La unidad mística en la diversidad para Teilhard de Chardin en “La Gran Mónada” (1918)

La unidad mística en la diversidad para Teilhard de Chardin en “La Gran Mónada” (1918)

Un texto censurado en la traducción castellana de los “Escritos del tiempo de guerra”

 

En 1962 se publica la primera traducción castellana de Écrits du temps de la guerre de Pierre Teilhard de Chardin. El volumen de Grasset contiene 20 ensayos teilhardianos escritos en el frente de batalla, entre 1916 y 1919. Sin embargo, en la versión española son solo 18 ensayos. Dos de ellos parece que intencionadamente no se publicaron. Uno de ellos es “La Gran Mónada”, un texto poético, místico y hasta cierto punto esotérico que los editores no consideraron prudente publicar. Con ocasión de una nueva edición de estos textos (que prepara Trotta editorial) han sido incluidos en el volumen que se llamará precisamente La Gran Mónada. Escritos del tiempo de la guerra (1918-1919). Presentamos sus líneas fundamentales. Por María Dolores Prieto Santana

 

     En la edición castellana de Écrits du temps de la guerre, publicada por Taurus en 1962 con el nombre de Escritos del tiempo de guerra, se omiten dos de los ensayos escritos por Pierre Teilhard de Chardin entre 1918 y 1919: “La Gran Mónada” (1918) y “Nota para servir a una evangelización en los nuevos tiempos” (1919). La omisión parece ser intencionada, pues se mutilaron algunos textos de la introducción para ocultar esta ausencia.

     Posiblemente los editores consideraron estos ensayos demasiado heterodoxos y ello podía motivar que la censura española de la época prohibiera su difusión. De todas formas, no tenemos datos y no es posible por el momento saber las verdaderas razones.

     En la edición en dos volúmenes que ha publicado Trotta, estos dos ensayos se contienen en el volumen segundo, al que se ha titulado genéricamente como La Gran Mónada, Escritos del tiempo de la guerra (1918-1919). Presentamos aquí una introducción al ensayo teilhardiano “La Gran Mónada” (fechado el 15 de enero de 1918). ¿Qué mensaje intenta llevar Teilhard a sus lectores?

El contexto de “La Gran Mónada” (1918)

     En enero y febrero de 1918, el jesuita, científico y místico, Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) se encontraba con su regimiento en el campo de batalla al norte de Francia. Las cartas de esta época, enviadas a su prima Margarita, se han perdido. Pero la fecha y el lugar en que concluyó su ensayo “La Gran Mónada” parece ser el 15 de febrero de 1918 en la localidad de Vertus, al oeste de Châlons-sur-Marne.

     Una nota colocada al margen, en la página donde escribe el título, nos advierte de que el manuscrito fue redactado “para darle continuidad al último párrafo (suprimido en el texto que se publicó en Études) de “La Nostalgia del Frente”. Por su género literario evoca, más bien, algunas ideas de “Cristo en la Materia. Tres historias a la manera de Benson”; pero por otra parte, su autor reencontraba en “El Dominio del Mundo y el Reino de Dios” una cierta descripción de “La Gran Mónada”.

     En efecto, leemos en una carta del 12 de septiembre de 1918 a Margarita:

     “A mi poder han llegado números sueltos de la Revue Hebdomadaire, que contienen el final de El Señor del Mundo. Me ha encantado la forma exacta en que Benson describe la mística panteísta y la unificación posible de “La Gran Mónada”. Pero (cosa que no me había sorprendido en 1910) he sentido esta vez toda la diferencia que separa mis puntos de vista de los del citado Benson (Carta a Margarita Teillard-Chambon, Génesis de un pensamiento, Taurus, Madrid, 1966, pág. 282-283)

     A los diversos estudiosos de Teilhard les parece que “La Gran Mónada”: es uno de los nombres precursores de la Noosfera. Entre las dos iría la palabra Antroposfera. Más tarde, en febrero de 1920 escribía Teilhard: “¿Quién será el Suess de la Antroposfera?” ¿Por qué este interés de Teilhard por Suess? En esos años, Teilhard estaba muy interesado por las ideas de Eduard Suess, de modo que en el año 1921 publica en Études, la revista de los jesuitas franceses, un artículo al que titula como “La faz de la Tierra”. Teilhard pretende informar a los lectores de las ideas más sobresalientes de uno de los grandes geólogos de finales del siglo XIX y de inicio del siglo XX: Eduard Suess (1831-1914) del que tomó algunos conceptos para su síntesis.

