Evolucionarios. El potencial espiritual de la idea más importante de la ciencia

Juan Antonio Martínez de la Fe , 02/12/2013

evolucionarios  

Ficha Técnica 

Título: Evolucionarios. El potencial espiritual de la idea más importante de la ciencia 
Autor: Carter Phipps 
Edita: Editorial Kairós, Barcelona, 2013 
Traducción: David González Raga 
Encuadernación: Tapa blanda con solapas 
Número de páginas: 491 
ISBN: 978-84-9988-308-3 
Precio: 19,50 euros 

Cuando escuchamos hablar de evolución, todos pensamos en fósiles, simios, Darwin y Dawkins. Pero la idea de evolución es mucho más profunda y amplia. En la actualidad, un movimiento de científicos, filósofos y pensadores espirituales visionarios -a los que Carter Phipps llama "evolucionarios" -está forjando una nueva visión de la evolución que reconoce la importancia de la ciencia, remodela la cultura y actualiza de forma radical la espiritualidad. 

Este extraordinario libro constituye la primera guía popular de introducción al pensamiento de "evolucionarios" como Teilhard de Chardin, Ken Wilber, Sri Aurobindo, Jean Gebser, Ray Kurzweil o Charles Darwin, unas mentes que iluminan los secretos de nuestro pasado y amplían el paisaje de nuestro futuro. Una obra magistral de ciencia y espiritualidad. 

Estos párrafos los podemos hallar en la contracubierta de la obra. Y recogen con fidelidad su contenido. Porque el libro constituye un puente original entre ciencia y espiritualidad, dos puntos que parecen hallarse enfrentados y siguiendo sendas, si no divergentes, sí, al menos, paralelas, sin visos para algunos de que puedan hallar un punto de encuentro. 

Muchos méritos se pueden atribuir a Evolucionarios. Destacamos, fundamentalmente, tres: su capacidad de síntesis, su originalidad y, sobre todo, la amenidad, fruto de la experiencia de un comunicador. 

El autor vuelve la mirada atrás para tomar una nueva perspectiva, como lo demuestra en la manera de titular las cuatro partes en que divide su obra: reexaminando la evolución, reinterpretando la ciencia, recontextualizando la cultura y reimaginando el espíritu. 

Phipps entra en materia desde la primera página de su libro. La propia Introducción ya nos plantea cómo el término evolución ha pasado de ser una explicación biológica sobre el origen de la vida a una guerra de culturas, entre aquellos que solo ven en ella manifestaciones y procesos impersonales de una materia despojada de todo significado y quienes piensan en otra realidad trascendente. Su tesis la resume en esta Introducción: “Finalmente, reconocí que estábamos asistiendo al nacimiento de una nueva visión filosófica y espiritual del mundo. Esa visión es respetuosa con la ciencia y se formula cuestiones relativas al objetivo y el significado de un cosmos que se halla en continuo cambio”. Afirmación que puede parece que le lleva a tomar postura en aquella guerra de culturas a la que alude; sin embargo, más adelante añade: “no se trata, en mi opinión, de elegir entre el impulso espiritual y el impulso científico, sino entre dos visiones diferentes del mundo: una que cree en la primacía última de la materia, y otra que cree en la predominancia última de un dios antiguo. Y yo, para empezar, no creo en ninguna de las dos alternativas”. 

Con reiteración, tanto en esta Introducción, como ya en la primera parte de su obra, el autor nos va explicando su objetivo: concitar un ecosistema, tan diverso como interconectado, de teóricos, investigadores, maestros y filósofos que, cada uno a su manera, contribuyan a apoyar sus tesis; “este libro tiene que ver con esa nueva visión del mundo y con las personas conscientemente comprometidas en su creación”; “subraya que el potencial transformador de la evolución es tan importante que acabará transformando casi todos los dominios fundamentales de la vida humana que caigan bajo su inflijo”; “no se centra tanto en la dimensión científica de la idea de evolución como en su significado y su capacidad explicativa”; y, por citar un último ejemplo, “en este libro exploraremos cuestiones tales como la evolución de la tecnología, la evolución de la cooperación, la evolución de la consciencia, la evolución de las visiones del mundo, la evolución de la información, la evolución de los valores, la evolución de la espiritualidad y la evolución de la religión”. Desde luego, una ardua tarea. 

