclipsar otros casos, muy numerosos en Lourdes, y de los que, sin ser médico, todo el mundo debe tratar de probar lo extraordinario. Citaré en primer lugar las tuberculosis pulmonares. Para el común [25], es poco posible que uno pueda estar tan seguro de la existencia de una caverna en los pulmones y de su supresión, como de la desaparición de un lupus en la cara. Y, sin embargo, el oído de los entendidos vale ahí tanto como aquí nuestros ojos. Reconocemos bien por el sonido que una jarra que se llena va a rebosar. Por lo mismo, el médico no puede equivocarse: cuando se forma la caverna, escucha un sonido de gorjeo. Cuando está formada, suena, a la percusión, como una olla agrietada, el  "pectoriloquio",  el sonido anfórico.  Cuando, una hora más tarde, su oído percibe solo el murmullo vesicular del estado de salud, puede concluir, como si la cosa cayera ante sus ojos, que ha habido un aporte de sustancia organizada [26].

   Con todo rigor, lo que precede nos dispensaría de tratar la premisa menor de la objeción: “Toda la gente es más o menos nerviosa o histérica”. Para las curaciones súbitas, la cuestión está resuelta en un grado inferior. Pero hay aquí un vicio fundamental de razonamiento y un error de hecho a señalar. La ciencia moderna ha realizado una obra de continuidad: en biología, como en física y en historia, cree haber mostrado que las propiedades de los seres no aparecen bruscamente, no son el privilegio de una categoría, sino que más allá de las clases que las poseen en un grado notable, van atenuándose en una penumbra hasta un límite imperceptible. Trataremos de probar que hay discontinuidad entre la vida y la materia, la inteligencia y la vida. Pero conservando la posición científica en su generalidad, haremos notar que la aparición de ciertos efectos supone, afectada por la causa, un cierto valor crítico: una palanca quedará inmóvil bajo la fuerza de un kg y se bajará por otra mayor [27].

   Así querer extender a sujetos sanos, en virtud de una omni-neurosis u omni-histeria discutibles, los resultados conseguidos en el estudio de neurópatas comprobados, es hacer tarea de confusión y totalmente anticientífica. Ahora bien, ¿quién desconoce que en Lourdes, junto a verdaderos histéricos [28], se encuentran una mayoría de enfermos cuyo sistema nervioso está intacto? Además, muchos curados por un milagro no cuentan con su curación, o apenas la piden y esperan morir, o incluso son niños pequeños [29].

   Charcot había imaginado para Lourdes la “sugestión religiosa”. Pero esta nueva forma de energía, irreductible a lo que puede ser estudiado en hospitales, es una simple declaración de lo que pasa en los santuarios y no explica nada. Otro tanto diremos de la interpretación de las curaciones por el “magnetismo”. La idea de nuestros oponentes sobre este punto está lejos de ser clara. Se la puede entender así: una especie de efluvio, emanado de multitudes en oración, provoca directamente un efecto curativo en el cuerpo de los enfermos. Se dice incluso que se habrían impresionado placas fotográficas por estas ondas extrañas, término medio de rayos X y rayos N [30]. Siguiendo nuestro método vamos lo más cerca posible de la objeción. Aceptemos la existencia del efluvio. ¿Qué resulta? Habría que demostrar aún su acción en los enfermos, explicar por qué se adapta a las necesidades más variadas, física y psicológicamente. Y además, ¿qué decir de las curaciones efectuadas fuera de Lourdes y de las peregrinaciones? Claramente la cuestión debe ser eliminada o devuelta al capítulo de fuerzas desconocidas.  

   En definitiva, la posición sigue siendo clara: para la medicina y los médicos, se producen en Lourdes hechos extra-médicos. Este es el fundamento principal, largamente asegurado, que la Iglesia pone en la base de sus investigaciones canónicas. Hasta aquí, ella ha provocado sobre todo investigaciones que no eran de su dominio. Ahora se va a pronunciar sobre los hechos que sus mismos enemigos reconocen. Pero antes de pasar a esta segunda parte, lógicamente la más delicada, miremos aún, con la simple mirada del curioso o del sabio, la enorme masa de documentos que se acumulan en torno a la gruta. En otro tiempo hacían falta monjes para recoger y transmitirnos las obras maestras del pasado. Mañana tal vez, cuando un ciencia más honesta quiera establecer una doctrina razonada acerca de lo sobrenatural, se recordará que hubo un tiempo en que las maravillas eran algo normal en un rincón del mundo, y se admitirá que sin la Iglesia, en pleno siglo de las ciencias, se habrían perdido tantos hechos inestimables.