     En 1875, Suess introduce el concepto de biosfera (la capa terrestre en la que se desarrolla la vida) que estará luego presente en su obra de madurez y citada, La faz de la Tierra (1885-1909). Este término sería más tarde extensamente desarrollado por el geoquímico ruso Vladimir J. Vernadsky (1863-1945) a partir de 1926 insistiendo en la interacción entre litosfera y biosfera. Teilhard tomaría el término Noosfera del mismo Vernadsky para expresar las interacciones entre los seres vivos dotados de la capacidad de pensar y su entorno físico-biológico. Ambos estaban ya en germen en el concepto de la Gran Mónada, la realidad luminosa que nos envuelve y nos penetra. Uniendo la belleza formal con el poder simbólico y la profundidad del pensamiento, esta breve “fantasía seria” (como el mismo Teilhard escribe) parece muy bien ser una de las obras maestras literarias del P. Teilhard.

Los escritos de Teilhard en el frente de batalla (1916-1919)

      En junio de 2017, con ocasión de la Feria del Libro de Madrid, se ha hecho la presentación de una nueva edición de algunos de los primeros escritos de Pierre Teilhard de Chardin.          

     Con el título genérico de “La Vida cósmica. Escritos del tiempo de la guerra (1916-1917)”, este volumen incluye los siete primeros ensayos de Teilhard de Chardin, escritos entre 1916 y 1917, desde el frente de batalla. Posiblemente escribió muchas más reflexiones, pero las contenidas en este libro han llegado hasta nosotros gracias a que los borradores se los hizo llegar a su prima Margarita en estos años cruciales para él.

     Durante el año 2015 se publicaron en la revista digital Tendencias21 de las religiones tres artículos sobre el jesuita científico y místico Pierre Teilhard de Chardin con ocasión de los 60 años de su fallecimiento. Dos de ellos se referían a la vigencia de su pensamiento (13 de enero de 2015, 7 de abril  de 2015) y el tercero se refiere al debate sobre la vigencia de su pensamiento dentro del foro de la revista.

       En este año 2016 recordamos en esta revista digital con el título “se cumplen 100 años del despertar del genio de Teilhard de Chardin” el centenario de la redacción de diversos escritos de Teilhard originados en un contexto terrible: el de las trincheras francesas contra los alemanes durante la llamada Primera Guerra Mundial. Teilhard fue movilizado y debido a su condición de sacerdote fue destinado a una unidad sanitaria como camillero.

       Durante estos años preñados de metralla, odio, dolor y violencia su interior se transforma. Emerge lo que se ha dado en llamar el “genio teilhardiano”. De su pluma van brotando ensayos, pensamientos, versos, relatos apasionados. Muchos autores, como el profesor Alfonso Pérez de Laborda, han indagado en las razones de este “despertar” volcánico.

     Teilhard fue un escritor fecundo. Muchos de sus manuscritos se han perdido. Pero hasta nosotros han podido llegar –gracias a su prima Margarita Chambon- un grupo de ensayos escritos en 1916 y 1917 y publicados en sus obras en la edición francesa y que se presentan ahora con una traducción revisada. Todos ellos se contienen en el volumen recién publicado y que aquí comentamos “La Vida cósmica. Escritos del tiempo de la guerra (1916-1917)”.

Teilhard en los últimos años de la primera Guerra Mundial

          La Primera Guerra Mundial, también conocida como “Guerra Europea” o la  “Gran Guerra”, fue un conflicto armado desarrollado principalmente en Europa, que dio comienzo el 28 de julio de 1914 y finalizó el 11 de noviembre de 1918, cuando Alemania pidió el armisticio y más tarde el 28 de junio de 1919, los países en guerra firmaron el Tratado de Versalles.

