La palabra esperada

Teilhard de Chardin

Pekin, 31 de octubre de 1940

En Las Direcciones del porvenir (vol. XI)

En medio de la crisis total que atraviesa el mundo, no hay hoy un solo hombre, creyente o increyente, que no invoque desde el fondo de su alma la luz, – una luz que le muestra un sentido y una salida para las convulsiones de la Tierra. Nunca, quizá, desde el año I de la era cristiana, se ha encontrado la Humanidad más desprendida de sus formas pasadas, a la vez que más ansiosa de su futuro – y más dispuesta a recibir un Salvador.

El Salvador, como sabemos nosotros cristianos, ya nació. ¿Pero en esta fase absolutamente nueva de la Humanidad, no tendrá que renacer a la medida de nuestras necesidades presentes? Las miradas (lo sé por múltiples confesiones) se hallan en este momento vueltas hacia Roma. ¿Va a saber acoger la Iglesia, en el instante decisivo, a un Mundo que se le ofrece en plena transformación?  ¿Habrá de encontrar la Iglesia en el momento crítico la palabra que, mientras nos explica lo que ocurre, nos devuelva la claridad de la mirada y la alegría de la acción, – la palabra esperada? 

Sin ser, por mi parte, más que una simple unidad en el gran cuerpo cristiano, no tengo ciertamente la pretensión de mostrar a los dirigentes la ruta que deben seguir. Pero puesto que, por diversas razones accidentales y por temperamento, me he encontrado viviendo más cerca que otros del corazón de la Tierra, experimento la necesidad de explicar aquí con toda sinceridad y confianza la forma renovada de adoración de la que creo comprender que este corazón tiene necesidad.

1. Un diagnostico posible de la situación: Crisis de crecimiento

Impresionados por los desórdenes intelectuales y morales que perturban en esto momento la masa humana, algunos se inclinan a pensar que nos hallamos simplemente en trance de regreso y de desagregación. Bajo la influencia de estas ideas, querrían, para salvar la civilización en peligro, reducir a cualquier precio los espíritus emancipados al ámbito de las antiguas perspectivas.

Muy otra, a mi parecer, es la naturaleza del mal – y muy otro, en consecuencia, el remedio que se le debe aplicar. Cuanto más me interrogo a mí mismo y a los demás a mi alrededor, más me convenzo de lo siguiente: la infidelidad a las reglas tradicionales tiene ciertamente una parte muy amplia en las convulsiones que sufrimos. Pero semejante infidelidad tiene menos de pusilanimidad que de insatisfacción. Hay algo de demasiado estrecho y algo que echamos en falta en el Evangelio tal y como se nos presenta. A pesar de las apariencias, nuestra época es más religiosa que las anteriores: solo que tiene necesidad de un alimento más fuerte. No se trata de una crisis de debilidad y de enfriamiento espirituales, sino de una crisis de metamorfosis y de crecimiento: éste es el género de prueba que estamos atravesando.

Inútil o incluso peligroso en estas condiciones que prediquemos un simple retorno al Pasado. Es la necesidad y la esperanza de encontrar otra cosa, algo nuevo, lo que hace que el Hombre se sobresalte y se encabrite en este momento. Un agrandamiento de horizontes y no un estrechamiento de atadura es lo único, si no me equivoco, que puede eficazmente volver a conducir a nuestra generación por los caminos de la Verdad.

Pero estos horizontes, justamente, ¿de qué lado hay que buscarlos? Que quieren hoy los humanos, es decir, ¿qué les preocupa – en el fondo?

2. Las raíces profundas de la crisis: un nuevo sol naciente

En el origen primero de las perturbaciones intelectuales y sociales que caracterizan la crisis presente se sitúa, a mi parecer, un cambio importante sobrevenido subrepticiamente a lo largo de los dos últimos siglos en lo más profundo de esa conciencia religiosa humana que se ha podido llamar “el alma naturalmente cristiana”.

Hasta la aurora de los tiempos, el problema de la salvación podía planteársele al hombre tan solo en dos términos: la existencia terrestre de cada hombre y sus Postrimerías; los breves años de la vida y la Eternidad; el individuo humano y Dios. Y nada entre ambos.

Ahora bien, ¿qué es lo que ha sucedido en el curso de doscientos años escasos?… El Hombre, como consecuencia de un conjunto complejo de descubrimientos exteriores y de iluminaciones internas, ha adquirido simultáneamente conciencia tanto de los increíbles recursos acumulados en la masa humana como de las posibilidades abiertas a su energía para construir una obra tangible, esperada de la naturaleza en el futuro. Por encima del Hombre ya no se encuentra inmediatamente Dios, sino una grandeza intermedia, con su cortejo de promesas y de deberes. Sin salir del Mundo, el Hombre se encuentra así, de ahora en adelante, por encima de él, con una especie de “adorable”, con algo más grande que el: la aparición de la Tierra de mañana, como un astro nuevo, de deriva hacia si las capacidades religiosas del Mundo, con las que se relacionan, imagino yo, en su fuente, las perturbaciones de la hora actual. En cualquier caso, de ahí brotan irresistiblemente los grandes Mitos (comunistas, nacionalistas…) cuyo parto y cuyos choques sacuden la civilización antigua. Ya no se trata de simples herejías en el seno del Cristianismo, sino, frente al Cristianismo, de una religión en apariencia enteramente nueva y que amenaza con barrerlo todo. Si se quiere, nos encontramos ante la tentación de la Montana, pero infinitamente sutil, puesto que, en este caso, ya no es cuestión de adoración jubilosa, sino de conquista desinteresada, generadora indudablemente de altas fuerzas espirituales. La Caridad suplantada en las conciencias por el “Sentido de la Tierra”.