II. Interpretación de los hechos extra-médicos.

   Pues bien, la Iglesia se vuelve hacia los sabios desconcertados, y por la voz de los obispos, por estos decretos canónicos que pasan desapercibidos en primera página de algunos periódicos católicos, les dice: “Las maravillas que hoy les dejan mudos, nunca, mientras que ustedes se aíslen en la esfera de las energías terrestres, no podrán explicarlas. Pero yo, desde ahora, les voy a dar el verdadero sentido y la única teoría”.

   “No podrán ustedes explicarlas nunca”. –Descartemos aquí un malentendido. Entre los hechos de Lourdes y las leyes generales de la naturaleza, no queremos decir que haya contradicción, nada de eso. Se nota incluso que en la gruta la materia conserva las propiedades fundamentales que le conocemos. Conserva su inercia, y si debe ser necesario vencer a una formidable para revertir abruptamente un mal arraigado, para invertir en todas sus orientaciones dinámicas las energías de miles de células, asistimos al contragolpe. Porque con frecuencia, en el momento de la crisis milagrosa, un súbito dolor, una angustia mortal oprime al enfermo durante un tiempo muy corto, como si un misterioso cirujano realizara apresurándose alguna profunda operación. Hay excepciones; pero el índice tiene su valor, y la interpretación de esta conmoción como una consecuencia de la inercia parece natural.

   También en Lourdes, es probable que la materia continúe obedeciendo las leyes de conservación de la energía y la masa [31]. La energía absorbida por el cambio del organismo y la elaboración precipitada de los tejidos debe ser enorme. Pero la química tradicional nos enseña que la menor partícula de materia viva es un edificio complicado cuya destrucción puede reproducir mucho trabajo. Si es necesario, teorías más recientes, pero menos firmes, nos mostrarían, en la disociación de los átomos, un depósito inagotable energía. En cuanto a la sustancia cuyo aporte de vida viene a llenar las heridas, el cuerpo siempre puede proporcionar una amplia provisión: es dudoso que un balance sensible registrase la menor variación en el peso del cuerpo. Entonces no es necesario buscar más que un detonante y una acción rectora, fuera de las reservas de energía y material existente en el curado por el milagro.

   En Lourdes, finalmente, la materia parece conservar los hábitos de una sustancia orgánica. Ella obedece, es muy probable, a las leyes de la química y la biología. La velocidad de reacción es incomparablemente mayor, pero esta reacción existe; sin duda también un microscopio seguiría la multiplicación de las células de acuerdo con el mecanismo conocido. "Parece un araña trabajando; vean la piel como regresa" decía un médico observando a Marie Borel al salir de la piscina [32]. Así que, es la misma materia [33] en la que trabajan los médicos de los hospitales y el poder curador de Lourdes. Toda la diferencia está en la reversión de los fenómenos mórbidos que los primeros se reconocen impotentes para determinar, ni en ella misma, ni especialmente en su prodigiosa instantaneidad [34]. Hecho esto, intentemos especificar dónde está lo inexplicable.

   ¿Es ya en la forma repentina como se producen las curaciones? Muchos lo piensan; pero para otros, a los que preocupa la marcha dominante de la ciencia, persiste una duda. “Ya que en definitiva, dicen, no se trata de creación, sino de arreglo de materia, y de aceleración imprimida a la marcha de las funciones vitales, ¿no podemos concebir que sea posible, por una combinación de artificios, de preparar todas las reacciones de donde debe salir la cicatrización casi repentina de las heridas? El físico Maxwell había imaginado, por personificar las fuerzas desconocidas necesarias para  sus  cálculos, una especie de ser ágil  y ultramicroscópico, que trabajaría en el dominio de los átomos y moléculas. Supongamos al trabajo este sutil genio ¿Sus sagaces artimañas no llegarían a extraer del manejo de los átomos los efectos más inesperados? Yo no sé nada de eso, pero no me atrevo a decir que no. Ahora, se multiplican los descubrimientos que permiten tratar cada vez más profundamente la esencia misma de la materia ¿No llegará el día en que la misma ciencia humana será el demonio de Maxwell?”.   

