La presencia de Dios en el Mundo. Las oraciones de Pierre Teilhard de Chardin.

Agustin Udías Vallina

En algunos de sus escritos Teilhard intercala entre el texto oraciones explícitas dirigidas a Dios o a Jesús, utilizando a menudo explícitamente su nombre. En muchas oraciones usa la palabra Señor que puede aplicarse en ambos casos. Estas oraciones nos descubren lo más íntimo de la interioridad de Teilhard. Dos temas están continuamente presentes la presencia de Dios en el mundo y la encarnación con su prolongación en la consagración eucarística que él extiende al universo entero. El punto central es que por la encarnación en Jesús Dios no solo se ha unido al hombre sino a todo el universo material. En el universo encuentra la presencia de Dios no solo como creador, sino como unido a él a través de Jesús. Este es el aspecto bajo el que Teilhard considera la figura de Jesús al que denomina el Cristo Cósmico.
La traducción quiere conservar el estilo teilhardiano del original lo más posible. Se ha conservado el uso de las mayúsculas, las cursivas y la división en párrafos del original. Cada oración debe entenderse en el contexto del escrito en el que está presentada y que se ha procurado dar en cortas introducciones.

 

1916. La vida cósmica (La vie cosmique, vol. 12, 17-82)

Las primeras oraciones explícitas que nos ha dejado Teilhard están en su primer escrito “La Vida Cósmica” (La vie cosmique) terminado el 24 de Marzo de 1916 en Nieuport durante su participación en la guerra como camillero a la que se había incorporado en 1914. Después del título de este primer ensayo escribió la dedicatoria: “A la Terra Mater y a través de ella sobre todo a Cristo Jesús”. Lleno de entusiasmo juvenil, Teilhard tenía 35 años, escribe en la introducción: “Yo escribo estas líneas por la exuberancia de la vida y por el deseo de vivir, para expresar una visión apasionada de la Tierra, y por buscar una solución a las dudas de mi actividad, porque yo amo el Universo, sus energías, sus secretos, sus esperanzas y porque al mismo tiempo yo estoy consagrado a Dios, el único Origen, el único Fin, el único término”. Esta frase nos da la clave de la obra en la que muestra los dos polos de su vida, por un lado, el Universo o la Tierra (siempre en mayúsculas) y por otro Dios presente en Jesús y a través de él en el Mundo. La primera oración dirigida directamente a Jesús está situada en el capítulo 3 titulado “La comunión con Dios” y en la parte dedicada al Cuerpo de Cristo. La oración refleja ya claramente la relación de Jesús con el mundo, al que llama la “Influencia dominadora” y el “Ser cósmico”. Para llegar a Jesús no hay que abandonar el mundo sino unirse a él.

Oh si, Jesús, yo lo creo y yo lo quiero gritar desde los tejados y en las plazas públicas, Tú no eres solamente el Dueño exterior de las cosas y el Esplendor incomunicable del Universo. Por encima de todo eso, Tu eres la Influencia dominadora que nos penetra, nos sostiene, nos atrae por la médula de nuestros deseos, los más dominantes y los más profundos; Tu eres el Ser cósmico que nos envuelve y nos completa en la perfección de su Unidad. ¡Es así, y por esto yo Te amo por encima de todo!
Abrasado de un deseo en apariencia contradictorio, yo tengo sed, Señor, de ser todavía más yo mismo saliendo de mí mismo, y eres Tú, fiel a tu promesa el que me apague la sed con el Agua viva de tu Esencia preciosa, en la cual aquel que se pierde encuentra su alma y las de todos los otros unidas con la suya….
Antes, en la contemplación de tu divinidad, yo tenía el gusto de encontrar un Infinito personal y amante. La asociación de estas palabras era tan dulce que solo el repetirlas me parecía encontrarme en una felicidad interminable, como la nota única que sonaba la viola del Ángel y que San Francisco no podía dejar de escuchar. He aquí que ahora en tu Humanidad es la multitud misma de mi raza la que se anima y el soplo que une y armoniza los elementos dispersos, no es un Espíritu de naturaleza superior y preocupante, es un Alma humana, que siente y vibra como yo: es tu Alma misma, Oh Jesús. He aquí todavía que por la condescendencia suprema a mis deseos de actividad y de cambio, este Mundo superior y definitivo que Tu concentras y cobijas en Ti, tú me lo presentas inacabado de manera que mi vida pueda alimentarse con la satisfacción intensas de darte un poco a Ti. – He ahí, el gran interés, absoluto y palpable que yo sueño de asignar como fin e ideal, a todos mis esfuerzos humanos: el promover y ganar el reino de Dios! Tu cuerpo, Jesús, no es solamente el centro de todo reposo definitivo, es también el vínculo de todos los esfuerzos útiles. En Ti, junto a Aquel que es, yo puedo amar apasionadamente a Aquel que llega a ser. ¿Qué me falta para que la paz definitiva se extienda sobre mi alma satisfecha, de una manera inesperada, en las más inconcebibles aspiraciones de vida cósmica?
Una cosa todavía, Señor, una sola. Pero la más difícil de todas y lo que es peor, lo que tú podrías quizás desaprobar… Es que para tener parte contigo no me haga falta absolutamente rechazar este Mundo radiante con el éxtasis que en mi ha despertado… (pp. 60 – 61)