Ya en el Prólogo, nos plantea cómo la teoría de la evolución supuso sobrepasar el recurso a lo sobrenatural en el que el hombre se refugiaba de su soledad “en los brazos de una figura paterna divinizada, creada por él mismo” para vivir, en el corazón y la mente de miles de individuos, nuevas perspectivas culturales, nuevas epifanías, nuevos ideales espirituales y nuevas visiones religiosas. 

La primera parte de la obra, Reexaminando la evolución, contiene tres apartados, cuyos títulos nos dan idea clara de su contenido. En el primero, Evolución, una nueva visión del mundo, hace un recorrido por lo que podríamos llamar la evolución de la evolución; es decir, cómo se ha ido configurando y progresando la inicial idea evolutiva hasta la actualidad. En el segundo, Rompiendo el hechizo de la solidez, nos plantea cómo nuestra visión de un cosmos estático ha dado paso a otra en la que todo se mueve, progresa; y no solo el mundo que nos rodea, sino, también, nuestra propia facultad perceptiva que, en definitiva, es la que fundamenta nuestra visión del mundo. Finalmente, en el tercer bloque nos explica Qué es un evolucionario, palabra que da título a todo el libro. Un evolucionario es “la persona que ha interiorizado la evolución, alguien cuyo conocimiento de la evolución no es meramente intelectual, sino visceral”. De hecho, la propia similitud con “revolucionario”, da idea de una capacidad de acción, de la que carece, por ejemplo, el término evolucionista. El autor considera tres rasgos distintivos de todo evolucionario: 1) Son generalistas e interdisciplinarios; 2) Están aprendiendo a pensar en términos de las inmensas escalas temporales en que se despliega nuestra historia evolutiva; y 3) Encarnan un nuevo tipo de optimismo cara al futuro. A explicar tales rasgos se dedica el resto de páginas hasta llegar a la segunda parte de la obra.

Una segunda parte que titula Reinterpretando la ciencia y que, a su vez, contiene cuatro apartados. Es el primero Cooperación: un cosmos sociable, en el que, de entrada, expone que “el cambio de énfasis de la competición a la cooperación no solo revolucionó el debate científico en torno a la evolución, sino que modificó también sus implicaciones en el ámbito de la cultura”. Y se pregunta: ¿somos competitivos y egoístas o sociables y cooperativos?, a la que responde que, pese a los ejemplos de cooperación y sociabilidad, hemos de reconocer que la competición no está desbancada. Y cierra este apartado con un ameno e interesante recorrido sobre Seres humanos, jerarquía y otros problemas que contaminan la ciencia del gen post-egoísta. 

El bloque siguiente trata de la Direccionalidad: Un camino hacia algún lugar, que comienza con la ya clásica cuestión de si la evolución se dirige hacia alguna meta. Ante esta pregunta y al haber dos posibles aspectos de una teleología, se atiene a la idea de que solo significa que el proceso se orienta hacia un determinado lugar, dejando de lado aquel aspecto según el cual la teleología no solo implica una dirección, sino también un objetivo concreto y predecible. Plantea la vigencia de cuestiones tales como si la evolución se dirige en alguna dirección; si es la inteligencia humana el inevitable resultado o el más probable, al menos del proceso evolutivo; o si, de tener una dirección, hacia dónde va. Analiza, sobre todo, los planteamientos de Stewart, sobre quien influyó la afirmación de Teilhard de Chardin de que la evolución sigue una trayectoria clara hacia niveles de unidad y organización cada vez más elevados. Y hace un recorrido por la historia de este problema, del que entresacamos estas palabras del autor: “Tal vez vivamos, como hemos insinuado en el capítulo anterior, en un cosmos sociable, pero también se trata de un cosmos que se dirige hacia alguna parte. Y una forma de poner de relieve la trayectoria de la evolución consiste en rastrear la trayectoria de la cooperación organizada entre partes constituyentes de la evolución, en este caso, nosotros”.

Evidentemente, si se habla de la teleología de la evolución, no puede faltar un bloque dedicado a Novedad: el problema de Dios. Phipps expone el recorrido de este problema, con abundancia de citas y trayendo a colación muchos y variados pensadores. Y no obvia el tema del diseño inteligente. Quizás, el mejor resumen de su exposición sean estas palabras del autor: “Hay una cosa, al menos, de la que estoy convencido más allá de toda duda razonable: la creatividad y la novedad no son meros comentarios al margen del guión evolutivo, hermosos subproductos de un cosmos aleatorio o florituras aleatorias de un Dios diseñador. La creatividad y la novedad, muy al contrario, se hallan insertas en la esencia misma del cosmos. No deberíamos, pues, si queremos elaborar una visión del mundo informada por la dinámica evolucionaria del universo, relegar la creatividad a la periferia de nuestros esfuerzos”. 