En semejante coyuntura, ¿que hemos de hacer nosotros los cristianos?

3. Solución general de la crisis: la conjunción de los dos astros en el cielo de la humanidad

No es posible hacer entrar en razón al hombre, decíamos, forzándole a retroceder hacia una situación sobrepasada desde hace mucho tiempo. Igualmente, vano sería intentar su conversión suprimiendo de su horizonte el objeto seudodivino que acaba de hacer intrusión en el bajo los símbolos de Humanidad, Raza o Progreso. Lo queramos o no, ¿no estamos experimentando todos nosotros, en la medida en que existimos, en el fondo de nosotros mismos la influencia del nuevo astro? Para cada uno de nosotros (para los más creyentes de entre nosotros) se plantea el problema espiritual de equilibrar no dos, sino tres Realidades inmediatamente presentes: nuestra alma, Dios y el Porvenir terrestre del Mundo ante nosotros. Negar la existencia y el valor de esto último objeto equivaldría a falsearnos, a mentirnos a nosotros mismo, y por ende a nuestra misma Fe.

Pero entonces, si las cosas son así, queda aclarada la solución del problema general. Se desprende espontáneamente. Sólo tenemos un medio para escapar de esa cosa amenazadora, absorbente, que no podemos ni debemos suprimir de nuestro cielo por la sencilla razón de que existe: vencerla mediante una Fuerza más grande que ella. ¿No habría de ser posible asimilarla, bautizarla, cristianizarla, cristificarla?

“Venga a nosotros tu Reino.” ¿Se limita este triunfo de Dios, como tal vez pensamos, a una dominación puramente interior y “sobrenatural” de las almas? O, por el contrario, ¿no presupondrá, de la misma manera que la realidad tangible de nuestros cuerpos individuales, la realización última del organismo humano colectivo a través de los tiempos?

“Amaos los unos a los otros.” ¿Esta disposición esencialmente cristiana se limita a endulzar, una por una, las penas de nuestros hermanos? ¿O bien está exigiendo que nos desarrollemos en simpatía activa con el gran Cuerpo humano, de modo que no solo curemos sus heridas, sino también nos identifiquemos con sus ansiedades y sus esperanzas, con todos los ensanchamientos que la creación sigue esperando de él?

Incorporar el progreso del Mundo a nuestras perspectivas del Reino de Dios. Incorporar el sentido de la Tierra, el Sentido humano, a la Caridad. El Mundo dejando de eclipsar a Dios y de arrastrarnos por una línea divergente. Los dos astros entrando en una harmoniosa conjunción. Las dos influencias ajustándose jerárquicamente la una a la otra para levantarnos y liberarnos en una misma dirección. Deus amictus mundo. Es evidente que semejante operación, si fuese posible, haría cesar inmediata y radicalmente la oposición interna que sufrimos.

¿Ahora bien, que se precisa, que es lo que basta para que se lleve a cabo esta transformación libertadora? Simplemente, y aquí es donde yo quiero venir a parar, que lleguemos hasta el final de nuestro Credo, de acuerdo con la continuidad a la vez lógica e histórica de su desarrollo.

4. El gran remedio: La manifestación del “Cristo-Universal”

Nova et vetera. Es propio de la economía habitual de la vida cristiana que, en el dato revelado, algunos elementos, durante largo tiempo adormecidos, se desarrollen de súbito como ramas poderosas, de acuerdo con la exigencia y a la medida de los tiempos nuevos y las nuevas necesidades.

Tal me parece ser, en nuestra época, el papel reservado a la formidable idea, tan esencialmente dogmática, del Pleroma cristiano. El Pleroma: la misteriosa síntesis de lo Increado y lo Creado, – la gran compleción (cuantitativa a la vez que cualitativa) del Universo en Dios. Imposible leer a San Pablo sin sentirse estupefacto por varias cosas al mismo tiempo: la importancia fundamental atribuida por el Apóstol a esta noción entendida en su realismo más absoluto; y la situación relativamente oscura en que ha sido dejada hasta hoy por la predicación y la teología; así como la maravillosa concordancia que presenta con las necesidades religiosas del tiempo actual. Dios atrayendo hacia sí no sólo una dispersión de almas, sino la sólida y orgánica realidad de un Universo abarcado de arriba abajo en la extensión y la unidad totales de sus energías. ¿No consiste en esto precisamente lo que andamos buscando a tientas?