     Entre 1914 y 1919, Pierre Teilhard de Chardin permanece movilizado en el frente como camillero recibiendo la Medalla al Mérito Militar y Legión de honor. Precisamente, entre estos años, 1916 y 1919, Teilhard redacta sus 18 primeros ensayos de síntesis luminosa en ellos ya se transluce lo que será el núcleo de su pensamiento.

        Después de un año de trincheras, en octubre de 1918 el soldado camillero Pierre Teilhard de Chardin goza de una especie de vacaciones muy cerca de la Alta Alsacia y de la frontera suiza. Pero cuando llega la noticia del armisticio, el regimiento se mueve hacia Alsacia y una delegación del 4º mixto de zuavos y tiradores asiste, el 25 de noviembre de 1918, a la memorable entrada en Estrasburgo. El 30 de enero de 1919, el regimiento penetra en Alemania, en Baden, por el puente de Kehl. Para Teilhard, la guerra ha terminado.

       Una guerra parece que, en principio, es incompatible con la vida intelectual. Pero durante los períodos de reposo, Teilhard –según sus biógrafos y sus cartas – llenó, con su letra a la vez menuda, rápida, enérgica y distinguida, cuadernos enteros en los que confiere a su pensamiento una formulación ya compleja y rica.

El significado de la palabra Mónada en la síntesis teilhardiana

     ¿Qué quería decir Teilhard cuando habla de Mónada? En un interesante trabajo de investigación sobre el concepto de Mónada y de armonía preestablecida en Leibniz y Teilhard, defendida en 2010 en Venezuela por José Néstor Fernández Pacheco, se apuntan algunos datos interesantes. A partir de la página 285, (en el apartado 3.8 SINTESIS) se apunta que la palabra Mónada aparece en los primeros escritos de Teilhard (1916-1919) en los Escritos del tiempo de Guerra, un total de 115 veces, y 10 veces en las cartas a Margarita Teilhard publicadas en Génesis de un Pensamiento. Y en textos posteriores a 1919, solo tres veces. Esto hace un total de 129 veces. Por tanto, la palabra Mónada debió ser importante para Teilhard, sobre todo en sus tiempos de camillero en el frente de batalla.

      En 17 de los 20 ensayos de Teilhard entre 1916 y 1919 y que se han publicado en la edición francesa de los escritos del tiempo de la guerra, aparece la palabra mónada. El autor citado, muestra que hay casi 20 sentidos diferentes del uso de la palabra en estos ensayos de Teilhard. Pero en la mayor parte de los casos es sinónimo de “ser/entre”, de elemento del cosmos, o como multitud.

       En su opinión, para conocer el pensamiento de Teilhard sobre la Monadología, es necesario acudir a un texto de 1924, en un ensayo titulado “Mi Universo” (del mismo título que el de 1918) donde escribe: “Toda unidad del mundo, con tal que sea una unidad natural, es una Mónada” [“Mi Universo”, en Ciencia y Cristo, Trotta, Madrid, 1968, pág. 59-107]

        Y en este mismo ensayo [página 69] explica: “En el mundo material las mónadas unen poco y mal: de ahí que sean tan desmesuradamente estables con relación a los seres vivos propiamente dichos. En los animales, unen más – bastante para ser muy frágiles, demasiado poco para resistir a la desagregación que les espera -. Que sepamos, sólo en el hombre el espíritu une tan perfectamente alrededor de él la universalidad del Universo que, a pesar de la disociación momentánea de su punto de apoyo orgánico, nada podría destruir ya el vortex de operación y de consciencia del que él es el centro subsistente. El alma humana es el primer punto de apoyo definitivo al que puede aferrarse lo Múltiple levantado hacia la Unidad por la Creación”.