La segunda oración esta al final del ensayo, después del último capítulo titulado “La comunión con Dios por la Tierra” . La primera parte es “El Cristo cósmico” donde se afirma “Por su Encarnación El [Jesús] se ha insertado no solamente en la Humanidad sino en el Universo que lleva la Humanidad….El Cristo tiene un Cuerpo cósmico extendido por todo el Universo entero” y añade esta es la última palabra que hace falta entender. Esta idea está por lo tanto expresada en esta última oración dirigida a Cristo. Esta visión del Cristo cósmico es para Teilhard la fuente de su amor. Es bajo esta consideración que se dirige a Cristo su amor como el centro que lo abarca todo.
Oh Cristo Jesús, tu llevas verdaderamente en tu benignidad y humanidad toda la implacable grandeza del mundo. Por esto, por esta inefable síntesis realizada en ti, de la que nuestra experiencia y nuestro pensamiento no hubieran jamás osado reunir para adorarlos, el elemento y la Totalidad, la Unidad y la Multitud, el Espíritu y la Materia, el Infinito y lo Personal. Es por los contornos indefinibles que esta complejidad da a tu Figura y a tu acción, que mi corazón prendado de las realidades cósmicas se entrega apasionadamente a Ti.
Yo te amo, Jesús, por la Multitud que se resguarda en Ti, y que percibe con todos los otros seres, susurrar, orar, llorar, cuando se estrecha junto a Ti.
Yo te amo, por la transcendente e inexorable fijeza de tus designios, por la que tu dulce amistad se suaviza del inflexible determinismo y nos envuelve sin remedio en los pliegues de su voluntad.
Yo te amo como la Fuente, el Medio activo y vivificante el Término y el Final del Mundo, también natural, y de su Devenir.
Centro donde todo se reencuentra y que se extiende sobre todas las cosas para volver a traerlas hacia sí; yo te amo por extensión de tu Cuerpo y de tu Alma en toda la creación, por la Gracia, la Vida, la Materia.
Jesús, dulce como un Corazón, ardiente como una Fuerza, íntimo como una Vida, Jesús en quien yo puedo fundirme, con el que yo debo dominar y liberarme, yo te amo como un Mundo, como el Mundo que me ha seducido y que eres tu mismo, yo lo veo ahora, que los hombres, mis hermanos, también ellos los que no creen, sienten y prosiguen a través de la magia del gran Cosmos.
Jesús, centro hacia el que todo se mueve, dígnate hacernos a todos, si es posible, un pequeño lugar entre las monadas elegidas y santas que, desgajadas por tu solicitud una a una del caos actual se agregan lentamente en Ti en la unidad de la Tierra nueva…. (pp. 80-81)

 

1917. El medio místico (Le milieu mystique, vol. 12, 155-192)

Al año siguiente de la composición de la Vida Cósmica, Teilhard compone un ensayo más centrado en la vida espiritual que titula “El medio místico” (Le milieu mystique) que envía a su hermana Guiguite y su prima Marguerite y que está centrado en las ideas que forman su espiritualidad. Para él la mística es una cualidad innata que crea “una aureola emotiva, avasalladora por la cual se nos descubre en todo contacto el único Esencial del Universo”. La experiencia mística tiene, por lo tanto, fuertes raíces naturales y en ella se incluye el universo entero. El ensayo se mueve en cinco círculos que el llama de la presencia, la consistencia, la energía, el espíritu y la persona. La primera oración la encontramos en el círculo de la consistencia. En este círculo Teilhard se refiere a la intuición mística fundamental de descubrir una unidad difusa en la inmensidad del Mundo y el gozo de haber encontrado por fin un Objeto universal y sólido en el que cimentarse por encima de los goces fragmentarios cuya posesión sucesiva y fugaz irrita el corazón sin satisfacerle. La oración termina con el grito de triunfo de los romanos.

Hasta aquí, Señor, mi actitud frente a tus dones ha sido la de un hombre que, no sintiéndose solo, busca distinguir que influencia pesa sobre él en las tinieblas. Ahora que se me ha descubierto la Consistencia transparente en la que todos somos cogidos, el esfuerzo místico por ver debe dejar lugar, yo lo comprendo, al esfuerzo por sentir y entregarme. Esta es la fase de la Comunión.
¡A mí, siguiendo su orden y su medida, todas las potencias y todos los encantos, todas las figuras y todos los movimientos! ¡A mi aquello que es grande y fuerte! ¡A mi aquello que se mantiene y que se resiste! ¡Lo que se entiende y lo que desborda!
Yo quiero, Señor, para mejor abrazarte, que mi conciencia se vuelva tan grande como los cielos, la tierra y los pueblos, tan profunda como el pasado, el desierto y el océano, tan sutil como los átomos de la materia y los pensamientos del corazón humano…
¿No hace falta acaso que yo adhiera a Ti toda la extensión del Universo, y que mi amor tenga una raíz en cada cosa porque es por la superficie total del Mundo que tu te me ofreces para que yo te sienta y que yo te mantenga?
Haciendo esto, yo repito (yo lo sé) el gesto exterior de los paganos y los sabios de la Tierra. Entre aquellos que me ven, más de uno sacudirá su cabeza acusándome de adorar la Naturaleza.
Tú, Señor, para que brille siempre en mí el Espíritu, para que no sucumba a la tentación que acecha en cada audacia, para que no olvide jamás que tu solo debes ser buscado a través de todo, tú me mandas en las horas que tú sabes, la privación, la decepción, el dolor. El objeto de mi amor declinará, o yo lo dejaré pasar.
– La flor que tenía se ha marchitado en mis manos…
– Un muro se ha colocado delante de mí, a la vuelta del camino…
– El lindero ha aparecido entre los árboles del bosque que yo creía sin fin…
– Una llama ha consumido la hoja que llevaba mi pensamiento.
– La prueba ha llegado..
… Y yo no me he quedado definitivamente triste, como yo esperaba, de chocar con las incertidumbres y los límites de no importa que bien particular. Al contrario una alegría inesperada, gloriosa ha hecho irrupción en mi alma.
¿Por qué Señor?
Porque en esta carencia de soporte inmediato que yo arriesgaba a dar a mi vida, yo experimenté de una manera insólita que yo no me apoyaba más que sobre tu Consistencia.
El goce y la plenitud son indispensables al despertar y a la conservación del gusto místico. Pero sus exaltaciones reunidas no valen el frío de una decepción para hacernos ver que tu solo eres sólido, oh mi Dios. – Es por el dolor y no por el gozo que tu divinidad adquiere poco a poco, en nuestra facultad de sentir, la Realidad superior que ella posee en la naturaleza de las cosas, pero que es tan difícil, aun a los más iniciados, de darla en sus impresiones.
Por eso, si algún día (y lo será al menos el de la muerte) todo comienza a ceder en mi entorno, si una ruina total viene a destruir el edificio de mis investigaciones y afectos que son la obra de mi existencia, delante de la forma desnuda de tu consistencia surgiendo sola entre tanta ruina, me parece que la palabra que vendrá a mis labios, Señor, será con la ayuda de tu gracia, el viejo Peán de los antiguos: Io triumphe! (pp. 166-168)


