La faz de la tierra de Pierre Teihard de Chardin, 192.

Las Obras sobre Ciencia y Religión de Pierre Teilhard de Chardin se editaron en Francia entre 1955 y 1976. Entre sus ensayos de Ciencia y Religión está “La face de la Terre”, que había sido publicado en Études en 1921. En él glosa la figura del geólogo Eduard Suess, del que este año 2014 recordamos el centenario de su fallecimiento. Pero en la versión francesa de las Obras se incluye este ensayo al que se han añadido unos “intrusos”. Esto cuestiona la objetividad de los editores de las Obras de Teilhard e invita a investigar quién introdujo este “intruso” en “La face de la Terre”. Por LEANDRO SEQUEIROS

PALABRAS CLAVE: Teilhard de Chardin, Eduard Suess, Ciencia, Geología, Tectónica, Historia de las Ciencias, Cosmovisión, Religión.

Teilhard de Chardin, P. (1921) “Bulletin Scientifique: La face de la Terre”. Etudes, 5-20 de diciembre de 1921. pág. 585-602. Reproducido y añadidos mapas y notas en: La Vision du Passé. Oeuvres de Pierre Teilhard de Chardin, volumen 3. Éditions du Cerf, París, 1957, 41-74.

 

TEXTO TRADUCIDO A PARTIR DE LA EDICIÓN DE LA REVISTA ETUDES DE LA FAZ DE LA TIERRA:

En la cabecera de estas páginas se encuentra el título que escogió el geólogo austríaco Suess en su libro que pretende describir y explicar las causas del relieve general de nuestro planeta. Estas palabras «La Faz de la Tierra» expresan y resumen de modo admirable, en un maravilloso esfuerzo de síntesis,  los resultados logrados por la ciencia geológica tras medio siglo de trabajo.

La Tierra muestra una fisonomía, un rostro, una faz.

Durante mucho tiempo, los humanos se imaginaron que el suelo que les sustentaba se extendía horizontalmente hasta perderse de vista y que terminaba bruscamente, ya sea en países maravillosos, campos elíseos o ya sea en los infiernos. Para nuestros padres, el mundo era evidentemente una superficie plana. Y fueron necesarios siglos de reflexión y de peligrosísimas travesías para que se rompiese el encanto de las apariencias y pudieran dar, gracias a su esfuerzo, la vuelta al mundo. Hoy está a punto de hacerse realidad un nuevo esfuerzo en el perfeccionamiento de nuestra perspectiva. Después de habernos dado un paseo por nuestro universo, empezamos ahora a descifrar sus rasgos. Los innumerables detalles de la superficie del globo se van al fin encajando, al poder colocarlos pacientemente uno junto a otro. Las piezas cobran ahora sentido ante nuestra mirada. Muy pronto, no le será permitido ignorar a  ningún hombre culto que la Tierra tiene una expresión, un rostro, como no puede dejar de saber que es redonda y que da vueltas.

Intentemos ver los principales rasgos de este rostro nobilísimo y venerable. Y para ello, preguntemos, ¿qué aspecto ofrecen a la ciencia actual, las montañas, los continentes, los océanos?[1]

l. LAS MONTAÑAS

A) LA NATURALEZA GEOLÓGICA DE LAS MONTAÑAS

Todo el mundo, en nuestro tiempo, ha visto las montañas. Y todo el mundo, al menos una vez en su vida, ha querido gozar de sus asperezas o de sus encantos. Pero, entre los que cada año visitan las accidentadas regiones de nuestro país, ¿cuántas se llevan de su excursión algo más que un recuerdo de bellas colinas y de abruptas cimas, cubiertas de pinos o tapizadas de brezo? ¿Cuántos son los que, al recorrer los Vosgos, los Alpes o los Pirineos, han sospechado el secreto que se encierra en esos excepcionales lugares? Para la gente instruida, las partes montañosas del globo adquieren un aspecto extraordinario, los montes revisten una personalidad muy diferente a la que se manifiesta a los simples turistas. Para la mirada del geólogo, no sólo es admirable el relieve exterior de las montañas, sino que su sustancia, su misma materia, aparece como algo muy particular. Y es tan particular que muchas veces basta con entregarle un pequeño fragmento de roca que puede haber sido recogido lejos, para que no vacile en decir inmediatamente: «Esta piedra se ha desprendido de una determinada montaña.»

¿Qué es, pues, lo que caracteriza la materia de la que están compuestas las montañas?

Cuatro rasgos principalmente definen los materiales de las montañas: el carácter marino de los sedimentos, cuyo endurecimiento ha formado las capas rocosas; el sorprendente espesor de esos depósitos petrificados; la frecuente transformación de la masa, originariamente barro, en verdaderas rocas cristalizadas; y finalmente, el plegamiento, y muchas veces el increíble aplastamiento sufrido más tarde por esa enorme acumulación de piedras.

Estos cuatro caracteres de las capas rocosas de las montañas no son difíciles de reconocer por el geólogo. Baste un solo ejemplo que ayudará a comprenderlo y recordarlo.

Transportémonos mentalmente a una de esas canteras de las que se extrae el yeso en las cercanías de París. Por ejemplo, Argenteuil o Romainville. Observaremos que, en un espesor de 50 metros, alternan una serie de lechos de yeso duro y de arcillas blandas, verdes o azules, perfectamente horizontales. Basándose en los fósiles que se encuentran en las capas de roca con yeso y en las arcillas, los geólogos identifican estos terrenos como pertenecientes a una formación a la que denominan Eoceno superior; y los geólogos reconocen allí el fondo, apenas modificado, de una laguna salada. Y en sus orillas debía vivir una población de herbívoros, perteneciente a formas zoológicas desaparecidas hace ya mucho tiempo.

Supongamos ahora que nos alejamos de París, hacia el sudeste y que podemos seguir, paso a paso, hasta los Alpes, la capa de sedimentos depositados sobre Francia en la misma época que las yeseras de París (a este resultado se ha llegado por métodos indirectos). Al acercarnos a los Alpes observaríamos que se ha producido una modificación singular en el aspecto de los depósitos. En primer lugar, las capas geológicas se hacen más potentes, más gruesas y, además, varían de naturaleza. Ya no hay restos de mamíferos terrestres, ni conchas de agua dulce: tan sólo restos de moluscos marinos, y enseguida solo encontramos las conchas de foraminíferos muy pequeños, que están diseminados en un océano de fango endurecido.