        Con este texto se puede concluir que Teilhard incorpora el vocablo mónada a su sistema como cada una de las unidades naturales del mundo. Suponemos que “naturales” se contrapone a “artificial”, y la “unidad” no es necesariamente “simplicidad”.

     En el texto del ensayo “La Vida cósmica” (1916) la palabra mónada aparece 28 veces. En “La Unión creadora” (1927), 20 veces. En “La lucha contra la multitud” (1917), 8 veces. En “La Gran Mónada” (1918), 10 veces. En la “Nota sobre el elemento universal del Mundo” (1918), 8 veces. En “Los nombres de la Materia” (1919), 12 veces.

     Sin embargo, la expresión Gran Mónada, como “uno de los nombres precursores de la noosfera”, sería contradictorio con la mónada como unidad natural del mundo, ya que esa “gran mónada” sería la expresión colectiva de la inteligencia humana (= noosfera), no una unidad natural. Sin embargo, consideramos que la expresión “Gran Mónada” sería una frase tentativa de Teilhard (1918), antes de la formulación ya citada en “Mi Universo” (1924), que parece terminante e inconclusa, no revisada posteriormente.

Claves para la lectura de “La Gran Mónada” (1918)

        En el manuscrito que llegó a manos de Margarita Teillard-Chambon, se lee: “LA GRAN MÓNADA (Manuscrito encontrado en una trinchera)”. De alguna manera, Teilhard intenta comunicar la idea de que son unos apuntes sin mayor trascendencia. Como si fuera un borrador que alguien dejó abandonado en una trinchera del frente de batalla.

        ¿Qué es lo que Teilhard intenta expresar? El manuscrito tiene un estilo poético que muchas veces impide saber qué quiere decir. Hagamos un acercamiento al mismo. En “La nostalgia del Frente” (1917) hay claves para entender lo que quiere expresar. Precisamente, cuando fue publicado en la revista de los jesuitas Études, el 20 de noviembre de 1917, el texto fue mutilado por la censura. Falta el último párrafo. Tal vez la clave de todo el texto y de “La Gran Mónada”.  

      Dice este texto censurado:  “Entonces, la noche caía ya del todo sobre el Chemin des Dames. Yo me levanté para regresar al acuartelamiento. Y entonces, cuando me volví para mirar una última vez la línea sagrada, cálida y viviente del Frente, pude entrever, en el resplandor de una intuición inacabada, que aquella línea adquiría el perfil de una Cosa superior, nobilísima, que estaba sintiendo formarse bajo mis ojos, pero que hubiera sido preciso un espíritu más perfecto que el mío para dominarla y comprenderla. Pensé entonces en esos cataclismos de prodigiosas proporciones que nunca tuvieron, en otro tiempo, otros testigos que los animales. Y me pareció, en aquel instante, que me hallaba, ante aquella Cosa en trance de constitución, como una bestia cuya alma se despierta, y percibe grupos de realidades conexas, sin ser capaz de advertir el vínculo de lo que ellas representan”.

     Esta visión mística, totalizante y misteriosa pudo sonar a panteísta a los editores de la revista y fue suprimido. Pero tal vez ahí está el embrión de su idea de “La Gran Mónada”.

Algunos textos significativos de “La Gran Mónada” (1918)

      El texto de la “La Gran Mónada” exige una lectura atenta y meditativa. No es fácil entender su significado.

      El ensayo se inicia así, como una continuación de “La Nostalgia del frente” ya citada: “Por encima de las crestas de las trincheras vecinas, acabo de ver que aparece la Luna. La sutil y vacilante creciente de los últimos crepúsculos se convirtió, poco a poco, en un perfecto disco luminoso. La Luna, única y gloriosa, invisible hace apenas quince días, se desprende de los montículos de tierra negra; diríase que se desliza a través del dentado relieve.

     ¡Salve, astro simbólico!

     Hubo un tiempo en que por esos mismos promontorios, teatro de nuestras luchas, sobre esas mesetas, apenas diferentes a lo que son hoy, ningún hombre pasaba todavía. Solas, algunas manadas de rumiantes animaban la soledad en las que nadie pensaba, – o, donde nada estable se organizaba.

