¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos?

De_donde venimos

UN ENSAYO SOBRE EL SENTIDO DE LA VIDA
EN EL UNIVERSO ANTRÓPICO

Presentación del
Prof. Ramón Tamames
en la sesión plenaria del martes 5.IV.2016 de la
Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

 


ÍNDICE

INTROITO………………………………………………………………………….. 1

DE DÓNDE VENIMOS

El universo en expansión: ¿del big bang al big crunch? ……….. 2
Millones de años de soledad, Paradoja de Fermi y
universo antrópico ………………………………………………………. 4
La fuerza de la evolución y el idioma del ADN ……………………. 6

¿QUÉ SOMOS?

Dueños de la Tierra más Inteligencia Artificial ……………………. 8
El sentido de la vida y la condición humana ………………………. 9
Pueblo elegido, excepcionalismo, comunidad humana ……….. 11

ADÓNDE VAMOS

Punto omega, azar y necesidad ……………………………………. 12
Ciencia y trascendencia ……………………………………………… 13
El principio esperanza y las cuatro preguntas de Kant ………… 16
La comunidad humana: We, the people of the world …………… 18

FINAL ……………………………………………………………………………… 19


INTROITO

La ponencia que hoy presento en esta Real Academia de Ciencias Moralesy Políticas, es resultado de una larga elaboración; nutrida de lecturas e ideas de mucho tiempo atrás, y de otras que provienen de aportaciones muy recientes; además de toda una serie de conversaciones y debates a los que he podido asistir sobre las muy diversas cuestiones que aquí se tratan. Con la alentadora idea personal de que, en edad ya provecta, se mantiene vivo el deseo de encontrar respuestas a inquietudes largamente sentidas.

El origen del título del libro del que esta ponencia es anuncio, ya lo he comentado más de una vez, se produjo durante mi segunda vuelta al mundo, en 1994, cuando al llegar al aeropuerto de Papeete, en Tahití, mi esposa (Carmen Prieto-Castro) y yo, vimos una enorme ampliación allí expuesta del cuadro de Paul Gauguin conocido como “¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos?”. Mi comentario de entonces fue inmediato:

⎯ Este será el título de un libro mío, en el futuro…

Y con el trabajo que derivó de ese impulso, ya muy avanzado, mencionaréque en los últimos años se han publicado dos obras con títulos casi idénticos, inspirados en la misma fuente de Paul Gauguin.

De la primera de esas publicaciones, es autor Jeremy Rifkin: La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis, que apareció en 2009. Y el segundo caso, mucho más próximo, por mi amistad con su autor, es el del biólogo español Francisco J. Ayala –Premio de la Fundación Templeton—, quien en 2015 publicó una colección de ensayos bajo el título global de ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿A dónde voy? Un libro al que hemos tenido ocasión de hacer una reseña, para la revista Leer, Juan Arana y yo mismo.

Ahora, veintidós años después, mantengo el título literal de la pinturade Gauguin, pero con un subtítulo que creo refuerza la idea de mi nueva obra: El sentido de la vida en un universo antrópico. Por la sencilla razón de que sea o no antrópico el cosmos, lo cierto es que somos, que se sepa, los únicos que lo estamos observándolo; como también estamos transformando el planeta azul, hasta el punto de que geológicamente vivimos en la era del antropoceno.

Ante las preguntas que figuran al frente de esta ponencia, y del propio libro, el escéptico de turno podría decir que el autor se mete en camisas de once varas. Comentario inevitable, que me recuerda la vieja y a mi juicio zafia sentencia, que no aforismo, de “zapatero, a tus zapatos”. Según la cual, cada uno debe resignarse a verse aherrojado en su propio cubículo de oficio, sin beneficio; por mucho que la actual sociedad de conocimiento no tenga ni fronteras ni compartimentos.

Quienes frecuentan frases tan obsoletas como la citada, olvidan –servata distantia– lo que sucedió en la Grecia del siglo de Pericles, cuando formidables filósofos, astrónomos, matemáticos, geómetras, rapsodas, y artistas de los más diversos géneros, se preguntaban sobre cuestiones del más alto interés; que todavía hoy siguen vigentes en el ágora de la discusión. Algo que sucedió, asimismo, en el Renacimiento, al superarse las sapiencias limitativas y compartimentadoras del Medioevo. A lo cual ha de agregarse el recuerdo de la Ilustración, que dio vida a los primeros planteamientos ya claramente holísticos, con sistemas coherentes de ciencia, filosofía y política. Pues como dijo Kant, en ¿Qué es la Ilustración? [1]: aquella fue la época en que la Humanidad salió de su minoría de edad y asumió la libertad para preguntarse sobre cualquier cuestión.

Como también debemos poner de relieve el hecho de que las tres preguntas aquí planteadas tienen características aporéticas. Es decir, hacen referencia a cuestiones en que surgen dificultades de respuesta, aparentemente imposibles.

Y es cierto que esas las tres interrogaciones que nos hacemos son aporéticas, pero no es menos verdad que muchas aporías que se presentaron inicialmente como tales, luego han sido resultas, merced a avances cognitivos o a cambios del paradigma de cosmovisión. Y eso es lo que podrá pasar con los tres cuestionamientos, al ponerse cerco a lo aporético, mediante la ciencia, para un día llegar al fondo de la cuestión: cuándo sucederá eso, es otra cosa que no cabe contestar hoy[2].

Y a partir de esas ideas básicas, en esta ponencia se trata de contestar siguiendo un íter que recorremos en diez apartados más un final.

DE DÓNDE VENIMOS

EL UNIVERSO EN EXPANSIÓN: ¿DEL BIG BANG AL BIG CRUNCH?

Al querer responder a la primera de las tres preguntas, de dónde venimos, traeré al recuerdo una idea incisiva de Rubén Darío, que supo estremecerse poéticamente ante el destino del hombre:

Ser, y no saber nada,
y ser sin rumbo cierto
………………………………………………
y no saber,
ni de dónde venimos,
ni adónde vamos
[3].

Actualmente, creo que sabemos más que en los tiempos del gran vate nicaragüense: todo empezó con el big bang (para muchos, el fiat lux del Génesis, y en la física moderna el intuido huevo cósmico del clérigo belga George Lamaître), que marco el nacimiento del espaciotiempo; cuando la materia se expandió en forma de plasma de partículas subatómicas, hoy encriptadas en los propios átomos: electrones, quarks, bosones, muones… Según fue descubriéndose merced al gran colisionador de hadrones (LHC) del CERN en Ginebra, que en cierto modo reproduce el big bang a pequeña escala y permite vislumbrar el hecho de que al final, todo puede ser energía (teoría de cuerdas).