Avancemos todavía más, hacia la zona central de los Alpes: se hace entonces extremadamente difícil observar esos humildes fósiles. En efecto, allí donde el espesor de estas capas alcanza su máximo (unos cientos de metros), la roca adquiere otra textura: de arcillosa se convierte progresivamente en cristalina, a veces parece dura como el granito. Y además, cambia el estilo de sus pliegues: las capas aparecen laminadas, arrugadas, trituradas. Generalmente los restos orgánicos han desaparecido por completo del seno de esa tormenta de piedra. A pesar del caos del detalle, la estructura general de esas capas (el aspecto del conjunto) no es desordenado: la elaboración de los mapas geológicos ha descubierto en los Alpes la existencia de muchos pliegues, reclinados unos sobre otros, a veces tan inclinados que, separados de su base, han podido cabalgar unos sobre los otros, y ser arrastrados a una distancia que puede alcanzar del orden de un centenar de kilómetros[2].

Pues bien! Este supuesto viaje que hemos descrito entre París y las altas cadenas alpinas, se puede volver a repetir en todos los terrenos y en todas las montañas. El resultado de estas repetidas observaciones sería siempre el mismo. Yendo de la llanura a las montañas, siempre se observa que los sedimentos geológicos, primero se espesan y luego su estructura íntima se altera, al tiempo que se trastorna su arquitectura general[3]. Es evidente que estas disposiciones tan especiales tienen su razón de ser. Su explicación se ha buscado en la hipótesis de los «geosinclinales».

Para la geología moderna, un geosinclinal es una región de la Tierra, en la que, en primer lugar, la resistencia de la corteza terrestre (litosfera) es menor que en otra parte; y en segundo lugar, la sedimentación se realiza a una mayor velocidad. Imaginemos en cualquier parte una región de estas características. Bajo el peso continuamente creciente de los sedimentos, la litosfera, relativamente blanda –según hemos supuesto-, cede, se hunde y forma una bolsa. El fondo de la bolsa se hunde y desciende a zonas en las que la temperatura y la presión aumentan, y en donde -además- se muestra especialmente activa la influencia de ciertos disolventes; de este modo, sufre una transformación, una recristalización y un «metamorfismo» de los materiales fangosos que esa bolsa contiene. He aquí la historia de un geosinclinal durante su fase de relleno; es decir, durante el período de «gestación» de las montañas. Si luego (probablemente bajo la acción de una contracción del globo) se produce una fuerza lateral que presione la bolsa (y al mismo tiempo actúa una fuerza vertical que la levante), la masa de los depósitos lentamente acumulados se comprimirá. El contenido de la bolsa de sedimentos se plegará interiormente en todos los sentidos y tenderá a subir a la superficie en forma de rodilla. Se trata de una montaña que nace.

Comenzamos a comprender lo complicado que resulta el fenómeno llamado «orogénesis». Una montaña no puede surgir en cualquier momento ni en cualquier lugar de la superficie de la Tierra. Una montaña es el resultado de un proceso mil veces secular, primero de sedimentación y después de salida al exterior. Sólo se levanta en lugares escogidos, tras una interminable fase de maduración.

B) LA DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA DE LAS CADENAS MONTAÑOSAS

Puesto que los «terrenos con montañas» no están repartidos uniformemente sobre nuestro globo, se ha pensado que sería interesante seguir y entender su distribución a lo largo de los continentes actuales. Dada la inmensidad de las regiones montañosas, y también por la necesidad de separar las cadenas de diferentes edades, el trabajo de sistematización es extremadamente laborioso a la par que delicado. Pero este trabajo ha llegado a buen término. El resultado de estas investigaciones, tanto geológicas como geográficas, ha llevado a poner de manifiesto que los geosinclinales se distribuyen en nuestro planeta con arreglo a un plan determinado. Así se empieza a perfilar para nosotros los rasgos de la faz de la Tierra.

     Consideremos, en primer lugar, las montañas que mejor conocemos, porque son las últimas que se han formado: las de los Alpes y las cadenas terciarias, contemporáneas de los Alpes. Engañados por los nombres de la geografía, muchas veces imaginamos que los Alpes no se extienden fuera de Suiza y de sus países vecinos. La geología otorga a las formaciones alpinas una individualidad mucho más fuerte. Ya se considere la unidad dinámica del movimiento que los ha hecho surgir, o se analice el carácter estratigráfico de las capas que los componen, los «Alpes mayores» dan la vuelta a la Tierra sin solución de continuidad[4]  

Hacia Occidente, estos «Alpes mayores» constituyen el espinazo de la península italiana, las crestas septentrionales del Atlas, los Pirineos, y luego, hundiéndose en las aguas del Atlántico, reaparecen en la región de las Antillas. Al Este, sus pliegues forman los Cárpatos, una parte de los Balcanes, el Cáucaso. Atraviesan Cilicia por el Taurus, Irán. Más lejos se llaman Himalaya. Finalmente alcanzan las islas de Sonda. Allí, bruscamente, cambian de aspecto. Hasta entonces muy compactos y dispuestos en forma de cinturón, burdamente ecuatorial, se desdoblan y trazan un amplio círculo. Este va siguiendo casi la línea del meridiano, en torno al Pacífico (por Nueva Guinea y Nueva Zelanda, por Japón y las islas Aleutianas, por las cordilleras americanas del Norte y del Sur). Este círculo, a la altura de Méjico se suelda al ramo montañoso que abandonamos antes en las proximidades de las Antillas.

Llevemos este trazado general sobre un mapa del mundo: los Alpes aparecerán rodeando la Tierra; como un anillo que uniría, a modo de un inmenso engarce, las grandes extensiones marinas del Pacífico. Una coincidencia importante: siguiendo los contornos de este misterioso anillo, hoy tiembla más el suelo y los volcanes activos son más numerosos.

¿Qué significa esta alineación de cadenas alpinas cuando tratamos de aplicarles la idea de «geosinclinal», tal como la hemos formulado?

Esto significa, en primer lugar, que hasta el Terciario superior, después de la mitad de la era terciaria, en la Tierra reinaba un foso largo y profundo. Ese foso corría primero paralelamente al Ecuador, desde las Antillas a las islas de Sonda; describía luego, transversalmente a esta primera banda marina (llamada Tethys o Mesogea[5] por los geólogos), una lazada circular alrededor del Pacífico (denominada por ello como geosinclinal circumpacífico).

Vemos en seguida, que cuando ese abismo dos veces circular empezó a llenarse, entraron en juego poderosas fuerzas, que gradualmente fueron comprimiendo, plegando y, finalmente, expulsando las enormes reservas de sedimentos más o menos endurecidos que contenían. De este modo, el foso circunterrestre se transformó en un extenso rodete de pliegues estrechamente unidos.

Podemos observar que estos pliegues son casi siempre asimétricos, tumbados e incluso invertidos, y se extienden tanto hacia el Norte (por ejemplo, formando los Alpes propiamente dichos) como hacia el Sur (construyendo, por ejemplo, las cadenas asiáticas). Además, se pliegan transversal y tangencialmente en relación a la superficie terrestre. Tangencialmente trazan una serie de guirnaldas montañosas (especialmente visibles a lo largo del Asia meridional y oriental) cuyo límite interno (sobre todo en los puntos en que retrocede sobre sí mismo) está bordeado y marcado por los volcanes. Transversalmente emergen o se sumergen alternativamente, levantándose tan pronto en altas crestas, como reduciéndose luego al nivel de las llanuras (o incluso por debajo de ellas), los mismos estratos que, a poca distancia, se cubren de nieves eternas.