     Y luego, un día, detrás de los caballos, de los antílopes, de los elefantes, – tras la caza de las praderas y acorralados ellos mismos por la vida, aparecieron aquí seres inteligentes, provenientes del este, de cualquier parte. El instinto de la búsqueda, la necesidad de espacio, la huida ante el más fuerte, los impulsaba hacia adelante hasta que sus marejadas se encontraban con las olas del mar. A través de esos cazadores errantes la Humanidad tendía los primeros hilos de su red sobre la faz de la Tierra”.

        Y prosigue el texto: “… Por muy lejos que podamos mirar en el pasado, la historia de nuestra raza no ha cambiado. Es la historia de las coladas sucesivas que, a partir de ciertos focos escondidos, extendieron sus huellas sobre los continentes. Durante mucho tiempo esas capas no consiguieron reunirse para abarcarlo todo: morían antes de haber podido abrazar en Universo; o bien sus pliegues avanzados quedaban aislados, luego de una etapa de reflujo, semejantes a charcas estancadas o a bloques congelados. Por lo demás, también sus ríos se interferían en terribles torbellinos”.

       Tras esta visión poético-mística de un universo que se repliega y evoluciona, escribe: “A pesar de tales vicisitudes, el flujo no dejó de subir; y ahora recubre la Tierra. Los hombres de hoy se topan por todas partes. Por todos lados se estrechan. Como una ardiente mezcla, su masa, todavía tumultuosa, agitada por sobresaltos y sacudida por explosiones, no tiende sino a conseguir las leyes de su equilibrio interno. La Humanidad, luchando contra sí misma, es una Humanidad en vías de solidificación”.

     He aquí la idea que se irá precisando cada vez más en la obra de Teilhard, en especial en “Un gran acontecimiento que se perfila: la planetización humana” (Pekín, 1945). [En: El porvenir del Hombre. Taurus, Madrid, 1967, pág. 155-172]: “Durante estos seis años, y a pesar de tantos odios desencadenados, el bloque humano no se ha desarticulado. Por el contrario, en sus profundidades orgánicas más inflexibles se ha cerrado un punto más sobre nosotros. 1914-1918, 1936-1945: cada vez una vuelta más de tuerca… Emprendida por las naciones para liberarse las unas de las otras, cada nueva guerra no tiene por resultado sino el hacer que se unan y se suelden entre sí con un nudo cada vez más fuerte. Cuanto más nos rechazamos, más nos compenetramos” (pág 158-159)

La emergencia de algo nuevo en la interacción de lo uno y lo múltiple

       Continuemos con el texto de “La Gran Mónada”: “¿Qué es lo que va saliendo de las trincheras oscuras, delante de mí, esta noche? ¿Es la Luna o la Tierra, una Tierra unificada, una Tierra nueva? Cuando estalló la gran guerra que echó por tierra, de un solo golpe, todo el edificio de una civilización caduca, – los hombres de corta visión o de visión maligna, los que no tienen fe en el Mundo, – triunfaron amargamente. Se han burlado, como fariseos, de la bancarrota del Progreso y de la vanidad de todo progreso social. ¡Como si todo orden mayor no hubiera salido siempre de entre las ruinas del orden menor…! ¡Como si una superficie joven y fresca no se inflara bajo los jirones de la vieja corteza!

     Teilhard, en su relato, evoca las experiencias de la historia humana y sus vanos intentos de síntesis unificadora: “La historia universal nos lo muestra: después de cada revolución, después de cada guerra, la humanidad siempre aparece un poco más coherente, un poco más unida, en los nexos mejor rematados de su organismo, en la sórdida espera de su común liberación…

      …. Más diferenciada después de cada crisis y, sin embargo, más unida..

      … ¿Qué será esto, pues, esta vez?…

      Si no asistimos todavía hoy al último sobresalto de discordia, será mañana, pues el desenlace se precipita: se acerca la hora en que la masa humana, encerrándose en sí misma, agrupará a todos sus miembros en el seno de una unidad en fin realizada. Una misma legislación, una misma orientación, un mismo espíritu, tienden a armar la diversidad permanente de los individuos y de los pueblos. Dentro de poco no formaremos sino un solo bloque. ¡Es la meta!”