De hecho, todo contribuye a hacer pensar que, dirigida por un instinto divino y paralelamente a la ascensión de las aspiraciones humanitarias modernas, la savia cristiana esta y a punto de afluir, para hacerla estallar, en el brote durante tanto tiempo adormecido. Iniciado hace también justamente dos siglos sobre el culto al Corazón de Jesús, se dibuja con evidencia en la Iglesia un movimiento de fondo hacia la adoración de Cristo, considerado en sus influencias sobre el Cuerpo místico y, por consiguiente, sobre el organismo social humano en su totalidad. El amor a Cristo: energía en la que se funden, sin confundirse, todos los elementos elegidos de la Creación. Últimamente, con un gesto que expresa un estadio decisivo en la elaboración del dogma, Roma ha traducido y consagrado en la figura de Cristo Rey esa marcha hacia adelante, irresistible, de la conciencia cristiana, en busca de una apreciación más universalista y más realista de la Encarnación.

Mi idea y mi sueno serias que, por prolongación lógica del mismo movimiento, la Iglesia explicitara y presentara al Mundo, como lo hacía ya San Pablo a sus convertidos, la gran figura de Aquel en quien el Pleroma encuentra su principio físico, su expresión y su consistencia: el Cristo Omega, el Cristo-universal. Descendit, ascendit, ‘ut repleret omnia [1] Para los Romanos, los Corintios, los Efesios o los Colosenses, esta imagen no tenia, sin duda, más que una significación confusa, ya que entonces el ‘Mundo’ o el ‘Todo’ (con lo que estas palabras entrañan hoy para nosotros de orgánicamente definido) no existían aun para la conciencia humana. Pero para nosotros, a quienes fascina la grandeza recientemente descubierta del Universo, esta imagen expresa exactamente el aspecto de Dios aguardado por nuestra adoración. Cristo Rey, Cristo-Universal: entre ambos, tal vez nada mas que un simple matiz, pero que los es todo; – toda la diferencia que media entre un poder externo, que podría no ser más que jurídico y estático, y una dominación interna que, esbozada en la Materia y culminante en la Gracia, opera sobre nosotros a favor y a través de todas las relaciones orgánicas del Mundo en progreso.

Observemos que en esta figura del Cristo-Universal, Motor, Salvador, Dueño y Termino de lo que nuestra época llama ‘Evolución’, no hay ningún peligro de que se volatilice el Cristo-Hombre ni de que la mística le desvíe hacia alguna forma de adoración panteística e impersonal.

Nacido de un ensanchamiento del Corazón de Jesús, el Cristo-Universal requiere, so pena de desvanecerse, la realidad histórica de su naturaleza humana; y, al mismo tiempo, en virtud del mecanismo específico del amor, perfecciona, lejos de absorberla, la personalidad de los elementos que concentra, al termino de la unión. Y tampoco hay ningún peligro de que, olvidados del Cielo, los fieles atraídos por El vayan a dejarse cautivar por un naturalismo pagano y arrastrar hacia una conquista material de la Tierra. El Cristo-Universal, en toda su gloria, ¿no sigue acaso emergiendo de la Cruz?

Ningún peligro. Y, en cambio, ¡cuántas ventajas y que seducción tan enorme!

Sobre este punto (y hablo por experiencia) mi convicción es profunda. La conciencia religiosa moderna, definitivamente conquistada por la idea de una “sobre-humanidad” a punto de nacer de nuestros esfuerzos, pero impotente para encontrar para sus aspiraciones una representación o una fórmula de acción coherentes, no podrá resistirse a un cristianismo constituido como salvador de las esperanzas mas actuales de la Tierra. Tendríamos así al Neo-paganismo convertido hasta en sus raíces. Y un nuevo raudal de savia humana llegaría también así hasta el corazón de los creyentes, con tan excesiva frecuencia humanamente anémico.

Solo el cristiano (y esto en la medida en que se deje penetrar de las propiedades humano-divinas del Cristo-Universal) se encuentra hoy día en situación de hacer frente a los complejos llamamientos de la Naturaleza y de la Gracia mediante un acto increíblemente rico y simple, un acto completamente sintético en el que se juntan, se corrigen y se exaltan mutuamente el espíritu de desprendimiento y al espíritu de conquista; el espíritu de tradición y el de investigación y aventura; el espíritu de la Tierra y el de Dios.

Si la Iglesia quiere hacer desembocar en un término fecundo las convulsiones modernas, ¿no le bastaría con convidarnos al descubrimiento y al ejercicio de esta fórmula absolutamente moderna de la Caridad?

Después de dos mil años, la afirmación de un optimismo cristiano gracias a la Navidad del Cristo-Universal, ¿no son estos el mensaje y la consigna que estamos aguardando?

Pekin, 31 de octubre de 1940.


Nota

[1]“Descendió y volvió a subir, a fin de llenar todas las cosas” (Efesios, 4, 9-10). (N. del E.)