Si intentamos ahora -sobre todo mediante fósiles-, introducir una cierta cronología en estos tremendos acontecimientos, nos quedamos desconcertados en presencia de procesos que muestran una duración que parece interminable. Efectivamente, por una parte, el proceso de relleno del geosinclinal alpino (en sus partes más recientes) ocupa toda una era geológica: la era Secundaria. Por otra parte, el surgimiento de la cadena circunmundial que se estaba alimentando, no se ha hecho en un tiempo menor.

Efectivamente, el sistema de los pliegues alpinos no se ha formado bruscamente. Fue apareciendo gradualmente en varias fases, semejante a las arrugas que vemos prolongarse lentamente sobre la superficie de un líquido en vías de solidificación.

Desde finales del período Cretácico, lo que son ahora los Pirineos comenzaron a elevarse. Luego le tocó el turno a nuestros Alpes. El Himalaya es notablemente más joven. Finalmente, algunas regiones de Alaska o de los Andes tal vez no hayan terminado aún de plegarse y elevarse. Todas estas cadenas forman pues un sistema. Señalan los sucesivos instantes de un mismo movimiento. Pero el ritmo de este movimiento es de tal lentitud (con relación a nosotros), que uno de sus segundos equivale aproximadamente a una de nuestras épocas geológicas. Por otra parte, el final de la arruga (lo que puede llamarse la cabeza) se puede encontrar todavía en vías de elevación, mientras que sus primeros anillos están ya en plena descomposición, estar muy quebrados (como ocurre con los Alpes suizos), o estar completamente arrasados por la erosión (como sucede con los Pirineos).

En resumen, las cadenas alpinas llenan con su historia dos tercios de de lo que conocemos de nuestra geología. Cuando comenzaban a plegarse, todavía no había pájaros, ni peces, ni mamíferos como los nuestros. Los reptiles estaban muy lejos de haber alcanzado su apogeo. Y tal vez nuestro linaje humano habrá desaparecido antes de que las cadenas alpinas se hayan acabado de constituir completamente.

Estas consideraciones ¿no es verdad? Nos permiten percibir que ha habido extensiones de tiempo increíbles. Y sin embargo, los Alpes mayores no son más que una onda aislada en el conjunto del oleaje de la formación de las montañas. Esta es la visión que hoy los geólogos creen descubrir en la formación de la faz de la Tierra. La existencia de esta última oleada, que todavía perdura, es una prueba de que hubo otra deformación e incluso muchas otras, que hicieron arrugar la litosfera.

C) LA PERIODICIDAD DE LAS CADENAS DE MONTAÑAS

Limitemos primero nuestra mirada sobre las regiones del hemisferio boreal, al norte de esas fosas marinas que hemos llamado la Mesogea, y supongamos que nos trasladamos a las lejanas épocas en que empezaban a acumularse los primeros depósitos de la era secundaria. ¿Qué veríamos? Veríamos que al norte del extenso mar que tiene dirección transversal, donde todavía dormitan nuestros modernos Alpes.  Allí donde hoy se extienden las suaves ondulaciones o las monótonas llanuras de la Bretaña, de Flandes, de las Ardenas, – allí habría otros Alpes que forman en el horizonte una gigantesca barrera-. Serían unos Alpes tan orgullosos como los nuestros, distribuidos en una latitud algunos grados superior, más o menos como los nuestros: el Atlas de Marruecos, la cadena herciniana, los Alpes carboníferos[6].

Análogamente,  tal como hemos dicho, así como durante todo el período Secundario y el Terciario estaría ocupado en la gestación y el nacimiento de los actuales Alpes; del mismo modo, los dos últimos períodos geológicos de la era Primaria, es decir, el Devónico y el Antracolítico[7] representan (véase cómo se acorta nuestra perspectiva) la duración necesaria para la formación, la elevación y, es preciso añadir, la destrucción de una cadena circumpolar (y tal vez circumpacífica) de montañas tan importante como la que emergió a finales del período Terciario de las profundidades de la Mesogea y del geosinclinal circumpacífico.

¿Qué queda hoy de esas magníficas montañas carboníferas, que en otro tiempo circundaron la Tierra? Para un turista, absolutamente nada. Para un geólogo, huellas; «raíces». Miremos un mapa geológico de la Bretaña y veamos cómo están dispuestas las bandas de color que señalan los terrenos más antiguos. Parecerían los restos de un montón de tejidos de varios tonos, después darles un corte vertical con las tijeras. Esto es lo que podemos observar en Francia, en relación a los plegamientos hercinianos[8].

Por aquí, seguro, ha pasado una cadena de montañas: los pliegues y texturas de la piedra dan fe de ello. Es la misma cadena, cuyos vestigios podemos descubrir a través de Europa, Asia y al otro lado del Atlántico, en América septentrional: se reconoce por sus terrenos especiales, por sus fósiles particulares y por el hecho de que, en los cortes, a veces verticales, de sus capas dislocadas hay sedimentos relativamente jóvenes que se extienden en capas horizontales. Pero esta cadena se ha arrasado por completo. ¿Desde cuándo? Estudiemos más de cerca los sedimentos horizontales que la recubren. Vemos que son contemporáneos de las rocas, que están incluidas y plegadas en el corazón mismo de las cadenas terciarias. Nuestros Alpes todavía no habían comenzado a moverse y, ¡ya se extendía una llanura producida por el mar en lugar de las montañas carboníferas![9]

Añadamos, por tanto, a toda la duración[10] que ocupa la edificación del sistema alpino el tiempo necesario para que estas gloriosas cimas sean eliminadas y las montañas (por la erosión y por los hundimientos continentales) vuelvan a estar al nivel de los mares; y con ello tendremos una idea del tiempo que representa en siglos la segunda mitad (y también la menor) de los tiempos primarios. La duración de este ciclo perturba nuestros espíritus. Sin embargo, será preciso duplicarla, si queremos retroceder más lejos en la historia de la Tierra.

Más aún. Encima de la cadena carbonífera, que ya estaba arrasada antes de la elevación de los Alpes,  se extendía un mar profundo. Y todavía más al norte,  ya existía una tercera cadena de montañas que bordeaba este mar. Esta cadena era tan antigua[11] respecto a los Alpes carboníferos, como lo son éstos en relación a nuestros Alpes terciarios: son los llamados  Alpes silúricos, correspondientes a la cadena caledoniana[12].