      Estas experiencias interiores serán recurrentes en su espiritualidad. Tan es así, que muchos años más tarde, en “El Corazón de la Materia” (1950) Teilhard escribirá: “Tal don o (esta) facultad, todavía relativamente rara, de percibir sin verlas, la realidad y la organicidad de las grandezas colectivas es, sin duda, la experiencia de la guerra que me ha hecho tomar conciencia de ella, y ha desarrollado en mí como un sentido más”. Y en nota: (nota 7) escribe el comentarista: “Tal despertar se percibe claramente en una fantasía un tanto extraña, escrita hacia 1917 en las trincheras y titulada “La Gran Mónada”: la Luna llena emergiendo de las alambradas, símbolo e imagen de la Tierra pensante”.

Aplicación de sentidos

      En ensayo, siguiendo los pasos de los Ejercicios de Ignacio de Loyola, invita a hacer una aplicación de sentidos para “sentir y gustar internamente”: “Ya, en la noche silenciosa, por el agitado mundo, oigo el zumbido confuso de agujas cristalinas que se reúnen, o de pájaros que se amontonan en el fondo del nido, – un murmullo profundo de quejidos, de fastidio, de bienestar, de triunfo, que asciende desde la Unidad en vías de consumarse. Una emoción que abarca todo ha hecho temblar mi corazón…cuando ha ascendido, por encima del suelo desgarrado y sombrío, la gran Mónada”.

      Y prosigue: “Los elementos, al fin reunidos, se aplastaban, se alargaban, triunfaban, con la satisfacción de haber conseguido sumergir la Tierra…Y yo tuve miedo y me sobrecogió el vértigo, cuando, midiendo los estrechos límites donde se encerraba el radiante globo, tomé, repentinamente, conciencia del aislamiento irremediable en el que se encuentra extraviada la gloria de la Humanidad. Es tan nuevo para el hombre sentirse, de verdad, absolutamente solo, y no tener ya nada, delante de sí, hacia donde dirigir sus pasos”.

      Y más adelante: “Por primera vez, aquella noche, afirmando el bloque único en el que estamos asentados, todos, en vísperas de encontrarnos sorprendidos, tuve la impresión de salir fuera de nuestra raza, y dominar su totalidad cerrada; – y sentí como si, enganchados unos con otros, flotáramos juntos en el vacío. Tal soledad no tenía nada del aislamiento inicial, sembrado de expectativas, que experimentarían un puñado de hombres perdidos en una tierra desierta: aquellos hombres tendrían delante de ellos un espacio a conquistar y llenar… Sentí sobre mí el peso de un aislamiento terminal y definitivo, la angustia de los que han buscado y no han encontrado la salida de su propia cárcel. El hombre tiene al hombre por compañero. La Humanidad está sola”.

      Y prosigue el ensayo: “Dentro de poco, la sociedad ya no tendrá más que cortar para ordenar su armonía de conjunto, sobre alguna influencia exterior a sí misma; – para admirar sus progresos, sobre algún admirador… Será necesario, entonces, que encuentre, sin salir de sí misma, el móvil para mejorar y la sabiduría de su equilibrio. Cuando la tierra reflexiva haya terminado de encerrarse en sí misma, ¡sólo entonces sabremos lo que es una Mónada!… – Aquella noche, en la angustia del cisma sangriento que divide actualmente al Mundo sin recurso posible (¡ya!) a ningún árbitro, a la luz también de las proclamaciones en las que, por primera vez, y bajo la presión de una necesidad ineludible, nuestros jefes diseñan un plan de una civilización universal, he visto las orillas de la Humanidad; – percibí la oscuridad y el vacío de la Tierra…”

