¿A dónde va la vida?

Tomado del libro De la vida de las plantas y de los hombres, Emanuel Rojas Garcidueñas, colección La ciencia para todos.[1]

Los materialistas del siglo pasado y los rezagados del presente sufrían náuseas con sólo oler a Aristóteles, y en su reacción contra el finalismo, justificable en un principio, llegaron al absurdo de afirmar que la evolución carece de un sentido de complejidad orgánica y eficiencia funcional. Sin duda, un organismo puede ser simple y sin embargo muy eficiente por su adaptación al medio, como un parásito intestinal; pero se necesita toda la terquedad y los recursos sofísticos de un académico para negar que un erizo de mar es más complejo que una amiba y un perro más complejo que un erizo de mar. Esta gradación de los organismos se debe a la supervivencia del más apto en el libre juego de la selección natural, como se discutió en el capítulo VI.

Tan evidente es el sentido ascendente de la evolución que pronto surgió una escuela que postulaba la existencia de una ley biológica por la cual el organismo posee la tendencia natural a un estado de mayor aptitud biológica. Esta escuela, llamada de la evolución ortogénica, tiene puntos de contacto con los conceptos de Bergson sobre la évolution créatrice y con los de Weissmann sobre el plasma somático (cuerpo del individuo) y el plasma germinativo (células reproductoras del individuo). Según Weissmann, el plasma germinativo es un principio inmortal pues del gameto fecundado o fecundante surge un nuevo individuo que llevará gametos que a su vez originarán otro individuo: las células sexuales se perpetúan, las somáticas mueren. Desde Adán hasta el final de los tiempos habrá muchos miles de generaciones muertas pero siempre habrá unas células reproductivas que saltan, por así decirlo, de un cuerpo a otro, constituyendo el "cuerpo" de la especie.

Weissmann elaboró sus conceptos al inicio del siglo, pero han sido en cierta forma reinterpretados y puestos al día por Dawkins, quien considera que el gene no tiene otro propósito que el de sobrevivir: para ello está constituido molecularmente y si se encuentra en un medio idóneo su actividad inmediata e ineludible es autoduplicarse. En su afán de supervivencia ha desarrollado, mediante mecanismos evolutivos, "máquinas de supervivencia" que fueron los cuerpos celulares primero y luego se perfeccionaron en los cuerpos de organismos cuyo único propósito es facilitar la supervivencia del gene inmortal. Como sucedió con el darwinismo social, los conceptos de Weissmann pueden ser llevados a la sociopolítica como pretexto para sacrificar a los individuos a los propósitos de la especie, representada según el caso por la raza, la nación o aun la clase social.

Pero ¿hay "algo" más atrás de estos mecanismos de perpetuación de la especie? ¿No hay solución para el problema de mi desaparición? Y la vida toda, el cortejo evolutivo de las generaciones de plantas y animales, ¿todo ello para nada? ¿Para que al final la Tierra ruede sola en un Cosmos que nadie advierta que exista… si es que se puede existir cuando no hay observador alguno? Son preguntas que escapan a la ciencia porque al ir más allá de los hechos observables se entra, literalmente, en la metafísica. Pero son preguntas tan importantes que el hombre se las ha planteado, a juzgar por pinturas y restos funerarios en las cavernas, desde que empezó a ser Homo sapiens. Tratemos pues de contestarlas al menos hasta el límite en que pueden hacerse hipótesis más o menos científicas. Queda claro que las hipótesis a continuación son solamente intentos de explicar, de diversas maneras, un problema que es ajeno a la ciencia experimental. Pero estamos ya lejos del desprecio positivista por las hipótesis, y la física teórica y la cosmología han hecho reconsiderar el valor de las construcciones mentales en el camino a la verdad.

Un importante científico, Jaques Monod, se declara definitivamente en contra de la existencia de algo más: lo único que habría tras los mecanismos evolutivos es el "azar y la necesidad", el libre juego de las variaciones genéticas dentro de la invariancia básica del sistema ADN-ARN y la presión inmisericorde del medio como un agente de selección. En su libro El azar y la necesidad (Seix Barral), Monod revisa brevemente las teorías que proponen una finalidad a la evolución desde Bergson hasta Teilhard; las llama teorías "animistas" y en alguna forma este nombre implica el desdén con que las considera. Tampoco trata mejor al materialismo dialéctico ni a Engels. Quizá su posición es extremista pero hay mucho de verdad cuando dice: "… las sociedades modernas han aceptado las riquezas y poderes que la ciencia da, pero no han aceptado, apenas entendido, su mensaje: la definición de una nueva y única fuente de verdad, una revisión total de los fundamentos de la ética… el mal del alma moderna es esta mentira (la enseñanza de la moral tradicional de Occidente y del materialismo dialéctico en las sociedades marxistas) en la raíz de su ser moral y social".