¿Quién se atrevería a medir con cifras el abismo de los tiempos que han transcurrido? Aquí, una vez más, para explicar la duración del inmenso tiempo necesario para la construcción y destrucción de los plegamientos que envuelven la Tierra disponemos sólo de dos pequeños períodos geológicos: el Cámbrico y el Silúrico. Pero nos parecen pequeños por el efecto de la lejanía. Los comienzos de los tiempos primarios, con sus millares de metros de monótonos sedimentos representan, tal vez, otros tantos años transcurridos, desde que decimos que acontecieron.

Por su extraordinaria antigüedad, la cadena silúrica es más difícil de seguir que la cadena herciniana. Sin embargo, podemos reconocerla claramente sobre una larga zona que pasa por Terranova, Escocia, Escandinavia, Spitzberg y el norte de Groenlandia. En Noruega, sus cimas parecen rivalizar con las de montañas mucho más recientes; pero esta altitud se debe a otras causas: fue originada por una sobreelevación tardía del zócalo continental en el que hunden sus raíces.

¿Habremos terminado finalmente con esas oleadas de piedra, que no cesan de alzarse ante nosotros, cada vez que intentamos avanzar un poco más a fondo en el pasado y hacia el norte? No; todavía no. En la orilla septentrional del mar donde en el Cámbrico se preparaban las cadenas caledonianas, ya había montañas de las que encontramos sorprendentes huellas en Canadá, en las Hébridas y al oeste de Noruega: son la cadena huroniana, los Alpes precámbricos.

El estudio de estos Alpes es muy difícil, no sólo porque ha desaparecido totalmente su relieve, sino porque sus raíces han sido arrasadas, casi hasta su base. No hay fósiles para fechar sus capas y sólo contamos con indicios suficientes, como para tener la seguridad de que se trata de viejos sedimentos plegados. En realidad, la cadena huroniana es la última cuyos contornos puede pretender encontrar la geología actual. Pero no por esto es la última cuya existencia descubrimos.

Si estudiamos con atención los materiales rocosos de las montañas precámbricas, podremos advertir que estos materiales han sido plegados varias veces y arrasados antes de que sirvieran para formar la última de las cimas. Muchas veces, allí donde se halló la cadena más antigua que podamos definir, hubo geosinclinales; luego montañas, y luego, de nuevo, geosinclinales!

A lo largo de los tiempos geológicos distinguimos solamente cuatro oleadas montañosas que descienden del polo al Ecuador. Pero no podemos asegurar que antes de esos plegamientos no hubiera habido ya otras conmociones sobre la superficie de la Tierra, que son todavía indescifrables para nosotros. Para la geología, que estudia el pasado, no hay nunca una última cadena…

Dejemos estas cuestiones, tan importantes para una exacta visión de la realidad, pero que escapan al análisis de nuestra ciencia y volvamos a las cuatro grandes cadenas, cuyo trazo conocemos con alguna aproximación: la alpina, la herciniana, la caledoniana y la huroniana. No hemos acabado de comprender su fisonomía. Para entender bien el lugar que sus cuatro formidables cinturones, más o menos concéntricos, ocupan sobre la superficie del globo es preciso haber observado lo que representan otras tantas zonas de avance de la corteza terrestre, consolidada sobre la banda móvil de los geosinclinales. Y esto nos lleva a estudiar las regiones o áreas continentales.

II. LOS CONTINENTES

Hasta aquí, porque nos absorbía completamente el origen de las montañas, no hemos podido dejar de fijar los ojos sobre los fondos marinos de donde emergerían los pliegues de la corteza terrestre; y porque hemos seguido este movimiento remontándonos hacia el pasado, hemos podido ver la Mesogea, una banda relativamente estrecha en el período Terciario, pero que era muy amplia en los tiempos precámbricos. Para asistir al nacimiento de los continentes (al menos en nuestro hemisferio) nos basta con seguir el fenómeno en sentido inverso, es decir, volver hacia el presente observando ahora, no la faz meridional marina de los plegamientos en progresión, sino su faz septentrional, la que nos había permanecido oculta.

Tomemos el movimiento en lo que para nosotros son sus comienzos; dicho de otra manera, situémonos en el tiempo en que en la latitud media de las Hébridas, donde el gran mar transversal batía los contrafuertes de la última cadena precámbrica. ¿Qué encontraríamos marchando hacia el Norte a partir de esta orilla? Una larga extensión solidificada. Tras los picos huronianos, tenemos pruebas de ello, se levantaba una región de relieve probablemente tabular, construída sobre varias etapas de montañas sometidas a la abrasión pero incapaz de plegarse sobre sí misma. Una especie de escudo de roca cubría el Canadá y se extendía a través del actual Atlántico hasta las islas Lofoten. Otros escudos semejantes ocupaban el lugar de Finlandia y de Siberia meridional.

Centremos ahora nuestro interés sobre estos fragmentos de escudo apenas elevados por encima de las aguas. Ignoramos la clase de vida -o incluso si hubo vida- sobre ese suelo cien veces barrido desde la era Primaria por toda clase de glaciaciones y diluvios. Pero sabemos que sus superficies, que poco a poco se fueron reuniendo y elevando acabaron por crear la tierra firme sólida que sostiene y mantiene nuestra civilización.

Los primeros esbozos continentales formaban una serie de elementos separados que estaban situados casi únicamente en la zona boreal. A los sucesivos plegamientos de la corteza terrestre les estaba reservada la tarea de cimentar las piezas y dilatar las orillas de este estrecho dominio. Fue, en primer lugar, la construcción y destrucción de la cadena caledoniana lo que extendió, por delante de la plataforma huroniana, una banda ancha de pizarras ferruginosas. Después, le llegó el turno a la cadena herciniana, que trazó, por delante de esa banda roja, la espesa y negra aureola de sus terrenos hullíferos. Y en último lugar, llegó el turno de las cadenas alpinas, que tras haber alejado lo que quedaba de la Mesogea jalonan las últimas zonas conquistadas sobre las aguas con un círculo de nieve.

Así, poco a poco, a partir de ciertos núcleos primitivos, tomó cuerpo en el Atlántico norte una vasta tierra, tan grande como Europa, Asia y América del Norte unidas -tierra parcialmente invadida muchas veces por mares superficiales, tierra susceptible de romperse (diremos enseguida), pero tierra capaz de originar nuevas montañas. Para la geología, un continente no es principalmente suelo emergido. Es suelo que se ha hecho rígido y al que, a partir de ese momento sólo le está permitido un único movimiento, con excepción de la ruptura: el lento movimiento alternativo de rebajamiento y de alzamiento en bloque -como si la tierra respirase-, salvo que las seculares oscilaciones de las orillas, siempre advertidas con sorpresa, sean solo el contragolpe de las invisibles perturbaciones que conmueven el inaccesible fondo de los grandes océanos.