   Contestaremos que tal razonamiento es arbitrario y peligroso. Es arbitrario, porque nada nos permite disminuir sin límite el tiempo dado a las reacciones para efectuarse. Si admitimos que una partícula material, para subsistir, necesita una extensión finita; si se reconoce que por debajo de ciertas dimensiones una gota de agua no se puede formar, ¿por qué no decir también del tiempo que hay una duración mínima, tal que las fuerzas vitales, sea cual sea el estimulante que las presiona, y en el orden de las causas que el hombre puede poner en juego, no lograrían reparar un mal orgánico en un tiempo más corto? El razonamiento, además, es peligroso, porque nos hace perder el contacto con la realidad, y prolonga la curva del poder humano fuera de los puntos marcados por la experiencia. Ahora bien, nada es más ilusorio que extrapolar. De tan alto que se dominan los progresos de la ciencia, tan familiarizado que uno se considera con los caminos de la naturaleza, ¿cómo atravesar las brumas del futuro y creer que se seguirá todavía el camino correcto cuando los hechos ya no están allí para mostrarlo?

   Entonces, podríamos rechazar la hipótesis de fuerzas desconocidas. Pero la objeción que plantea contra el milagro es demasiado inquietante y demasiado huidiza para que no tratemos de eliminarla a su vez. Por lo tanto, no negaremos, ofrecido, no concedido (?-p. 8), que quizá un día el proceso de las curaciones de heridas se acelerará en una proporción maravillosa y que no podemos prever aún. Pero agregaremos: a pesar de eso, incluso entonces, las curaciones de Lourdes permanecerán inexplicables, porque no es solo una herida lo que allí sana, sino un gran número, y sin antecedente natural suficiente, y con una irregularidad desconcertante.

   Si el milagro solo hubiera sucedido una vez, yo podría decir: un encuentro de fuerzas, nacido de la casualidad, puso el dedo en la tecla desconocida, pero muy simple en el fondo, que activa los organismos. Como una mano cálida, sacudiendo una barra de acero insensible a las tracciones más fuertes, la hace dilatarse y alargarse sin esfuerzo, ella con total naturalidad reorganizó los tejidos. O bien, esta curación es espontánea: es el efecto de esta aptitud para la reversión que la mecánica supone a cualquier fenómeno, pero que el juego de probabilidades solo realiza excepcionalmente [35]. Muy bien. Pero, cada año, cada día, durante algunas peregrinaciones, Lourdes sana. Las más benevolentes probabilidades se niegan a admitir la frecuencia de una fortuna semejante.

   ¡Si solo se pudiera sorprender, alrededor de las curaciones, un antecedente común! Pero intentemos extraer de todos los hechos auténticos algo que los anuncia o los condiciona. Solo encontramos eso: Lourdes. Y esto es Lourdes, no concebido, esperado, poseído apasionadamente, Lourdes en el delirio de las peregrinaciones y con la inmersión en la piscina, Lourdes idea motriz en el curado por el milagro o fuerza físicamente irresistible. Pero es Lourdes solo, Lourdes como  realidad desnuda y objetiva, a la que se vincula una virtud misteriosa, independientemente de todo lo que pueden aportar allí o sentir los enfermos y la multitud en oración. Un elemento puramente conceptual, con una cierta buena voluntad, eso es lo que queda cuando hemos eliminado todos los detalles individuales propios de cada milagro.

   Si al menos las curaciones ofrecieran un carácter de parentesco, alcanzaran una categoría de males, aparecieran en determinadas circunstancias de tiempo y lugar, yo invocaría quizás, con una sombra de razón, algún "magnetismo", una sacudida adecuada con la que el cuerpo humano se hallaría compaginado, y entraría en resonancia vivificante. La causa exacta se me escaparía, pero una cierta regularidad del fenómeno me aseguraría la existencia de esta causa y yo tendría el derecho de imaginarlo (¿la?). Pero no es así. No solo faltan una causa proporcionada, un antecedente común, sino que los efectos se suceden sin regla aparente: curaciones distribuidas como al azar o incluso

   Ahora es cuando la Iglesia puede reanudar: « ¡Bien! Yo puedo resolver el enigma. Vosotros, los que creéis en mí, me escucharéis con alegría, porque os hablo con una autoridad más que humana. Por el contrario vosotros, que no tenéis para conmigo más que desconfianza, tendréis que reconocer que mi teoría es la única capaz de apoyar los hechos. Lo que actúa en Lourdes es una voluntad, una voluntad más poderosa que la nuestra, pero libre e independiente como ella. Tan realmente como en vuestros experimentos de óptica la luz aparece como un fenómeno periódico, las curaciones, en Lourdes, llevan la marca de un ser independiente que, sin otro motivo que su placer, ha unido sus favores a un rincón de Francia, y los prodiga allí a su gusto. Esta intrusión en la naturaleza, de "alguien" que opera fuera de vosotros, que juega con esta materia que vosotros dudáis en reconocer bajo sus manos atrae efectos inesperados [36], eso es precisamente lo que adivináis y lo que incomoda a vuestras inteligencias. Acostumbrados a considerar el mundo visible como un filón sin límites en que podréis cavar vuestras galerías, trazar vuestros laberintos, sin miedo de encontrar los bordes, he aquí que bajo vuestros golpes acaba de sonar hueco el muro, se ha adelgazado en el otro lado, hay algo que ya no es nuestro mundo, hay incluso "otro" que trabaja [37]».