La siguiente oración pertenece al círculo de la Energía. En el reconoce Teilhard la existencia de innumerables acciones pasajeras como una red de actividades que forman la trama del Universo. Entre ellas el místico busca una Llama devoradora donde localizar lo divino. Así afirma: Dios solo, en efecto agita con su Espíritu la masa del Universo en fermentación. Con ello se refiere a que la Creación no ha cesado jamás sino que su actualidad continúa como un gran gesto continuado por la totalidad de los tiempos. Esto corresponde a lo que hoy se llama “la creación continua” en la que el acto creador de Dios está presente a lo largo de todo el tiempo en el que evoluciona el universo. Comienza como introducción con una corta oración.

Todavía más, Señor, todavía más.
-Cuando tu Presencia me ha inundado de su luz, yo he querido encontrar en Ella la Realidad tangible por excelencia.
Ahora que ya te poseo, Consistencia suprema, y que me siento llevado por ti, yo me doy cuenta que el fondo secreto de mis deseos no era el abrazar, sino el ser poseído.
Esto no es como un rayo, ni como una materia sutil, es más bien como fuego que yo te deseo y que yo te he adivinado en la intuición del primer encuentro. Yo no tendré reposo, lo sé muy bien, a no ser que de ti una influencia activa caiga sobre mí para transformarme. (p. 169).

Una oración más larga aparece unas páginas más adelante: La oración termina con el grito de triunfo

Por qué, Señor, mientras que siguiendo las ondulaciones de mi conciencia, estas tonalidades de mi servidumbre se iluminan una tras otra como en un estremecimiento, – ¿Por qué sucede que poco a poco mi corazón se detiene con predilección sobre estas y no sobre aquellas?
¿Qué hay en el sufrimiento que me entrega tan profundamente a Ti?
¿Por qué el haberme estremecido más feliz delante de las alas, mientras que tu me has tendido los lazos?
Ah, es que en tus dones, Señor, lo único que envidio es el perfume de tu influencia y la impresión de tu Mano sobre mí. – Más que la libertad y la exaltación del triunfo lo que nos embriaga a nosotros los hombres es el goce de haber encontrado una Belleza superior, que nos domine, es la embriaguez de ser poseídos. – A medida que me muevo y que crezco conforme a mis deseos, yo puedo creerme mi propio maestro. En tanto que corro en el sentido de tu acción, yo no la siento: mi barca me parece no tener ni timón ni velas. Pero vienen al contrario los cambios del viento, los parones bruscos que hacen saltar, los virajes que inclinan hasta hacer tocar el agua, es entonces que yo experimento en su vigor la Fuerza que me sostiene. Es precisamente oponiéndose a mis gustos que tu Potencia, Oh Dios mío, toma toda su realidad para mi corazón y me hace sentir a lo vivo de la beatificante huella de su dominio.
¡Benditas sean las decepciones que nos arrancan de golpe los labios y las cadenas que nos fuerzan a ir a donde no quisiéramos!
¡Bendito el Tiempo inexorable y su perpetuo sometimiento, la inexorable esclavitud del Tiempo que va demasiado lento e irrita nuestras impaciencias, el Tiempo que va demasiado rápido y que nos hace envejecer, el Tiempo que no se para ni se vuelve jamás!
¡Bendita sea sobre todo la Muerte y el horror de su recaer en las Energías cósmicas. – La muerte, una potencia tan fuerte como el Universo, oprime sobre nuestros cuerpos para pulverizarlos y deshacerlos, una atracción más formidable que cualquier tensión material, arrastra nuestras almas, sin resistencia hacia el Centro que les conviene. – La muerte nos hace perder completamente pie en nosotros mismos para librarnos a las Potencias del Cielo y de la Tierra. Ahí está la última palabra de su horror… pero ahí está también para el místico el culmen de su felicidad: el acceso definitivo, por fin, en el Medio que domina, que transporta y que abrasa! “Io triumphe”. (pp. 172-173).

La siguiente oración pertenece al círculo del espíritu. Teilhard concibe este círculo como el término al que tiende la Naturaleza. La primera parte la titula: La luz que lucha. El camino hacia el espíritu representa el camino de más libertad, más poder y verdad hacia lo que tiende todo lo que vive. En todo aquello que el hombre percibe como algo que ilumina y hace avanzar, el místico lo percibe como la razón profunda y sagrada. El Espíritu nace como la base creada del Medio místico, sustancia cósmica donde definitivamente se condensará lo divino entre nosotros. Con el espíritu Dios está a punto de penetrar en el Mundo espiritualizándolo. Es desde este punto que se propone la oración.