Sin embargo, al mismo tiempo que el continente septentrional hacía que descendieran gradualmente sus orillas hasta la latitud de nuestro Mediterráneo, otra gran tierra, semejante a la nuestra, surgida de las profundidades australes, salía a su encuentro. Para épocas muy anteriores, la historia de las cadenas situadas al sur de la Mesogea sigue siendo oscurísima. Sin embargo, algunos indicios permiten creer que varias oleadas de la Litosfera, simétricas a las que afloraron por el norte, se fueron elevando sucesivamente por el sur, ensanchando cada vez más las superficies continentales y estrechando otro tanto las áreas marinas.

Se sospecha que una cadena caledoniana ha atravesado el Sahara. En la composición del Atlas meridional entra en juego, sin duda, una cadena herciniana. Finalmente, los Alpes se prolongan de forma nítida a lo largo del litoral argelino. En el espacio rodeado por estos pliegues encajados entre sí, es decir, situados simétricamente al continente nordatlántico con respecto a la Mesogea, existió durante mucho tiempo una tierra, verdaderamente inmensa, la tierra de Gondwana (como la llama Suess). En ella, las pizarras de estructura tabular y algunos grupos de fósiles muy característicos (cuyos supervivientes hoy día son los peces «dipnoos» de Queensland, del África central y del Brasil) se encuentran atravesando toda la superficie de la América meridional, de África, de Madagascar, de la India y de Australia[13]

¿Habrá que pensar, con algunos grandes geólogos, que había un tercer gran continente, formado también por cadenas anulares, ocupando hasta una fecha bastante reciente la enorme superficie cubierta por el Pacífico?… Si es así, serían entonces tres grandes escudos, cada uno de ellos del tamaño de un tercio de la Tierra, los que a fines del Terciario establecieron contacto entre ellos, como consecuencia de la emersión geosinclinal alpina; el mar habría desaparecido, si el aumento de los continentes, debido al juego de los pliegues, no se hubiera equilibrado por un brutal y a la vez inquietante fenómeno, del que todavía hemos de decir unas palabras: los hundimientos generadores de los océanos.

III. LOS OCÉANOS

Aunque a primera vista, todas las extensiones de agua salada nos parezcan semejantes entre sí, los grandes océanos actuales, dentro de la fisonomía de la Tierra, constituyen un elemento aparte, completamente distinto en su origen y en su historia, de las inmersas zonas en que hemos visto acumularse los materiales destinados a formar las futuras montañas. Lo mismo que la geología distingue entre tierras y tierras (tierras de depósito continental y tierras de plegamientos), también distingue entre mares y mares. Los grandes canales circulares que hemos denominado geosinclinales, rodeaban los continentes con fosas anulares y hemos visto cómo esas fosas iban rellenándose y estrechándose.

Los océanos forman grandes áreas deprimidas en las que la sedimentación puede ser nula; y desde el comienzo de los tiempos geológicos, parece que su extensión ha ido creciendo gradualmente. Los geosinclinales son abismos que emergen. En cambio, lo que los océanos han ganado lo ocultan sus profundidades. He aquí lo que hace tan enigmática su naturaleza. Y he aquí lo que hace que el geólogo se quede pensativo, de pie sobre la orilla del mar, mirando esa masa enorme, líquida y profunda, que se forma olas alrededor del suelo que sustenta la existencia humana.

Sigamos el proceso de formación de los océanos sobre la superficie de la Tierra.

Parece que, al final del Carbonífero, el mar estaba concentrado en dos grandes canales: el mediterráneo y el circumpacífico. Fuera de los geosinclinales y del océano Ártico (que podría haber existido desde siempre) no vemos sino tierra por todas partes: la tierra del Pacífico (¿es posible?); el continente nordatlántico, extendido, a través de Europa, desde China hasta las Rocosas; y luego, encumbrando el hemisferio austral, la inmensa tierra de Gondwana.

Apresurémonos a contemplar esas majestuosas extensiones de tierra de las que jamás conocerá otras nuestro globo. Eran demasiado grandes para durar y la mitad de la geología desde la Era Secundaria no es sino la historia de su desarticulación.

La zona más extensa fue la más frágil. El continente austral fue el primero en romperse. Al principio, una grieta, todavía visible en el canal de Mozambique, separó el bloque indomalgache de África y Brasil (que siempre habían estado unidos). A este corte, que es tan antiguo que data del final del Triásico, le sucedieron otros muchos a lo largo de la era Secundaria. A finales del Cretácico, la India estaba separada de Madagascar y Australia se encontraba ya separada para siempre de los demás continentes. En el territorio de Madagascar quedaba apresada una fauna única en su género, en la que la ciencia encuentra uno de los testimonios más sorprendentes que ha dado la Naturaleza en favor de las graduales variaciones de la vida.

Así, lo que llamamos Océano Indico se formó al hundirse las tierras continentales. El Océano Atlántico parece ser mucho más reciente. En sus comienzos (a principios del período Terciario), nos parece verlo como un ancho brazo de mar, que avanza lentamente hacia el Sur, entre África y Brasil. Pero se trata solamente de una mera suposición, basada sobre todo en consideraciones de orden zoológico. Pronto, no hay duda, las aguas van avanzando hacia el Norte. Rebasan la línea mediterránea, que por el otro lado de África había respetado las grietas índicas.

A finales del Terciario, sin que sepamos exactamente ni cuándo ni cómo, se rompe definitivamente la bella unidad nordatlántica; y como vestigios de su antigua unidad, no quedan sino restos de cadenas hercinianas y alpinas, que semejantes a los pilares bajo las aguas de un puente roto, se enfrentan de orilla a orilla, entre el Antiguo y el Nuevo Mundo. Del continente Pacífico (si es que existió) no queda resto alguno, como de esos navíos que el mar se traga: perdidos en la hondura…

¿De qué manera se hunde la tierra firme para dar nacimiento a los océanos? Ahora ya lo comprendemos: por fracturas seguidas de hundimientos.

Hemos visto que los continentes son escudos rígidos, incapaces de plegarse. Pero pueden romperse como el hielo sobre los lagos. Y, en realidad, se rompen tanto que en todas partes se hallan presentes los efectos de sus rupturas acompañados normalmente de volcanes y derramamientos de lava. A veces, en la superficie misma de estos continentes, el suelo está recorrido por un sistema de hendiduras paralelas, que determinan la formación de compartimentos alargados, capaces de hundirse unos respecto a otros, tal como sucede en la Limagne de Auvernia y en la depresión del Rhin.

Otras veces las fracturas se recortan, dibujando un tablero de damas, y cuyos cuadros limitados por ángulos pronunciados se ven forzadas a levantarse, dando origen a macizos poligonales, como los Vosgos o la Meseta central. Y, en fin, a veces no hay hendiduras rectilíneas; pero algunas regiones rodeadas de una cadena plegada, en cierto modo, se desunen y se hunden en medio de su estructura montañosa. La llanura húngara, en medio de los Cárpatos, es ejemplo de un hundimiento «en amígdala»[14].