El último bloque de este apartado se dedica al Transhumanismo: un punto de inflexión exponencial. Se trata de un capítulo de los más sugerentes de la obra, pues mira hacia el futuro, que el autor apoya en ese concepto acuñado por Julian Huxley. Partiendo de este concepto, nos dice Phipps que tiene muy claro que la visión evolutiva del mundo que puede contribuir a dar sentido al siglo XXI, también puede ayudarnos a conceptualizar la revolución de la información producida durante el proceso evolutivo mayor. ¿Qué nos puede aportar tal visión? Pues que nos permitirá conectar cosas tan aparentemente distintas como química-conscienca, Darwin-tecnología digital, qualia-computación cuántica y autómatas celulares-estratos más sutiles del espíritu. Y expone el autor que “el matrimonio entre lo nacido y lo manufacturado ES nuestro futuro evolutivo”, un futuro que cada día está más cercano; y plantea qué respuesta se puede dar a preguntas tales como cómo dar sentido a este mundo nuevo que asoma, cómo asumir la responsabilidad por las consecuencias de dicho mundo; cuestiones para las que ni la religión (tal y como la conocemos) ni la ciencia tienen respuesta, tarea a la que se aplica la filosofía. Pero, para el autor, “solo una nueva visión del mundo podrá satisfacer las necesidades espirituales, morales y filosóficas que nos impondrá un mundo postsingular”. Se analiza seguidamente los planteamientos de Ray Kurzweil (“la rápida difusión de la tecnología de la información no es ninguna aberración de la trayectoria de la evolución, sino que forma parte integral de ella”); la visión profética de Teilhard de Chardin sobre la evolución de nuestra inteligencia colectiva; o de W. Brian Arthur, quien explora los paralelismos existentes entre la biología y la tecnología para concluir que, con el paso del tiempo, cada vez se asemejan más. Y concluye tan interesante exposición: “Abrazar el poder de una visión evolutiva del mundo y la fe en el futuro que la acompaña es, independientemente de que esté asociada a la tecnología o a la consciencia, abrazar un futuro radicalmente ilimitado”. 

La tercera parte de la obra se titula Recontextualizando la cultura; es una secuencia lógica: tras haber explorado los límites exteriores de la evolución material y tecnológica corresponde adentrarse en la dimensión interior de la vida. El universo interno es el título de su primer bloque. Y trata de la consciencia, un término sobre el que los teólogos han reflexionado sobre sus orígenes divinos, los científicos sobre los orígenes materiales del cerebro y los filósofos han basculado entre uno y otro extremo. Para Phipps, “el interior del cosmos es tu experiencia de la consciencia. El exterior del cosmos es la materia”. Pese a ello, “consciencia” es un concepto amplio, en el que habría que diferenciar, por ejemplo, la consciencia pura (o la experiencia de ella), la de la meditación mística o consciencia sin objeto, la consciencia primordial de los budistas o el fundamento del ser. Desde el punto de vista evolutivo, dos son los aspectos que le interesan al autor: el primero es que la consciencia evoluciona; y, el segundo, es que “lo que evoluciona no es solo nuestro universo subjetivo y personal, sino que también lo hace nuestra vida interna compartida, nuestro interior colectivo. […], no es solo un asunto privado, una cuestión personal y subjetiva encerrada dentro de nosotros”. Y esta dimensión interna subjetiva es la cultura. 

Esta idea queda ampliada en el segundo apartado, La filosofía y la noosfera, donde se analiza el planteamiento de Steve McIntosh y la influencia que recibió de Teilhard de Chardin, acuñador del término noosfera, que relaciona, con las debidas diferencias, con el inconsciente colectivo de Jung. Defiende el autor que, aunque el término “intersubjetivo” sea poco conocido, la realidad a la que alude en modo alguno lo es; las relaciones que sostenemos los seres humanos tienen una realidad ontológica que se encuentra circunscrita al interior de nuestras respectivas cabezas. Tales relaciones, con su realidad ontológica, tienen su estructura que es la que constituye la cultura. ¿Qué es, pues, cultura? Pues el significado y las reglas con las que entendemos el mundo y actuamos en él. Y continúa: “La guerra entre ciencia y espíritu, a menudo, se presenta como una guerra entre subjetividad y objetividad, entre el mundo privado y personal de individuo y el mundo externo de la naturaleza, entre el “yo” y el “ello”. Pero existe otro dominio que es ajeno a esos dos”. Y se pregunta qué es lo que realmente está evolucionando en la cultura humana, a lo que responde que la calidad y cantidad de las relaciones existentes entre las personas, que asumen la forma de significados, experiencias y acuerdos compartidos. Y podemos abrir una nueva perspectiva sobre la evolución de nuestra cultura. 