¿Es realmente verdad, Señor? Al difundir la Ciencia y la Libertad, yo puedo concretar en Ella misma y también para mí, la atmósfera divina donde mi único deseo permanece siempre en sumergirme. ¡Al apoderarme de la Tierra, es a Ti al que yo me puedo adherir! ¡Alegría, alegría, alegría de espíritu y dilatación del corazón! He ahí justificado y transfigurado este gusto por la presa que desde mi infancia, he lanzado sin descanso sobre los objetos, nunca los mismos, a través de los que nunca yo conseguía lo que buscaba!

– ¡Que la Materia, investigada y manipulada, nos descubra los secretos de su textura, de sus movimientos de su pasado!
– ¡Que las Energías dominadas, se plieguen delante de nosotros y obedezcan nuestro poder!
– ¡Que los hombres que han llegado a ser más conscientes y más fuertes, se agrupen en organizaciones ricas y felices donde la vida mejor utilizada produzca el ciento por uno!
– ¡Que el universo proporcione a nuestra contemplación los símbolos y las formas de toda Armonía y de toda Belleza!
– ..¡Yo debo buscar y debo encontrar! .
No se trata no solo de mi agrado, ni de mi bienestar, ni aun solamente de mi vida..
Se trata de la supervivencia y el desarrollo del Espíritu universal, – del Espíritu que no está completado ni está seguro todavía de triunfar totalmente, pero que tiende siempre por su movimiento hacia una mayor espiritualidad, del Espíritu que hace vivir la circulación de las necesidades y de la duda.
Se trata, Señor, del Elemento en el que tú quieres inhabitar aquí abajo…
¡Se trata de tu existencia entre nosotros! (pp. 181-182).

Dentro del mismo capítulo Teilhard continúa la oración en la que el Señor mismo le contesta mostrándole su continua acción en el mundo que queda así divinizado.

Entonces, Señor, cuando has ofrecido a mis aspiraciones y a mis esfuerzos el refugio interior de la Esencia divina, tan misteriosamente combinada a nuestro Universo, es que me has dicho: “Aquí estoy…”
“Aquí estoy, en el corazón idéntico de tu ser y de todas las cosas, para acoger tus deseos aun los más locos y para asegurarte que ni una sola parcela útil será perdida para el Bien.”
“Aquí estoy, inmutable bajo las generaciones, dispuesto a salvar, para aquellos que vendrán, el tesoro, que hoy se perderá, pero que el futuro heredará; Yo transmitiré un día tu pensamiento a otro que yo conozco. Y cuando él hable se le escuchará y es a ti a quien se entenderá. A ti mismo, ¿Sabes tú acaso de quien viene la idea que te agita y que tu atesoras como si fuera tuya?”
“Soy yo el verdadero vínculo del Mundo. Sin mí los seres mismos que parecen estar en contacto, están separados por un abismo. En mí, ellos se reúnen, a pesar del Caos de los siglos y del Espacio.”
“Aquí estoy para llevar, fecundar y pacificar tu esfuerzo. “
“Pero sobre todo aquí estoy para transmitirlo y consumarlo…”
“Tú has luchado suficientemente para que el Mundo se divinice. A mí me toca forzar las puertas del Espíritu”
“¡Déjame pasar!” (pp. 184-185).

El último círculo del Medio místico es el círculo de la persona. En él el medio adquiere una forma divina y humana. Se trata de una “Entidad misteriosa” que es en parte algo nuestro, pero que está por encima de todo y lo domina todo con su Absoluto. Esa Entidad tiene un nombre y un rostro el de Jesús. Par Teilhard el universo solo puede entenderse como un universo en el que Dios se ha encarnado en Jesús y por lo tanto se ha unido a él. De esta forma la persona de Jesús es la que personaliza todo el universo. El Universo es un universo personal. Así empieza diciendo:

Con todos los seres que me rodean yo me siento apresados por un Movimiento superior que abraza los elementos del Universo y los agrupa en un orden nuevo. Cuando se me dio ver hacia donde tendía la deslumbrante estela de las bellezas individuales y de las armonías parciales, yo me he dado cuenta que todo esto venía a centrarse en un solo punto, en una sola persona, la tuya, ¡Jesús!. (p. 189)

Y continúa una larga oración dirigida Jesús al que ve en todo, añadiendo el misterio de la consagración sacramental de la Eucaristía que él considera que se extiende a todo el Mundo. Aquí encontramos ya una primera mención de lo que será su “Misa sobre el Mundo”. Aparece también la identificación del Cuerpo Místico y el Cuerpo Cósmico de Jesús. Termina con la imposibilidad de explicar lo que significa su unión con Cristo que pertenece al nivel de la mística y en la que entra todo lo que existe en el universo.