Llevemos ahora nuestra mirada sobre los océanos: observamos que se hallan limitados exactamente por la misma clase de fisuras. El mar Rojo, prolongado al sur por la depresión en que se alinean los grandes lagos africanos, es una fosa. Groenlandia, Crimea, el Sinaí, la India, África del Sur y tantas otras penínsulas triangulares son horsts[15]. El Mediterráneo no es más que una serie de núcleos hundidos, rodeados todavía de montañas. Y el mismo Pacífico, se parece enormemente a una amígdala gigante.

Verdaderamente, se podría decir que hoy, tras la era de las ondulaciones y los cabalgamientos, se abre sobre la faz de la Tierra la era de los hundimientos. Los efectos de la ruptura de los continentes parecen más importantes y más recientes que los efectos de los plegamientos, constructores de montañas. Si por un instante pudimos creer en la emersión completa de los fondos marinos, ahora vemos más bien que vendrá un día en el que un mar universal cubrirá la faz de la Tierra.

Llegamos al final de nuestro estudio. Los océanos, los continentes, las montañas. Esos monótonos accidentes de nuestro globo, esas roturas, esas extensiones pardas y azules que desde la infancia hemos contemplado con aburrimiento en nuestro atlas, comienzan a adquirir para nosotros una especie de vida, de rostro. ¿Cómo podríamos traducir la expresión que ofrece a nuestros ojos ese rostro?

Hay que confesarlo. Ante la fisonomía de nuestro planeta, tal como hoy la hemos descifrado, no podemos sentir una satisfacción completa. En primer lugar, existen lagunas. En grandes regiones (por ejemplo, en el Asia Central y en Nueva Guinea) la estructura de la corteza terrestre es todavía desconocida; y esos huecos nos perturban. Pero hay algo más grave. La descripción de nuestro mundo, en lo que tiene de particular, no nos satisface. Querríamos saber si los sistemas de pliegues, de zonas elevadas y hundidas por fracturas que la geología desentraña representan solo rasgos accidentales, «individuales» de la Tierra; o si, por el contrario, representan una ley general de solidificación, de «cristalización»[16] común a todos los planetas. Muchas veces se ha intentado reducir la figura geométrica que ha tomado nuestro globo a una forma simple (por ejemplo tetraedro). Semejantes intentos siempre resultaron vanos. ¿Podremos conseguir algún día que la faz de la Tierra sea no sólo clara a nuestros ojos sino inteligible a nuestro espíritu?

No desesperemos. La geología está lejos de haber dicho su última palabra. No sólo la creciente facilidad para viajar acelerará la exploración de las capas superficiales de la Tierra sino que se preparan nuevos métodos de investigación que nos permitirán penetrar en la vida íntima del astro que nos sostiene. El análisis de las vibraciones de la Tierra (en cada sistema la Tierra vibra como un gong) empieza a darnos ya una idea de la distribución de las densidades y las rigideces que subyacen a la costra pedregosa disecada por los geólogos. Espero que pronto (y con absoluta precisión gracias a la transmisión instantánea de la hora mediante la radio) se establecerá una tupida red de puntos geodésicos con los que se podrá fijar en cada instante la forma geométrica del globo, tan exactamente que será posible conocer al mismo tiempo la figura exacta del geoide terrestre y las variaciones de esta figura: entonces se pondrán de manifiesto los alargamientos, las contracciones y los espasmos de toda especie que probablemente afectan, bajo múltiples causas, la gota de materia todavía fundida que nos lleva también a nosotros.

Con esta perfección en nuestras mediciones comprenderemos ciertamente mucho mejor bajo la influencia de qué factores y el dominio de qué leyes se han ido formando sucesivamente, y luego desapareciendo, los rasgos fundamentales del relieve geográfico. Tras haber reconstruido paso a paso, pacientemente, las grandes líneas del mundo y partiendo de algunos datos simples (éste es el ideal de toda ciencia), seremos por fin capaces de deducir la figura de la Tierra.

Pero se dirá: ¿para qué tanto trabajo? ¿Por qué razón tanto deleite en ver mejor la fisonomía de esta enorme y pesada bola cuya superficie nos aprisiona? ¿Qué arrastra al hombre inexorablemente hacia la inútil labor de comprender la Tierra?

La respuesta es fácil.

Es lo mismo que sostiene, desde hace un siglo, el esfuerzo de miles de exploradores y de geólogos; y lo que todavía, no hace un mes, entre entusiastas aplausos de un pueblo, lanzaba al comandante Shackleton hacia los desolados hielos antárticos: el sagrado deseo de saber[17].

Obstinadamente, porque le empuja un secreto instinto y le ha aleccionado una larga experiencia, el hombre cree que no hay una sola parcela de verdad que sea estéril y que el menor de los descubrimientos científicos es un elemento irreemplazable sin el que no se despertará del todo su conciencia, es decir, la plenitud de su alma. La Tierra estaba ligada a él como un problema monstruoso. Se lanzó sobre ella. ¿Quién se atreverá a decir que de este contacto con lo desconocido, no ha salido más grande?

Haber llegado a dominar, como dominamos hoy, como era la forma presente y pasada de la Tierra, es una cuádruple y magnífica victoria sobre esas realidades abrumadoras, materializantes, que se llaman lo extenso, la duración, los falsos inmutables y la dispersión de los objetos y de las fuerzas.

Victoria, primero, sobre lo extenso, porque siendo como somos seres microscópicos confinados en el horizonte de unos pocos kilómetros, hemos llegado a superar la distensión casi infinita de la materia cuya proximidad nos aplasta y hemos podido sintetizar en un punto de nuestra mente la desesperante extensión de mares y continentes.

Victoria, además, sobre la duración, porque apresados en una parcela casi instantánea de tiempo hemos llegado al fruto final de ese esfuerzo que consiste en descubrir los distintos planos del pasado y mantenerlos a la vista, separados unos de otros, en una adecuada perspectiva… Recordemos las cadenas terciarias ya en ruinas en los Pirineos, mientras todavía se mueven en los Andes o en Alaska. Recordemos las oleadas de piedra que suben interminablemente de las profundidades del pasado; los Alpes carboníferos antes de los Alpes terciarios; los Alpes silúricos todavía antes de los Alpes carboníferos; los Alpes huronianos antes de los Alpes silúricos; y, en fin, antes de los Alpes huronianos, toda una serie de cadenas anónimas, tan gastadas que cada una de ellas no forma ya, por así decir, sino una pequeña capa en el zócalo del más antiguo de los continentes…

Victoria también sobre los falsos inmutables, es decir, sobre la ingenuidad que nos hace creer que todas las cosas fueron siempre como las ve la humanidad, desde que las recuerda. Pensemos en los continentes que un día se extendieron a través del Atlántico, desde Siberia a Canadá, desde Australia a Brasil… Pensemos en el profundo oleaje bajo el emplazamiento de los Alpes y el Himalaya… Pensando en estas cosas, ¿no se abre nuestra mente a la perspectiva de otros muchos cambios?…

Victoria, en fin, sobre la dispersión. Y éste es el triunfo donde se resumen todos lo demás, porque es como una especie de creación. Lo mismo que en la vida del hombre, trabajada y consciente, los elementos originariamente dispersos de las pasiones hereditarias y las cualidades adquiridas, acaban por labrar una personalidad original, que es el verdadero hombre, así también los rasgos desunidos de la topografía terrestre adquieren bajo nuestro esfuerzo una cierta figura. Allí donde la primera mirada de nuestros ojos no percibía más que una incoherente distribución de altitudes, de tierras y de aguas hemos llegado a unir una sólida red de auténticas relaciones. Y al comunicarle algo de nuestra unidad, hemos dado vida a la Tierra.