Así las cosas, hoy podemos constatar de dónde venimos: de la materia originada a partir de aquel primer instante, seguido de los primigenios hidrógeno y helio, para pasar luego a más de un centenar de elementos químicos, que surgieron en el cosmos por transmutación en los hornos estelares. A lo cual se debe la circunstancia de que tantas veces se diga que somos hijos de las estrellas.

Y la observación reciente del inmenso espacio cósmico que nos rodea, llevó a Edward Fredkin –profesor de la Carnegie Mellon University (Pensilvania) y pionero en Física digital— y Seth Lloyd –profesor de ingeniería en el MIT—, a considerar que el universo se desarrolla siguiendo el programa de un superordenador cuántico-gravitacional. De cuyo origen se mantiene todo el misterio, que se extiende igualmente a la gran pregunta de “¿Y qué había antes del big bang?”. Precisándose a veces, desde un enfoque trascendente: “¿Qué hacía Dios antes del instante de la creación?”. La única respuesta dada hasta ahora a tales indagaciones, es que “Dios estaba prefigurando el infierno para quienes hicieran preguntas como esas”[4].

En cualquier caso, el universo está en expansión, desde las primeras observaciones del citado Lemaître, hasta Gamow; pasando por Hubble, para quien las galaxias eran como pequeños universos dentro de un cosmos en pleno movimiento; oyéndose aún, desde el fondo del espacio, la resonancia del gran estallido, el big bang, que dijo Fred Hoyle, ironizando con tal calificativo la hipótesis de cómo empezó el espacio/tiempo.

Pero también puede suceder –hipótesis cada vez con menos seguidores— que el universo en expansión, en un proceso de destrucción y recreación de estrellas, planetas y galaxias, en vez de llegar un momento en que todo sea frío y sin luz, pasemos a un proceso de contracción: big crunch. Con la vuelta a empezar, en lo que sería un universo oscilante, con la amnesia cósmica entre uno y otro latido. Por lo demás, el universo en que estamos, tal vez no sea único, y haya otros diferentes: el multiverso a que se refiere el joven cosmólogo Max Tegmark.

De lo que sí podemos estar seguros es que desde el primer catálogo de Hiparco de hace 2.500 años, con no más de un millar de estrellas, hoy sabemos de billones de éstas, millones de galaxias, e innumerables orbitaciones de planetas. Una inmensidad que ya no es insondable, por los ingenios (observatorios y sondas espaciales), creados por la NASA, la Agencia Europea del Espacio, Rusia, Japón, China, e India. Será un inmenso atlas de todo el espacio, o por lo menos hasta donde alcancemos en la misión de observadores…

MILLONES DE AÑOS DE SOLEDAD, PARADOJA DE FERMI Y UNIVERSO ANTRÓPICO

En relación con la misma primera pregunta ¿de dónde venimos?, hay que reflexionar, ante todo, sobre la soledad humana. Porque, que se sepa, a los efectos prácticos, como veremos, hay que ser científicamente escépticos sobre la posibilidad de que en el futuro podamos relacionarnos con sociedades inteligentes en el espacio exterior.

Más concretamente, con el Proyecto Ozma y luego con el SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence), se ha experimentado desde 1960, durante cincuenta y seis años, en la idea de que una sola señal artificial de radio venida de fuera, sería demostrativa de una inteligencia extraterrestre, lo que acabaría siendo el mayor acontecimiento en la historia de la humanidad… Pero tal cosa no ha sucedido hasta el momento, y por ello no es fácil aceptar la probabilística, muy poco asentada, de la Ecuación de Drake, sobre potenciales miríadas de formas de vida ahí arriba. Porque, si hubiera tantas como suponía Carl Sagan y como hoy sostiene el propio Frank Drake, alguna de esas civilizaciones tendría que habernos detectado; pues en 13.800 millones de años, desde el big bang, ha habido tiempo para todo

Y ahora mismo, después del Programa SETI, la exploración de exoplanetas fuera del Sistema Solar, se hace, fundamentalmente, desde el observatorio espacial Kepler, que ya dispone de una muestra de más  de 2.000 de esos cuerpos celestes. A pesar de lo cual, no se ha resuelto la pregunta de si hay alguien ahí fuera. Pudiendo decirse que en cualquier caso será difícil, por las más que especiales circunstancias que han hecho posible la vida en la Tierra; que como ha popularizado Bill Bryson en Una breve historia de casi todo[5], son un conjunto de circunstancias difíciles de encontrar simultáneamente en un solo planeta en el inmenso universo, y que hacen del hábitat global en que vivimos, un caso único para el hombre que lo usufructúa:

Un excelente emplazamiento, a la distancia más adecuada del Sol, para conseguir luz y energía.

La configuración interior de la Tierra también más adecuada, con dos núcleos concéntricos, que configuran nuestro protector campo magnético.

Una hermana fundamental, la Luna. Un satélite que, en contra de lo que sucede con los demás del sistema solar, presenta un gran diámetro comparativo, lo que supone el mejor estabilizador de la Tierra.

El calentamiento global, hoy hipertrofiado por la era industrial, que normalmente nos asegura una temperatura media de 15 grados, cuando sin el efecto invernadero, sería de -20.

⎯ Y muchas particularidades más.

Por todo lo indicado, creo que encaja bien el subtítulo de esta ponencia –el sentido humano de la vida en un universo antrópico—, que indudablemente tiene su enjundia: estamos en un espacio que algunos estiman fue creado ad hoc, para que surgiera la vida en el planeta Tierra; que fue concebido, por alguna decisión cósmica, a fin de que el propio hombre, una vez evolucionado y con grandes poderes, tuviera, desde esa plataforma, la oportunidad de conocer el universo, que objetivamente acaba siendo antrópico[6].

El carácter antrópico señalado, marca una cierta prevalencia –hasta cuándo no lo sabemos—, de que la especie humana es superior a cualquier otra inteligencia que pueda darse en el cosmos. Porque si efectivamente llegaran respuestas alienígenas a nuestras señales de radio (recuérdese el programa SETI), o si se encontrara el planeta Kepler definitivamente habitado, tales contactos etéreos no tendrían continuidad; por tratarse de emisiones originadas hace millones o miles de millones de años, cuyos orígenes seguramente ya no existirían; lo que hace aún más que aceptable la Paradoja de Fermi.

Más en concreto, el citado gran sabio nuclear fue de lo más escéptico sobre la vida extraterrestre: “seguro que nunca veremos a esos hombrecillos verdes”, dijo en cierta ocasión: será difícil el contacto, pero si llega, no nos cambiaria en prácticamente nada, pues el diálogo cósmico parece imposible.