Yo comprendo, Señor, que era posible de vivir sin salir de Ti, y sin cesar de hundirme en Ti, Océano de Vida, penetrante y moviente. Después que Tu, Señor, has dicho: “Hoc est Corpus meum…”, no solamente el pan del altar, sino (en cierta medida) todo aquello que en el Universo alimenta el alma para la vida del Espíritu y de la Gracia se convierte en algo tuyo y divino, divinizado, divinizante y divinizable. Toda presencia me hace sentir que Tú estás cerca de mí; todo contacto es el de tu mano; toda necesidad me transmite una pulsación de tu Voluntad. – Si, es verdad, todo lo que es esencial y duradero alrededor mío se ha convertido en la dominación y de alguna manera, en la substancia de tu Corazón. ¡Jesús!
Es por eso, por qué me es imposible, Señor, – por qué es imposible a cualquiera que te haya comprendido un poco – de mirar tu Rostro sin verle irradiar toda realidad y toda virtud. Tu has querido, en el misterio de tu Cuerpo Místico, – de tu Cuerpo Cósmico,- sentir un contra golpe de todo goce y de toda alarma que estremece cualquiera de las innumerables células de la Humanidad. A cambio, nosotros no podemos contemplarte y unirnos a Ti, sin que tu Ser más simple no se transforme, bajo nuestro abrazo, en la Multitud reconstituida de todo lo que tu amas sobre la Tierra, ¡Jesús!
El resultado de esta extraordinaria síntesis de toda perfección y de todo llegar a ser que tu realizas en Ti, es que el acto por el cual yo te poseo reúna, en su rigurosa simplicidad, más actitudes y perfecciones que las que yo he podido exponer en estas páginas y que yo no sabré nunca explicar. Cuando yo pienso en Ti, Señor, yo no puedo decir si yo te encuentro antes aquí que allí, si tú eres para mi Amigo, Fuerza o Materia, si yo contemplo o si yo peno, si yo me arrepiento o si me uno, si yo te amo, a Ti, o más bien a los Otros, al Resto…Todo afecto, todo deseo, toda posesión, toda luz, toda profundidad, toda armonía y todo ardor brillan igualmente, en el mismo instante, en la Relación inexplicable que se establece entre Tú y yo ¡Jesús! (pp.189-190)

 

1918. El sacerdote (Le prêtre, vol. 12, 310-333)

El 26 de Mayo 1918, Teilhard pronunció sus últimos votos en el noviciado de los jesuitas en Lyon. Vuelto al frente compuso El Sacerdote que concluyó el 8 de Julio. Teilhard se había ordenado el 24 de Agosto de 1911 en la capilla de Ore Place, Hastings, Inglaterra, donde había estudiado teología. Su sacerdocio, podemos decir, estaba todavía reciente. Para él el sacerdocio está íntimamente ligado con la consagración eucarística. En este escrito, que presagia su conocida oración “La Misa sobre el Mundo”, conecta ya la consagración de la Eucaristía con la consagración del Mundo. El escrito está dividido en las siguientes partes: I. La consagración, II. La adoración. III. La comunión. IV. El apostolado. Teilhard extiende el poder que le confiere su sacerdocio de consagrar el pan en la Eucaristía a la consagración de todo el Universo. En este escrito se encuentra un número grande de oraciones en torno a esta idea. La primera parte comienza reconociendo que en el frente no tiene la posibilidad de celebrar la Eucaristía. Este comienzo lo repetirá en “La Misa sobre el Mundo”.

Puesto que no tengo hoy, Señor, yo, tu sacerdote, ni pan, ni vino, ni altar, voy a extender mis manos sobre la totalidad del Universo y tomar su inmensidad como materia de mi sacrificio.
¿El círculo de las cosas no es la Hostia definitiva que tú quieres transformar?
¿El crisol ardiente donde se mezclan y se agitan las actividades de toda substancia viviente y cósmica, no es el cáliz dolorosos que tú deseas santificar?
Hay una manera de mirar el Mundo que no nos deja ver en él más que una suma de elementos dispares o encontrados. Por todas partes en torno nuestro parece estar presente la incurable separación y el antagonismo nativo. Por todas partes lo vil se mezcla con lo precioso – el trigo con la cizaña. Por todas partes la inutilidad, los residuos y el desecho…,
Tú me has hecho el don, Dios mío, de sentir bajo esta incoherencia superficial, la unidad viviente y profunda que tu gracia misericordiosamente ha lanzado sobre nuestra desesperante pluralidad.
Tú has permitido, que superando la decepción de las apariencias, yo pueda lanzar una mirada sobre las Cosas sin apercibir, antes y después de su desmenuzamiento (más real que su multiplicidad y sin embargo posterior a ella) el vínculo substancial a punto de unirse, el alma del deseo en vista de su reunión.
Tú me has descubierto la vocación esencial del Mundo a completarse, a través de una parte escogida de todo su ser, en la plenitud de tu Verbo encarnado. (pp. 313-314)

Teilhard insiste que para “el que sabe ver” el mundo está a la espera de la unión divina, aunque nada pueda venir a Cristo si él mismo no lo atrae y lo une a Sí. La consagración del pan en la Eucaristía es una prolongación del movimiento de la Encarnación y no se limita a la partícula del pan sino que se extiende a todo el Universo. “Desde elemento cósmico en el que El está insertado, el Verbo actúa para subyugar y asimilar todo El Resto”. Esto da pie a la siguiente oración:

¡Toma en tus manos, Señor, y bendice este Universo destinado a alimentar y a completar la plenitud de tu ser entre nosotros!
¡Prepáralo para su unión contigo! ¡Intensifica, para ello, la atracción que desciende de tu Corazón sobre nuestro polvo!
En este momento, Padre Todopoderoso, recogiendo en mi toda la aspiración que sube hasta Ti desde las esferas inferiores, – consciente del poder del deseo que busca transmitir a través de mis palabras – mirando más allá de la hostia blanca y dependiendo de ella – de todas las fuerzas de mi deseo, de mi oración, de mi poder – sobre todo desarrollo y toda substancia, – yo diré:
Hoc est Corpus Meum. (p. 316).