Y ahora, por un rebrote fecundo, esta vida que nuestra inteligencia ha infundido a la mayor masa material que hayamos podido tocar tiende a resurgir en nosotros bajo una nueva forma. Tras haber dado «personalidad» a una tierra de piedra y hierro sentimos el deseo contagioso de construir en nosotros mismos con la suma de nuestras almas, un edificio espiritual tan vasto como el que ha brotado de la actividad de las causas geológicas. En torno a la esfera rocosa, cuyas vicisitudes ha descrito tan magistralmente Suess (recordado al comienzo de estas líneas) se extiende una auténtica capa de materia animada, la capa de los vivientes y de los humanos: la biosfera.

El gran valor educativo de la geología es que al descubrirnos una tierra auténticamente una, una tierra que no forma sino un solo cuerpo (puesto que tiene un rostro), nos recuerda las cada vez mayores posibilidades de organización que hay en la zona de pensamiento que envuelve al mundo. Realmente, no es posible fijar la mirada sobre los grandes horizontes descubiertos por la ciencia, sin que surja un oscuro deseo: el anhelo de ver que los humanos se unen por una simpatía y un conocimiento mutuo crecientes; hasta que, bajo el efecto de una atracción divina, no existan sobre la faz de la Tierra más que un solo corazón y una sola alma.


Anexos del editor (Geneviève Termier?)

Los fragmentos que ofrecemos a continuación, sacados de las cartas dirigidas por P. Teilhard de Chardin al eminente geólogo H. Termier, recogen posiciones más recientes del autor:

25 de enero de 1953: (…) Fundamentalmente, usted se queda con la idea de movimientos geológicos de tipo puramente repetitivo, no aditivo. Es decir, sostiene usted que fuera de la Vida, que evoluciona aditivamente, todo lo demás permanece constante, «actual», en el juego oscilante de la sedimentación.

¿Es esto seguro?, me pregunto.

En cuanto a mí, no puedo rehuir la evidencia (o al menos la sospecha) de que bajo el ritmo de los impulsos y las regresiones, se continúa una serie de «mareas» o derivas de fondo. Tal vez, evoluciones lentas y continuadas de la composición de la atmósfera y la hidrosfera. Pero, sobre todo, expansión y surgimiento irreversible y gradual de los continentes (¿por granitización de la litosfera?).

Desde este punto de vista, el estudio geológico de la Biosfera no sería más que el análisis de la Especiación animal y vegetal, en relación con una oscilación monótona de los contornos geográficos de la Tierra. Pero el auténtico problema sería entonces: ¿cómo descubrir y definir la relación (o no- relación) entre dos evoluciones, que se van persiguiendo simultáneamente en el curso de los tiempos geológicos?

«Evolución de los continentes» y «biogénesis», o lo que es lo mismo, y más preciso:

«Continentalización» y «especiación» (o «cerebración»).

17 de marzo de 1954: (…) Lo interesante para ustedes los petrólogos, sería descubrir que bajo las sucesivas olas de cataclismos, se esconde una marea (deriva) que expresa (a pesar de los fenómenos de vuelta a las magmas a varios millones de años de distancia), cómo continúa produciéndose en la litosfera algún cambio químico. Al espesarse los continentes, las extrusiones de «plutonio» sin duda se hacen más raras o menos abundantes. Pero ¿no se tratará, además, de que haya algunas modificaciones graduales del mismo plutonio?

En cuanto a la megatectónica (…) sólo diré:

1) Que no creo mucho en los hundimientos de los continentes;

2) Y tampoco me infunde mucha confianza la importancia que se confiere a los geosinclinales. No es que niegue su existencia, pero acaso se les adjudica una especie de valor absoluto, y una localización definitiva, de la que tal vez carecen. Instintivamente, pues, a la geología de los rompimientos marinos, y a la geología de los sinclinales (dos cosas tan del gusto del gran Haug, al que todos echamos tanto de menos) prefiero por mi parte una geología basada y centrada sobre la Génesis de los continentes.»

11 de noviembre de 1954: «Tengo ante mí su libro (Formation des Continents et Progression de la Vie)[18] (…) Lo que más me agrada, en su intento de síntesis, es esa tesis fundamental de que hay génesis gradual en el Sial, y de que los continentes no son más que la suma de diversos núcleos (aumentados periféricamente, y poco a poco soldados entre sí) de esta silicificación progresiva de la litosfera.

(… ) Cada vez me inquieta más el pensamiento, de si el Glacial cuaternario no sería justamente, en la historia de la Tierra, al menos por su intensidad, un fenómeno de tipo absolutamente nuevo; ligado precisamente al  valor crítico, que alcanzó la Continentalización planetaria a fines del Terciario… Desde este punto de vista, las glaciaciones permo-carboníferas «gondwanianas» y precámbricas habrán de interpretarse como ocasionadas por sacudidas «pre-amonestadoras» en la continentalización; pero no tuvieron ni mucho menos la intensidad (ni el carácter de «régimen establecido») de las glaciaciones cuaternarias. Y no habría habido realmente períodos glaciares entre el Pérmico y el Cuaternario. (Naturalmente que no creyendo en la Deriva, sino en la Expansión de los Continentes, no puedo tomar en serio la idea de la migración de las calotas glaciares que antaño admitía Grabau y me parece, todavía muy recientemente, K. M. Creer, de Cambridge, basándose en el magnetismo residual de las rocas.)

Estas reflexiones un poco wild (en bruto), como dicen aquí, le probarán hasta qué punto me han «estimulado» sus páginas.

Continúe recordando a los geólogos que, al cabo de tanto análisis, quizá habrá llegado el momento prudente de sintetizar. A fuerza de contar las olas, nos estábamos olvidando de la marea… He aquí lo que usted nos ha venido a advertir. Y tiene toda la razón.»