Y precisamente en esa misma línea de reflexión, en su libro Cinco mil millones de años de soledad, Lee Billings, un estudioso estadounidense, ha hecho un resumen de los intentos de búsqueda de vida extraterrestre[7]. Llegando a la conclusión de que la meta que persiguen los alienófilos es que los próximos cinco mil millones de años de soledad de la Tierra no sean tan solitarios como los primeros 5.000 millones.

Sin embargo, Billings no oculta su escepticismo, porque la Tierra, sostiene, “es muy rara”: nuestro sistema solar no está situado en ninguno de los dos brazos espirales de la galaxia, donde hay gran número de novas, estrellas cuyas eyecciones radioactivas impiden cualquier clase de vida. De modo que la Tierra, ubicada entre los brazos espirales de la Vía Láctea, desde hace miles de millones de años, es una zona particularmente tranquila[8].

En conclusión, a todos los efectos, somos una especie altamente desarrollada, y si no estamos solos en el universo es como si lo estuviéramos, por la dificultad de establecer contacto con los presuntos alienígenas. En definitiva, como postuló Isaac Asimov –quien desde la ciencia ficción anticipó tantas cosas para la propia ciencia—, es posible que vivamos en un planeta de montaje: se nos ha puesto aquí para ser observados, para apreciar cómo evolucionamos; y también para apostar sobre si seremos capaces de desentrañar todos los misterios del universo. Ese puede ser uno de los grandes cometidos de la especie humana, lo que hace de la creación científica la función tal vez más relevante de nuestra sociedad, y que da un sentido a la vida de la especie.

LA FUERZA DE LA EVOLUCIÓN Y EL IDIOMA DEL ADN

También hay que preguntarse de dónde venimos desde el punto de vista biológico. Y a ese respecto, cabe decir que hubo un big bang de la vida orgánica: todo pudo surgir de una bacteria, nacida en una tormenta cósmica dentro del planeta; con un elan impulsor hasta ahora inexplicado, a pesar de los intentos de Oparin y sus seguidores.

En cambio, sí se ha demostrado, por Carl Woese —microbiólogo estadounidense (1928-2012), junto con sus colaboradores, en la década de 1970—, que mediante el análisis comparativo de determinados genes presentes en una serie de especies, todos los organismos vivientes hoy compartimos un ancestro único. Al que se da el nombre de Luca, por la sigla de Last Universal Common Ancestor, que vivió entre 3.800 y 3.500 millones de años atrás, en las rocas en las que se han hallado sus fósiles.

La otra idea sobre cómo surgió la vida en la Tierra se expresó en la panspermia, sugerida inicialmente por Svante Arrhenius: una o varias semillas arribaron del espacio exterior, a bordo de meteoritos o cometas, para sembrar nuestro planeta y originar los primeros especímenes vivos, una hipótesis que no resuelve el problema del primer origen. Por lo demás, está claro que la evolución se desarrolló en la Tierra, y lo que pudiera venir de fuera, ni sabemos exactamente qué fue (si es que hubo algo), ni cuándo, ni cómo llegó.

El hecho es que en la muy larga evolución a partir de Luca, todos los seres vivientes somos eslabones de un mismo linaje, según se desprende del descubrimiento, a mediados del siglo XX, del ADN (los trabajos de Ochoa y Kornberg y sobre todo de Watson y Crick). De modo que con las cuatro bases químicas esenciales –las letras A, T, C y G—, se construyen los peldaños que se apoyan en la doble hélice. Lo que para algunos vendría a ser –así lo dijeron el Presidente Clinton y Francis Collins, Director del Proyecto Genoma—, el alfabeto y a la postre el mismísimo idioma de Dios.

En consecuencia, desde hace unos 3.800 millones de años la vida que hoy conocemos en toda su riqueza, está realizando un largo viaje a bordo del Navío Espacial Tierra (NET, Boulding dixit), dentro del sistema solar. Con una serie de protecciones para los habitantes de la Tierra que ha permitido el nacimiento y evolución de la propia vida, a pesar de las permanentes turbulencias del espacio sideral.

Más concretamente, en el Planeta Tierra, tenemos defensas contra ciertas radiaciones –la ionosfera—, la capa de ozono nos protege de los rayos ultravioletas, y además, contamos con el fenómeno del calentamiento global; pues la acumulación de CO2 y otros gases de efecto invernadero, nos permiten vivir con una temperatura media de 15ºC, que en otro caso se situaría en el entorno de los -20ºC. Otra cosa es que en los tiempos recientes, la elevación de esa temperatura en 4 o 6 grados más de la temperatura media preindustrial, significaría una situación de calentamiento global y cambio climático de consecuencias dramáticas para la vida en el planeta azul.

Biológicamente, los especímenes que somos, venimos del proceso de la evolución, advertida por muchos –entre ellos el griego Empédocles y el español de la Ilustración Félix de Azara—, y que definitivamente se formuló como teoría por Charles Darwin y Russel Wallace en 1858, en la Sociedad Linneana de Londres, con sendos escritos de los dos citados zoólogos. Apreciándose, después, una fuerte aceleración evolutiva, a partir de extinguirse los grandes saurios –de lo más oportuna—, que abrió paso a la prevalencia de los mamíferos, hasta llegar al día de hoy, al homo sapiens en el periodo geológico del antropoceno.

Pero aún no se ha explicado definitivamente el paso de unas especies a otras, por mucho que se hable de adaptación al medio, de azar y necesidad, de superioridad de los mejores, de selección natural, etc. Si bien recientemente, esos cambios también los estudia la biología molecular, siendo ya posible la evolución acelerada a través de la biotecnología de organismos genéticamente modificados.

Por lo demás, sobre la posible creación de vida por el hombre en el futuro, el debate está servido, y va a seguir indefinidamente. Sin que hasta ahora –a pesar de lo que diga Craig Venter— se haya creado verdaderamente vida artificial. Si bien no cabe desechar la idea de que esa creación sea un día factible[9].

¿QUÉ SOMOS?

DUEÑOS DE LA TIERRA MÁS INTELIGENCIA ARTIFICIAL

¿Qué somos? es la segunda pregunta: somos, ya lo hemos visto, homínidos superiores, separados del tronco de los demás primates, hace unos siete millones de años, para culminar en el Homo sapiens unos 200.000 años atrás; emprendiendo desde entonces la más impresionante aventura, merced a la mejora en capacidades cerebrales y la creciente acumulación de conocimiento.

Ciertamente, con sólo un 3 por 100 de genes humanos somos diferentes del primate más próximo a nosotros. Con una superioridad todavía no plenamente explicada; aunque es bien conocido que los genes más humanos son los más extraordinarios.