La siguiente oración se encuentra en la parte titulada “La adoración”. Una vez realizada la consagración en la que el pan simboliza las fuerzas activas de la Creación y el vino la pérdida y el dolor que acompaña el esfuerzo, Teilhard pasa a la adoración. Como introducción dice que lo divino ilumina ahora para él todas las cosas por dentro y se siente rodeado totalmente por Dios

Yo me arrodillo, Señor, delante del Universo convertido secretamente, bajo la influencia de la Hostia, en tu Cuerpo adorable y tu Sangre divina.
Yo me postro en su presencia, o más bien, mejor yo me yo me refugio en ella.
¡El Mundo está lleno de ti!
Oh Cristo-Universal, verdadero fundamento del Mundo, que encuentras tu consumación en la unión de todo lo que tu poder ha hecho surgir de la Nada, yo te adoro, y yo me sumerjo en la conciencia de tu plenitud extendida universalmente.
Esta plenitud, Dios mío, lejos de conferirla como las partes que se añaden en una suma, somos nosotros los que la asumimos.
Tu vida al ser más fuerte que la nuestra es ella la que nos domina, nos absorbe y nos asimila a ella.
Nosotros no somos los elementos cuya aglomeración tú constituyes, sino el alimento que mantiene tu fuego.
Tu consumación nos completa, aunque ella no resulte de nuestros desarrollos.
-Sin embargo, Maestro, solo queda que nosotros formemos la base necesaria para tu extensión.
Tú no nos aniquilas cuando nos invades. Guardas celosamente la médula de nuestras cualidades naturales para hacer de ellas el eje, el núcleo, el soporte de tu crecimiento. – Bajo tu acción – que transforma y no destruye – todo aquello que hay de bueno en nosotros pasa, para la eternidad, en la perfección de tu Cuerpo.
He aquí por qué yo puedo ahora, sin salir de Ti, vivir y trabajar, plenamente beatificado.
Tú eres, Jesús, el resumen y la cima de toda perfección humana y cósmica. No existe ningún rasgo de belleza, ningún atractivo de bondad, ningún elemento de fuerza que no encuentre en ti su expresión purificada y su coronamiento… Cuando yo te poseo, tengo realmente recogido en un solo objeto, la reunión ideal de todo lo que el Universo puede dar y poder soñar. El encanto único de tu Ser admirable tiene tan bien extraídos y sintetizados los gustos más exquisitos que la Tierra contiene y sugiere, que nosotros podemos ahora, siguiendo nuestros deseos, encontrarlos unos tras otros indefinidamente en ti, ¡oh Pan que contiene todo deleite!
Tú mismo, la plenitud del ser creado (plenitudo Entis creati). Tú eres también, Jesús, la plenitud de mi ser personal (plenitudo entis mei) y de todos los vivientes que aceptan tu dominación. En Ti y solo en Ti, como en un abismo sin límites nuestras fuerzas se pueden lanzar y detenerse – llegando a su medida plena – sin chocar en ningún límite; – sumergirse en el amor y abandono con la certeza de no encontrar en tus profundidades el escollo de ninguna falta, el fondo de ninguna pequeñez, la corriente de ninguna perversión.
Por Ti, y solo por Ti, Objeto total y apropiado de mis afectos, Energía creadora que penetra el secreto de nuestros corazones y el misterio de nuestros crecimientos, nuestra alma se despierta, se sensibiliza y se engrandece hasta el límite extremo de lo escondido.
Bajo tu influencia, y solo bajo ella, se funde y revienta la cubierta del aislamiento orgánico y el egoísmo voluntario que separa las monadas y la multitud de las almas se precipita hacia la unión necesaria para la madurez del Mundo.
Así, una tercera plenitud se añade a las otras dos. Tu eres, Jesús, en un sentido muy verdadero, el conjunto de todos los seres que se cobijan y se encuentran unidos para siempre, en los lazos místicos de tu organismo (Plenitudo entium). En tu seno, Dios mío, mejor que en cualquier abrazo, yo poseo todo aquello que amo, iluminado de tu belleza y tú iluminas a su vez los rayos (tan activos sobre nuestros corazones) que ellos han recibido de Ti y que a ti reenvían. La multitud desalentadora de los seres, sobre los que yo quisiera actuar para esclarecerlos y conducirlos está ahí agrupada en ti, Señor. Por tu intermediación, yo puedo tocar lo íntimo de cada ser – y hacer pasar en él lo que yo deseo – si yo se rogarlo y si tú lo permites. (pp. 318-321)

En la III parte, “La comunión” Teilhard reconoce que en la Comunión, aunque aparentemente es él el que recibe el Pan, en realidad, es al contrario Jesús el que le recibe a él: “si yo creía que era yo el que tomaba el Pan consagrado… todo lo contrario es él el que me toma y atrae a si”. Como en lo dicho anteriormente en este proceso entra también el universo entero: “a la consagración universal sigue una inacabable y universal Comunión”. Por eso añade: “La pequeña Hostia inerte se ha convertido a mis ojos tan extensa como el Mundo, tan devoradora como un fuego”.