Se entra así en el apartado siguiente, La evolución de la consciencia: la historia interior. Lo abre con una cita de David Owen: “Hemos acabado dándonos cuenta de que las estructuras mentales que definen el modo en que entendemos el mundo y a nosotros mismos evolucionan a lo largo de la historia”. Esta podría ser la síntesis de lo abordado en este bloque. Es un error, afirma, pensar que nuestro nivel de consciencia es igual al del hombre de siglos pasados, una falacia en la que, increíblemente, se asientan muchas de las creencias que actualmente sostenemos sobre la historia humana. Se detiene el autor en desentrañar los distintos estadios que se han producido a lo largo de tantos siglos de humanidad, advirtiendo de la necesidad de tener en cuenta los dos niveles que ya ha apuntado anteriormente: el nivel personal y el nivel colectivo, que se suelen solapar. Luego, echa un vistazo a lo que hemos llegado a entender sobre los estadios seguidos por la evolución de la consciencia humana, analizando teorías como las de Hegel, Jean Piaget, James Mark Baldwin, Robert Kegan, Gebser y otros.

Dinámica espiral: el andamio invisible de la cultura es el título del capítulo 10 de la obra. Viene a explicar que existen ocho estadios, sistemas de valores o visiones del mundo; y, a lo largo de un proceso de desarrollo, individuos y culturas atraviesan una espiral evolutiva ascendente de estructuras que configuran el andamio invisible de nuestra consciencia. “Estas estructuras cognitivas, no por invisibles menos influyentes, condicionan nuestra perspectiva y valores”. Eso sería la llamada dinámica espiral, una dinámica que sugiere que los distintos sistemas de valores representan una estructura interna que existe dentro de cada uno de nosotros y que, dependiendo de las circunstancias, pueden verse reactivados en cualquier momento. Aduce como ejemplo el cambio de estructura en un mismo individuo que, hallándose en un nivel profundo de consciencia, recobra actitudes más primitivas al ver un partido de fútbol. La idea de una espiral ascendente en la historia, aunque no es nueva, sí es del mayor interés aplicada a los estadios de la consciencia. 

El capítulo undécimo, Una visión integral, lo dedica íntegramente Phipps a explicar el pensamiento de Ken Wilber. Sus propias palabras nos ayudan a entender lo que persigue en la treintena larga de páginas referidas al tema: “Espero poder demostrar que su filosofía contribuye a integrar muchas de las intuiciones señaladas en los capítulos anteriores, al tiempo que organiza sus complejidades y contradicciones en una imagen más fácilmente comprensible. Trataré de explicar, pues, en estas pocas páginas, por qué la filosofía integral [de Wiber] me parece el contexto teórico más adecuado para entender el significado de la evolución en el universo interno”. No es de extrañar: el planteamiento de Wilber trata de unir la religión, el arte, la moral, la economía, la psicología y las grandes ciencias bajo el paraguas de una teoría, de una metaperspectiva. Un apunte: lo que Wilber denomina filosofía integral es lo que Phipps llama filosofía evolucionaria. Se trata, en definitiva, de un más que interesante capítulo que podría servir al no iniciado como un atrio para el estudio de Wilber.

Se llega, así, a la cuarta parte del libro, Reimaginando el espíritu, cuyo primer bloque, el capítulo 12, se titula La espiritualidad evolucionaria: una nueva orientación. En él, el autor aborda la aparente contradicción entre ciencia y espiritualidad o religión. Y lo hace, dedicando unas páginas a Teihard de Chardin y Sri Aurobindo. En su lectura, en la de este capítulo, es preciso tener presentes las palabras de Phipps, pues nos aclaran su planteamiento: “La espiritualidad evolucionaria está inspirada en la evolución, el abrazo del mundo y orientada hacia el futuro. Es un camino espiritual creativo y anticipatorio en el que la salvación, independientemente del modo en que definamos esa palabra, no tiene que ver con los espíritus ancestrales de ayer, las promesas de un más allá celestial, el logro de un estado trascendente de paz interior ni el abandono a un presente atemporal, sino con abrazar plenamente el potencial emergente contenido en las profundidades de un cosmos que se halla en proceso de evolución”. Un planteamiento, cuanto menos, sugerente y lleno de potencialidades. Y a ello dedica el resto de esta última parte de su obra, a explorar algunas de las extraordinarias visiones emergentes de la espiritualidad evolucionaria. 