   Pero en el caso particular de Lourdes, este misterioso trabajador solo puede ser Dios, el Ser infinito y personal que la Iglesia adora. En este punto cesan las dificultades: fuera del área de los bosques y las brumas, tocamos en la cima de la montaña cuyas últimas laderas cubiertas de hierba se elevan sin obstáculo en un cielo despejado. Admitida la influencia de un ser consciente, que trabaja en la naturaleza sin estar sujeto a sus limitaciones, la indeterminación desaparece por sí misma. Los milagros de Lourdes son evidentemente función, no solo de la idea cristiana, sino de la religión católica en lo que ella tiene de más íntimo: la bondad de la Virgen Inmaculada.  

   Veinticinco veces ya, recorriendo la larga ruta de los hechos y razonamientos que acabamos de seguir, los obispos han llegado al mismo término. Vinculándose a curaciones, que no siempre son de las más brillantes, han declarado que la obra de Lourdes era la de Dios [38]. Oficialmente, la Iglesia ha reclamado sus derechos sobre las maravillas de la gruta, y retado a una ciencia naturalista para que se los quitara. Paralela a este movimiento dogmático, emerge una corriente entre los médicos. Lo decíamos al principio: ellos van a Lourdes cada año en mayor cantidad. El hecho de que, en una tesis, el Dr. Vander Elst haya podido insinuar claramente sus preferencias por la interpretación católica del milagro, debe retenerse. Pero, por otra parte, no hay que hacerse ilusiones. Durante mucho tiempo, al regresar de un viaje a la gruta, los doctores se contentarán con repetir a sus colegas estas palabras de un profesor que había visto desaparecer un lupus. “Vayan a Lourdes, verán allí curaciones muy interesantes” [39].

   Es que, incluso en Lourdes, la fe sigue siendo la fe. Dios no se manifiesta allí en persona, y una inteligencia que tiene razones para no quererlo, siempre encontrará un destello para irse por las ramas o un sedante para adormecerse. Consecuencia necesaria, para muchos, de una larga formación intelectual, culminación para otros de una desviación culpable del pensamiento, un hecho se impone: la ciencia no quiere a Dios. “Si la geometría se opusiera tanto a nuestras pasiones e intereses actuales como la moral, no la pondríamos en duda y no la violaríamos mucho menos”, dijo Leibniz [40]. Tiene razón. Sin embargo la repercusión moral de una explicación sobrenatural de Lourdes, buena para asustar a la masa de librepensadores, no es el obstáculo más serio encontrado por la inteligencia leal de la mayoría de los sabios. Reconocer la acción divina es, sobre todo, atentar contra su concepción preferida y fundamental de la ciencia. ¿Cuál es la orientación actual de la medicina? Imitar la física y la química. ¿Cuál es su ideal? Conocer bastante bien el mecanismo del cuerpo humano para poder, desde un estado inicial dado, deducir toda la serie de estados sucesivos del organismo. En eso convergen los esfuerzos, y es mucho menos la salud de los enfermos lo que más preocupa a un médico actual, que la forma de hacer para su propósito las observaciones más fecundas. Pero si el hecho sobrenatural es admitido, ¿qué pasará con este ideal? ¿Subsistirá? Para muchos, no parece [41]. Excepcional par definición, el milagro no podría molestar más que a las mentes exclusivas y celosas. Pero a su continuación se insinúa la multitud de casos donde la piedad cristiana cree reconocer los efectos benéficos de la oración. Si Dios cura en Lourdes, ¿no puede también, de una manera más velada y menos rara, desviar la marcha espontánea de las fuerzas orgánicas? Y he aquí, entonces, un factor, imposible de medir, que amenaza en todo momento perturbar las previsiones de la medicina. Lejano para los exploradores de la materia o de la vida en sí, el peligro será constante para quien busca envolver en ecuaciones el futuro de un ser concreto, si este ser puede provocar incesantemente, por sus llamadas, la injerencia de una energía desconocida. Bajo esta forma, la ansiedad es exagerada. Formalmente, la oración no actúa directamente sobre la evolución natural de los fenómenos. Pero para hacerla eficaz, le basta a Dios modificar algunas circunstancias, disimularse en el factor que llamamos azar [42]. En particular, el libre juego de las voluntades humanas es una vía siempre abierta a la Providencia. ¿Es una felicidad, un sufrimiento, que no se pueden unir definitivamente a una decisión más o menos oportuna de nuestra parte? Ahora, creemos que Dios es soberanamente hábil para guiar nuestra libertad, para doblar sin lesionar sus delicados resortes. Por lo tanto, ¿no luchamos por una utopía? Esperemos que la ciencia sea dueña de las innumerables variables de las que depende un organismo. Entonces será el momento de investigar si Dios no se digna agregar, adicionalmente, el impulso casi imperceptible de su misericordia. Sin embargo, la concesión parecerá demasiado difícil a un cierto espíritu científico. Es que, a decir verdad, ya no se trata más de ciencia, no más que en exégesis no es siempre cuestión de historia.(?). Ya estamos discutiendo de filosofía; es el determinismo lo que está en juego, y una teoría es implacable. A los ojos de muchos, hay que optar entre el principio determinista de las ciencias positivas y la interpretación elemental de Lourdes. La elección no es dudosa, salvaremos el principio, y los hechos serán olvidados. Como una visión apenas real, como estos objetos vislumbrados que nosotros no fijamos, y cuyo perfil flota vagamente en el campo de nuestra mirada, Lourdes pasará al fondo de la memoria. Toda histeria, sugestión, fuerzas desconocidas, todas estas nieblas que un soplo disipa, atenuarán sus contornos. Finalmente, alguna discusión sutil, razonamientos donde la mente se extravía, la fiebre de nuevos descubrimientos harán desaparecer definitivamente los últimos restos de la importuna imagen. Esta es la historia de Lourdes en la mayoría de los incrédulos [43]