Señor, yo no sabría rendirme a tanto poder, y me entrego a él con felicidad.
Yo me confío en primer lugar, Dios mío, a las potencias generales de la materia, la vida y la gracia. El océano de energías incontrolables para nuestra debilidad, en cuyo seno flotamos, apenas capaces de orientarnos y de bordear un poco – he aquí convertido para mí en la capa bienhechora de tu acción creadora. La parte de lo que es “in nobis sine nobis”, tan grande en mí que mi libertad parece ahogarse, yo la siento caliente, animada, cargada, Jesús, de la virtud organizadora de tu Cuerpo.
Por todo lo que subsiste y resuena en mí, por todo lo que me dilata desde dentro, me excita, me atrae o me hiere desde fuera, tú, Señor, me trabajas, Tú modelas y espiritualizas mi arcilla informe – tú me cambias en Ti…
Para que tú, Dios mío, te adueñes de mí, tú que estás más lejos que Todo y más profundo que todo, tú me tomas y unes la inmensidad del Mundo y la intimidad de mí mismo.
Yo siento llevar en lo más profundo de mí ser el esfuerzo total del Universo.
Por estas benditas pasividades, yo no me dejo llevar pasivamente, Señor; sino que me ofrezco y las favorezco con todo mi poder.
La fuerza vivificante de la Hostia, yo lo sé, se encuentra con nuestro libre arbitrio. Si yo cierro la entrada de mi corazón, yo me quedo en las tinieblas, – no solamente mi alma individual, pero aún todo el Universo, en tanto que este Universo trabaja por sostener mi organismo y despertar mi conocimiento, en tanto, también, que yo reacciono sobre él para extraer las sensaciones, las ideas, la moralidad de los actos, la santidad de la vida. Que yo quiera, al contrario, de inmediato a través de mi intención pura que lo Divino llene el universo en la medida en que él está centrado en mí. Porque yo me he convertido, gracias a mi consentimiento, en parcela viviente del Cuerpo de Cristo, todo lo que influye sobre mi sirve finalmente para desarrollar a Cristo. Cristo me invade a mí y a mi Cosmos.
Oh Señor, yo lo deseo.
¡Qué mi aceptación sea siempre más completa, más grande, más intensa!
¡Que mi ser se presente siempre más abierto, más transparente a tu influencia!
Que así yo sienta tu acción siempre más próxima, tu presencia más densa todo alrededor mío. “Fiat, Fiat.”

Sigue la oración con la respuesta que Teilhard quiere dar a la acción de Dios en él. Ella implica el ofrecimiento de todo su ser, los esfuerzos y la pasividades, las potencias y los resultados. De esta forma busca colaborar al crecimiento mismo del Cuerpo de Cristo.

Para favorecer tu acción, a través de todas las cosas, en mí, yo haré aún más, Dios mío, que abrirme y ofrecerme a las pasividades de mi existencia. Yo me asociaré con fidelidad a tu acción sobre mi cuerpo y mi alma. Yo me esforzaré por seguir y satisfacer tus menores impulsos. ¡Oh si yo pudiera resistirme tan poco, Maestro, que tu llegarías, por así decirlo, a no poder distinguirme de Ti! Tan perfectamente estaríamos unidos en la comunión de la Voluntad.
Pero aún esta flexibilidad perfecta, Señor, no sería todavía todo lo que tú esperas de mí. Ella no agotaría en efecto la riqueza positiva de mi actividad. Ella atendería solo lo formal, – no lo material,– de mis operaciones. Pero, es todo mi ser lo que tú quieres, Jesús, el fruto con el árbol, el trabajo producido además de la potencia captivada – el opus con la operatio. Para satisfacer tu hambre y tu sed, para alimentar tu cuerpo hasta su pleno desarrollo, tú tienes necesidad de encontrar entre nosotros una sustancia que tú puedes consumir. Este alimento preparado para ser transformado en ti, este soporte de tu Carne, que yo preparo liberando en mí y en todos el Espíritu.

La última palabra de la oración precedente: el Espíritu, lleva a Teilhard a proponer las formas en que el hombre debe promover la presencia del Espíritu en el mundo que está relacionada con la acción de Cristo: “el despertar del Espíritu en el Mundo es ofrecer al Verbo Encarnado un crecimiento de realidad y consistencia, permitir que su influencia se extienda en torno nuestro”. Esta idea abre a la siguiente oración.

Que quiere decir esto, Señor, sino a través de toda la extensión y profundidad de lo Real, por todo su Pasado y su Futuro, por todo lo que yo sufro y lo que hago, por las servidumbres, las iniciativas, la obra misma de mi vida, yo puedo alcanzarte, unirme a ti y progresar indefinidamente en esta unión.
El triple sueño del amor, tú lo realizas con una plenitud inaudita, por tu Encarnación: – envolverse en el Objeto amado hasta ser engolfado, – intensificar sin cesar su presencia, – y perderse sin llegar a saciarse….

La cuarta parte, “El apostolado”, está formada por una serie de oraciones entrelazadas. En ellas se pide la realización de lo que expone: “Todo sacerdote, porque es sacerdote, ha consagrado su vida a una obra de salvación universal” por lo tanto no debe vivir para sí sino para el mundo. En su deseo de salvación universal reconoce la existencia de los excluidos, “el resto empujado por los caminos de la noche”. Teilhard expone aquí lo que considera su vocación llevar a los demás su mensaje de Cristo en el Mundo.

Ahora, Dios mío, que me has unido a ti en y por todas las cosas, yo ya no me pertenezco.
Siguiendo la ley de toda plenitud en un Universo todavía múltiple y difuso, yo debo, como la vida madura y la llama ardiente, propagar el fuego que tú me has comunicado.
En una luz regularmente creciente, tú me muestras, siempre más claramente, tu Cuerpo, (individual y sacramental) envolverse en una “corona” de polvo viviente, tan vasto como el mundo, – y bajo la acción de tu influencia espiritualizante, la parte elegida de este polvo se concentra en tu Centro, mientras que el resto es empujado por los caminos de la noche …
Yo veo tu Carne prolongarse en el Universo entero y mezclarse de forma que extraiga todos los elementos utilizables. Ningún átomo puede ser eliminado antes que proporcione su tributo a tu Totalidad.
Yo percibo, por fin, que toda perfección, también la natural, es la base necesaria del organismo místico y definitivo que tú edificas en medio de todas las cosas. Señor, tu no destruyes los seres que adoptas. Más bien tú los transformas conservando todo aquello que los siglos de la creación han elaborado de bueno en ellos.
-La universalidad de tu atracción divina y el valor intrínseco de nuestra operación humana- yo ardo, Dios mío, en difundir esta doble revelación que me haces y de llevarla a cabo.