Somos los dueños de la Tierra y los impulsores de la Ciencia. Pero no somos dioses. Y la propia especie humana está en peligro de autodestrucción: amenaza atómica, asteroides que viajan por el espacio, peligro del calentamiento global y del cambio climático, y otras posibilidades apocalípticas que aún están sin neutralizar. Y ante tanta amenaza, algunos manifiestan con sentido del humor: “Tranquilos, que los protagonistas sobreviven hasta el final de la película…”.

Lo que en cualquier caso resulta evidente, es que la humanidad, en número de 7.500 millones de personas en 2016 y 10.000 millones en 2100, se conoce mejor a sí misma; está más integrada, y aunque sea en un contexto histórico todavía acosado por los conflictos antes evocados, y por las pretensiones hegemónicas que persisten, va entrando progresivamente en la idea de que es necesario algún tipo de gobernabilidad global para el planeta, en correspondencia a la idea de que todos vivimos en un solo mundo[10].

En tales circunstancias y de cara al futuro, la evolución humana, con las mayores dosis de apoyo de la Ciencia y las nuevas tecnologías, insistimos, podría ser extraordinaria, en función de la inteligencia artificial (IA). Que empezó con Alan Turing –quien desentrañó los secretos de la máquina Enigma—, para hoy estar en la más acelerada expansión, de modo que, según pone de relieve Ray Kurzweil, la inmortalidad del hombre está próxima; la genética puede producir transformaciones importantes en la especie; la robótica incide de manera contundente en todo el sistema productivo; y surgirá, también, el dominio de la telepatía, según anuncia Zuckerberg, el CEO de Facebook.

En definitiva, es todo un mundo nuevo que va a necesitar de nuevas regulaciones para evitar que, en paráfrasis de Goya, los sueños de la razón puedan crear monstruos. Un apoyo más, por tanto, para una nueva ética global.

EL SENTIDO DE LA VIDA Y LA CONDICIÓN HUMANA

Ya en una segunda fase de saber qué somos, hay que preguntarse sobre el sentido de la vida, que se menciona en el subtítulo de esta ponencia y del libro. Sobre lo cual hay puntos de vista radicalmente diferentes.

«La vida es una equivocación», dice Ken Nealson, biólogo de la NASA, porque las proteínas, constituyen un proceso inexplicable. “Y lo mismo había planteado con anterioridad el también biólogo, premio Nobel, el francés François Jacob, que en cierto momento se lamentó de que «no caminamos hacia algo mejor». Y por su parte, el paleontobiólogo Jay Gould, no ve que la evolución tenga sentido, de manera que, según él, todo podría consistir en un error. Una actitud análoga a la de Stephen Hawking, el físico, y Richard Dawkins, el biólogo: venimos de la nada, como individuos y como especie, y volveremos a la nada. Y todo ello en pretendida razón a la Ley de la Gravedad… ¿Y cómo surgió esa fuerza a la que tanta trascendencia se quiere atribuir?No saben, no contestan…

Es harto difícil aceptar que la vida es una equivocación, o un resultado del azar y la necesidad: “tanto esfuerzo cósmico para nada”, podría decirse, en contra de la ley de la máxima eficiencia de la naturaleza. De modo que lo más plausible es que la vida humana tenga un sentido individual (amor, conocimiento, sufrimiento y placer…) y  colectivo; con toda una serie de fines: el avance de la ciencia, la mejora de la condición humana, incluso algún tipo de existencia ulterior a la muerte, como plantean la mayoría de las religiones.

Tenemos necesidad de pensar sobre el tema, porque el sentido de la vida no está claro ni mucho menos. Y al respecto, Ludwig Wittgenstein hace casi un siglo decía que si bien la ciencia puede llegar a resolver los problemas relacionados con los orígenes del universo, o incluso las estructuras básicas de la vida humana, respecto a lo esencial seguiríamos en la misma situación: aunque la ciencia avance, que es obvio que está avanzando, hay algo que no resuelve y que posiblemente no va a resolver[11].

Sólo la filosofía puede adelantar respuestas[12] y la resolución tal vez esté más relacionada con la condición humana. En ese sentido, son inspiradoras las palabras de Mahatma Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas, de la gente mala, es el silencio de la gente buena”. Ante lo cual, cabe preguntarse: ¿Eran muchos los nazis? ¿Son muchos los yihadistas?: “Muy pocas personas –recuerda el Dr. Emanuel Tanay, psiquiatra superviviente del Holocausto— eran nazis de verdad, pero muchos disfrutaban de la resurrección del orgullo alemán y aún más eran los que estaban demasiado ocupados para preocuparse. Yo era uno de los que pensaba en que los nazis eran un atajo de gente enajenada. Y así las cosas, la inmensa mayoría se sentó a dejar que todo sucediera, y antes de que nos diéramos cuenta, los nazis eran dueños de nosotros, se había perdido el control y el fin del mundo había llegado…”[13].

En contra de esas actitudes –como en un célebre escrito también recordó Bertolt Brecht ante la subida imparable de Arturo Ui—, no cabe dejar que los acontecimientos más nefastos nos arrollen. Y es que hay gente muy valiosa, que sí ve el sentido a la vida; en la propia condición humana, que mira al futuro de distinta forma, al manifestarse en rebeldía contra lo que parece malo e inevitable. Tal como subrayó Andre Malraux en su obra titulada precisamente La condición humana, con un personaje líder de su novela, en quien afloran los mejores rasgos de dignidad, fraternidad y coherencia[14]; que conectan con el consuelo de la pesadumbre ajena y la caridad para los más necesitados (hoy solidaridad) a fin de cubrir tantas necesidades.

En fin de cuentas, la condición humana resulta ser una mezcla de decisión de lucha ante el destino adverso y lleno de peligros, con dignidad frente a la adversidad, y con solidaridad para con los más desfavorecidos. Y es que, en definitiva, frente a las expectativas más pesimistas de la inteligencia, está el optimismo de la voluntad, que dijera Antonio Gramsci en frase tan citada como difícil de olvidar.

PUEBLO ELEGIDO, EXCEPCIONALISMO, COMUNIDAD HUMANA

Una tercer aspecto del qué somos, se corresponde con el mayor o menor protagonismo de ciertos colectivos. Y hoy, en el siglo XXI, ya no cabe la prevalencia de la idea de que haya ningún pueblo elegido, como sucedió a los israelitas, que veían en Moisés y demás profetas, un enlace directo con Javeh, como el Dios de las batallas, que les daba órdenes y les anunciaba grandes sucesos. Eso es lo que efectivamente pensaba el pueblo del Antiguo Testamento de la Biblia: ser los pueblos elegidos para grandes realizaciones, primero en la tierra de promisión; y después en la historia del mundo, como de hecho rezaba Génesis con su mandato de creced y multiplicaos.