   Y he aquí también por qué, al final de este estudio, admitimos que su utilidad es débil, o incluso nula, si no da el deseo de abandonar las disputas y de ir a ver Lourdes. En eso ocurre con el milagro como con la realidad del mundo exterior. Uno y otro son hechos concretos cuyas pruebas acompañan a  la  percepción. Al querer analizarlos demasiado   de cerca, generalmente dejamos de ver algo allí.

Para los propósitos de la discusión, tuvimos que diseccionar el hecho milagroso, excluir lo que una crítica casi exagerada podría considerar como la posible obra de la naturaleza. Así apareció el núcleo inexpugnable de una energía autónoma que emplea libremente sus efectos. Pero, al mismo tiempo, el hecho se demacró; perdió los maravillosos colores de su realidad, todo lo que constituye su encanto persuasivo y vivo. Razonamos con frialdad sobre los males abstractos, sobre las ideas generales del  cáncer y la tuberculosis, sin sospechar que la más mínima mirada a un solo paciente real nos habría hecho sonrojar ante nuestras concesiones. ¡Ah!, es que es fácil concebir la desaparición de los trastornos más espantosos, cuando ni siquiera los sospechamos. ¿Queréis creer en Lourdes? Tomad los relatos auténticos de sus maravillas. Dejaos penetrar por la objetividad de los hechos, con sus detalles repulsivos y su aroma indefinible. Leedlos simplemente, sin dejar al esquematismo de un razonamiento extenderlos en sus marcos rígidos a expensas de su contenido, especialmente cuando encontraréis historias como la de Louise Lévèque, cuya frente se cerró: “Me puse en una pequeña terraza-jardín. Los lienzos de mi venda estaban cruzados; el pus fluía no solo por el drenaje, sino por encima y por debajo. Había un reloj frente a mí. Febrilmente, miraba andar las agujas. Sufría más y más, los dolores eran lacerantes, ya no sabía cómo ponerme. Finalmente, tenía la cabeza en mis manos apoyadas en mis rodillas. A las seis en punto, noté una calma indefinible que me invadió por completo. Sentía que algo grande, divino, se producía. Las lágrimas fluyeron abundantes y deprisa por mis mejillas. Yo habría querido correr a la gruta. Todo sufrimiento cesó instantáneamente, mi vista doble se volvió normal. Sin embargo, no me dije: estoy curada. Tenía miedo, disfrutaba el momento presente. Poco a poco, me decidí a tocar mi frente: ya no era doloroso. No me atreví a levantar mi venda” [44].