Teilhard continúa diciendo que todo sacerdote ha consagrado su vida a una obra de salvación universal. Por lo tanto, si es consciente de su dignidad no debe de vivir ya para sí, sino para el Mundo, a ejemplo de Aquel a quien representan. Así continúa su oración.

Jesús, para mí, así me parece, este deber toma en mí una urgencia más inmediata y un significado más preciso que para muchos otros mejores que yo.
¡Innumerables son los matices de tu llamada! ¡Esencialmente diversas las vocaciones!
Las regiones, las naciones, las categorías sociales tienen cada una sus apóstoles.
Yo quisiera ser, Señor, por mi más humilde parte, el apóstol y (si me atreviera a decirlo) el evangelista de tu Cristo en el Universo. Yo quisiera, por mis meditaciones, por mi palabra, por la práctica de toda mi vida, descubrir y predicar las relaciones de continuidad que hacen del Cosmos en el que nos agitamos un medio divinizado por la Encarnación, divinizante por la Comunión, divinisable por nuestra cooperación.
Llevar a Cristo, en virtud de los vínculos propiamente orgánicos, hasta el corazón de las Realidades consideradas las más peligrosas, las más naturalistas, las más paganas: He ahí mi evangelio y mi misión.
¡No se hará, Señor, la reconciliación de Dios con nuestro siglo a no ser que los hombres disciernan en cada uno de ellos un elemento del Pleroma! Si ellos comprenden que el Universo con su opulencia natural y su realismo impresionante, no se realiza más que en Cristo, y que Cristo, por su lado no se alcanza que a través del Universo empujado hasta los límites de su capacidad.

Teilhard quiere mostrar a todos los que están seducidos por los tesoros de lo Real la Vida del Señor Jesús, Alma verdadera del Mundo, que circula en todas las cosas. A todos los que están deslumbrados por la nobleza del esfuerzo humano, quiere afirmarles, en nombre de Cristo, que el trabajo de los hombres es sagrado en cuanto que participa en la liberación natural y sobrenatural del Espíritu. Y a los tímidos y estrechos quiere mostrarles que el desarrollo humano es un requisito para el Cuerpo de Cristo y en consecuencia, de cara al Mundo y a la Verdad, hay un deber absoluto de la Investigación.

Tu lo sabes, Dios mío, el Mundo no me parece en nada por los rasgos de su multiplicidad.
Cuando lo contemplo yo percibo sobre todo un deposito sin límites donde las dos energías contrarias del goce y el sufrimiento se acumulan en inmensas cantidades, en gran parte inutilizadas.
Esta masa vacilante y agitada, la veo transita de corrientes psíquicas poderosas, formadas de almas que contienen la pasión del Arte y del Eterno Femenino, – la pasión por la Ciencia y por el dominio del Universo,-la pasión de la autonomía individual y de la Humanidad liberada.
Estas corrientes, por momentos, se reencuentran en formidables crisis. Hierven en su esfuerzo por equilibrarse.
¡Qué gloria para ti, Dios mío, qué afluencia de vida para tu Humanidad, si toda esta potencia espiritual se armonizase en ti!
Señor, yo sueño en ver sacado entre tantas riquezas inutilizadas o pervertidas, todo el dinamismo que ellas encierran.
¡Colaborar en este trabajo, he ahí la obra a la que yo quiero consagrarme!
En la medida de mis fuerzas, porque soy sacerdote, yo quiero desde ahora ser el primero en tomar conciencia de lo que el Mundo ama, persigue, sufre; el primero en buscar, simpatizar, penar; el primero en llenarme de gozo y de sacrificarme, – más ampliamente humano y más noblemente terrestre que ninguno de los servidores del Mundo.

Teilhard sigue insistiendo en que él quiere sumergirse en las cosas y revestir su sacerdocio en un “espíritu de aceptación y divinización de las Potencias de la Tierra. Así continúa su oración recordando su situación en el campo de batalla en el que todavía se encuentra.

En todo momento, Dios mío, yo he ofrecido mi sacrificio “sobre todas las cosas”. Verdaderamente mi deseo y mi oración se extienden ahora al Cosmos entero del cual, Jesús, tú eres la plenitud.
Yo no excluía nada en mi intención. Sin embargo, mi mirada se dirigía con preferencia hacia la zona austera de batalla donde los hombres, cerca de mí, luchan y se matan desde hace cuatro años.
¿Acaso, Dios mío, ha habido nunca una humanidad más parecida en su sangre a una víctima inmolada, – más apta en su agitación interna, a las transformaciones creadoras, más rica en sus arranques de energía santificable, más cercana en su angustia de la suprema comunión?

Teilhard se dirige ahora a los capellanes en el campo de batalla que no tienen la oportunidad muchas veces de ofrecer la Misa o cumplir su ministerio y les recuerda que tienen la función universal de llevar acabo la ofrenda a Dios del Mundo todo entero, de consagrar en la carne y la sangre de Cristo, los sufrimientos que les rodean y en los que participan y les dice que jamás han sido más sacerdotes que haora, metidos y sumergidos como están en el dolor y la sangre de toda una generación. Así se abre a la última oración con la que cierra este texto que es todo él una meditación sobre su sacerdocio.

¡Gracias, Dios mío, por haberme hecho sacerdote – para la Guerra!
Yo no me atrevo, Señor, más bien yo me siento débil para pedirte participar en esta dicha. Pero la veo claramente y la proclamaré:
“¡Dichosos aquellos entre nosotros, que en estos días decisivos de la Creación y la Redención, somos escogidos para este acto supremo, coronamiento lógico de su sacerdocio: comunicar hasta la muerte con Cristo, que nace y sufre en el género humano!”