Otro pueblo presuntamente elegido y en tiempos muy recientes, fueron los ingleses integrados en el puritanismo de raíz calvinista, que llevaron su espíritu de empresa y sus afanes de vida democrática a las Trece Colonias, el origen mismo de los EE.UU. Desde 1620, hubo una nueva tierra de promisión, en la que los ciudadanos se engrandecerían al máximo, desde 1776, para dominar el mundo, en lo que definitivamente fue el siglo americano entre 1898 y 2001, la edad de oro del excepcionalismo en EE.UU.

Y como nueva excepcionalidad, plenamente actual, emerge la República Popular China, con los Han como herederos del Imperio del Centro, de los tiempos gloriosos de la dinastía Ming; que veían al resto de los humanos en un plano inferior, asignándose a ellos la función excelsa de representar la Armonía universal; esperando de los demás pueblos del mundo admiración y respeto. Tal como Henry Kissinger destaca que sucede con el sueño chino[15].

Sin embargo, la globalización que hoy va prevaleciendo en tantos aspectos de la vida, es inexorable, hace que sólo quepa hablarse de la humanidad como especie privilegiada; con su gran número de oportunidades de nueva creatividad y de autoorganización en torno a las Naciones Unidas, que han de contar con mayor capacidad de acción. Pero también con la responsabilidad de preservación del mundo mismo y de una sola civilización humana, como se planteó por primera vez en Estocolmo 1972 –primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo—, por Barbara Ward y René Dubos, con el mensaje de su libro Un solo mundo. Y como un solo mundo habremos de resolver los grandes problemas en la era de la globalización, según veremos al referirnos a la Comunidad Humana en armonía.

ADÓNDE VAMOS

PUNTO OMEGA, AZAR Y NECESIDAD

Y llegamos así, por último, a la tercera pregunta: ¿adónde vamos? Y dentro de lo que es toda una filogenia cósmica de incertidumbre, se tiene la sensación de que, incluso los más escépticos, no descartan la posibilidad de una evolución hacia un punto Omega (Teilhard dixit); o como quiera que pueda llamarse, en la idea de que la evolución tiene características teleológicas o teleonómicas, que le dan un sentido, en un camino de perfección con posibles metas físicas y espirituales que hoy sólo vislumbramos lejanamente.

Pero frente a esa hipótesis Omega, muchos científicos despachan rápidamente el tema, manifestando que sólo cabe creer en el azar y la necesidad; lo que a la postre podrían resultar una pseudoteología: con su propio dios, Monod (basándose en Demócrito y Leucipo), y Dawkins y Hawking, los principales profetas actuales.

Y yendo al punto más difícil de la cuestión, se reproducen las reflexiones que el autor hizo durante un coloquio en el que participó hace tiempo[16]; dirigiéndose a un convencido de la idea desgarradora de la nada:

—Eso que me refiere Vd., de que no hay un más allá de lo que sabemos y vemos, no es consistente. Y si aspira a convencerme definitivamente, le rogaría que me explique de qué va esta vida de que disfrutamos aquí y ahora. Pues no me negará que tiene poco de trivial y un mucho de extraordinaria e inexplicable. Y con sinceridad, no creo que cualquier otra existencia imaginable haya de ser más intrigante que ésta en que nos encontramos ahora mismo; vivimos sin ni siquiera habérselo pedido a nadie, para disfrutar, o padecer la vida según cada cual…

—Por otro lado –insistí frente a mi interlocutor—, Vd., en su hipotética omnisciencia positivista, quizá no se haya parado a pensar lo extraño de nuestro caso: somos unos bípedos de frágil apariencia, pero capaces de funcionar hasta cien años o más, nutriéndonos de cualquier cosa para obtener la energía precisa, y lucubrando sin parar en nuestra mente.

—En resumen, yo diría que quienes como Vd. niegan de forma apriorística cualquier posibilidad de trascendencia, caen en su propio fatalismo reduccionista, y por demás acientífico sin ningún beneficio de la duda…[17].

Y al final del adónde vamos, inevitablemente hay que plantearse si serán posibles los viajes interespaciales, salir definitivamente del Sistema Solar, para entrar en el inmenso espacio interestelar. Una idea a la que nos hemos acostumbrado desde Stanley Kubrik y Arthur Clarke con “2001, una odisea del espacio” (1967), por la ciencia ficción en el cine. Pero su viabilidad plantea dificultades casi increíbles como ya vimos. Así pues, si desde el viaje De la Tierra a la Luna (1865) de Julio Verne a la Misión Apolo con Neil Amrstrong (1969), pasaron 104 años ¿cuánto demorará la materialización de las ideas contenidas en el también libro de Julio Verne, menos conocido, Héctor Servadac (1877), hasta hacerse realidad la navegación en el cosmos interestelar? No lo sabemos…

Es un tema del que ya nos hemos ocupado, implícitamente, al referirnos a la Paradoja de Fermi. Pero cabe aclarar que con las previsiones actuales, lo más seguro es que no alcancemos nunca la velocidad de la  luz en los vehículos espaciales humanos. Y por mucho que pueda superarse la velocidad máxima de 70.000 km. a la hora conseguida hasta el momento –con la sonda más veloz, la Voyager que se lanzó en 1977 y que ya está fuera del Sistema Solar—, las distancias de miles de años luz parecen imposibles… salvo que hubiera agujeros de gusano (Wheeler dixit), en forma de tubos de longitud increíble, en los que no habría ni espacio ni tiempo. Por lo que no cabe descartar toda posibilidad, en palabras de William Blake:

Todo lo que hoy vemos,
fue un día imaginación.
Todo lo que hoy imaginamos,
podrá ser realidad mañana[18].

La conclusión pragmática de esos viajes imposibles (la vuelta a la Luna y la ida a Marte es como pasear por el vecindario más próximo), resulta que al margen de cualquier fantasía, seguiremos por siglos en el mismo planeta. Y que en la era de la tecnoaceleración estamos obligados a mejorar nuestro Navío Espacial Tierra, que se nos ha dado para vivir la especie. Y que no nos pertenece en absoluto: el usufructo es nuestro, pero su propiedad es de todas las generaciones actuales y venideras. Eso también forma parte del adónde vamos.

CIENCIA Y TRASCENDENCIA

La relación entre religión y evolución de la sociedad humana siemprellamó poderosamente la atención de los antropólogos y demás científicos sociales. Hasta el punto de que muchos de ellos han relacionado el progreso humano con el hecho religioso, pues el hombre que vulgarmente llamamos primitivo, se planteó prácticamente las mismas preguntas que sirven de título a esta ponencia: desde sus dificultades de pervivencia, buscó un cierto sentido de la vida, y los fenómenos naturales los asoció con el poder de entes superiores. “Sin religión no se explica el paso del Pitecantropus al Homo Sapiens”, me dijo Jaime González-Torres Domingo en cierta ocasión[19].