   Al contacto con esta realidad tan simple, desaparecen todos los fantasmas de probabilidades, todas las falsas analogías, todos los sofismas. ¿Dónde están ahora la histeria, la sugestión, el "magnetismo"? Desvanecidos como un sueño triste, espantados por un rayo de sol. ¿Qué será entonces si somos testigos? Es un hecho muy notable: es que el eco de las maravillas de Lourdes casi no parece haber convencido a nadie: pero es ahí, en la atmósfera del milagro donde se producen las admisiones de impotencia, los retornos del pensamiento, las conversiones? [45] ¿El instinto de nuestra naturaleza vería allí más claro que nuestra razón para medir lo que las fuerzas creadas pueden hacer? ¿Algo habla a nuestra carne cuando ve reparar sus vergüenzas y su corrupción? ¿Siente entonces que el Maestro pasa? Tal vez, pero con todo esto, además de la verdad que se impone toda desbordante de su realidad, más allá del estremecimiento del ser que oscuramente reconoce a su Dios, hay las insinuaciones de una gracia persuasiva que sigue al milagro como su perfume. Por hábito o necesidad, vemos del milagro solo el término físico y palpable, el rastro algo equívoco conservado por la materia. ¿Pero qué nos dirá su cortejo de emanaciones vivientes para las que nuestros sentidos no nos aportan nada, su energía opulenta que envuelve al curado milagrosamente y se refleja en la multitud? Como la flor en un herbario, el milagro catalogado ha perdido su vida y su penetrante olor; al igual que la placa sensible, retiene solo una pequeña parte de las radiaciones que lo han iluminado, no es más que una huella. Cuando meditamos sobre las maravillas de Lourdes, podemos concluir que solo Dios pudo haber dejado semejantes vestigios, y la apologética, como la razón, no requieren más. Pero para juzgar por experiencia sobre la acción divina integral, para experimentar en toda el alma su riqueza y su magnitud, era (¿sería?) necesario estar allí.                                           

PIERRE TEILHARD DE CHARDIN.

Fuente, en páginas 161-183http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k113696g/f162.image.r=les%20miracles%20de%20lourdes%20et%20les%20enqu%C3%AAtes%20canoniques

 



NOTAS

[1] Este no es un estudio histórico o médico de los milagros de Lourdes. Sería inútil hacer un mal resumen de los libros bien conocidos del Dr. Boissarie y de M. Bertrin. Las siguientes páginas contienen solo algunas reflexiones lógicas sugeridas por las encuestas recientes realizadas por los Obispos.

[2] D. Boissarie, L’Oeuvre de Lourdes (París, Téqui, 1908), p. 33. En 1907, llegaron trescientos treinta médicos.

[3] No es inútil recordar el origen de las investigaciones canónicas en general y de las de Lourdes en particular. En su vigésima quinta sesión, el Concilio de Trento ordenó, por razones fáciles de adivinar, que ningún milagro podría admitirse como auténtico hasta que hubiera sido reconocido y aprobado por el obispo. Más tarde, Benedicto XIV, como médico privado, elaboró ​​algunas regulaciones famosas sobre este tema. Fue Pío X quien, en 1905, expresó el deseo de ver las curaciones de Lourdes sometidas a procesos regulares. Desde entonces, las comisiones episcopales se multiplicaron. Alrededor de veinticinco decretos se emitieron, constatando el milagro. He aquí la mayoría:

   Msr. Renou, arzobispo de Tours: curación de la señorita Tulasne; Msr. Williez, obispo de Arras: curación de la señorita Lesage; Msr. Meuníer, obispo de Evreux: curación del abad Cirette, la hermana Sainte-Béatrix, la hermana Eugénie; S. Em. el cardenal Andrieu, obispo de Marsella: curción de la hermana Maximilien; S. Em. el cardenal Lucon, arzobispo de Reims: curación de la señorita Noblet; Msr. Douai, obispo de Beauvais: curación de la señorita Aurélie Huprelle; Msr. Heyleu, obispo de Namur: curación de la señorita Joachim Deliant; Mons. Amette, Arzobispo de Paria: Curación de las señoritas Clementine Trouvé,  Marie Lemarchand, Marie Lebranchu, Esther Baachmann, la señora François, nacida Labreuvoíes; Msr. de Ligonnès, obispo de Rodez: curación de la hermana Saint-Hilaire; Obispo Bougouïn, obispo de Périgueux: curación de Johanna Dubos; Msr. Dubourg, Arzobispo de Rennes: curación del R. P. Salvator; Msr. Waffelaert, Obispo de Brujas: Curación de Pierre de Rudder; Msr. Delamaire, coadjutor de Cambrai: curaciones de sor Marie de la Présentation y de Marie Savoye.        