Al no existir ninguna fuente del bien ni del mal Monod propone al hombre como único poseedor de los valores y ahora "calibra el terrible poder de destrucción (de la ciencia) no sólo de los cuerpos sino de la misma alma". Y termina su libro con palabras terribles "…el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del Universo de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no esta escrito en ninguna parte. Puede escoger entre el Reino y las tinieblas".

François Jacob participó con Monod del Premio Nobel por su trabajo sobre la represión génica. También son copartícipes hasta cierto punto en otro orden de ideas: "La biología ha demostrado que detrás de la palabra vida no se esconde ninguna entidad metafísica. El poder de producir estructuras de complejidad creciente e incluso de reproducirse es intrínseco a los elementos que contiene la materia." Pero Jacob niega rotundamente que seamos meros productos del azar: "el tiempo y la aritmética niegan que la evolución se deba exclusivamente a una sucesión de microacontecimientos y a mutaciones sobrevenidas al azar" y señala sabiamente que la evolución ha sido posible porque existen niveles de integración y que "en cada nivel de organización aparecen nuevas características y nuevas propiedades lógicas". [2] Dawkins va aún más allá (aunque sus ideas a veces parecen un tanto confusas y su lógica algo incierta, como sucede con muchos ecólogos y etólogos) al desarrollar la explicación siguiente. En la sopa caliente se formaban de continuo “premicrobios” o “precélulas” consistentes en proteínas coloidales conservadas con propiedades enzimáticas; algunas poseían moléculas fotosintéticas, otras podían efectuar oxidaciones de sales químicas, otras tenían respiración aerobia. Entre estos “premicrobios” había algunos constituidos por bandas de ADN sin cubierta o con muy tenue cubierta de protección; a estas partículas Dawkins los denomina “reproductores”. Los reproductores fueron construyendo “máquinas de supervivencia”, es decir, estructuras que les daban protección, energía y eficiencia general; primero “precélulas”, luego células, luego cuerpos hasta llegar, con eficiencia creciente a cada paso, a construir el organismo humano por medio de órdenes químicas adecuadas. En este nivel aparece un tipo nuevo y diferente de reproductor: son las ideas básicas que mantienen y reproducen la cultura; son producto de las células nerviosas pero nos dan la capacidad única, específica, de desobedecer las órdenes químicas de mera supervivencia del reproductor o ADN: “… sólo nosotros (los humanos) en la Tierra podemos rebelarnos contra la tiranía de los reproductores (genes) egoístas.” [3]

Una de las concepciones más unificadoras y hermosas es la de Pierre Teilhard de Chardin. No es fácil sintetizar a Teilhard en diez renglones, su pensamiento es profundo y a veces complicado y su lenguaje tan personal y cargado de intención filosófica o teológica que a veces elude o dificulta una cabal comprensión de su significado. A riesgo de simplificar en exceso y reduciendo la explicación al tema de la finalidad de la vida expondremos algunas de sus ideas.

Para Teilhard no existe una real diferencia entre la materia inanimada y la animada y todo cuanto existe sobre la Tierra deriva por estructuración de un tipo de corpúsculos. La ley fundamental de la materia es la de la complejidad-conciencia. El significado de complejidad (Teilhard le llama complejificación) es fácilmente comprensible: la materia tiende de modo esencial a formar estructuras cada vez mas complejas (no se niega la segunda ley de la termodinámica pues esto ocurriría invirtiendo parte de la energía universal): las partículas subatómicas se integran en átomos, los átomos en moléculas, éstas en agregados moleculares uno de cuyos tipos más estructurados sería la célula, las células en organismos que van de lo sencillo a lo complejo hasta el hombre. Por ello Teilhard asienta que la vida supone, exige, la previda: la evolución no es pues un fenómeno biológico sino físico, común a todo tipo de material. El término conciencia en el lenguaje de Teilhard es de díficil comprensión y tal vez un sinónimo sería "conducta autónoma". Conciencia es el modo de ser de cada cosa material, su espontaneidad (sinónimos del propio filósofo) o en cierto modo su improbabilidad en lenguaje científico. En las formas inanimadas más simples la conciencia de la materia es casi nula: no hay espontaneidad sino total sujeción a las leyes naturales que norman su conducta; poco a poco la conciencia va en aumento al complicarse la materia y los seres vivos tienen ya un proceder autónomo, poco predecible por ser muy espontáneo o improbable; y así se llega al hombre que en su "interior" (concepto y término muy peculiar de Teilhard), en su psiquismo, en su más íntimo yo, es libre.