En la vida del Homo sapiens o incluso antes, la religión ya tuvo un importante papel en la configuración de las sociedades humanas, con jerarquías organizativas que impulsaron definitivamente el progreso durante siglos, sin olvidar que el castigado incesto propició un mejor aprovechamiento del pool genético.

Posteriormente en el adónde vamos, surgieron, desde el Renacimiento, objeciones de la ciencia sobre la aspiración de una cierta trascendencia. Por la cual los filósofos griegos, experimentaron una gran inquietud: entre ellos Platón, con el Demiurgo, al margen de la mitología helénica registrada en la Cosmogonia de Hesiodo. Siendo muchos los que tras el largo dominio del tomismo con base en el magisterio casi infalible que se profesaba por Aristóteles, se opusieron al libre avance científico. Una actitud ante la cual se revolvió Galileo, que vio en el cielo de la noche las páginas del libro abierto del universo, para aprender su escritura y poder leerlo.

En ese sentido, el distanciamiento entre ciencia y religión se abrió de manera solemne, con el eppur si muove; se pronunciara o no esa frase. Pero filosóficamente, fue el Barón Holbach, en el Siglo de las Luces, quien difundió, en los círculos pensantes del París de la Ilustración, la idea de una existencia desprovista de cualquier clase de origen sobrenatural. En analogía a lo que hizo Laplace, en su célebre conversación con Napoleón, cuando le preguntó dónde situaba lo sobrenatural en su ciencia: “No necesito de esa hipótesis, Siré”, dicen que fue la contestación.

Después, ha habido de todo: científicos creyentes en la trascendencia como Pasteur, Schrödinger, Collins, o Ayala; y no creyentes, como Haeckel, Hoyle, Hawking, Dawkins. Pero si algo está claro, es que no se ha cumplido la profecía de Karl Marx, de mediados del siglo XIX, cuando predijo que en una centuria más, no habría religión, y que la ciencia lo ocuparía todo.

Lejos de eso, hoy prosigue el hecho religioso, y en algunos lugares, más activo que nunca; si bien es cierto que hay un declive de la práctica religiosa en determinados espacios, sobre todo en Europa. Pero también es cierto que hasta los filósofos más agnósticos se acercan al hecho religioso, recurriendo frecuentemente a Ernst Bloch y su religión sin Dios, volviendo en cierto modo al Derecho Natural y a los principios de la fraternidad; a lo que nunca renunciaron las principales religiones.

En todo caso, está claro que entre los credos monoteístas, el Cristianismo es el que ha tenido máximo desarrollo, con una Trinidad siempre misteriosa: el Todopoderoso es el padre creador; el Hijo, fue el heraldo Dios/hombre de la nueva relación con la humanidad; y el Espíritu, resultó ser el inspirador de grandes retos que recibían su respuesta, como sucedió inicialmente con el Paráclito iluminando a los apóstoles.

Y de hecho, Cristo, a lo largo de su vida pública, como subrayaron Ernest Renan[20] y tantos otros, fue la transición de la Antigua Alianza de Yavé, Dios de las batallas a favor de los israelitas –el pueblo elegido—, al nuevo Reino de Dios, del amor y la fraternidad; para el que Juan el Bautista fue el profeta (un Elías revivido), y Jesús, el propio Mesías.

La buena nueva, el Evangelio, se extendió desde Palestina por las iglesias de Asia y de Grecia, y en ello Saulo de Tarso, convertido en Pablo, hizo la más alta contribución, llegando a la mismísima Roma, para hacer del cristianismo un credo universal[21]. Que Constantino oficializó (Edicto de Milán, 313) con todo el peso del poder, abriendo una nueva fase muy larga, tras la cual sólo con los más recientes Concilios se ha recuperado la libertad de las creencias frente al poder del Estado. Se da así un nuevo énfasis a las palabras de Jesús de Nazaret, al tiempo que crecen el ecumenismo y las conexiones entre ciencia y creencias trascendentes, que se hacen más fluidas.

Claro es que el científico siempre tendrá que buscar el fundamento de cualquier proposición[22]; cosa que no sucede con la religión, que presume la eventualidad de situaciones que no cabe demostrar. Pero aquí, como en otros casos, lo religioso equivalen a una ficción científica (que es como debería denominarse lo que vulgarmente llamamos ciencia ficción), de modo que la religión podría estar anticipando cuestiones que un día podrían ser verificadas por la ciencia.

Todo lo dicho hasta aquí sobre ciencia y trascendencia da un mayor relieve del principio esperanza, que pasamos a considerar.

EL PRINCIPIO ESPERANZA Y LAS CUATRO PREGUNTAS DE KANT

¿Y en el adónde vamos, que pasa con la fe?: pues que cabe considerarla como un don, que reciben algunos, pero no todos ni siempre. Por lo cual es sumamente interesante el testimonio que nos da Manuel Fraijó de dos grandes maestros de la teología cristiana, Karl Rahner y Karl Barth.

Preguntado el primero de esos maestros si de veras se consideraba creyente, respondió con aire taciturno: “Sí, pero no a tiempo completo”. Y en cuanto a Rahner, calificado por H. Fries como “el mayor testigo de la fe del siglo XX”, resulta que solo se consideraba creyente a intervalos. Es más, dijo que ser cristiano no es un estado, sino una meta, un ideal: propiamente no es correcto decir “soy cristiano”, sino “aspiro a ser cristiano”. Y esa actitud no es solamente de Rahner, sino de una alta y creciente proporción de cristianizados[23].

También cabe traer aquí a colación al filósofo canadiense Charles Taylor, uno de los mayores analistas del declive religioso en los países más desarrollados:

Hoy las personas no tienen claro el sentido de la vida. Hace siglos sabían que cada cual tenía que ganarse la salvación —como se decía en Quebec— obedeciendo a la Iglesia, siendo un buen cristiano. Y se tenía un temor inmenso a ser condenado. El significado de la vida era tan claro que nadie se quejaba de la falta de sentido. Con los cambios, hay quien cree que la vida no tiene sentido.

Con un enfoque pesimista, Albert Camus dejó escrito: “Lo importante es pensar con claridad y abandonar toda esperanza”. Obviamente, no es la tesis de estas líneas –y recordamos ahora a Manuel Fraijó— porque sin esperanza todo se seca, la vida se torna lánguida e imposible; “en tanto que la otra esperanza, la que promete el final de la hegemonía maldita de la muerte como último destino de los seres humanos, está al borde de lo desorbitado, pero no es imposible adherirse a ella. Más de un millar de millones de cristianos, lo hacen con la mirada puesta en Jesús de Nazaret”.