La metáfora de la Luna y la Mónada

       La experiencia de “La nostalgia del frente” contemplando la Luna reaparece en “La Gran Mónada”: “Por encima de las trincheras la Luna se balanceaba, muy redonda, en el cielo inmenso…La Luna misma es atraída y calentada por los astros que la acompañan. Pero, ¿qué pensamiento amistoso podría llegar hasta nosotros desde el espacio? Ante la Gran Mónada, su obra, que asciende como un desafío por encima de las batallas, soñé que los hombres, al caer en la cuenta, primero se prosternarían para adorar y enorgullecerse de su poder saciado. El hombre se muestra orgulloso cuando puede controlar las fuerzas encerradas en su pobre persona… ¡Cuál no será, pues, su gesto de independencia cuando llegue a reunir en una sola esfera el poder encerrado en su especie como totalidad!. Pero pronto vi que en el corazón de esta satisfacción y de esta suficiencia se iba filtrando, gota a gota, la inquietud que, desde el principio, ha impregnado mi visión de la Gran Mónada, – la angustia de sentirse encerrado”.

      Y concluye con este cántico: “Oh, Mónada reflexiva, que gravitas en el vacío espiritual, cargada del alma de todos los pueblos, ¿qué fuerza te mantiene unida en ti misma? Y, ¿qué atracción te guía, que te impide caer?”

Un mundo moldeable por la ciencia y la cultura

      El Mundo es mucho más moldeable de lo que pensamos: llevaremos sobre su determinismo, sobre sus limitaciones, el ansia convergente de nuestra acción, de nuestro pensamiento, para tratar de ablandarlo o expandirlo…¿Quizá, a pesar de su impresionante volumen, este Coloso tiene los pies de barro?… Socavaremos sus fundamentos, como un ariete, con toda la fuerza compacta de nuestros hombros. ¿Y si pudiéramos derribarlo y escapar, así, a través de los escombros?… ¿Quizás, al menos, el océano de espacio que nos encierra es permeable a nuestro pensamiento o a algo de nuestra vida? … ¿Acaso lanzaremos sobre él una barca y dejar, detrás, a la Tierra llena de sombras? -Pero no, es locura esperar salir vivo del desgraciado cerco que nos paraliza, – ¡locura, querer comunicar a todo el Universo la vida de la Gran Mónada! … ¿Qué Titán impediría a la materia continuar su repliegue inexorable y clausurarse sobre nosotros?

      Y prosigue: “Llegará el día en que, como un gran fósil, la misma Tierra gravite blanquísima. Ya nada se moverá en su superficie; y habrá guardado todos nuestros huesos. No se trata, pues, de una provocación a un duelo insensato lo que baja sobre nosotros desde el cielo, en las noches claras… Es una suprema advertencia. Aquí la carne elaborada por el espíritu para actuar y desarrollarse, se convierta fatalmente, tarde o temprano, en una cárcel donde el alma se ahoga. Para los organismos naturales, sean del individuo o de la Humanidad, no hay, por tanto, sino una sola salida abierta hacia la vía más grande, – y es la de la Muerte. Incesantemente, como un vapor que se estremece y desaparece, una parte del espíritu liberado sube y se evapora alrededor de la Tierra: el alma de los muertos. Por ese mismo camino debe irse el espíritu, completo y maduro, de la Gran Mónada. Cada astro (si es cierto que todos viven, cada cual a su debido tiempo) conocerá su muerte particular; en el frío o en el calor, en las luchas intestinas o en la felicidad soñolienta…La única muerte auténtica, la buena muerte, es un paroxismo de vida: se logra por un esfuerzo encarnizado de los vivos por ser más puros, más unos, más tensos fuera de la zona a donde fueron confinados. ¡Feliz el Mundo que terminará en el éxtasis!”

      Estas ideas y sentimientos aparecen muchos años después en sus escritos. Ver: “El Atomismo del Espíritu” [1951, en La activación de la Energía, Taurus, 1967]: “La evasión en profundidad (por el centro) o sea, el éxtasis”. “Vida y planetas” [1945, en El porvenir del Hombre. Taurus, 1965, pág. 153-169]: “Para resolver el conflicto interno oponiendo la caducidad originaria de los planetas con la necesidad de irreversibilidad desarrollada en su superficie por la vida planetizada, no basta ocultar o retroceder, se trata de exorcizar radicalmente de nuestro horizonte el espectro de la Muerte….”.