   El texto de los decretos se puede leer en el Journal de la grotte (Diario de la Gruta) (febrero a octubre de 1908). Conviene recordar que la gran parte, en este movimiento de obispos, pertenece a la iniciativa y celo de Msr. Schoepfer, obispo de Tarbes. De todos los estudios canónicos con los que participa activamente, saldrá una de las páginas más bellas de su episcopado. Por su parte, los sacerdotes de las Misiones Extranjeras de París comenzaron a investigar los milagros que tuvieron lugar en sus misiones. Menos apologéticos quizás, debido a las dificultades del control, los resultados de esta nueva rama de investigaciones tendrán este interés tan notable que mostrarán una vez más cuánto el culto y la acción de Lourdes son cosa internacional.

[4] Ordenanzas de los obispos, aquí y allá.      

[5] Quienes deseen una ilustración muy concreta de este método deben leer el nuevo librito en el que M. Bertrin analiza a fondo un milagro único, el caso de la señorita Tulasne, curada de una enfermedad de Pott. (Un miracle d’aujourd’hui, París, Lecoffre, 1909). [N. de R. – Es el mismo mal que sufría la hermana de Pierre, Marguerite-Marie].

[6] Dr. Boissarie, Lourdes, histoire médicale, p París, Lecoffre, 1891.

[7] Ibíd., L’Oeuvre de Lourdes,  p. 239.

[8] Ibíd., p.106.

[9] Se encontrará un ejemplo característico en Bertrain, Un miracle contemporain, p. 47.

[10] Notemos, en otro orden, las vejaciones de que a veces son objeto los curados por un milagro. Una mujer, que se había curado antes y cuyo hijo acababa de ver muy mejorada su salud, rogaba que su nombre no se pusiera en el periódico, diciendo: "No podría emplear más a mis hijos, tan sectaria es la gente de mi entorno". Y añadía: "Crean bien que no soy la única, y que hay muchos curados así que no dicen nada, por miedo a que se publiquen sus nombres". Esto me lo contó un testigo.

[11] Dr. Boissarie, L’Oeuvre de Lourdes, p. 40.

[12] Ibíd., p 329.- Bertrin, Histoire critique de Lourdes. (Lecoffre, 1906), p.153.

[13] Dr. Vander Elst, L’Étude de l’hipnose, París, Vigot, 1908.       

[14] Ibíd., p. 147.-            

[15] Dr. Vander Elst, op. cit., p. 88.-                

[16] Ibíd., p. 170

[17] Ibíd., p. 171. 

[18] Ibíd., p. 88.

[19] Ibíd., p.173.

[20] Razonamos sobre los casos más favorables: pero no habría que imaginarse la sugestión siempre tan eficaz. Prácticamente no se hace sugestión a los grandes histéricos que no se sabría modificar. Se la reserva para los trastornos funcionales que se declaran en personas agotadas, en neuróticos simples. Y aún a la sugestión se añade el reposo, el aislamiento, cuidados especiales, a tal punto que uno se pregunta si realmente tiene su parte en la curación.

[21] Dr. Vander Elst, op. cit., p. 202.

[22]Tomamos del Dr. Vander Elst (p. 196) esta cita: “¿Hay que concluir que podríamos actuar por sugestión sobre enfermedades orgánicas?… ¿provocar un panadizo (fuerte infección en un dedo), una neumonía, un sarampión, hacer desaparecer un tumor canceroso o detener el curso de una fiebre tifoidea? ¡Ciertamente no!” (Pitres, Des suggestions hypnotiques. Leçons de Bordeaux, p.178)

[23] Dr. Boissarie, L’Oeuvre de Lourdes, p. 25.

[24] Journal de la grotte, 8 noviembre 1908

[25] Y Zola

[26] Cuando la curación se hace “por transformación cretácea”. La radiografía permite constatar, de visu el rastro de las cavernas curadas. Este método fue utilizado por los estudios preparatorios en un juicio canónico emitido por el obispo de Beauvais.

[27] N.d.R.- Es un concepto que se expresará en escritos posteriores, especialmente en relación con el momento de la adquisición de la autoconciencia por parte del hombre.

[28] Dr. Vander Elst, op. cit., p. 147. Evidentemente no se tiene cuenta de las curaciones donde habría que temer la acción de la sugestión. La oficina de constataciones está ahí para discernir. Pero recordamos que, incluso en una histérica, una curación de llaga es extramédica, fuera del alcance de la sugestión.

[29] Bertrin, op. cit., p. 183.