Ante esas dificultades de la fe, lo que hoy predomina es otra virtud igualmente teologal: la esperanza. Y en ese sentido, algunas de las más lúcidas reflexiones sobre ella, nacieron precisamente entre los escombros de la II Guerra Mundial. En los años en que Ernst Bloch, escribió su gran libro El principio esperanza, que nació como resultado del esfuerzo y de la precariedad de un emigrante que, huyendo de Hitler, arribó a Nueva York con lo puesto y sin medios de subsistencia. Y Bloch se pasó la vida dándole vueltas al “qué puedo esperar”, la tercera de las cuatro preguntas de Kant. Y de fechas más próximas es el alegato en favor de la esperanza contenido en la obra El coraje de existir, de Paul Tillich, teólogo protestante del siglo XX[24]. En definitiva, la esperanza es una fuerza formidable, sobre todo cuando se une a la tercera virtud teologal, la caridad.

Y pensando en todas esas cosas –mientras escribía estas líneas en mi despacho, escuchaba en la radio El Mesías de Haendel, en la placidez de la noche—, me vinieron a la memoria las relaciones entre las tres preguntas de mi libro y las cuatro que hace dos siglos y medio formuló Kant en ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me es permitido esperar?, ¿qué es el hombre? De la Crítica de la Razón Pura y también de la Crítica del Juicio[25].

¿Qué puedo saber? Esa primera interrogación es la que en este libro tratamos de responder con el de dónde venimos, cuestión que abordamos a través del conocer científico, siempre sujeto a revisión. Hoy podemos saber mucho, bastante más que en los tiempos del peripatético filósofo de Königsberg[26].

Y cuando ya sé algo, puedo escoger la vía a seguir. Esto es la segunda interrogante kantiana: ¿qué debo hacer?: lo mejor será el cauce de la vida, un quehacer, en el que uno va haciéndose a sí mismo, porque somos herreros de nuestra propia suerte. En cambio, si no tengo claro lo-que-debo-hacer, o si creo que sólo debo seguir mis deseos circunstanciales, los más gratificantes de cada momento, mi vida no será plena. Debe elegirse la senda, con acierto o con errores, de las tres razones: la pura, la crítica y la del juicio.

¿Qué me cabe esperar? es la tercera cuestión que se planteó Kant: Y es que lo mismo que el adónde vamos. Y a ese respecto, está claro que no es lo mismo vivir con esperanza que sin ella: si no se espera nada, ¿qué consistencia puede tener la vida? Si no hay algo que estimule y propicie el esfuerzo, flaquearemos más pronto que tarde. De ahí la búsqueda, muchas veces angustiosa y compulsiva, de la diversión, del placer y el aturdimiento, que son otros tantos síntomas de la falta de esperanza.

Y también de ahí, la pesquisa por el conocimiento de la ciencia, o de la propia existencia de una inteligencia superior, Dios en su nombre más universal. De modo que algunos encuentran el sentido de la vida en un cierto escepticismo (estoicos), y otros la ven como el placer mismo (hedonismo), o se entusiasman con la Ciencia (espíritu científico), desde la religión se persigue la fe, o al menos principio esperanza.

Son, pues, cuatro ideales distintos, pero que a veces se entrecruzan; como también cabe un mix que puede resultar de lo más interesante y también de lo más humano.

¿Qué es el hombre? es la última interrogación kantiana, equivalente al qué somos del tríptico de Gauguin. ¿Es el hombre un animal evolucionado, o resulta ser más bien una pasión inútil? ¿Sigue siendo el hombre un misterio insondable, el embrión del superhombre del futuro? ¿O somos simplemente un ser existente cuyo sentido es precisamente buscar el propio sentido de la vida?

LA COMUNIDAD HUMANA: WE, THE PEOPLE OF THE WORLD

A propósito de lo anterior, reexamino algunos pasajes de mi discurso de ingreso en esta Real Academia, “Globalización y soberanía mundial. Un ensayo sobre la paz perpetua en el siglo XXI”. En el que quise plantear que para conseguir las soluciones globales en lo político, económico y social de cara al adónde vamos, se necesita que la sociedad humana actual pase de la soberanía nacional a una soberanía mundial, con un principio del tipo de “We, the people of the World…”, que también es un principio esperanza. No será el Reino de Dios, pero sí la comunidad humana futura en armonía.

Lógicamente, con el estado de tensión que va a originar la nueva dinámica vital de la humanidad, en razón a los más altos niveles de avance científico-tecnológico, se creará una problemática inimaginable hoy. Lo cual, obliga, por la mínima cautela, a una serie de acuerdos, más pronto que tarde, para evitar que se rompan los viejos equilibrios por completo antes de disponer de nuevas estructuras globales organizativas.

En esa línea de inquietud, ¿cabe imaginar cómo podría ser la sociedad humana dentro de mil años? Si para entonces pervive la especie, todo será diferente. Y si en vez de un milenio hablamos de un millón de años, ¿qué cabe esperar?: ni la mente más prodigiosa de ahora podría hacer una predicción. Por ello, tenemos la obligación de plantear una serie de acuerdos para la comunidad humana en los próximos tiempos que son absolutamente necesarios:

⎯ Desarmes nuclear y convencional definitivos, con una sola fuerza de poder para todos los terrícolas, gobernada por las Naciones Unidas.

⎯ La definitiva globalización económica, moderando los extremismos del mercado con principios sociales ubicuamente válidos.

⎯ La lucha definitiva contra la pobreza, sobre la base del principio de igualdad de oportunidades en la educación, junto a la cultura del esfuerzo.

⎯ La preservación de la biosfera y la lucha contra el cambio climático que haría invivible el planeta si no se toman las medidas adecuadas.

En el sentido apuntado, lejos de la idea de que la Economía es una ciencia lúgubre –según dijo Carlyle y podrían serlo todas las ciencias—, constituye una llave para el futuro, como vino a decir Schumpeter. Al referirse al papel de los científicos, de abrir el camino a la verdad por muy cruda que ésta sea y por muy utópica que pueda parecer. De manera que la gran misión es “revelar a la humanidad el sentido oculto de sus luchas”, y hacerlo con el entusiasmo indispensable.

Debiéndose recordar aquí que la palabra entusiasmo procede del griego: en-theos, esto es, llevamos un dios dentro de nosotros. Lo que nos impulsa a proponer soluciones que pueden parecer utópicas pero que a la postre, con Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura, resultan de lo más razonables.