La Gran Mónada de la planetización

      Teilhard es consciente de que las palabras son pobres para poder expresar la densidad de sus emociones: “Mi visión estaba, pues, incompleta. Aun englobando bajo una sola forma la totalidad de nuestra raza, es falso que veríamos elevarse ante nosotros una verdadera mónada. Ante nuestros ojos huyen sólo los remolinos pasajeros engendrados por dos ríos que se separan. Mientras que los restos de la vida retornan poco a poco hasta formar una sola masa, receptáculo final de toda materia inerte (para desvanecerse enseguida, quizá en una última polvareda), el Espíritu se desprende de cada unidad cósmica, atraído hacia el polo de las almas. – He aquí la historia del Mundo. Uno a uno – cada cual llevando el matiz especial, las propiedades particulares, la visión propia de la Tierra a donde han sido lanzados – distintos grupos de seres vivientes, alcanzan el Centro donde se mezcla, sin duda, una sola Cosa, la miel espiritual extraída de cuerpos innumerables sembrados por el firmamento. De esa forma, nuestro aislamiento no es sino parcial, relativo al organismo terrestre que es, por un tiempo, nuestra matriz común… Una misma influencia anima y reúne a todo lo que piensa… Un círculo único abarca todo lo que es espíritu, y no aprisiona nada…”

      Y concluye: “Esta unidad superior e ilimitada del Universo apenas la percibimos… a lo más, a ciertas horas, a la manera de un soplo mayor que pasa, no se sabe de dónde, por nuestra alma… Pero, ¿qué podrían comprender – soñemos – de nuestra vida personal o sólo de la vida de una de nuestras células, seres infinitesimales que se supone se extendieron por las moléculas de nuestro cuerpo?… ¡Oh, Centro maravilloso! ¡Oh, esfera inmensa! ¡Oh, Dios!...”

      Y sus afectos se hacen recurrentes hacia la experiencia censurada de “La nostalgia del frente”, y concluye: “En aquella noche de guerra, todo lo envolvía para mí en la plenitud de la Gran Mónada – bajo la claridad de la Luna. Vertus, 15 de enero de 1918”.

Conclusión

      Unos meses antes de la redacción de “La Gran Mónada”, en la Introducción de “La Vida cósmica”, escribe: “Mucho antes de que la reflexión, la ciencia, la historia, las necesidades sociales experimentadas, vengan a precisar en nosotros la conciencia de ese inmenso dominio del «nosotros que se encuentra fuera de nosotros» y del «nosotros que se halla en nosotros a pesar de nosotros», una llamada secreta, íntima, que dilata nuestro egoísmo, nos advierte de que somos, en virtud de nuestras almas inmortales, los centros innumerables de una misma esfera”.

      ¿Qué hace a Teilhard recurrir al concepto de Leibniz de las “mónadas” aunque en un sentido muy diferente como hemos indicado? Quizá Teilhard acababa de leer estas líneas de H.G. Wells, en First and last things (Primeras y últimas cosas): “Toda la creación se me presenta como que ha llegado hasta aquí en su sueño, en el sueño del instinto y de la ilusión individualista: creo ver surgir el espíritu del hombre que comienza a tomar conciencia de su individualidad más amplia, de su meta colectiva y sintética, que consiste en aumentar la Fuerza y realizar la Belleza” (En Dios, el rey invisible, 1918, prefacio, p. LVIII). Tal vez late aquí el intento teilhardiano de encontrar una línea misteriosa de conexión entre lo uno y lo múltiple, entre la dispersión y la unidad. Todo un programa de investigación interior que le llevará medio siglo.

 

María Dolores Prieto Santana, educadora y antropóloga, colaboradora de la Cátedra Francisco J. Ayala de Ciencia, tecnología y Religión.