El ascenso en la complejidad es simultáneo al ascenso en la conciencia; ambos conceptos son tan indisolubles como el espacio-tiempo en la física moderna. Conforme la materia recorre la escala de la complejidad-conciencia se van formando estructuras primero inanimadas y luego animadas que son no solamente mas complicadas sino también más autónomas. Por esta "libertad interior" las estructuras van accediendo a niveles de integración diferentes y aparecen propiedades nuevas que no se encuentran en los niveles inferiores; así, de la unión del cloro, gas venenoso y del sodio, inflamable y muy tóxico, se forma la sal de cocina; así también de una integración de moléculas por sí mismas inertes surgió la vida en las células primordiales y al estructurarse de cierta manera las células se integra un organismo. De esta manera se llega al hombre; para Teilhard no se trata de un organismo más, sino del paso a un diferente nivel de complejidad-conciencia en el cual surge el pensamiento lógico, la reflexión, la conciencia plena; y en su "interior" la libertad y la autonomía máximas: tal es el fenómeno humano.

En su concepto básico de que no hay diferencia fundamental entre la materia animada y la inanimada, sino que todo radica en la estructuración de los elementos, la teoría de Teilhard se unifica con la explicación actual sobre el origen de la vida. El concepto de niveles integrativos tiene muchos puntos de contacto con los conceptos de los actuales biólogos organicistas que han reaccionado contra el reduccionismo extremo de la biología de hace cincuenta años.

Como científico —fue paleontólogo de renombre, descubridor del "Hombre de Pekín"—, Teilhard se adscribe a la evolución ortogénica, pero su visión va mucho más allá. Considera que la ley de la complejidad-conciencia no opera solamente hasta el nivel estructural del individuo humano sino que lleva a los individuos a un nivel de integración superior, el de especie humana y más aún, llevará a la especie toda a su punto final, el punto omega, vertedero final de toda vida. En la concepción de Teilhard, Dios ha dotado a la materia de un impulso de perfección, de inmersión en el infinito que se alcanza ahora solamente en el nivel del hombre-individuo pero que en el futuro próximo será alcanzado por el hombre-especie: "perecemos todos o nos morimos todos". De esta manera, el hombre recoge, por así decirlo, toda forma de vida anterior a él —en sentido de complejidad— y la lleva a una vida infinita. Se tiene así un sentido último para el individuo, para la humanidad entera y para toda la creación (P. Teilhard de Chardin. El fenómeno humano, Taurus).

Teilhard representa para la iglesia católica un impulso de acordar las enseñanzas religiosas con los conocimientos científicos modernos. Una labor similar efectuó Tomás de Aquino al "cristianizar" a Aristóteles fundando una filosofía que ha sido la oficial de la iglesia durante seis siglos pero que hoy no puede sostenerse ante el impacto de la ciencia. El Teilhard jesuita, metafísico y cristiano queda fuera de la consideración de un libro que sólo ha querido dar una explicación superficial de cómo viven las plantas y ofrecer algunas reflexiones sobre la vida del hombre. Pero si vamos a reflexionar sobre la vida ¿cómo evitar la reflexión sobre la muerte? Si vamos a considerar el porqué y para qué de los fenómenos vitales, ¿cómo eludir el preguntarnos el porqué y para qué de la vida del hombre? Estas preguntas no se pueden responder con experimentos ni mediante las ciencias naturales, pero tampoco deben responderse necesaria y exclusivamente por la fe ciega: pueden ser objetos de una búsqueda por el pensamiento filosófico.

No podemos tener pruebas científicas sobre problemas metafísicos; la metodología científica se ha elaborado para otro tipo de búsqueda intelectual. Sintámonos pues libres para tomar cualquier opción. Podemos creer que somos producto del azar y que ni yo, ni mis logros, ni mi especie trascenderá en alguna forma; entonces realmente Macbeth tenía razón: life is… a tale, told by an idiot, full of sound and fury, and signifying nothing.[4] Podemos pensar que no somos más que una máquina de sobrevivencia de los genes: mi vida no tiene quizá mucho sentido, pero en los hijos y en los hijos de los hijos, en el futuro tal vez se encuentre la paz y la felicidad; y estaré yo de alguna manera pues estarán algunos de mis genes; una sombra que se va difuminando a cada generación… “¿Qué es la vida? una ilusión, una sombra, una ficción… que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.”[5] Pero también podemos acogernos a la visión más consoladora de Teilhard de Chardin en la que se acuerdan la ciencia moderna, esfuerzo y aventura de la cultura occidental, y nuestra tradición filosófica; porque si bien el meollo de la proposición teilhardiana es el proceso evolutivo universal, en ella sigue resonando la voz de Agustín de Hipona que viene de la época en que la noche de la caída de Roma presagiaba el amanecer de Occidente: feciste nos ad te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te.[6]


Notas

[1] http://omega.ilce.edu.mx/biblioteca/sites/ciencia/volumen2/ciencia3/098/htm/delavida.htm

[2] F. Jacob, La lógica de lo viviente, Salvat.

[3] Dawkins, El gran egoísta, Salvat

[4] La vida es un cuento dicho por un idiota, lleno de ruido y de furia, y que no significa nada. (Macbeth de Shakespeare).

[5] Calderón de la Barca: La vida es sueño.

[6] Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.