La evolución consciente: nuestro momento de elección es el título que encabeza el siguiente bloque. El mensaje central que subyace en él es que la evolución nos ha dotado de un cerebro y de una forma poderosa de consciencia y nuestro privilegio, mejor aún, nuestra obligación, es el de contribuir al perfeccionamiento de este proceso. Nosotros no somos víctimas, porque nosotros tenemos la posibilidad de elegir; nuestra especie tiene la capacidad de asumir el control de la evolución de la sociedad humana y enfrentarse al futuro de manera consciente. Para explicar este mensaje, se apoya en cuatro evolucionarios: Zoltan Torey, Michael Dowd, Bárbara Marx Hubbard y Brian Swimme. 

De la religión, pasamos a La evolución de la iluminación. Capítulo este, el catorce, que recoge el análisis del autor sobre la obra de Andrew Cohen. Cohen fue inicialmente seguidor del sabio místico Ramana Maharshi, quien basaba su iluminación y el camino espiritual en el ser atemporal; pero terminó coincidiendo más con Sri Aurobindo, otro sabio místico que basaba ambas ideas, iluminación y camino espiritual, en el devenir de la evolución. Con esta excusa, Phipps recorre la biografía y el pensamiento de ambos místicos. 

Y no podía faltar el tema de Dios. Un Dios en evolución es el título y el tema de este capítulo. Parte Phipps de la idea de que la teología no es algo que esté de moda, aunque reconoce que en algún centro se profundiza en la teología evolutiva, con una nueva fundamentación común a la ciencia y a la religión. En este capítulo explora algunos aspectos de esa teología evolucionaria, llevándola a la luz de la emergencia, una idea que, partiendo de la ciencia, desempeña un papel fundamental en su formación. Y formula un ruego, tanto a creyentes como a no creyentes: que consideren la posibilidad de que, en los hornos teológicos reavivados por la fe, pueden estar forjándose importantes intuiciones para la visión evolucionaria del mundo. Para su exposición, se basa, principalmente, en los planteamientos de Philip Clayton (quien estudiara con Pannenberg), seguidor de la obra de Alfred North Whitehead y Charles Hartshorne.

Cierra el libro un corto capítulo, el dieciséis, que se titula Peregrinos del futuro. Como peregrino del futuro se autodefinió Teilhard de Chardin a una joven Jean Houston la última vez que se vieron antes del fallecimiento del jesuita. Y como tal, resume Phipps sus pretensiones en la obra que culmina. ¿Y qué es un peregrino del futuro? Una persona que viene de lejos y se dirige a un lugar sagrado; pero el destino de este peregrinaje no es un lugar físico, sino una posibilidad psíquica, cultural y cósmica, el potencial de un futuro que todavía debe realizarse. 

No puede pasar desapercibida esta obra. En ella se encontrará una síntesis de los planteamientos evolucionistas, escrita con gran amenidad sin traicionar el rigor de su planteamiento, argumentado con sólidas apoyaturas, cuyo resumen se aprecia en las páginas que dedica a las notas; una notas que, al figurar reunidas al final del libro, agilizan la lectura.

Índice 

Introducción 

Parte I. Reexaminando la evolución 
Prólogo: Una visión evolucionaria 
1. Evolución: Una nueva visión del mundo 
2. Rompiendo el hechizo de la solidez 
3. ¿Qué es un evolucionario? 

Parte II. Reinterpretando la ciencia 
4. Cooperación: Un cosmos sociable 
5. Direccionalidad: Un camino hacia algún lugar 
6. Novedad: El problema de Dios 
7. Transhumanismo: Un punto de inflexión exponencial 

Parte III. Recontextualizando la cultura 
8. El universo interno 
9. La evolución de la consciencia: La historia interior 
10. La Dinámica Espiral: El andamio invisible de la cultura 
11. Una visión integral 

Parte IV. Reimaginando el espíritu 
12. La espiritualidad evolucionaria: Una nueva orientación 
13. La evolución consciente: Nuestro momento de elección 
14. La evolución de la iluminación 
15. Un Dios en evolución 
16. Peregrinos del futuro 

Notas 
Índice