[30] N.d.R.- En 1903, el físico francés René Blondot anunció al mundo el descubrimiento de los rayos N que tienen extrañas características. Todavía su descubrimiento no ha sido confirmado por otros científicos.

[31] Entendido, claro está, en el sentido de que están prácticamente verificadas y verdaderas en la primera aproximación.

[32] Dr. Boissarie, l’Oeuvre de Lourdes, p. 28.

[33] Leer sobre esto R. P. de la Barre, Faits surnaturels et Forces naturelles. (Colección Science and Religion, 1899), especialmente, p. 8. “En una cicatrización milagrosa, podemos ver soldaduras iniciales incompletas evidentes, al  parecer, de un trabajo natural”.

[34] Sería necesario agregar algunas veces “, ni en los rastros que deja en el cuerpo”. Por lo tanto, en el caso de la señorita Tulasne, las vértebras reanudaron una flexibilidad que nunca habría producido una curación normal. (Bertrin, Un miracle contemporain, p. 119, 127,  y la radiografía).

[35] “No debería extrañarnos demasiado, escribe el más ilustre de los cinetistas (¿cinéticos?), si, al colocar en un horno encendido una tetera llena de agua, viéramos ésta congelarse en lugar de hervir. Todos no aceptan esta forma de ver”. (Victor Crémieu, Le problème de la gravitation. Revue générale des sciences, 1907, p. 8). Recaídas inquietantes. En verdad, lo que hace a Lourdes para siempre extra-médico, es menos aun lo que sucede allí que la forma en que ocurren los prodigios. Si los hechos asombran al sabio, su velocidad le sobrepasa absolutamente. Él no reconoce ya la naturaleza donde su mirada perspicaz sabe tan bien, por lo general, desenredar la constancia, la ley, en el complejo de hechos. Ya no se siente en casa, en su dominio. Eso es lo que le hace asentir (“agachar la cabeza”).

[36] No nos sorprende ver la materia revelar propiedades nuevas al hacerse viva. ¿Por qué extrañarnos de un aumento, además, de los poderes naturales, añadiéndose a la vida como la vida a la materia? Uno no sabría demasiado generalizar sus ideas. Ver la siguiente nota.

[37] La existencia de este "otro", lejos de ser anticientífica, parece exigida por la jerarquía de las fuerzas naturales. Estas fuerzas nos aparecen "en grupos coherentes, cada uno caracterizado por su ley particular, por su determi-nismo especial, pero sin embargo susceptibles de soportar la dominación de una actividad superior que viene a modificar y dirigir el curso". (R. P. de la Barre, op. cit., p. 49). Estas son las ideas de M. Boutroux, De la contingence des lois de la nature). Ahora bien, la actividad humana es probable que sea no es el último término de la serie.

[38] No es necesario recordar que estas decisiones, tranquilizadoras para toda mente cristiana, y garantías de un estudio serio de los hechos, no comprometen la fe en sí misma.

[39] Dr. Boissarie, L’Oeuvre de Lourdes, p. 41.

[40] Nouveaux Essais, i, n, 12.

[41] Dr. Vander Elst, loc, cit., P. 143.

[42] N.d.R.- Sobre el "caso", Teilhard volverá varias veces para explicar su punto de vista sobre la modalidad del fenómeno evolutivo. Él dirá, por ejemplo, que "respecto al caso, el Tejido del Universo no es 'isotrópico', sino está organizado siguiendo dos ejes principales de mayor y menor probabilidad: Entropía y Vida" y que "el caso representa el lugar de Dios en el gobierno del mundo".

[43] Esto es lo que Haeckel escribía después de leer uno de los libros del Dr. Boissarie: “Alrededor de un tercio de las pretendidas curaciones milagrosas se basan en una explicación falsa de sugestión, un tercio en la invención poética y la asociación de imágenes, un tercero en ilusión directa y el engaño astuto (como el caso de Rudder). Los doctores que dicen ser testigos de los milagros, son parte de los charlatanes incultos y sin crítica, parte de los ladrones que están en connivencia con los sacerdotes dominantes. La exposición más precisa que conozco sobre la superchería grandiosa de Lourdes fue dada por Zola en su conocida novela”. (Adam Kambacher, Les Miracles de Lourdes et l’athée Ernest Haeckel. Donauwörth, 1907. Ludwig Auer). Tal estado de ánimo en un científico es decepcionante y desalentador.

[44] Journal de la Grotte, 8 de noviembre de 1908.

[45]] Ver, por ejemplo, Bertrin, Un miracle contemporain, p. 139, nota 2.