FINAL

En las postreras palabras de la ponencia, figuran también las líneas finales del libro ¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos? Y ciertamente debe quedar claro que siempre creemos lo que queremos creer de entre las observaciones más plausibles que cabe imaginar, y por ello, a las tres preguntas formuladas, cabe contestar sintéticamente:

⎯ ¿De dónde venimos? De la expansión cósmica: somos polvo de estrellas, fruto de la evolución, con el salto final a la inteligencia; que nos permite contemplar e interpretar el mundo y el universo. La historia más hermosa jamás contada por la Filosofía y la Ciencia.

⎯ ¿Qué somos? Una especie única, final de una flecha en el tiempo, que nos llevará a convertirnos en seres aún más capaces: con un progreso increíble desde el Neolítico, lo que en la aceleración científica podrá llevarnos a un nuevo mundo en los próximos 10.000 años[27], sin que podamos pretender ser dioses, por mucha tentación que haya en los círculos científicos. Y la nuestra es una especie dispuesta a persistir, en contra de lo que es ley universal de creación y destrucción. Para lo cual podremos utilizar la sabiduría acumulada: la ciencia al interés compuesto, con el complemento indispensable de una ética global de base ecológica.Todo tan necesario, cuando hay tantos peligros.

⎯ ¿Adónde vamos? En la mejor lógica, la evolución continúa desde el big bang hasta ahora, y parece ser, desde el optimismo, un camino de perfección por un territorio, ciertamente, muchas veces minado, pero por lo que seguimos avanzando después de siete millones de años como hombres. Con todo, hemos encontrado la senda de la mejora continua, y así seguiremos si sabemos defender el Navío Espacial Tierra, hasta desentrañar los misterios del universo. ¿Será ese el reto final para la especie humana, y el punto omega el de saber que finalmente hemos encontrado el sentido de la vida? Y de lo que no cabe duda es de que podemos perfeccionar la Comunidad Humana de la Armonía, la nueva paz perpetua del siglo XXI, y para muchos el nuevo reino.

Contestar a las tres célebres preguntas converge con la búsqueda por los científicos de la teoría del todo, en que las cuatro grandes fuerzas del universo se expliquen en un sistema coherente. Lo que nos hace evocar el empeño por encontrar un mismo Santo Grial para científicos y filósofos.

Madrid, 5 de abril de 2016,
ya en la primavera


NOTAS

[1] Emmanuel Kant, ¿Qué es ilustración? Terramar, Buenos Aires, 2004. Antonio Cantó, La pizarra de Yuri, Silente académica, 2011.

[2] La referencia a la cuestión aporética se la debo a Carmelo Lisón Tolosona, con ocasión de presentarse esta ponencia en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (RACMP) el 5 de abril de 2016. El Prof. Lisón se extendió en este tema con gran erudición, pero no podemos incluir aquí, por razones de espacio, todo lo que expuso. Cosa que sucede también con los otros cuatro intervinientes en la plenaria del 5 de abril.

[3] La cursiva del último verso es del autor de este libro, por su similitud con el título de éste.

[4] Este pasaje y otros varios que no tienen citas ad hoc, se ilustra bibliográficamente en mi propio libro.

[5] Bill Bryson, Una breve historia de casi todo, RBA, Barcelona, 2005.

[6] En la presentación de esta ponencia, en la RACMP, Alfonso López Quintás se refirió con sólidos aportes a la verosimilitud de lo antropocéntrico. Alguno de esos detalles figuran en el libro del que esta ponencia es una síntesis.

[7] Lee Billings, Five Billion Years of Solitude: The Search for Life Among the Stars, Current, Nueva York, 2013.

[8] Debo estas aclaraciones al astrónomo Sebastián Sánchez, que me facilitó personalmente el 18.II.2013.

[9] A esta posibilidad se refirió Julio Iglesias de Ussel en su intervención en el debate de esta ponencia en la RACMP, el día 5.VI.2016.

[10]Esa fue la idea de Barbara Ward y René Dubos, en su libro Un sólo mundo: versión española, FCE, México, 1972.

[11] Ignacio Vidal-Folch entrevista al filósofo Josep Maria Esquirol, “A pesar de los avances, la ciencia no va a resolver el sentido de la vida”, El País, 26.IV.2015.

[12] Reflexiones de diversos ítems del Tractatus Logicus Filosoficus.

[13] Texto facilitado por Eduardo Bermúdez al autor en correo electrónico del 21.II.2015.

[14] Versión española en Edhasa, Madrid, 1999.

[15] Henry Kissinger, On China, The Penguin Press, Nueva York, 2011.

[16] Ramón Tamames, Este mundo en que vivimos: globalización y ecoparadigma, Institució Alfons el Magnànim, Valencia, 2003, pág. 161

[17] Ramón Tamames, Sobre crecimiento, humanidad y futuro, Fundación Fernando González Bernáldez, Universidad Complutense, 14 de diciembre de 2006.

[18] Frase anotada por el autor en su visita a la exposición que sobre William Blake se organizó por La Caixa en su sala de exposiciones de Madrid, 1996.

[19] Precisamente algo parecido planteó Juan Miguel Villar-Mir en el debate de esta ponencia en la RACMP el día 5.IV.2016; preconizando la posibilidad de conciliar Religión y Ciencia. Algo que creo que, sin darnos perfecta cuenta, está produciéndose hoy en día: el dogma se entrevera con los desarrollos científicos, y las religiones se hacen menos dogmáticas y más prociencia, sin olvidar la persistencia de las cuestiones espirituales.

[20] Ernest Renan, Vida de Jesús, versión española, Edaf, 1984, 14ª reimpresión 2014, pág. 237

[21] Y aunque haya muchos trabajos sobre este aspecto de la primera Iglesia universal, quiero destacar, por ser un seglar, la aportación de Emmanuel Carreres, El Reino, Anagrama, Madrid, 2015.

[22]Esa consideración fue muy subrayada por Juan Arana en el debate de esta ponencia en la sesión de la RACMP del 5.IV.2016.

[23] Manuel Fraijó, “Avatares de la creencia en Dios”, El País, 31.X.2015. Fraijó es catedrático emérito de la Facultad de Filosofía de la UNED.

[24]  Manuel Fraijó, “A vueltas con la esperanza”, El País, 2.IV.2015.

[25]  Antonio González Fernández, Director de Estudios y Publicaciones de la Fundación Zubiri, se refirió ampliamente al tema en sus tres conferencias de 2015 publicadas por el Grupo TYPSA. Y en el debate de esta ponencia en la RACMP, el 5.IV.16, Pedro Cerezo Galán se refirió a las preguntas de Kant, y señaladamente subrayó cómo el filósofo de Königsberg insistió en el carácter teleológico de la creación.

[26]  Francisco Rodríguez, “Las preguntas de Kant”, Diario Siglo XXI, 26.VII.2006.

[27] Adrian Berry, Los próximos diez mil años, Alianza Editorial, Madrid, 1973.