NOTAS

[1] Si el padre Teilhard de Chardin hubiera hecho la revisión de este artículo para una publicación, habría hecho notar, sin duda, por las notas de más recientes que hay progresos hechos por los geólogos en la investigación en torno al origen de las montañas y de los continentes. No pudiendo suplirle, nos hemos limitado a algunas indicaciones. [nota del editor] [creo que es Henri Termier, por lo que dice al final]

[2] El autor tendría, sin duda, que modificar esta cifra (nota del Editor, supuestamente, Henri Termier)

[3] Esto es cierto en los Alpes, los Pirineos y el Jura (nota del Editor, Henry Termier)

[4] Se trata aquí, como indican las comillas, de la cadena alpina en su sentido lato, «porque en lo que concierne a los Alpes propiamente dichos, los movimientos verdaderamente alpinos han comenzado desde el Lías. En América, los movimientos que han plegado las cordilleras andinas (movimientos andinos), datan del final del Jurásico, y tienen una fase paroxísmica alpina hacia fines del Cretáceo. En fin, en los Pirineos, la primera fase de plegamiento data del Cretáceo medio». Précis de géologie, L. Moret. (Masson, ed) (N. del Editor, Henri Termier)

[5] Mesogea: término utilizado por Suess para designar al geosinclinal situado entre el Mediterráneo y la India posterior, incluidos en Asia Menor y el espacio del Himalaya, durante el periodo que va desde el Paleozoico hasta el Terciario superior (orografía alpídica), en el que quedaron depositas capas sedimentarias que dieron origen al plegamiento alpídico. El Mediterráneo es un resto del mar de Tetys (Nota del Traductor).

[6] Estas diversas formas de plegamiento aparecen hoy como menos similares entre sí. (N. de los Editores)

[7] Antracolítico es un concepto minero antiguo, usado por Suess, para designar los materiales geológicos de los que se extrae el carbón. Solía incluir lo que hoy es el Carbonífero y el Devónico (nota del Traductor)

[8] Herciniana: término geológico utilizado por Suess. Hoy, la orogenia varisca o herciniana es un evento geológico de formación de montañas, debido al movimiento de las placas tectónicas sobre el manto terrestre, que se produjo al final del Paleozoico, entre finales del Devónico (hace unos 380 millones de años) y mediados del Pérmico (unos 280 millones de años), durando en total unos 100 millones de años. Fue el producto de la colisión entre las grandes masas continentales de Euramérica (o Laurasia) y Gondwana, incluyendo las masas más pequeñas de Armórica y Avalonia, y supuso una parte significativa en la integración del supercontinente Pangea.

[9] Más exactamente: batida por el mar que conquistó poco a poco la superficie. (N. de los E). 

[10] Durée: un termino muy querido por Henri Bergson.

[11] En realidad, es incluso más antigua. La más antigua que pueda fecharse por los fósiles; y contaría ya, según los más recientes cálculos, con más de cuatrocientos millones de años. (Nota de los Editores)

[12] Modernamente, en lugar de “cadena” se suele hablar de orogenias. Se llaman orogenias o períodos orogénicos a épocas en la construcción global del relieve. La más antigua es la Orogenia huroniana, que acontece en el Precámbrico. Las tradicionalmente reconocidas son recientes, ocurridas todas en el Fanerozoico:

  • Orogenia caledoniana: movimientos tectónicos ocurridos hace aproximadamente 400 millones de años. De este plegamiento orogénico surgió la cadena caledoniana, de la que se conservan vestigios en Escocia, península Escandinava, Canadá, Brasil, Norte de Asia y Australia.
  • Orogenia herciniana o varisca: ocurrió en numerosos puntos del globo terrestre hace 300 millones de años y fue más importante que el plegamiento caledoniano. Este plegamiento afectó a gran parte de Europa Centro-occidental, los Urales, los Apalaches en América del Norte, los Andes, Tasmania, etc.
  • Orogenia alpina: plegamiento orogénico del período terciario, el que todavía no ha cesado. Se inició hace 62 millones de años, con el que se formaron, entre otros, el sistema alpino-himalayo, que se extiende desde la Cordillera Cantábrica, los Pirineos y los Alpes hacia el Este, pasando por el Cáucaso, hasta unirse con el mayor núcleo orogénico de ese momento, el Himalaya. También tienen su origen en esta orogénesis las cordilleras mediterráneas meridionales, como las Cordilleras Béticas y el Atlas, o las Montañas Rocosas y los Andes en el continente americano.

[13] El 8 de noviembre de 1951, desde Buenos Aires, escribía el P. Teilhard de Chardin: «(… ) Finalmente, me habrá servido de mucho el pasar por Argentina, precisamente al dejar África del Sur, para sentir en mí, a un tiempo, bruscamente (both from the geological and anthropological point of view) las analogías y los contrastes entre los dos continentes. Emociona encontrarse aquí con un glaciar pérmico y unas pizarras devónicas semejantes a los que acababa de dejar en Durban y en El Cabo (un punto para Wegener…); y en cuanto al Hombre, es otro choque, inmediatamente tras haber dejado el hogar de la «explosión» de la industria paleolítica (en África), captar aquí la onda a toda marcha, es decir, en su punto de extrema expansión, tras haber atravesado Asia a lo ancho, y América a lo largo (…)»

[14] Se refiere a estructuras geológicas producidas por el vaciamiento de una parte de su interior. Las más típicas son las cavidades kásticas, originadas por disolución de las calizas por acción de las aguas subterráneas.

[15] En geología, los horsts son regiones elevadas debido a sistemas de fallas que hunden los terrenos que las rodean.

[16] Es evidente que el autor, al recurrir a esta metáfora, no quería asimilar los fenómenos geológicos a los de cristalización (Nota de los Editores)

[17] Cuando Teilhard escribe estas palabras aún no se había producido la muerte de Shackleton el 5 de enero de 1922. Los primeros intentos de llegar al polo sur desde la costa antártica fueron a cargo de Robert Scott y Ernest Shackleton (1901-1904). Este lo volvió a intentar sin éxito en 1909 y Scott en 1911. Shackleton centró su atención en lo que él consideró el último gran objetivo de los viajes en la Antártida: cruzar el continente helado de punta a punta pasando a través del polo. Para este fin hizo los preparativos de lo que acabaría llamándose Expedición Imperial Transantártica (1914-1917). Sin embargo, la mala suerte se cebó con la empresa cuando su barco, el Endurance, quedó atrapado en una banquisa de hielo que lo fue aplastando lentamente y lo acabó hundiendo. Los exploradores estuvieron aislados más de dos años, pero gracias a la habilidad de su líder consiguieron regresar todos con vida del continente helado, una hazaña que llevó a Shackleton a ser considerado un héroe. En 1921 el explorador organizó un nuevo viaje a la Antártida con fines científicos, la Expedición Shackleton–Rowett, pero antes de que ésta llegara al continente helado, Ernest Shackleton sufrió un ataque al corazón y murió mientras su barco, el Quest, estaba amarrado en las islas Georgias del Sur. Fue enterrado allí por deseo de su esposa.

[18] Publicado ese mismo año, 1954, por los esposos Genevieve y Henry Termier.

http://vufind.uniovi.es/Record/468658